19. Lo que insinúa la piedra
E l Bastión tenía un ritmo propio, un vacío que lo envolvía.
A veces, sentía que el lugar la aceptaba, que respiraba con ella.
Otras, era una trampa bien construida, una jaula disfrazada de fortaleza.
Serenya recorría día tras día sus pasillos con la falsa ilusión de libertad, sola o a veces con Lioran pisándole los talones como un perro aburrido al que le agradecía la compañía.
Exploraba cada sala, cada resquicio donde la piedra susurraba historias que aún no entendía.
Aquel día no era distinto. Pero algo cambió. Lo notó en el aire. En los susurros que se apagaban un segundo tarde.
Al cruzar uno de los patios interiores, lo vio.
Ezryn —el general, el heredero, el inmortal de los suspiros y las amenazas veladas— de pie junto a un aprendiz que no debía pasar de los trece años. El chico tenía la postura rígida del miedo. Ezryn sostenía una espada envainada… al revés, con el pomo hacia abajo, como si fuera un bastón de paseo.
—Otra vez —ordenó, sin levantar la voz.
El chico erró el paso. Ezryn no lo corrigió. Solo repitió la orden, con esa calma que no necesitaba elevar la voz para imponerse.
—Otra vez.
Y así durante cinco, seis, siete repeticiones. Nunca impaciente. Nunca indulgente. No con palabras. Solo con mirada.
Se detuvo un instante. Ese era el Ezryn que casi nadie veía. El que no rugía. El que enseñaba. El que creía. Y por eso, quizá… dolía más.
Siguió caminando sin que él la viera. O tal vez sí la vio y simplemente no quiso romper el instante.
Dos sirvientas cruzaron el pasillo al verla. Una apretó los labios. La otra hizo un ademán supersticioso, casi religioso, con los dedos.
—Dicen que la grieta canta cuando ella sueña —murmuró una.
—Y que el fuego se apaga cuando está enfadada.
Serenya no las miró, pero ambas retrocedieron igual, por algo más cercano al miedo que al odio.
El siguiente corredor estaba más concurrido. Guerreros en entrenamiento, sirvientes cruzando con bandejas, un par de mujeres conversando en voz baja. El murmullo se extinguió cuando ella apareció.
Un soldado —no joven, pero tampoco veterano— se detuvo frente a ella. Su armadura no llevaba insignias de alto rango, pero el desprecio en su mirada bastaba para tensar el aire.
—Bruja sin linaje. —Escupió, y el salivazo cayó a un palmo de sus botas.
El silencio fue inmediato. Nadie intervino. Nadie lo reprendió. El escupitajo no la alcanzó, pero la grieta sí. Dio un paso. Uno solo. Y bastó.
Sus ojos —oscuros, con un brillo dorado insinuado— se clavaron en los del hombre. La grieta, bajo el mármol, respondió como un tambor sordo. El soldado retrocedió un paso. Después otro. Nadie lo empujó. Nadie lo miró.
Siguió caminando. Sin mirar atrás. No necesitaba gritar. No necesitaba sangre. Su existencia bastaba para que la piedra hablara por ella.
Las respuestas seguían fuera de su alcance.
Y ellos también. Ezryn y Caelan se deslizaban por los corredores, figuras distantes que cruzaban patios y salones sin detenerse.
No sabía si la evitaban o si era su propio orgullo el que los mantenía apartados.
La espera la carcomía. Y la impaciencia, como su magia, crecía.
Se movió sin rumbo, en silencio un rato más, sin Lioran, sin Ezryn.
Solo ella y las sombras. Por primera vez en días, creyó estar sola.
Sin embargo, como ya había notado, había otra presencia.
Un hombre que observaba, pero no intervenía.
Lo sentía en los pasillos, en los entrenamientos de los guerreros, en los rincones, donde la luz se disolvía.
Siempre un paso detrás, siempre atento. No como Ezryn, que jugaba con la cercanía y la provocación.
Este hombre era distinto. Más calculador.
Las antorchas crepitaban en los corredores exteriores, proyectando sombras que danzaban con la brisa. Serenya estaba acostumbrada a la presencia de Lioran siguiéndola como un espectro silencioso, pero esta vez, las palabras a su espalda no eran suyas.
Una corriente helada le acarició la nuca. La voz llegó después, grave, áspera, como piedras arrastradas por el fondo de un río oscuro.
—Parece que no le temes a la oscuridad, muchacha. —El tono despectivo de su voz no dejaba lugar a dudas del desagrado que su presencia le generaba.
Giró con lentitud, enfrentándose a un hombre que la estudiaba con ojos astutos, los brazos cruzados sobre el pecho.
Su postura no era agresiva, pero había algo en su quietud, en la forma en que la estudiaba, que la puso en alerta.
No era el escrutinio desafiante de Caelan, ni la peligrosa seducción de Ezryn.
