La llama no escrita (Lux Mortem 1) 18. Manzanas y sudor
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18. Manzanas y sudor

E l Bastión callaba, pero su silencio juzgaba.

Serenya caminó hasta la biblioteca arrastrando una bandeja triste: dos trozos de granada seca, una galleta rota y un cuenco con agua tibia.

Nadie le había servido desayuno esa mañana.

Ni siquiera una mirada. Mirel no estaba.

El resto de los sirvientes… parecía haber olvidado que ella también necesitaba comer.

Ni siquiera los guardias estaban en sus puestos: no era libertad, solo olvido momentáneo.

« No es odio. Es ese miedo educado que los hace invisibles justo cuando más los necesitas ».

Se sentó en el rincón menos iluminado de la biblioteca, entre libros abiertos y mapas medio descifrados. Llevaba días intentando entender algo sobre la grieta que no le dijeran con miradas elusivas.

La fruta sabía a polvo. El pan, a resentimiento.

—¿Ese es tu desayuno? —preguntó una voz conocida.

Lioran, apoyado en el marco de piedra, la observaba con el ceño levemente fruncido. Llevaba el uniforme Sangreth, pero no la rigidez. Sus ojos parecían haber visto demasiado esa mañana.

—Es lo que quedó después de que el respeto se sirviera a otros —respondió ella sin levantar la vista.

—Podría conseguirte algo —ofreció, con tono neutro.

—¿Por pena ?

—Por obstinación. No se me da bien ver a hambrientos hablando con libros. Me irrita.

En ese momento apareció Ezryn, cruzando el pasillo con su andar felino, una manzana en una mano y una sonrisa ladeada. Sin pedir permiso, se dejó caer en el banco frente a ella. Con un dedo, empujó un pedazo de galleta hasta el borde de la bandeja.

—¿Esto luchó en la última guerra? Porque perdió.

Serenya levantó la mirada, sin paciencia.

—Tú sigues aquí. El sarcasmo todavía no es mortal, entonces.

Lioran se cruzó de brazos, negando levemente con la cabeza.

—Ambos sois insoportables en ayunas.

Ezryn le lanzó la manzana. Ella la atrapó antes de pensarlo.

—No es gran cosa, pero al menos está viva. A diferencia de esa galleta.

Por un instante, hubo risa. De verdad. Un sonido escaso en esos pasillos. Serenya la dejó escapar, breve, como si temiera que reír muy alto rompiera algo.

Durante un segundo, no fue la heredera de una grieta ni la amenaza de un linaje perdido. Solo una chica hambrienta riéndose con dos hombres que no sabían si protegerla o rendirse ante ella.

—Gracias… creo.

Ezryn la observó en silencio, pero su sonrisa se suavizó, auténtica, revelando el hoyuelo que rara vez dejaba ver.

Lioran, sin moverse mucho, dejó caer un comentario seco:

—Tú sabes que no deberías estar sola aquí. No en este momento. Hay tensión, movimientos entre los clanes…

Ella se encogió de hombros, con resignación, sin disculpa.

—Prefiero los libros. Ellos al menos no me mienten tan seguido.

Ezryn se inclinó hacia ella, su voz más baja.

—Los libros también ocultan cosas. Solo lo hacen con estilo .

—Justo como tú —murmuró ella.

Hubo una pausa, cargada de algo no resuelto.

Entonces, se levantó.

—Me voy a seguir leyendo. Tal vez esta vez alguien —o algo— me diga la verdad que nadie más quiere soltar.

El heredero Maldrick se puso en pie.

—O podrías dejar que te distraigamos.

—¿Con sarcasmo o con entrenamiento? —dijo ella, arqueando una ceja.

La pausa fue apenas perceptible. Pero sus ojos —los de ella— brillaron con una chispa distinta. La última vez que él la distrajo , su cuerpo ardió.

Lioran intervino, avanzando un paso con el tono seco del que se sabe testigo de algo más grande.

—Ambos. Pero primero comes algo que no haya sobrevivido al asedio del Bastión.

—¿Vais a turnaros para alimentarme y lanzarme al suelo?

Ezryn sonrió. No respondió. Pero en su mirada había un reconocimiento tácito. Él también lo recordaba. Sus dedos tamborilearon una vez sobre el pomo de la espada. Luego, se detuvieron.

El consejero los observó un segundo más. Luego resopló, con gesto de resignación teatral.

—Fantástico. De nuevo el comité del silencio incómodo.

El heredero le dio un leve empujón en el hombro. Luego, mirándola, añadió:

—Con cariño. Lo juro.

Ella suspiró, pero no protestó. Mientras salían de la biblioteca, el eco de sus pasos se mezclaba con algo raro, poco común allí: risas verdaderas.

El patio de entrenamiento olía a sudor seco, metal y orgullo mal disimulado.

Las espadas chocaban con un ritmo irregular, interrumpido en cuanto la figura de Serenya apareció, flanqueada por Lioran y Ezryn.

No hubo saludos. Solo una pausa que sabía a alerta, seguida de una renovación del movimiento.

Con su sola presencia, los guerreros recordaron que la amenaza ya no venía en forma de ejército, sino de una sola mujer.

El príncipe carmesí le lanzó una espada corta. Ella la atrapó, aunque el peso la desequilibró medio paso.

—¿Segura de que no quieres empezar con una de mentira? —dijo él, divertido.

—Si vas a subestimarme, al menos que sea con una sonrisa más bonita —respondió, ajustando el agarre.

