La llama no escrita (Lux Mortem 1) 14. El arte de la caza #4
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14. El arte de la caza #4

—Demonios… —Ezryn jadeó, sus colmillos al borde, los ojos encendidos de rojo.

Serenya le sostuvo la mirada. Su pecho subía y bajaba. Su piel ardía. ¿Era la grieta? ¿El hambre? ¿La sangre? No importaba. Lo necesitaba más cerca. O se rompería. Entonces, le dijo:

—Hazlo.

Una orden. Un abismo.

Ezryn se congeló.

—¿Qué…?

—Muerde —susurró—. Si te atreves.

Por un segundo, se permitió imaginarlo: su cuerpo marcado por sus colmillos, su nombre enredado en su boca. Era irracional. Peligroso. Pero por primera vez, no sonó a amenaza.

Su cuello seguía expuesto. Su voz, una invitación y un desafío. Sus pupilas se dilataron cuando él bajó el rostro hacia ella

Él tragó saliva con dificultad. Tenía el poder. Tenía la necesidad. Sin embargo…

—¿Quién es el mentiroso ahora?  —murmuró ella, ronca de hambre contenida—. Lo deseas tanto como yo.

Ezryn cerró los ojos. Se aferró a su cintura como si ella fuera su única ancla en un mundo que desaparecía bajo sus pies. Su respiración la rozó, quebrado. Un segundo más y la mordería. La haría suya. Y ya no habría regreso.

Serenya, con un leve susurro, selló su destino:

—Hazlo, Ezryn.

Oír su nombre en labios de Serenya lo desarmó. Respiró profundo y continuó:

—Hazlo… o aléjate de una vez.

No temblaba. Pero por dentro… era fuego contenido. No sabía si era poder, deseo o destino. Quizá las tres cosas. Pero en ese momento, eligió no huir. Eligió arder.

Él rugió, con el alma. Se apartó de golpe. De pronto, la cercanía le quemaba. Separarse de ella implicaba un esfuerzo enorme, más en ese preciso momento. La miró. Y por un instante, en sus ojos no había seducción. Solo dolor. Y un amor no nacido que ya dolía como una maldición.

—Maldita seas —susurró, con los labios aún temblando de contención—. No sabes lo que estás pidiendo.

Pero ella lo sabía de forma inconsciente y lo deseaba. Por primera vez, el fuego no le dio miedo. Le dio sentido. Era el principio del destino. Y ella acababa de decirle que lo cruzara.

Ezryn apartó la vista demasiado rápido, como si aquel instante nunca hubiera ocurrido, como si su propia reacción lo desconcertara más de lo que quería aceptar. Pero Serenya lo había visto. Lo había sentido.

Algo en su interior se agitó, una vibración sutil, una presión en el aire que no provenía de él ni de ella, ni siquiera del deseo aún suspendido entre los dos.

No estaban solos. El vello de sus brazos se erizó y su pulso se aceleró, pero esta vez no fue por la intensidad de sus caricias.

Un presentimiento gélido que le anudó el estómago.

Él también lo notó. Su expresión cambió, endureciendo su mirada, dejando de enfocarla en ella.

En alerta. Serenya giró la cabeza, la estela del placer aún aferrándose a su piel…

pero su mente atrapada en el filo de la certeza.

Algo estaba allí. Mirándolos. Y no era nada que pudieran ver, al menos ella.

Los estantes de la biblioteca proyectaban sombras largas y sinuosas bajo la escasa luz de los candelabros.

Unos ojos en la oscuridad.

Ezryn la observó.

Algo estaba mal. La biblioteca no estaba en silencio. No del todo. Había una presencia, una corriente helada que no venía de ninguna parte.

—¿El Bastión está vacío? —preguntó en voz baja, y no supo por qué sus palabras se quebraron.

Ezryn dejó escapar una risa grave, lenta, como si la pregunta le divirtiera de verdad.

—Aquí nunca estás sola —susurró, casi con compasión fingida .

Serenya frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Su mano acarició su costado, suave como una pluma.

—Que nadie confía en ti.

No lo dijo con desprecio. Era un hecho. Serenya miró a su alrededor, intentando captar lo que él veía. Solo había sombras y el leve parpadeo de las velas sobre los libros antiguos.

—¿Qué quieres decir?

—Que ni el aire aquí es neutral.

—¿Eso es una amenaza?

—Eso es el Bastión—susurró él—. No los ves, ¿verdad?

Ella tragó con dificultad.

—No.

Él se inclinó, su sonrisa tan perezosa como cruel.

—Exacto.

Y de pronto, la atravesó. Un susurro. No un sonido claro, no una voz humana. Era algo más antiguo, algo que parecía filtrarse desde la piedra misma, como si la biblioteca contuviera secretos que no querían ser revelados.

Un pergamino viejo, semioculto entre los tomos mal encuadernados, dejó ver una línea casi borrada por los siglos:

«Y cuando los dos hijos se alzaron para dividir, hubo una llama que no eligió bando. Una que no fue nombrada. Que palpitó en silencio…»

Serenya giró bruscamente, el corazón desbocado. Nada. Solo el eco de una verdad que aún no tenía nombre.

Ezryn dejó escapar un suspiro.

—Ahora lo entiendes.

Sus ojos se oscurecieron con algo que Serenya no supo descifrar.

—¿Lo has oído? —murmuró ella.

Ezryn tardó un segundo en responder.

—Sí.

Pero no dijo nada más. Sus manos aún estaban sobre su piel, su proximidad seguía siendo peligrosa. Pero la intensidad del momento había cambiado. No era solo deseo. No era solo el juego entre ellos. Algo más estaba allí. Algo que los miraba. Algo que no quería ser visto.

Ezryn no la mordió.

Pero la grieta sí.