20. Cicatriz
L a piedra del Bastión parecía más estrecha esa mañana, como si supiera que ella quería escapar.
El frío le calaba los huesos, pero Serenya apenas lo sentía.
Caminaba con determinación, su mente fija en un único propósito: salir de allí.
Los pasillos se volvían más angostos con cada paso.
Había estudiado la fortaleza lo suficiente para saber que los accesos estaban vigilados, pero tenía que intentarlo.
Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba entre esas paredes.
Tal vez semanas. Tal vez meses. Lo único que sabía con certeza era que cada día sin respuestas era un grillete más en su pecho.
La fortaleza, que al principio la había recibido con misterio, la encerraba con resignación.
La escarcha había empezado a colarse en los pasillos.
No era invierno aún, pero el aire lo anunciaba.
Como si todo estuviera a punto de congelarse, incluso ella.
Con cada giro, con cada esquina que doblaba, una nueva barrera se interponía en su camino. El primer obstáculo fue un par de guardias apostados en la entrada principal. Sus miradas se encendieron con una mezcla de recelo y respeto en cuanto la vieron acercarse.
—Voy a salir —anunció Serenya con voz firme.
Los soldados intercambiaron una mirada antes de cuadrarse.
—Lo siento, pero tenemos órdenes. No puede abandonar este sitio.
Apretó la mandíbula.
—¿Órdenes de quién? —inquirió, aunque ya conocía la respuesta.
El más alto tragó saliva.
—Del general Virel y del Sangreth.
Por supuesto. Como si fueran los amos de su destino.
Su frustración creció como un incendio; intentó contenerla.
No valía la pena enfrentarse a simples guardias.
Encontraría otra manera. Giró sobre sus talones y siguió avanzando.
Los pasillos se extendían como un laberinto, pero ella tenía un mapa mental de cada salida potencial.
Bajó un tramo de escaleras y llegó a un acceso secundario.
Los muros de piedra exhalaban un frío antiguo, pero no era solo humedad.
Al pasar junto a una columna desgastada, una inscripción se iluminó suavemente.
Una runa. Vieja. Borrosa. Oculta hasta entonces bajo siglos de indiferencia.
Serenya no la tocó. No hizo falta. La piedra la reconoció.
Y, por un instante, pareció susurrar su nombre.
El sonido —si era que lo había— le estremeció el pecho.
Dio un paso atrás sin querer. Su piel se erizó, y el aire se cargó de una electricidad que no tenía nombre.
Algo en ella respondió, con un calor antiguo que despertaba entre sus costillas.
Cerró los ojos un segundo. No vio nada. Pero sintió.
Y por un instante fugaz… supo que esa piedra la conocía más de lo que ella se conocía a sí misma.
Dos hombres custodiaban la gruesa puerta de hierro. Al verla, dieron un paso atrás. Uno incluso bajó la mirada.
El más joven sintió un tirón en el pecho, como si algo dentro de él lo instara a inclinar la cabeza. No entendía por qué. Solo sabía que no podía sostenerle la mirada.
El otro frunció el ceño. No apartó la vista. Pero sus dedos se movieron sin querer, formando un gesto ritual que no recordaba haber aprendido. Era como si el cuerpo supiera lo que la mente aún negaba. Que ante ella… se arrodillaban los ecos del linaje antiguo.
—Dejadme pasar —ordenó.
Uno de los guardias carraspeó.
—No podemos .
La rabia la atravesó como un relámpago. Dio un paso al frente y el aire a su alrededor vibró. El guardia que había hablado retrocedió de inmediato, sus ojos bien abiertos; aun así, se mantuvo firme.
Algo dentro de Serenya se quebró. El suelo tembló bajo sus pies.
Un sonido sordo retumbó en la estancia y, antes de que pudiera procesarlo, las antorchas en la pared estallaron en llamas violetas.
El cristal de una lámpara colgante se resquebrajó y, con un estruendo seco, se hizo añicos.
Los guardias se cubrieron el rostro y la puerta crujió en sus goznes.
Uno de los guardias dejó escapar un jadeo involuntario. Su mano tembló mientras se llevaba los dedos al pecho y murmuraba una plegaria que no sabía que recordaba.
—Kaelith nos proteja…
El otro lo fulminó con la mirada.
—¡Silencio!
A pesar del temblor en sus piernas, ninguno cedió del todo. No porque no quisieran. Porque sabían que desobedecer era más letal que la magia que latía en el aire.
Respiró entrecortadamente. Su voluntad había desatado algo dormido. Los hombres la miraban con horror, pero no se movieron. Cerró los puños y se obligó a controlar su respiración.
—Quiero ver a Caelan. O a Ezryn —dijo, con una calma forzada.
Uno de los guardias tragó saliva con dificultad.
—No debería pronunciar sus nombres así —masculló, sin levantar del todo la mirada—. No sin sus títulos.
El otro lo miró de reojo, como si temiera que ya fuera demasiado tarde.
La piedra retumbó bajo sus pies, leve, como si murmurara su descontento. Un silencio espeso cayó cargado de miedo y presagio. Y entonces, una nueva voz emergió desde las sombras del pasillo:
—Cuidado con el tono, muchacha. No todos toleran la irreverencia como ellos .
