16. El precio marcado
S erenya se apoyó contra la pared fría, intentando calmar los nervios que aún recorrían su cuerpo. Se pasó una mano por la cintura, donde el cinturón aún colgaba suelto. No lo ajustó. Nada estaba bajo control, y fingir lo contrario era otra forma de perder el tiempo.
Lo sucedido con Ezryn aún ardía en su piel: sus besos, sus caricias, eran cicatrices sin forma.
El pasillo estaba en penumbra, salpicado por el parpadeo errático de las antorchas. Serenya intentó sacudirse las sensaciones de encima y empezó a caminar. Necesitaba alejarse. Del calor. De las miradas. De sí misma.
Sus pasos eran casi silenciosos, pero el eco de la piedra los multiplicaba. El aire olía a cera, a polvo antiguo, a secretos demasiado viejos.
De pronto, un chirrido agudo la sobresaltó. Se detuvo en seco. El cuerpo entero pareció sacudirse por dentro.
Un pequeño bulto oscuro cruzó corriendo entre las grietas del suelo, desapareciendo en una abertura de la pared. Serenya se pasó una mano por el rostro, exasperada.
—Perfecto. Alucinaciones y ratas. ¿Qué más se puede pedir?
El sobresalto no la abandonó, un residuo del agotamiento más que del susto.
Dio un paso, pero algo la detuvo. Del mismo hueco asomó el hocico tembloroso de la criatura, seguido por un grupo de cuerpecitos diminutos.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Torpes y ciegos, se arrastraban sobre la piedra.
La madre los empujó con el lomo y se envolvieron en un ovillo trémulo.
Se quedó quieta, observando. Por primera vez en horas, su mente dejó de girar. El mundo entero se redujo a esos movimientos torpes llenos de necesidad. Una escena tan sencilla que dolía.
Un recuerdo emergió, desordenado.
Pan caliente sobre una tabla de madera. Una risa ronca. Unas manos ajenas a la magia, firmes y cálidas, guiando las suyas.
No pudo fijar rostros. Pero la sensación le heló la espalda. Hogar. O algo parecido. Pensó en la vida que podría haber tenido. Una casa con ventanas abiertas al sol. Una mesa con pan recién hecho. Un cuerpo al que pertenecer sin miedo.
Sus labios esbozaron una sonrisa seca.
—Ratas en la fortaleza mejor custodiada de Thelarys —murmuró—. Tiene gracia.
Una ironía perfecta. En el corazón de la guerra, aún quedaban criaturas buscando calor. Refugio. Y eso bastaba.
Permaneció un momento más. Cuando al fin retomó el paso, los ratones ya se habían escondido. El pasillo seguía igual. Pero algo en ella se había roto.
Volvió a caminar. La quietud se cerró tras ella, como un telón cargado de presagios.
Luego, esa punzada. Gélida. Precisa. Le arañó la espalda.
Sus pupilas aún estaban dilatadas; sus sentidos, alerta.
Demasiado sensibles. Respiró hondo. Una.
Dos veces. Pero el pasillo estaba saturado de una energía invisible.
No solo era su propia inquietud. Había algo más, algo que pesaba en la oscuridad, como una presencia dormida a punto de despertar.
Cerró los ojos un segundo. Solo uno.
Sin previo aviso, todo se desvaneció.
No estaba en el pasillo. Ni en el Bastión.
◆◆ ◆
El suelo bajo sus pies se convirtió en piedra húmeda, resquebrajada.
La humedad trepó por sus botas y le heló los huesos.
El aire olía a hierro oxidado y a una magia antigua.
Llamas pálidas, como bocas de espectros hambrientos, lamían las ruinas sin dejar ceniza.
Los muros tenían inscripciones talladas en una lengua que no reconocía.
Los gritos distantes retumbaron en sus oídos.
De batalla, de agonía, pero estaban demasiado lejos, como si llegaran de un tiempo ajeno.
Y en el centro de todo, una silueta. Serenya trató de acercarse, pero sus pies estaban clavados al suelo.
Aun así, la figura pareció volverse hacia ella, aunque no tenía rostro.
Solo un vacío de oscuridad y llamas. Y una voz.
Un susurro, suave, deslizándose entre las costillas.
—El precio ya fue marcado.
El frío le mordió la piel.
—Elige bien a quién le das la llave.
◆◆◆
El susurro le desgarró la mente. Luego, el Bastión la reclamó de nuevo, como si jamás la hubiera dejado ir.
Un sudor helado la cubría entera. Se dejó caer contra la pared. Su pulso desbocado le golpeaba el cuello.
Los sonidos del Bastión eran diferentes a esa hora.
Silenciosos, pero no tranquilos. Un rumor de pasos, un portón que se cerraba a lo lejos, un murmullo que no supo si era producto de la agitación que aún le vibraba por dentro.
No la miraban igual desde la grieta. Había visto el odio en los ojos de algunos.
Escuchado la palabra monstruo susurrada entre dientes. No era una huésped: era un peligro.
Tragó saliva. El mundo seguía allí, pero ya no parecía el mismo. Dio un paso. Luego otro. Como si necesitara recordar que aún tenía cuerpo.
—¿Demasiadas emociones para una noche?
La voz la sobresaltó. Profunda, con una calma peligrosa. No la había escuchado nunca, pero de alguna manera conocía ese tono. Levantó la mirada y lo vio.
