14. El arte de la caza #2
Los reflejos rojizos de sus ojos se volvieron más profundos, verdaderas brasas ocultas brillaban en ellos, traicionando una emoción que no alcanzaba a nombrar.
Donde antes había cálculo, latía algo más inestable.
Su respiración se volvió más lenta, como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.
No dijo nada. Solo la observó, con esa intensidad suya que no buscaba respuestas, sino rendiciones.
—No sigas fingiendo que no lo sabes —musitó, su voz deslizándose como un veneno dulce—.
No es solo la grieta. No es solo lo que sientes por mí.
—Su media sonrisa se mantuvo, pero sus ojos se oscurecieron, afilándose con algo más intenso—.
Tal vez… —Hizo una pausa intencional, dejando que el silencio jugara a su favor—.
Dime, dulzura… ¿Qué sentiste cuan do la grieta se abrió?
Energía recorrió la espalda de Serenya. No necesitó cerrar los ojos para revivirlo. El calor abrasador. El fuego líquido en sus venas. La presión insoportable en sus omóplatos, como si su piel estuviera a punto de rasgarse.
—Algo despertó en mí —susurró—. Algo que no comprendo.
Acercó su rostro, evaluándola con una paciencia insidiosa, como si cada palabra suya fuera una pieza de un rompecabezas que él ya conocía.
—No es la primera vez que lo sientes, ¿verdad?
Serenya no respondió de inmediato. Porque no.
No lo era. Ese fuego en su espalda. Esa presión insistente.
La certeza muda de que algo dentro de ella no solo existía, sino que aguardaba el momento exacto para liberarse.
Una presencia latente. Algo que no se atrevía a nombrar.
Ya lo había sentido, aunque más suave, la noche en que llegó al Bastión.
Desde algún lugar lejano, se escucharon risas.
Voces jóvenes, pasos apresurados que resonaban como ecos apagados en la piedra.
Niños, tal vez entrenando en los patios, jugando a imitar a los mayores con espadas de madera y desafíos de honor.
La vida seguía, pero allí dentro, solo existían ellos dos.
Ezryn avanzó un paso, lento, deliberado, su silueta recortándose contra la tenue luz de los candelabros. Sus ojos, en ese instante más oscuros, la desnudaron con una certeza inquietante.
—¿Te da miedo?
La atmósfera se volvió densa, como si su sola presencia tejiera una red invisible alrededor de su piel. Serenya alzó la barbilla para poder mirarlo a los ojos, un desafío silencioso.
—No.
Él sonrió con ganas, un pequeño hoyuelo apareciendo en su barbilla. No lo había visto antes y su mano se movió antes de darse cuenta. Moría por acariciarlo.
—Mentirosa .
La tensión entre ellos cambió. Se volvió físico.
Se volvió algo que vibraba en el aire cargado, en la forma en que sus cuerpos gravitaban el uno hacia el otro sin haberlo decidido del todo.
Él acercó nuevamente una mano y rozó un mechón rebelde de su cabello.
El tacto fue apenas perceptible, pero bastó.
«¿A qué sabrán sus labios?», se preguntó, mojándose los suyos. «¿Será tan intenso como parece? ¿Qué se sentiría si me abrazara de verdad?»
—Es curioso… —musitó—. Tu cabello se ve negro aquí… pero cuando la luz lo toca... —Deslizó los dedos por una hebra suelta, girándola con calma—. Casi azulado. —Su sonrisa se afiló—. El de ella no era así.
El corazón de Serenya tropezó en su pecho.
—Ella… —Ezryn dejó que la palabra flotara entre los dos, sin nombrar a quien no necesitaba ser nombrada—. Su cabello tenía el color de la castaña al comenzar a cocinarse.
Sus labios se curvaro y dejó que su pulgar trazara un camino leve desde el mechón de cabello hasta la curva de su clavícula.
El cosquilleo le bajó por la nuca y le hizo apretar los muslos sin pensar. Quería empujarlo. Besarlo. Gritar. Todo al mismo tiempo. Pero no se movió.
—Dime, dulzura… —Su tono descendió, y la forma en que su boca rozó su piel no fue un accidente—. ¿Qué prefieres?
Serenya alzó la mano sin pensar y rozó el dorso de la suya. Un contacto mínimo. Íntimo. Fue como abrir una compuerta: su respiración se aceleró sin permiso.
«Maldita sea».
Él la miró como si hubiese estado esperando ese gesto.
—¿Respuestas… o distracción?
Estar cerca de él era un campo minado. Serenya alzó la barbilla y pronunció altiva:
—¿Por qué elegir?
Él dejó escapar una carcajada baja, oscura.
—Me gusta cómo piensas .
El mundo dejó de girar.
La miró con una mezcla de deseo y algo más primitivo. Algo que rugía bajo su piel, pidiendo paso.
«Podría detener esto. Podría retroceder. Pero algo dentro de mí... ya eligió», pensó ella.
Entonces, él la tocó.
No fue una caricia fugaz destinada a provocarla. La reclamó con un agarre firme, sus dedos hundiéndose en su cintura, quemando a través de la tela como si su toque pudiera marcarla. Era una exigencia silenciosa, una declaración grabada en su piel.
Serenya dejó escapar un jadeo ahogado. Eso que había estado latiendo bajo la superficie desde el instante en que él había posado sus ojos en ella por primera vez despertó.