—Esa es la sonrisa de guerra —murmuró Lioran, acomodándose en la baranda como espectador sin prisa—. El equivalente Sangreth a un verás lo que pasa si sangras sobre mi alfombra.

Ezryn alzó una ceja. Serenya rodó los ojos. Y entonces, sin más aviso, él atacó.

El primer golpe fue suave, de tanteo. El segundo, no tanto. Ella bloqueó por puro instinto, retrocediendo un paso mientras la vibración del impacto le subía por los brazos. No era una coreografía. Era una conversación con espadas.

—Tus pies —dijo Ezryn, entre ataques—. Están demasiado juntos. ¿Estás intentando bailar o matar?

—Puedo hacer ambas cosas —espetó ella.

Sonrió.

—¿Eso fue una amenaza o una promesa?

—Depende de cuánto me molestes.

El ritmo se intensificó. Ella giró con torpeza al esquivar un ataque bajo y su trenza azotó el aire detrás de ella. Él no aprovechó el error. Solo la observó.

—Tienes reflejos de tormenta, Kael. Pero poca paciencia.

—Y tú demasiada lengua.

—Curioso que no protestes cuando la uso bien.

Lioran carraspeó.

—¿Podéis flirtear o pelear, pero no ambas cosas al mismo tiempo? Me vais a dar un calambre emocional.

La sonrisa se le escapó, casi sin querer. La batalla, por absurda que fuera, tenía una extraña lógica: en la lucha encontraba más verdad que en la mayoría de las palabras que le decían.

El siguiente golpe fue más rápido. Serenya lo bloqueó, pero mal. El filo de la espada se desvió, y el cuerpo masculino quedó a solo un palmo del suyo.

—Vas a abrirte el flanco izquierdo si te distraes así —susurró él.

—Lo dices como si fuera culpa mía —dijo ella, respirando hondo, las mejillas sonrosadas.

Entonces, una sombra se movió en el borde del patio.

Serenya, tal vez por desafío… o por necesidad, volvió a atacar.

Pero esta vez, sus movimientos fueron distintos.

No perfectos, pero sí… familiares. El giro de muñeca.

La precisión de la estocada. Una combinación que no parecía improvisada.

Parecía memorizada por el cuerpo, como si su carne recordara algo que su mente aún no se atrevía a nombrar.

Él ladeó la cabeza, sus labios congelados a medio gesto.

—Curioso —musitó—. Esa secuencia… no la he visto en entrenamientos recientes.

No era una acusación. Ni siquiera una pregunta. Era una observación con filo oculto. Su mirada pasó de una a otro, como si atara un hilo invisible entre ambos. Pero no dijo nada más.

Caelan descendió los escalones sin apuro. Se detuvo a su lado y, por un instante, se limitó a observar su postura. Luego, sin pedir permiso, tomó su muñeca con una firmeza medida.

—Así te matarían en un solo giro —murmuró, y corrigió el ángulo de su brazo con una precisión silenciosa. No hubo juicio en su toque, solo conocimiento. Por un instante, ella recordó lo que era sentirse mirada sin ser medida.

El contacto fue breve. La grieta respondió. El eco de algo antiguo, compartido y no dicho se activó en ese instante.

Serenya no dijo nada. Pero el calor bajo su piel se quedó. Y cuando el Umbrae se alejó sin mirarla a los ojos, sus labios se curvaron. No fue una sonrisa, sino eco.

Ezryn observó esa curvatura como si ocultara una verdad .

—Qué suerte la suya —musitó Ezryn, observando ese gesto—. Yo provoco tormentas… él, temblores.

Ella no respondió. Apretó la empuñadura de la espada. Dio un paso atrás.

—Suficiente por hoy —dijo.

Lioran se puso en pie con gesto teatral.

—¿Y ahora qué? ¿Café, traiciones o una nueva caída emocional?

—Lectura —respondió ella, mientras se alejaba del centro del patio—. Al menos los libros no me corrigen la postura.

Y aunque lo decía con sorna, parte de ella sabía que prefería los libros porque no le devolvían la mirada. No le preguntaban por qué su corazón latía distinto cada vez que ellos estaban cerca.

Ezryn no la siguió.

Caelan tampoco.

Solo Lioran caminó detrás de ella… y no del todo en silencio.

—¿Sabes? —dijo en voz baja mientras la alcanzaba—. A veces pienso que si juntáramos toda la tensión entre vosotros tres, podríamos encender el Bastión sin una sola antorcha.

Bufó, sin mirarlo.

—Y otras veces pienso que deberías dejar de hablar.

Sonrió, satisfecho.

—Pero entonces, ¿quién narraría esta tragedia con humor? ¿Ezryn? Él solo escribe con colmillos.

Ella lo miró de reojo. No sonreía del todo, pero la tristeza en sus ojos se disipó… un poco.

—Gracias por la manzana —dijo, casi sin voz.

—Yo no te la di. Pero gracias por no usarla como proyectil —replicó. —Y entonces, se detuvo en seco, dejándola avanzar sola hacia el interior—. Ve. Yo ya he tentado a suficientes grietas por hoy.

Serenya asintió y siguió caminando, dejando atrás el murmullo apagado de las espadas y la respiración contenida de quienes no sabían cómo mirarla .

A medida que se adentraba en el corazón de la fortaleza, el humor se diluía. La calidez del patio quedaba atrás como un recuerdo que ya no le pertenecía.