15. La grieta entre nosotros #3
El escalofrío que recorrió a Serenya no fue solo por la tensión entre ellos, sino porque la grieta dentro de ella vibraba con cada palabra no dicha, con cada verdad oculta que Caelan se negaba a soltar.
—No sé qué soy —susurró, su mirada atrayéndolo como una órbita inexorable—. No sé qué es la grieta, ni por qué me llama. No sé qué se supone que debo hacer con este poder que arde bajo mi piel, o por qué siento que mi destino está atado a este lugar.
Inspiró hondo, dejando que su propia determinación llenara el espacio entre ellos y le hiciera ver que no era una pieza en su tablero, sino una fuerza que ninguno de ellos podía controlar.
—Pero sí sé una cosa, Caelan. —Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, peligrosa, un destello de algo que él aún no entendía del todo—. No voy a encajar en las reglas que tú o Ezryn queráis imponerme.
Una chispa de algo oscuro.
—Esto no es un juego.
Pero ya era demasiado tarde. La grieta lo sabía. Serenya también.
—No, no lo es —asintió ella, encendida de desafío—. Pero tampoco es solo vuestra guerra.
Caelan la observó como si, por un instante, estuviera tentado a derribar la barrera que siempre los separaba.
Como si sus labios casi pronunciaran la verdad que se negaba a admitir.
No obstante, no lo hizo. Y eso solo avivó el reto en la mirada de Serenya.
Si había algo más en todo esto, lo descubriría. A su manera.
Él avanzó un paso. El aire entre ellos pareció encogerse, como si su proximidad se lo tragara todo. No la tocó, pero no hacía falta.
—No. —Un susurro áspero, cargado y contenido acarició su centro—. Pero tampoco puedes fingir que esto no significa nada.
No la tocó. No hizo falta. Su sola proximidad desencadenó algo en Serenya: un impulso salvaje, seco, casi físico, que le tensó el vientre y le hizo apretar los muslos sin darse cuenta. No era calor ni magia. Era instinto. Puro. Crudo.
Su cuerpo lo reconocía desde un lugar que no sabía nombrar.
La mandíbula de Caelan se tensó, su pecho subía y bajaba con un ritmo que coincidía con el de ella, como si sus cuerpos buscaran sincronizarse sin permiso. La observaba sin pestañear, con la intensidad de un animal que huele el momento justo antes del ataque.
Serenya no supo quién se movió primero. Quizá fue ella. Quizá fue él. Pero lo cierto es que ya no había espacio entre los dos. Solo una línea invisible que vibraba entre deseo y peligro, entre lo que debía ser contenido y lo que estaba a punto de estallar.
Podía sentir su presencia. Dura, densa, tan real como su propio cuerpo.
Y entonces lo entendió:
Con Ezryn, su magia despertaba.
Con Caelan… su carne recordaba.
—Tienes razón —pronunció ella, sintiendo cómo el eco oscuro de su poder palpitaba bajo su piel—. No puedo.
En su mente, aún ardía la memoria de unos ojos más oscuros. De una promesa no cumplida entre sus labios. Ezryn no estaba allí, y, sin embargo… una parte de ella tampoco lo había dejado ir.
Por un instante, la sorpresa cruzó el rostro de Caelan.
Serenya lo vio. Un atisbo de lo que escondía.
Algo que él no logró ocultar a tiempo. Algo tan oscuro y hambriento como lo que ardía en su propia piel.
Tragó saliva, su cuerpo aún temblando con la energía que se enroscaba en su interior.
Profunda. Primordial. Pugnaba por liberarse, por abrirse paso entre los fragmentos de sí misma que aún no comprendía.
Caelan tomó aire, su respiración aún irregular, y se recompuso con la frialdad de un soldado, aunque su postura se había quebrado.
—Nos veremos luego —murmuró.
Antes de que pudiera detenerlo, antes de que pudiera decidir si quería hacerlo, se giró y desapareció por el pasillo, dejándola con el cuerpo ardiendo. La mente al borde de una revelación. Y la grieta, susurrándole desde dentro.
Serenya no se movió. No debía sentirse así.
El deseo no lo explicaba todo. Era la grieta, respirando dentro de ella con hambre.
Era su magia, reptando en sus venas, enredándose en su interior con una conexión que aún no entendía. Pero pronto lo haría. Muy pronto. El suelo se inclinó bajo sus pies. Perdió el equilibrio un segundo.
La sombra de Caelan se desvanecía en el pasillo. Pero su presencia seguía ahí. La tensión entre ellos no se disipaba tan fácilmente. Entonces, un golpe seco en la espalda. Un latido primitivo que no venía de su corazón, sino de un lugar más hondo.
El susurro no venía de ningún lado.
Era etéreo, suspendido en la penumbra del pasillo, deslizándose como un hálito frío entre los resquicios de su mente. Un escalofrío helado recorrió su espina dorsal. Sus dedos se cerraron en puños involuntarios.
Serenya .
Su garganta se cerró. Su pecho se contrajo en un aliento entrecortado.
Su mente quedó atrapada entre el peso de esa palabra y la certeza aterradora de que no estaba sola. Porque esa voz… No era solo un susurro perdido en el viento.
Era un reclamo.
La grieta la llamaba, tejiendo su destino en un lazo imposible de desatar. Una sacudida helada. El juicio se le rompió por dentro.
La había elegido.
Antes que ellos.
Antes que todo.