Con un movimiento fluido, la atrapó entre su cuerpo y la mesa de madera oscura. Su calor la envolvió al instante, pero fue el contraste con la frialdad de sus manos lo que le arrancó un estremecimiento que no pudo contener.
Sus dedos trazaron un camino tortuoso sobre su espalda, un roce que la encendió más que cualquier contacto descarado. Ezryn inclinó la cabeza, su boca tan cerca de su oído que no pudo evitar que sus piernas flaquearan y sus ojos se cerraran.
—Dime que no lo quieres —susurró, y su voz destilaba peligro.
Serenya no lo dijo. Porque sería una mentira. En lo único que podía pensar era en arrancar cada pieza de tela que los separaba. Era irracional, pero deseaba... No, necesitaba sus manos en su cuerpo, su boca sobre ella. Ansiaba acariciarlo de una manera que nunca antes le había sucedido.
Su piel ardía bajo la proximidad abrumadora de Ezryn, y el pulso en su cuello la traicionó antes de que pudiera fingir siquiera un ápice de indiferencia.
Él buscaba respuestas en el lenguaje de su piel.
Sea lo que fuera que vio, lo convenció. Sus dedos se deslizaron hacia su nuca, hundiéndose en su cabello, inclinando su rostro hacia él .
—Sabes que esto lo complica todo, ¿verdad?
No era una advertencia. Era un recordatorio.
Serenya no respondió con palabras. Cuando los labios de Ezryn la rozaron —despacio, seguros—, un escalofrío le recorrió la piel. Su aliento se mezcló con el de ella, tibio, urgente, y sus cuerpos se alinearon con una precisión que no debía ser casual.
La reacción fue inmediata. Como si su cuerpo lo recordara antes que su mente.
Una vibración subió por su columna, ancestral, inevitable, como si algo muy antiguo despertara en su sangre.
Algo se fracturó en ese momento. Lo supo en el instante exacto en que los labios de Ezryn rozaron los suyos.
Fue una promesa rota antes de ser formulada.
Fuego contenido, urgencia sostenida. Serenya pudo haberse apartado.
En cambio, lo sujetó con decisión, disolviendo la distancia entre ellos con una colisión de anhelo y determinación.
No había lugar para dudas ni palabras. Solo vértigo y calor.
Ezryn suspiró contra su boca, su control resquebrajándose como cristal a punto de romperse. Sus manos descendieron hasta sus caderas y la alzó, encajándola contra él en una conexión irrefutable, un ancla que Serenya no intentó evitar. No quería evitarlo. Porque eso no iba a detenerse. Nunca.
Devoró su boca con una necesidad feroz, su lengua rozando la de ella en una batalla de poder que ninguno parecía dispuesto a ceder.
Pero Serenya no era una presa. No se dejaba someter.
Sus manos se deslizaron sobre su torso con intención, explorando cada línea, cada músculo tensado bajo la tela, sintiendo el calor atrapado en su piel.
No era una caricia tímida. No era sumisión. Era posesión.
Gruñó contra sus labios cuando los dedos femeninos arañaron ligeramente su espalda, exigiendo más, hundiéndose en su cabello, jalándolo con descaro.
—Oh, dulzura… —ronroneó contra su boca, una amenaza envuelta en placer—. ¿Vas a jugar conmigo?
Serenya sonrió contra sus labios, probando su sabor, arrastrando la lengua con una lentitud exasperante.
—¿Te doy miedo?
La risa de Ezryn fue un sonido bajo y peligroso.
—Me enloquece.
La mesa crujió cuando la subió con un golpe seco, atrapándola entre su cuerpo y el mueble. Pero ella no se dejó arrinconar. Subió una pierna y la enredó alrededor de su cadera, tirando de él, eliminando el último vestigio de espacio entre ambos.
Ezryn maldijo en un susurro contra su piel, apretando su muslo con un agarre que era puro deseo contenido. Serenya deslizó los labios por su mandíbula, su lengua trazando un camino lento hasta su oído, donde dejó un mordisco calculado. Él se tensó, un leve jadeo escapando de su garganta.
—Dímelo —susurró ella dulcemente, pero con un toque de risa en la voz—. ¿Quieres más?
Ezryn se movió con una brusquedad eléctrica, su aliento cálido en la curva de su cuello.
—¿Te gusta provocar, Serenya?
Las manos de Ezryn descendieron por su vientre, trazando círculos indolentes sobre la tela, explorándola con la calma tortuosa de quien disfruta cada estremecimiento que provoca.
El calor entre ellos era embriagador. Cada caricia era una promesa de algo más.
Hundió el rostro en su cuello, saboreándola, reclamándola con cada beso húmedo.
Ella se arqueó contra él, buscando más, perdiéndose en la sensación. Y entonces lo sintió.
No solo su boca. No solo la calidez de su aliento. Algo afilado, una presión sutil contra su piel. Se tensó y la sonrisa de él se curvó contra su cuello.
—¿Te asustan?
Serenya abrió los ojos, la respiración aún entrecortada.
Colmillos. No eran grotescos ni desproporcionados, sino una amenaza elegante, diseñada para cortar con precisión letal.
Bajo la tenue iluminación, relucían con un destello pálido: una advertencia silenciosa tras la máscara de seducción. Su estómago se contrajo.