16. El precio marcado #2
El comentario fue simple, pero la implicación compleja. Otro soldado Umbrae la escuchó, porque en sitios donde la desconfianza es moneda corriente, siempre hay alguien prestando atención.
Esa noche, el escriba mayor interrumpió su registro habitual para consultar los informes de ronda. Pidió detalles. Bajó la mirada hacia el pequeño tomo de registros nocturnos que llevaba consigo. Trazó unas líneas. Lentamente.
Luego, apoyó la pluma, se llevó una mano al pecho en un gesto que no era ni Sangreth ni Umbrae, y susurró algo en una lengua demasiado antigua para ser comprendida por cualquiera.
—La grieta elige —dijo en un suspiro—. Y a veces lo hace con un beso.
E n los pasillos, las sombras hablaban.
—Dicen que le entregó más que palabras.
—Dicen que ya eligió.
—Dicen que el equilibrio empieza a inclinarse.
Y aunque nadie lo decía en voz alta, todos sabían qué significaba. Si la grieta se abría de nuevo, no sería con espadas. Sería con labios. Con alianzas selladas en la carne que llevarían la destrucción final de un linaje.
No eran voces fuertes. Eran hilos. Ecos entre piedras. Pero bastaron.
Caelan no necesitó que nadie se lo dijera. Lo sintió en la forma en que lo miraban sus hombres, en los silencios prolongados de los centinelas, en la rigidez de los saludos. Las sombras se movían distinto esa noche. Más densas. Más inquietas.
El aire estaba helado, pero el calor seguía en su pecho. Ardía. Miraba el cielo sin estrellas, con la mandíbula tensa. No entendía qué lo enloquecía más: su presencia o su silencio. No sabía quién era. Pero su cuerpo sí. Sus sombras vibraban cuando entraba. Lo empujaban hacia ella.
—Esto no tiene sentido —murmuró—. Y aun así... no puedo parar.
Había subido al torreón como cada noche. Allí donde las sombras no respondían a nadie, donde los clanes no lo observaban con ojos de traición. Donde no había deber ni tregua. Solo piedra, viento… y la ausencia. La misma que llevaba años tatuada en su pecho.
Apoyó las manos en el borde, clavó los dedos con fuerza.
La roca estaba húmeda, resquebrajada. Bastaría inclinarse un poco más.
Dejarse ir. Caer. Hundirse en ese deseo absurdo que no debía sentir.
Alguna vez lo había considerado en serio.
A veces, solo el peso de sus nombres —los que ya no estaban— lo mantenía en pie. Otros días, ni eso.
Sus ojos recorrieron la negrura que se extendía más allá del Linde, ese abismo sin fondo que parecía llamarlo con una voz muda.
No era una sola voz. A veces era un eco suave, casi infantil. Otras, un susurro roto por el tiempo. Y últimamente… Era ella.
No sabía cuándo había comenzado. Pero allí estaba. Otra vez. Esa presencia. Esa punzada. Esa forma absurda de recordar algo que no debería recordar.
Hundió el rostro entre los brazos, respirando hondo. El olor de la piedra vieja. Del musgo. Del vacío. Su sombra, esa que nunca se separaba de su espalda, se agitó ligeramente, como si también dudara. Como si temiera.
Como si supiera algo que él no estaba preparado para enfrentar.
Algo en ella era peligro.
Algo en él ya había caído.
Y no sabía si esta vez sería capaz de volver a levantarse.
Serenya exhaló y empujó la puerta. La habitación estaba sumida en penumbra, iluminada solo por la luz trémula de un candelabro. Era un mensaje. Uno íntimo. Uno que alguien había preparado sabiendo que ella necesitaba... tregua.
Fueron los detalles los que captaron su atención primero.
Un cuenco con agua fresca sobre la mesa.
Pan y fruta dispuestos con un cuidado íntimo.
Mantas gruesas dobladas sobre la cama. Y libros.
Decenas de ellos. Se acercó, recorriendo los lomos con la yema de los dedos.
Historia. Linajes. Crónicas de guerra. No eran solo libros.
Eran respuestas. Se dejó caer en la silla y abrió el primero.
Las palabras danzaban en la página, enredándose con lo que su sangre ya sabía.
Virel y Maldrick. Sombras y Sangre. Pactos rotos. Guerras interminables. Un sacrificio sellado en el corazón mismo de la magia. Las llamas de su visión parpadearon en su mente.
«Elige bien a quién le das la llave».
Le tembló la espalda. Y leyó igual.
Los Virel fueron los primeros en dominar las sombras. Guerreros, conquistadores, herederos de la Corona Umbrae, con base en Varethia. Pero no fueron los únicos. A su alrededor, crecieron clanes menores, nacidos de fragmentos de un linaje que alguna vez fue común.
Los Dareth, errantes y huidizos, controlaban la ilusión y el engaño.
Los Tharven, marginados, abrazaban la destrucción pura.
Los Velkaer, guardianes de pactos y secretos que ni la muerte podía romper.
Todos ellos clanes menores, fragmentos degradados del linaje Kael original, obligados a jurar lealtad —aunque no siempre de buen grado— a los Virel, soberanos indiscutidos del dominio de las sombras, al menos desde la Gran Ruptura .