Un hombre estaba apoyado contra una columna, al fondo del pasillo, observándola con una mezcla de curiosidad y resignación.
Ojos oscuros, afilados. El cabello, rubio y algo revuelto. Había algo extraño en su rostro. No por cicatrices ni marcas visibles, sino por una cualidad esquiva, como si estuviera hecho para desvanecerse en la memoria ajena. Parecía parte del Bastión. Un espectro discreto, aguardando desde siempre.
—¿Tú?
Él esbozó una media sonrisa.
—Yo.
No la tocó, pero se movió lo suficiente para bloquear cualquier intento de fuga, no porque Serenya estuviera en condiciones de correr.
—Voy a asumir que no recuerdas mi nombre.Casi con adoración.
—No me lo dijiste.
El hombre acercó el torso hacia ella, como si compartiera un secreto que no pensaba revelar del todo.
—Cierto. Yo suelo ser el que observa, no el que habla.
Serenya entrecerró los ojos.
—¿Eres amigo de Ezryn?
Lioran giró el anillo que llevaba en el pulgar, una vuelta lenta, meditada.
—Es una manera de decirlo.
—¿Y vienes a escoltarme de vuelta a mi habitación?
Una chispa burlona encendió su mirada.
—Si estuviera en tu lugar, intentaría llegar antes de que alguien más decida llevarte… a su manera.
Su tono era ligero, casi despreocupado, pero el mensaje sonó a advertencia velada. Él no era el peligro. Pero otros… Apretó los labios, obligándose a ignorar el eco de la visión que aún ardía en su mente. No iba a dejar que él lo notara.
Enderezó los hombros y asintió con fingida indiferencia.
—Entonces, muéstrame el camino .
Él sonrió. No abiertamente, sino con ese gesto mínimo de quien comprende más de lo que dice.
—Con gusto, Serenya Kael.
Ella se detuvo en seco. No fue un tropiezo ni un gesto dramático, sino una vacilación sutil que le crispó los hombros. Nadie había dicho su nombre en voz alta desde que cruzó el umbral del Bastión. Nadie.
Avanzaron, el uno junto al otro. El silencio entre ellos se tensó, expectante. Sus pasos resonaban en el pasillo con una cadencia medida, un compás de guerra latente. Serenya mantuvo la vista al frente, pero su mente trabajaba con rapidez, trazando conexiones, midiendo distancias.
Pasaron junto a un grupo de sombras reunidas alrededor de una mesa de piedra.
No hablaban, pero sus ojos la siguieron hasta que desapareció por el pasillo.
Más adelante, dos figuras practicaban con armas cortas en un círculo de grava, sus movimientos precisos, incluso en la penumbra.
Nadie dormía del todo en el Bastión. Algunos entrenaban.
Otros vigilaban. Y unos pocos, solo esperaban el momento adecuado para actuar.
—No has dicho tu nombre.
Él caminaba con una calma ensayada, la mirada oscura brillando con un destello difícil de leer.
Su cabello, solo un poco más largo de lo que un guerrero solía permitirse, caía con descuido sobre su frente.
Había algo casi devocional en su porte, como si acompañarla fuese un privilegio más que una tarea.
—No.
Serenya exhaló con impaciencia.
—¿Y piensas decirlo?
Un destello de diversión cruzó fugazmente su rostro.
—Lioran.
Probó el nombre en su mente. Le encajaba. Demasiado bien.
—¿Eres amigo o familia de Ezryn?
Lioran meneó la cabeza, sopesando la respuesta .
—Soy su leal servidor. Su hermano de sangre.
—Ah, ¿y por qué estoy aquí contigo y no con él?
Sus labios se curvaron en una sonrisa suave, casi reverente.
—Porque Ezryn no es el único que vela por ti, Serenya Kael.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No por la respuesta en sí, sino por la forma en que pronunció su nombre… Como si no la viera como una persona, sino como algo más.
—¿Por qué hablas así?
La sostuvo con la mirada, sin pestañear.
—Porque eres lo que hemos esperado. Lo que estaba escrito.
El nudo en su estómago se apretó, pero no desvió la vista.
—¿Quiénes son nosotros ?
El Sangreth sonriócon la certeza de alguien que guarda un secreto demasiado grande para explicarlo en palabras.
—Lo sabrás a su debido tiempo.
Serenya apretó los dientes.
—¿Siempre dejas a la gente con más preguntas que respuestas?
—No todos merecen respuestas. Pero tú…—Su voz descendió a un murmullo reverente—.Tú mereces mucho más.
Antes de que pudiera replicar, se detuvieron frente a su puerta.
—Descansa. Ezryn no quiere que te debilites.
Serenya sostuvo su mirada un segundo más.
—¿Y tú qué quieres?
Lioran inclinó la cabeza, como si le ofreciera una reverencia.
—Que estés lista —repitió. Luego, tras un segundo de duda—: Cada uno vela a su modo. Ezryn, con vigilancia. Caelan, con silencio. Los demás... con cuchillos.
—¿Y tú?
—Yo... espero.
Y con eso, desapareció .
E l Bastión tenía oídos. Y lengua. No pasaron más de unas pocas horas antes de que el silencio empezara a resquebrajarse.
Primero fue un soldado. Uno cualquiera. De esos que limpian corredores y creen que la penumbra guarda secretos. Lo dijo en voz baja, un comentario junto al fuego del comedor de guardia.
—La vi. A ella. Con el Sangreth. Muy cerca.