15. La grieta entre nosotros #2
Caelan se movió rápido. Un guerrero que se lanzaba a la batalla sin pensar en el golpe.
Su mano atrapó su brazo: firme, sin violencia, pero con un límite claro.
El pulso de su agarre envió un latigazo eléctrico por su cuerpo.
No era el toque calculado de Ezryn, la seducción envuelta en peligro. Esto era rabia contenida.
Una descarga de poder brotó de la grieta en su interior, su propia sangre respondiendo al roce. Como si su piel hablara un idioma que su lógica aún no había aprendido. Él no la soltó. Su respiración se volvió más lenta, más consciente. Como si cada inhalación le costara más que la anterior .
Los dedos de Serenya se crisparon. Sus sentidos estaban sobrecargados, su cuerpo ardía donde él la tocaba, pero no solo por el calor físico. Respondía a su presencia.
Vio su nuez subir y bajar, un gesto involuntario, casi imperceptible, que a ella no le pasó desapercibido. No cuando su mente lo llenó con un recuerdo que no debía existir. Porque lo sintió. Lo vio.
Y en él, algo titiló. Una tensión diminuta en los dedos, un titubeo en la forma en que la sostenía. No fue consciente. Pero a Serenya le bastó para saberlo: su cuerpo también recordaba. Como si, en otra vida, ya la hubiera sostenido así. Como si, sin saberlo, su tacto supiera a quién tocaba.
El recorrido de su propia lengua deslizándose por esa misma nuez, su aliento en su piel, el sabor de la batalla y la desesperación en su boca.
El eco de un momento que no había vivido, pero que, de alguna manera, su cuerpo recordaba. Un escalofrío la recorrió, pero no supo si fue por el frío o por la certeza de que, si se inclinaba un poco más, sabía exactamente cómo encajarían. Y eso la aterraba más que cualquier enemigo.
Algo en ella deseó —con una urgencia que no tenía sentido— volver a sentirlo. Confirmar que era real. Pero no se atrevió a moverse.
Una tormenta contenida. Cada músculo, forjado para resistir. Su mandíbula apretada, su agarre firme y la manera en que sus ojos oscuros se clavaron en los de ella le robaron el aliento.
—No entiendes lo que estás haciendo —dijo, en un susurro rasposo
Había furia en él. Negación. Pero bajo todo eso…
latía una emoción más espesa, de esas que no se nombran por miedo a que se hagan reales.
No debía estar ahí y aun así, vibraba entre ellos como un hilo invisible a punto de quebrarse.
No quería sentirlo. Serenya lo supo con la intensidad de quien reconoce una verdad que ha estado callando demasiado tiempo .
El temblor en su cuerpo era un llamado antiguo. No nacía de este instante, sino de todos los que lo habían precedido. La grieta pulsaba en su interior, una resonancia oscura y palpitante. Caelan no era solo un obstáculo en su camino. Era parte del origen. Parte de ella.
Y eso lo volvía infinitamente más letal.
—Entonces, explícamelo. —La firmeza de sus palabras desmentía el temblor que recorría su interior.
Sus ojos grises eran tormentas atrapadas. Un mar de sombras que ocultaba más de lo que revelaba. Por primera vez, Serenya sintió que estaba cerca de arrancarle una verdad que él mismo se negaba a aceptar. Cerca de algo que podía cambiarlo todo.
Caelan la soltó al instante. Sus dedos dejaron un rastro ardiente. Una ausencia que le hormigueó hasta la médula. Como si su cuerpo aún intentara ajustarse a su toque. Su expresión se endureció.
—Tienes una elección que hacer —dijo finalmente.
Serenya frunció el ceño.
—¿Elección?
—Ezryn o yo.
Las palabras cayeron como una sentencia en la penumbra del pasillo. Por un instante, no pudo procesarlo. No pudo siquiera respirar. Y luego, su rabia explotó.
—¿Te has vuelto loco? ¡No eres tú quien decide eso! —espetó, el enfado creciendo en su cuerpo.
Su grito reverberó en las sombras, pero Caelan no se inmutó. Su expresión permaneció impenetrable, con esa postura fría que la hacía querer arrancarle la piel a arañazos.
Su pecho subía y bajaba con la intensidad del momento, su corazón golpeando contra sus costillas con una violencia desconocida. Sentía la sangre hervir. ¿Quién demonios se creía que era?
