La llama no escrita (Lux Mortem 1) 15. La grieta entre nosotros
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15. La grieta entre nosotros

E l aire en los pasillos del Bastión mordía esa mañana, un filo gélido que se colaba bajo la piel como una advertencia silente.  Había tensión. Una corriente estática que cargaba el ambiente, como el instante exacto antes de que el relámpago desgarre el cielo.

Un escalofrío le recorrió la columna al salir de la biblioteca. Su respiración seguía desacompasada. Su sabor aún estaba en su boca. Y no era únicamente deseo lo que se había quedado impregnado allí.

No se arrepentía de lo sucedido. Quizá, lo único que lamentaba era que alguien los hubiese interrumpido.

El silencio se estiró a su alrededor, expectante. Y lo supo: no estaba sola.

«No ahora, por favor».

Tenía los labios hinchados y la piel marcada.

No estaba lista para otro juego de poder, otro intento de desentrañar verdades que aún no sabía si quería oír.

Cerró los dedos en un puño, obligándose a respirar profundo.

Tenía que rearmarse. Ocultar el temblor bajo la máscara porque él no podía saberlo.

La sombra se movió en el borde de su visión. La sensación de una mirada recorriéndole la espalda, el leve cosquilleo en la nuca, la familiaridad de un peligro acechando.

—Siempre tan sigiloso, Umbrae —dijo con ironía, sin girarse .

—Y tú siempre tan perceptiva.

Su voz llegó primero, un murmullo grave que reptó entre las sombras antes de que su figura emergiera, oscura, delineada por la luz temblorosa. La comisura de sus labios se alzó, pero sus ojos la recorrieron con precisión quirúrgica, demorándose un instante —demasiado intencionado— en su boca.

Serenya le sostuvo la mirada con calculada indiferencia. Si iba a jugar con ella, que supiera que también sabía manejar una daga. Él avanzó un paso, su proximidad alterando el aire.

—Te esperaba antes.

Su tono no cambió mucho, pero algo en la forma de decirlo afiló las palabras.

—Y, aun así, aquí estás —Serenya arqueó una ceja, un destello de desafío en su mirada.

—Sería una pena perderme esto.

No fue lo que dijo. Fue cómo la miró al hacerlo. Como si pudiera leerle la piel sin tocarla. Se concentró en evitar cualquier reacción. No podía permitirse el lujo de parecer vulnerable.

—Vaya, no sabía que disfrutabas tanto de mi compañía —murmuró, simulando una sonrisa.

Caelan inclinó la cabeza. Allí donde estaba, la luz parecía rendirse.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí y sobre el mundo, mujer —bajó la voz y continuó—, como el hecho de que esta noche los cuatro clanes Umbrae ya sabrán que estás aquí y discutirán si deben reclamarte a la fuerza.

—Cada palabra estaba medida, precisa, como una hoja bien templada—.

Te crees libre, pero para ellos, ya eres territorio.

Y cuanto más tiempo pase, más fuerte será la disputa.

Ella no respondió. La tensión en su espalda decía suficiente. Sostuvo su mirada. Había algo latente bajo sus palabras, algo que no estaba segura de querer desentrañar en ese instante. Antes de que pudiera pronunciar palabra, una tercera presencia irrumpió en el pasillo .

—Espero no estar interrumpiendo.

Su cinismo medido al milímetro se arrastró inundándolo todo.

Caelan no se movió, pero su atención viró hacia él con la lentitud de un depredador al acecho.

Lo que flotaba entre ambos cambió de densidad, cargado de una hostilidad contenida que no necesitaba explicación.

Era el instante en que la hoja aún no ha tocado la piel, pero ya se ha tomado la decisión de hundirla.

Serenya exhaló con exasperación y apoyó una mano en la cadera, golpeando el suelo con la punta del pie.

—Maravilloso. Nada como una lucha de egos para amenizar la mañana. —Alzó una ceja, el gesto cargado de ironía—.  ¿Sabéis lo que sería un verdadero milagro? Que alguna vez os encontréis en una sala… sin intentar mediros el ego, u otra cosa, a espadazos.

Ezryn sonrió de medio lado y avanzó con la calma de quien siempre lleva la ventaja. Sus ojos oscuros atraparon los de Serenya, brillando con ese destello felino que hacía difícil distinguir si jugaba o si estaba a punto de atacar. Aún guardaban el tinte rojizo de la biblioteca.

—Vamos, dulzura. No seas injusta. Si esto fuera una competición, él ya habría perdido.

Caelan soltó una risa baja, sin humor. Se apartó un paso, con la misma deliberación con la que desenvainaría una daga.

—Eso habría que verlo.

La atmósfera no ofrecía tregua. El crujido leve de una tabla suelta bajo sus pies, el leve chasquido de una antorcha consumiéndose en lo alto, los movimientos contenidos de cuerpos que no se relajaban del todo... Todo parecía estar sostenido por una cuerda tirante.

Serenya no necesitaba mirar dos veces para notar el pulso en los hombros de Caelan, la manera en que Ezryn giraba la muñeca. No hacían falta palabras ni miradas prolongadas: el campo ya estaba dispuesto, y ella era la pieza colocada justo en el centro .