Serenya giró la cabeza.
Lioran. Alto, con una postura relajada, pero letal, la observaba con ojos analíticos.
Cuando apareció, las paredes vibraron, como si reconocieran a uno de los suyos. Era un hombre de pocas palabras, pero su presencia bastaba para recordar que estaba allí por una razón: mantener el control. ¿O tenía otro objetivo oculto?
—Si sigues por este camino, lo único que conseguirás es que te encierren aún más —dijo de forma neutra.
Le sostuvo la mirada, desafiándolo.
—No soy una prisionera.
Relajando su postura, Lioran arqueó una ceja.
—Díselo a los que te temen —respondió, señalando con un leve gesto a los guardias aún paralizados.
Serenya sintió cómo su rabia latía bajo su piel, cómo la energía palpitaba en sus venas. No se quedaría de brazos cruzados. No permitiría que la encerraran. Pero, en ese momento, necesitaba respuestas.
—Entonces, llévame con ellos —exigió.
Suspiró, casi como si la situación le divirtiera.
—Como desees.
Sus pasos resonaban con fuerza: un reflejo de su frustración. Lioran caminaba a su lado, con esa calma inflexible que solo lograban los que sabían más de lo que decían.
—No deberías insistir en escapar —dijo él, sin mirarla—. No es una cuestión de prohibición, sino de destino.
Serenya apretó los dientes y exhaló con dureza.
—Destino… ¿De verdad crees que no sé cuál es mi destino?
Se detuvo en seco, obligándolo a hacer lo mismo. Lo miró a los ojos con una intensidad que solo crecía dentro de ella, como una verdad olvidada que se despertaba con violencia.
—No recuerdo mucho de cuando era niña. Es como si hubiera nacido a medias, como si los primeros años de mi vida fueran un borrón lejano.
Pero a veces… llega un olor. Lavanda y musgo seco.
Y me rompe. Como si el recuerdo no viniera de la mente, sino de la piel.
—Su voz se volvió más baja, pero no menos feroz—.
Lo único que tengo claro es el día en que desperté en la otra punta del continente… y supe que era la hora de buscarlos.
Lioran no se movió, pero algo en su expresión se endureció.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí? —preguntó en un murmullo.
Sintió un escalofrío recorrerle la columna.
—No lo sé —confesó, con la mandíbula tensa—.
Solo lo sentí. No tuve que pensarlo. Mi poder me llevó.
El Bastión me atrajo. —Apretó los puños—.
Estaba dispuesta a cumplir con lo que fuera que el destino tuviera para mí, pero ellos…
—Sus labios se curvaron con amargura—. Ellos no dan la cara.
Se escurren por los pasillos como fantasmas, como si quisieran evitarme.
Como si no supieran qué hacer conmigo. ¡Se esconden!
Su frustración se disolvió en la piedra. Lioran no respondió de inmediato. Exhaló despacio, sopesando qué tanto debía decir.
—No se esconden. —Negó con calma—. Se preparan. Los clanes han comenzado a moverse. Hay familias que aún recuerdan la grieta, que aún sienten el peso de lo que significó. No sabemos cómo reaccionarán.
Serenya sintió que algo en su interior crujía, como un engranaje oxidado que al fin se ponía en marcha.
—¿Por qué me miráis como si estuviera a punto de romperme? —espetó—. ¿Cómo se supone que sea lo que no entiendo?
Se quebró en la última palabra, pero su poder no. Una ráfaga de viento helado recorrió el pasillo, haciendo que los candelabros temblaran en sus soportes. Lioran la observó en silencio por un instante antes de hablar.
—Porque todavía no eres lo que debes ser.
Sintió que el aire se le atascaba en los pulmones.
—¿Qué significa eso?
Él inclinó la cabeza, como si evaluara su fortaleza .
—Yo recuerdo —dijo finalmente—, porque llevo sangre de hechicero.
Serenya sintió un vuelco en el estómago.
—Dímelo.
—No puedo.
—¡Dímelo!
El aire se volvió sustancia. La magia resonó en sus huesos. Él casi no parpadeó.
—Si te lo dijera, precipitaría las cosas —dijo con firmeza—. No es así como debe suceder. —Serenya sintió su rabia crecer, pero él continuó—. Tienes que abrirte a tu poder. Tienes que recordar por ti misma.
El pasillo pareció oscurecerse por un instante, confirmando sus palabras. Iba a replicar cuando, de repente, las puertas al final del corredor se abrieron con un estruendo. Ezryn y Caelan esperaban al otro lado.
El silencio entre ellos era casi una entidad propia, un filo de acero que flotaba en la penumbra de la sala.
Ezryn se mantuvo junto al fuego, el reflejo de las llamas danzando en su mirada oscura.
Caelan, en cambio, seguía anclado en su rincón, como si la distancia pudiera salvarlo de lo inevitable.
Serenya recorrió la habitación con la mirada, su pulso acelerado.
—Así que los clanes vienen —dijo, con una sonrisa sin rastro de diversión—. Supongo que eso explica por qué habéis estado tan ocupados escondiéndoos de mí.
Ezryn soltó una carcajada baja.
—Siempre tan directa.