Recién se conocían. Recién. Y, sin embargo, hablaba como si tuviera derecho a ponerle una elección imposible en las manos.
—¿De dónde sacas esto, Caelan? —Su furia chisporroteó en su piel, en el aire, a su alrededor—. Apenas nos conocemos.
Caelan se rio. Un sonido bajo, rasposo, que se deslizó por su piel con la aspereza de un filo sin pulir.
—¿Nos conocemos? —Sus ojos brillaron con algo salvaje—. Nos conocemos hace mucho más tiempo del que imaginas, mujer.
Quería correr. Quería quedarse. Quería entender. No podía hacer las tres cosas. Temblaba.
Dio un paso hacia ella. No fue amenaza, pero sí una carga.
—¿Crees que no lo siento? Lo que llevas dentro… lo que te llama. —Su mandíbula se tensó aún más, si eso era posible—. Puede que aún no tengas todas las respuestas. Puede que ni tú misma sepas quién eres. Pero si eres una Kael… —Hizo una pausa. El silencio dolió—. Tendrás que elegir bando.
No era una advertencia. Era un presagio.
Serenya sintió una fisura, profunda e inesperada, que la heló hasta el alma. Su respiración se hizo errática, su sangre vibró con una intensidad insoportable. Era imposible. Y, sin embargo, ahí estaba.
Cuando la voz de Caelan rozó su oído con el filo de una verdad que ninguno entendía del todo, la grieta dentro de ella se abrió. No en un latido sutil. No en un susurro de energía contenida. En una explosión. El pasillo tembló.
Las sombras a su alrededor se retorcieron como criaturas vivas, lamiendo los muros, danzando al ritmo del poder que latía en su piel.
Se estremeció. Fue un segundo, un titubeo en su postura, pero Serenya lo notó.
Él también lo reconocía. Porque el eco de su poder no lo empujó lejos. No lo hirió. Lo tocó.
Serenya contuvo el aliento. Caelan la miraba con una intensidad devastadora. Como si en ese instante, con la oscuridad rugiendo a su alrededor, con su poder desatado, finalmente la viera. No por primera vez. Sino después de mucho, mucho tiempo.
—Dímelo otra vez —susurró Serenya, desafío y súplica al mismo tiempo.
Entrecerró los ojos.
—Nos conocemos. No sé cómo, no sé por qué. Pero lo sabemos, Kael. Lo sentimos.
La electricidad en el aire chisporroteó entre ellos. La grieta rugió en su interior, hambrienta, ansiosa, viva. Y Serenya supo, con la certeza instintiva de una verdad olvidada, que después de esto nada volvería a ser igual.
El heredero Umbrae no se movió. Ni un paso atrás, ni un solo parpadeo. Pero la forma en que su mandíbula se tensó, en que su respiración se volvió más lenta y controlada, le dijo que sus palabras habían logrado lo imposible: desestabilizarlo.
—Es lo que tiene que pasar. —Su voz era baja, contenida, como si en su interior algo más peligroso se debatiera por salir.
Serenya sintió su furia arremolinarse con su confusión, retorciéndose en algo más primitivo. Más visceral. Había algo en las palabras de Caelan, algo que él no decía, que se le escapaba entre los labios cerrados y los ojos encendidos de tormenta.
—¿Por qué? —exigió, su tono aún vibrante, pero más afilado, como una hoja recién desenvainada—. ¿Qué tiene que ver la elección con nada? ¿Quién demonios ha dicho que debo escoger entre vosotros dos?
Su ceño se frunció más, su expresión oscilando entre la frialdad del guerrero y la incertidumbre de un hombre atrapado en un laberinto sin salida.
—Mujer…
—No, dímelo. Atrévete a pronunciar mi nombre y a explicarme esto que no termino de entender.
—Lo desafió, avanzando un paso, rompiendo la distancia que él mismo había impuesto entre ellos.
Su sombra se mezcló con la de él, con la de la grieta, con la del poder que aún vibraba en el aire—.
¿Por qué debería elegir? ¿Por qué todo gira en torno a vosotros?
¿Qué tiene que ver mi destino con esta absurda elección ?
Los músculos se tensaron bajo su ropa, su pecho expandiéndose en una inhalación lenta, medida. No respondió. No porque no tuviera una respuesta, sino porque la tenía… y no estaba dispuesto a dársela.