No era miedo lo que la mantenía alerta, sino la conciencia punzante de que cualquier desequilibrio —una frase mal elegida, un gesto fuera de lugar— podía inclinar la balanza y convertir la situación en un choque directo.

—Vete, Maldrick. Esto es entre nosotros dos —dijo Caelan.

El pasillo parecía más oscuro donde él estaba, como si la piedra misma se hubiera fundido con su presencia, devorando la luz a su alrededor.

No tenía la relajada arrogancia de Ezryn, ni el gesto de burla listo en los labios.

Estaba de pie, firme, las piernas separadas, los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en ella.

No necesitaba moverse para imponer su presencia.

Las sombras respiraban con él, expandiéndose con un pulso sutil.

Serenya notó una opresión en el aire, una presión casi imperceptible que no venía de un solo origen. No conocía aún los límites de sus poderes, pero los presentía como un rumor en su sangre.

Y si los rumores eran ciertos —si Caelan era todo lo que se murmuraba entre pasillos y susurros, la hoja silenciosa que podía cortar sin ser vista—, entonces era una amenaza sutil, letal, imposible de anticipar. Su mirada no contenía rabia, ni celos. Pero quizá su quietud era peor.

Ezryn, en cambio, no se escondía detrás del control.

Su peligrosidad era otra: abierta, descarada, un incendio que seduce mientras consume.

Deslizó las manos en los bolsillos con elegante arrogancia y se giró con una calma exasperante, aunque algo en su espalda —la rigidez de sus hombros, tal vez— no se relajó.

Ella lo sintió: el deseo seguía ahí. Y algo más.

Antes de desaparecer por completo, su voz le rozó la mente como un suspiro, más caricia que despedida.

—Te veo más tarde, mi ruina favorita.

Serenya cerró los ojos por un segundo. Solo uno. El tiempo suficiente para desear que el aire volviera a entrar a sus pulmones sin arder. Pero no lo hizo. No con su sabor aún vivo en su lengua.

Luego, cuadró los hombros y sostuvo la mirada del guerrero frente a ella. No podía permitirse dudar. No con él.

—¿Vas a quedarte ahí, mirándome, o vas a decir algo?

La voz de Caelan fue un filo preciso cuando respondió:

—No tengo nada que decir.

«Mentiroso».

Su mirada hablaba por él. Oscura, insondable, un campo de batalla donde emociones contenidas y pensamientos prohibidos libraban su propia guerra. Su mirada mostraba solo un control feroz.

Se detuvo a un paso. Demasiado cerca para respirar tranquila, demasiado lejos para entender lo que sentía.

Con Ezryn era deseo. Pura combustión.

Con Caelan... era una herida abierta. No ardía. Dolía. Y, aún así, no retrocedía.

Notó una arruga leve entre sus cejas, un pliegue de tensión que no recordaba haber visto antes. Y, sin pensarlo, deseó alisarla con los dedos. No era ternura. No era lógica. Solo una urgencia extraña, que no sabía de dónde venía, pero que la habitaba con una familiaridad desconcertante.

Un golpe seco le atravesó el pecho. Su respiración se alteró, su nuca se tensó. Y entonces, sin aviso, la imagen la atravesó: sangre extendiéndose sobre piedra negra. Sombras moviéndose como si tuvieran vida.

Un susurro. Su nombre. Pero dicho con una voz que no era de este tiempo.

Y un roce. Piel contra piel. Tan nítido que su corazón perdió el compás.

La visión se rompió en pedazos demasiado rápido, agua escurriéndose entre los dedos. Su pulso retumbó en sus oídos.

—¿No tienes nada que decir? —repitió ella, levantando el mentón, obligándose a recuperar el control, a anclarse en el presente—. Eso es nuevo.

Caelan exhaló, pero el sonido fue más que un suspiro. Fue un peso. Una carga que no había soltado en años. Tal vez en siglos.

—Haz lo que quieras, Kael. Siempre lo haces .

«Siempre». La palabra la atravesó como una daga oculta. Su alma tembló, una pieza de un rompecabezas que ni siquiera sabía que estaba intentando armar. Ya la había escuchado antes. La frase se coló por las grietas de su memoria, reclamando un lugar que nunca había dejado del todo.

Tragó con dificultad, sus pensamientos enredados entre lo real y lo imposible. Porque una cosa era segura: él no la miraba como si la acabara de conocer, sino como si la hubiera perdido. Una y otra vez. Y esta vez, no estaba dispuesto a hacerlo de nuevo.

Debería haber esperado esa respuesta. Caelan siempre escondía más de lo que decía. Sin embargo, algo en su pecho se encogió al escuchar la forma en que su apellido abandonó sus labios.

¡Cómo le gustaría escuchar el sonido de su nombre en su boca! Ninguno de ellos se animaba a pronunciarlo.

«¿Por qué? ¿Qué me están ocultando?»

La rabia burbujeó en su sangre. No iba a dejar que él dictara cuándo hablar y cuándo callar. No cuando la sombra de reconocimiento entre ellos se aferraba al aire como un espectro negándose a desvanecerse. La grieta dentro de ella tembló, despertando, exigiendo respuestas.

—Dímelo, entonces. —Su voz salió más baja, más afilada de lo que pretendía—. ¿Qué es lo que quieres que haga? ¿Qué es lo que tanto te molesta?