No necesitaba moverse para acechar. Estaba demasiado seguro de que, llegado el momento, no tendría que perseguir nada. Solo alargar la mano.
—Aprendí hace tiempo que es mejor conocer las sombras antes de temerlas —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
Él dejó escapar una breve sonrisa torcida. No burla, no condescendencia. Más bien... aprobación.
—Una filosofía peligrosa en este lugar.
—¿Por qué?
Inclinó apenas la cabeza, un gesto que pudo haber pasado por cortesía si no fuera por la forma en que sus ojos no la soltaban.
—Porque hay tinieblas que devoran.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero lo disimuló. Estaba cansada de medias verdades y advertencias envueltas en misterio.
—Interesante elección de palabras. ¿Hablas de Caelan o de Ezryn?
Él no parpadeó. Su expresión era imperturbable, pero en la ligera pausa antes de responder, Serenya supo que estaba eligiendo cada palabra con cuidado.
—Caelan Virel no teme a la oscuridad, pero tampoco se abandona a ella. Si sigues aquí, quizá lo descubras.
No era una respuesta; tampoco una negación. Serenya entrecerró los ojos.
—¿Y tú?
Kyrion esbozó otra de esas sonrisas esquivas.
—¿Yo qué?
—¿Temes a la oscuridad? —preguntó con ironía, dejando que la insinuación flotara entre ellos.
El hombre se tomó su tiempo para responder. Cuando lo hizo, su tono descendió.
—La oscuridad no se teme. Se mide. Se respeta. Y a veces... se deja probar.
Sintió que la piel se le erizaba, aunque no por el frío.
—Entonces, ¿dejarás que camine sola?
La observó por un momento más, la brisa agitando la capa oscura que llevaba sobre los hombros.
Un emblema plateado brillaba en su broche: una media luna atrapada en un círculo de espinas negras.
Serenya no lo reconoció, pero su cuerpo sí.
El símbolo hablaba un idioma que su sangre ya había olvidado .
Luego, con una ligera inclinación de cabeza, se presentó.
—Kyrion Valtaren.
Un apellido que no le decía nada. No obstante, la forma en que lo pronunció, con la cadencia de quien sabía que su nombre debía significar algo, la hizo tomar nota mental.
—Serenya Kael —devolvió ella.
—Lo sé.
No aclaró cómo lo sabía, ni hizo ademán de marcharse.
—Si tanto respetas la oscuridad, Kyrion Valtaren, dime algo. ¿Caelan confía en mí?
Un destello cruzó la mirada del hombre. Algo rápido, casi imperceptible.
—Él confía en su juicio.
—Eso no es un sí.
Kyrion sonrió de lado.
—Y, sin embargo, sigues aquí.
Era un desvío. Pero en ese desvío, en esa media verdad disfrazada de respuesta, Serenya captó algo más. Caelan quería confiar. Pero no se lo permitía.
—Nos veremos pronto —dijo, con una leve inclinación de cabeza antes de girar sobre sus talones.
Kyrion desapareció entre las sombras, y Serenya no supo si aquello había sido una advertencia, una invitación… o algo peor.
Durante unos minutos, solo el eco la acompañó por los pasillos. Una calma falsa, demasiado frágil. Como si el Bastión contuviera el aliento, esperando otra tormenta.
Al principio, solo tenía un guardián silencioso a su espalda. Una sombra obediente. Prudente. Alguien que la observaba sin invadirla.
Serenya no quería prudencia. No quería pasos cautelosos ni silencios calculados. Quería fuego. Confrontación. Una chispa que le recordara que aún estaba viva. Con Ezryn, al menos, tenía eso. Con él, todo se sentía afilado, vivo.
Y entonces, justo cuando el vacío se volvía insoportable, su presencia rompió la monotonía.
No necesitaba anunciarse. El cuerpo de Serenya lo sentía antes que la vista.
No era coincidencia. Hacía tiempo que lo presentía.
Como si una parte de ella —una que aún no sabía nombrar— lo reconociera incluso antes de que llegara.
Cuando giró la cabeza, su aliento ya era una advertencia en su cuello. Sangre y luna en su mirada, peligro contenido en la forma en que la observaba. Ella no se apartó.
—Cuidado, dulzura. —La voz de Ezryn se deslizó en el aire—. Pasar demasiado tiempo entre los Umbrae podría intoxicarte. Aunque tal vez ya sea demasiado tarde.
Serenya no se detuvo, pero giró la cabeza lo justo para mirarlo con frialdad.
——O tal vez —dijo ella, sin apartar la mirada—, el veneno ya lo llevamos dentro. Solo hacía falta despertar.
La sonrisa del heredero fue una curva lenta y letal.
—Entonces, me ahorra la molestia de inyectarlo yo mismo.
No fue solo lo que dijo. Fue el modo. Una carga imperceptible se deslizó entre ambos, alterando el pulso del momento.
