La llama no escrita (Lux Mortem 1) 14. El arte de la caza #3
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14. El arte de la caza #3

El calor entre ellos la envolvía, tan denso como el silencio que los rodeaba.

Cada roce de su aliento, cada centímetro de piel al descubierto, hacía que algo se encendiera bajo su carne.

Su cuerpo no lo anhelaba: lo reconocía. Como si hubiera estado esperándolo desde mucho antes de entender lo que eso significaba.

Ezryn tocó con su lengua uno de sus colmillos con una lentitud exasperante, saboreando el momento.

Serenya palpó el antebrazo con la mano. Bajo sus dedos, sintió la firmeza del músculo y una contracción mínima, pero clara.

Él también lo sentía. No necesitaban hablarlo.

Era deseo, simple y directo, latiendo justo debajo de la piel.

—No eres la única que lo siente —murmuró.

Un escalofrío se deslizó por su espalda. Él bajó el rostro hasta tocar su cuello con un aliento que le erizó la piel. No la mordió, pero cuando sus colmillos rozaron la curva de su garganta, ella sintió un tirón en su pecho. Un latido ajeno. Ezryn inhaló, absorbiendo su aroma.

—Si te probara de verdad… —Se pasó la lengua por los labios, en un movimiento inconsciente—. No sé si podrías seguir mintiéndote a ti misma.

Tragó, el pulso desbocado.

—¿Es real?

Ezryn alzó una ceja.

—¿Qué cosa?

Ella sostuvo su mirada, sin huir, sin parpadear.

—Lo que pasa cuando estás cerca. No es solo físico. Es algo más. Como si mi cuerpo te reconociera antes que mi mente.

El silencio que se instaló no era un juego. Ninguno de los dos se atrevía a nombrar de qué se trataba. Sintió su propia respiración enredada con la de él. Su pulso tan cerca, tan intenso, como un eco del suyo propio.

Sus ojos se desviaron hacia la curva de sus labios… y los colmillos.

—¿A cuántas has mordido? —preguntó, casi sin pensar .

Ezryn no parpadeó. Su cuerpo, sin embargo, se tensó.

—A una —respondió, sin adornos.

—¿Por qué solo una?

—Porque para nosotros, morder no es solo hambre. Es conexión. La sangre no se comparte sin consecuencias. No es piel. Es alma. —Las palabras cayeron con un peso nuevo, más denso, casi carnal—. Morder… es quedarse dentro. Y llevarse algo que no se puede devolver.

Mantuvo la mirada fija, el ceño fruncido.

—¿Y hablarme dentro de la cabeza también es parte de eso?

Él no fingió sorpresa. Sus ojos descendieron un segundo, y una de sus manos se cerró brevemente sobre la otra, como si intentara retener una respuesta antes de soltarla.

—¿Te molestó?

—Me desarmó —respondió, sin tartamudeos.

Tenía la espalda recta, los dedos crispados sobre el borde de la mesa. No era rubor lo que cruzaba su rostro, sino una defensa afilada.

El movimiento fue leve, pero hablaba de contención, de espera.

—Podría decir que fue casualidad. O que la grieta abrió más de lo debido.

Ella entrecerró los ojos, sin pestañear.

—¿Puedes hacerlo con todos?

Una sonrisa le rozó los labios, tenue, sin dientes. Tenía ese matiz de quien camina sobre hielo delgado y lo sabe.

—Solo con quienes ya tienen la puerta entreabierta.

Ella no parpadeó.

—¿Y la mía estaba abierta?

Bajó un poco la mirada, pero no en gesto de sumisión. Era... como si buscara palabras que no pudieran herir.

—Tú no eres una puerta. Eres una fisura. Una grieta que nunca quiso cerrarse del todo. —Su explicación sonó suave, cargada de una verdad que parecía doler incluso al pronunciarla—. Yo solo... escuché el eco.

La respuesta no la tranquilizó. Al contrario. Una sacudida sutil, imperceptible para cualquiera que no la mirase tan de cerca, le crispó el mentón. Luego, sin romper el contacto visual, se inclinó hacia él, sus labios a un suspiro de los suyos.

—Pues la próxima vez… toca antes de entrar.

Ezryn no se movió. Pero algo en su rostro cambió, como si una grieta distinta —una que él había mantenido sellada durante mucho tiempo— se estremeciera ante sus palabras.

Sus dedos, hasta entonces relajados sobre la mesa, se crisparon con fuerza contenida.

—Creí que lo había hecho —murmuró—. Pero tú... abriste sin preguntar.

Un segundo más. Un silencio casi tembloroso. Entonces él pestañeó, despacio, como si al hacerlo empujara algo hacia el fondo. Luego respiró hondo, y cuando exhaló, ya no era el mismo.

El brillo volvió a sus ojos. No el del desconcierto, sino el otro. El que sabía disfrazar la retirada de avance.

—¿Y tú, dulzura? ¿Me lo permitirías?

No se apartó. Inclinó el cuello, pero Ezryn lo sintió como un rugido en la sangre.

Su sonrisa se tensó, lenta, peligrosa.

—¿Curiosidad? —murmuró contra su piel.

El beso que dejó sobre su cuello fue una promesa afilada. Su aliento la rozó como fuego contenido, pero fue su silencio lo que la envolvió como un grito.

Entonces, sin pensarlo, Serenya se movió.

Sus dedos enredados en su nuca lo arrastraron hacia su boca.

Ezryn gruñó contra sus labios, sorprendido.

Ella lo devoró con una ferocidad que deshizo cada gramo de su autocontrol.

Su lengua se entrelazó con la de él como una guerra sin tregua, exigiendo, retando, poseyendo. Ya no era un juego. Era incendio.

Sus cuerpos chocaron con un hambre que no sabía fingir. Sus manos encontraron su cintura, su espalda, su muslo, reclamándola con desesperación. Pero fue ella quien marcó el ritmo. Ella quien lo empujó hacia atrás, haciéndolo tambalear hasta que no quedó espacio entre ambos.