16. El precio marcado #3
Lo mismo ocurría con la sangre. Los Maldrick, con su magia de sangre antigua, gobernaban desde la Casa Carmesí en Noctalis.
Su linaje era el más puro entre los Sangreth.
A su alrededor prosperaban los Aelenth, sanadores y alquimistas; los Eralm, políticos silenciosos y letales; y los Nyxareth, soñadores y proféticos, hablaban con los que duermen entre los velos del mundo.
Durante un breve instante en la historia, Sombra y Sangre caminaron juntos.
Los lazos entre coronas eran fuertes. El poder fluía sin conflicto.
Hasta que todo se quebró. Hasta que la grieta los separó. Y entonces, lo que fue uno… se volvió guerra.
Pasó otra página, la piel erizada por una certeza que aún no podía nombrar.
El linaje Kael. Su respiración se cortó.
Un emblema estaba grabado en la hoja. Un símbolo que su instinto reconoció antes que su mente.
Algo ancestral vibró en su pecho, un tamborileo sordo latiendo en su sangre. Un mareo la envolvió.
Se recostó en la cama, dejando que los fragmentos de historia se enredaran con sus pensamientos. Y recordó.
El fuego en su piel. La tensión contenida en cada roce. En cada mirada.
El silencio de la habitación la envolvía. Casi... compasivo. Como si por primera vez, tuviera permiso de rendirse un segundo. Solo uno.
Cerró los ojos y dejó que la sensación se apoderara de ella.
Deslizó una mano por su abdomen, trazando un sendero de placer lento, cada toque, una chispa perdida en lo desconocido, su respiración entrecortada.
Su mente saltaba entre recuerdos fragmentados: los colmillos rozando su cuello, la presión de sus labios exigiéndola sin promesas de dulzura.
La mirada de Caelan, devorándola incluso en la distancia, como si cada segundo que no la tocaba fuese un castigo autoimpuesto.
Su deseo contenido, una provocación en sí misma.
Llegó al vértice de su placer. Su mano encontró la humedad, vestigio de lo que ellos habían encendido.
Un jadeo escapó de sus labios cuando comenzó a acariciarse, despacio primero, con más ímpetu después
La habitación se desdibujó. En su mente, era la lengua de Ezryn la que marcaba su piel con un hambre desesperada, la presión de su cuerpo sobre el suyo, el roce de su aliento reclamándola.
Era la mano de Caelan la que la mantenía inmóvil, cuyos dedos se negaban a tocarla más allá de lo permitido y, sin embargo, ardía con la posibilidad de que lo hiciera.
Introdujo un dedo entre sus pliegues mojados, su cuerpo arqueándose en respuesta. Luego otro.
Un temblor la recorrió.
Dentro, fuera, un giro, una presión más fuerte. Más.
Recordaba la lengua de Ezryn recorriendo su boca, la manera en la que el hombre la había penetrado en un ritmo embriagador y sus dedos repetían, casi sin querer, el mismo patrón.
El placer crecía, un maremoto que la arrastraba sin piedad. Una palabra se le escapó en un susurro quebrado, lo que podría haber sido el nombre de alguno de ellos.
De golpe, notó un aliento que no era el suyo, cálido y letal contra su cuello. Unas manos recorriendo sus costados, atrapándola en un abrazo que la quemaba desde dentro. La sombra de un cuerpo tras el suyo, su dureza prensándola contra un deseo que no había nacido de la imaginación.
Un escalofrío le recorrió la columna cuando sintió el roce de colmillos en su garganta, una advertencia antes de hundirse en su piel. Un gemido ahogado escapó de sus labios. Dolor efímero. Placer inmediato.
El pulso entre sus muslos se intensificó, su respiración entrecortada atrapada en su pecho. Sus uñas se clavaron en la piel ajena, desesperadas por un ancla en medio de la marea que la engullía.
Sus dedos rozaron una marca.
Un símbolo tallado en la piel, áspero y antiguo, cubierto de suaves cicatrices que ardieron bajo su tacto.
Un latigazo de reconocimiento la atravesó.
Lo conocía.
Y entonces la imagen cambió.
◆◆◆
Un campo de batalla. El calor del fuego y la sangre. El estruendo de las armas chocando. Su cuerpo atrapado entre la furia y la necesidad.
Un cuerpo contra el suyo, firme, herido, cubierto de ceniza y urgencia. Labios rotos aplastándose contra los suyos, un beso robado entre la muerte y la rendición.
Sintió la raspadura de una barba de días o quizá de horas, el tacto áspero de una palma que la sujetó como si fuera lo último que quedaba en pie. Había una marca bajo sus dedos, una cicatriz... o un símbolo.
No vio su rostro, solo el reflejo fugaz de unos ojos brillando con algo más que deseo.
Lo amó en ese instante con una certeza feroz, como si el tiempo no existiera más allá de ese contacto.
◆◆◆
La sensación persistió. Una caricia, etérea y fantasmal, enredándose en su mente como un susurro que nunca llegó a convertirse en palabras.
Alguien más estaba allí. No solo en la visión. Allí. En ese instante.
Abrió los ojos de golpe.
El orgasmo se disipó como una llama consumida por la bruma, dejando tras de sí una sacudida residual en sus extremidades y el frío arrastrándose por cada poro abierto. El sudor se volvió escarcha en su espalda.
Algo se había filtrado en su interior. Y no estaba sola.
Había algo más. No solo el deseo que ardía en su interior, no solo las sombras del Bastión.
Algo antiguo se había despertado con ella… y no tenía intención de ma rcharse.