De repente, el roce de sus dedos en su muñeca. Un toque insignificante… que no se detuvo. En lugar de alejarse, sus dedos se afirmaron, con una presión sutil, como si algo dentro de él necesitara más que juego y provocación.
Su magia reaccionó de inmediato: una bestia encadenada, furiosa y hambrienta.
Una ola de calor le recorrió el cuerpo. Por un instante, se sintió arrancada del presente.
No había muros, ni reinos en guerra. Solo la innegable gravedad entre ambos.
El Sangreth también lo sintió. Lo vio en la tensión repentina de su cuerpo, en la chispa fugaz en sus ojos. En lugar de alejarse, se inclinó más.
—Recuerdas lo que casi pasó entre nosotros, ¿verdad? — Y lo que no pasó… también.
No era una pregunta. Era un recordatorio. Una provocación. Serenya apretó los labios y el centro de su cuerpo, sin quererlo, palpitó en respuesta. Lo recordaba. Y él lo sabía. Sabía lo que había sentido aquella noche. Lo que casi cruzaron. Lo que los detuvo.
Él no se retrasó, pero tampoco avanzó. Su sonrisa se atenuó, un fantasma de lo que había sido.
Los dedos que la habían rozado, ligeros como un aliento, se afirmaron por un instante, como si el roce no bastara.
Como si necesitara tocarla de verdad. Y sus ojos…
Burla y hambre, sí. Pero también algo más profundo, algo quebrado.
Lo sintió suyo. Y eso fue peor. Porque no podía explicarlo… pero tampoco negarlo. El príncipe se apartó un paso, rápido, como si el momento no hubiera existido. Pero ella ya había visto la máscara.
Ella se quedó allí, quieta, con el pulso en los labios y la respiración aún marcada por algo que no se atrevía a nombrar. Si él no hubiera retrocedido, quizás ella no lo habría hecho.
Mientras él se retiraba, fingiendo que nada había pasado, la grieta dentro de Serenya no dejaba de susurrar. No era deseo. No solo. Era algo más oscuro. Más antiguo. Algo que los unía... aunque aún no supieran por qué.
Y, sin embargo, al día siguiente, todo volvió a empezar.
L os mismos pasillos. La misma piedra. El mismo frío. Caminaba sin rumbo por el Bastión, una vez más. Como todos los días.
A veces sola.
A veces con Lioran siguiéndola en silencio o haciendo comentarios irónicos.
A veces fingía que exploraba.
Otras veces no fingía nada.
Cuando regresó a su habitación, se deshizo la trenza con manos temblorosas. Tomó el cepillo y se peinó con furia, como si pudiera desenredar con fuerza lo que no lograba soltar con palabras.
—Os vais a arrancar el cuero cabelludo, mi señora —dijo Mirel desde un rincón .
Serenya no se inmutó.
—Peor sería dejar que me lo arranquen otros.
La sirvienta se acercó, le quitó el cepillo con un gesto seco y se lo pasó ella misma. No con ternura. Con firmeza. Como si dijera: «si no vas a cuidarte, lo haré yo».
Cerró los ojos. Y por un momento, recordó.
Solo unas manos. Manos acariciando su cabello con el mismo ritmo. Manos que olían a lavanda. A humo dulce. A algo perdido.
—No me llames «mi señora» —murmuró Serenya de pronto.
—¿Perdón?
—Llámame Serenya. O lo que prefieras. No quiero muros contigo. Ya hay suficientes afuera.
Mirel bajó la cabeza, con emoción contenida.
—Como digas… Serenya.
Y ese nombre, pronunciado así —sin rango, sin miedo—, fue una grieta nueva. Una grieta hacia algo que aún no tenía nombre… pero sabía a confianza.
Entonces Mirel, en vez de hablar, tarareó. Una melodía ronca y suave, vieja como los campos secos del sur. Una canción de cuna o de duelo. Las notas flotaban como polvo suspendido en la luz.
—¿Qué es eso? —preguntó, sin mirarla.
—Una canción de cuando era niña. Me la cantaba mi madre… pero quien más la repetía era otra.
—¿Quién?
—Una amiga. Nos criamos juntas. Éramos tan distintas que nadie entendía por qué nos queríamos tanto.
Pero ella tenía una risa que te hacía olvidar el hambre.
Y cuando el miedo venía, cantaba. —Se le escapó una sonrisa quebrada—.
Yo siempre decía que no servía de nada. Hasta que se fue.
Y entonces, la canté yo. Pero ya no sonaba igual.
Serenya no respondió. Solo bajó los párpados. El cepillo seguía deslizándose por su cabello, más lento, con memoria.
—¿Quieres que hablemos?
—No —susurró Serenya .
—Entonces mañana.
Pero mañana no era una opción. Porque hay decisiones que no caben en el día siguiente. Y heridas que no sanan entre muros.
Tenía que salir del Bastión.
Aunque fuera sola.
Aunque ardiera el mundo.