14. El arte de la caza
D esde que la grieta se abrió, el ambiente estaba más alerta. Y aunque Ezryn no lo dijera, ella notaba el cambio. En sus silencios. En su cercanía. En la forma en que ya no la guiaba, sino que caminaba junto a ella, como si el mundo entero pudiera torcerse en el próximo cruce de pasillo.
El corredor hacia la biblioteca era un laberinto de piedra negra, angosto y sinuoso, iluminado por unas pocas antorchas parpadeantes.
Las sombras se retorcían vivas y expectantes.
El aire estaba impregnado de cera derretida, madera añeja y un leve rastro metálico, un eco latente de batallas que el tiempo no había logrado borrar.
Serenya avanzaba con aparente calma, pero con cada paso sentía el roce invisible de su presencia, demasiado consciente de cada uno de sus movimientos.
Ezryn no la estudiaba como un estratega analiza a su enemigo ni con la frialdad de un calculador.
Su atención tenía el filo peligroso de una cacería sin prisa, la precisión de un depredador que se recrea en el juego antes de asestar el golpe. Pero ella también sabía jugar.
—Esperaba que eligieras la biblioteca —murmuró él, con un tono tan bajo y arrastrado que parecía deslizarse hasta su oído, enredándose en su piel antes de desvanecerse—. Aunque, para ser honesto, no estoy seguro de si buscas conocimiento… o simplemente una excusa para estar a solas conmigo .
Serenya arqueó una ceja, sin frenar el paso.
—¿Siempre hablas así o es tu forma desesperada de llenar el silencio?
Ezryn dejó escapar esa sonrisa perezosa, ladeando la cabeza, que la hacía contener el aliento. Pero sus ojos estaban llenos de expectación.
—¿Siempre buscas respuestas… o es tu manera de no enfrentarte a las preguntas que realmente importan?
Serenya no mordió el anzuelo. No iba a jugar su juego. No iba a admitir que tenía razón.
No era solo la grieta lo que la inquietaba, ni los susurros del poder despertando en su interior. Era la sensación de que todo —los días, las noches, incluso sus pensamientos más íntimos— se tejía en torno a algo que ella aún no lograba comprender. Y en el centro de ese enigma estaban ellos dos.
La biblioteca emergió, imponente, un santuario de secretos encuadernados.
Las paredes contenían más que libros. Eran archivos de pactos rotos, tratados enterrados, linajes exterminados por menos de lo que ella representaba.
Si quería entender por qué todos la miraban como una amenaza, tenía que empezar allí.
Cada tomo que dormía allí tenía dueño. Y cada dueño respondía a un clan.
Sabía que no buscaba solo respuestas mágicas.
Buscaba comprensión. De cómo se había construido ese equilibrio podrido.
De quiénes ganarían si ella caía… o si decidía quedarse.
Porque en el Bastión, la historia no se escribía con tinta. Se grababa con sangre.
Cruzó el umbral con la seguridad de quien no teme la oscuridad, pero se tensó cuando Ezryn cerró la puerta tras ellos. Estaban solos.
A la tenue luz de los candelabros, los reflejos danzaban sobre sus rostros, transformando los contornos de Ezryn en algo casi irreal. La línea afilada de su mandíbula, la arrogancia reposando en la curva relajada de su boca, la forma en que absorbía la luz como si supiera manipularla a voluntad…
Se sorprendió al notar lo alto que era. Al lado de Caelan, parecía más menudo —más contenido—, pero allí, a solas, su altura dominaba la biblioteca. No es que Ezryn fuera pequeño. Es que Caelan era una maldita montaña. A solas, Ezryn ocupaba todo el espacio.
Incluso inmóvil, su cuerpo irradiaba tensión.
Bajo la ropa oscura, el trazo de sus músculos hablaba de fuerza y control, de alguien acostumbrado a dominar más con presencia que con palabras.
Serenya no quiso imaginarlo —de verdad que no—, pero su mente deslizó una imagen fugaz y traicionera: el peso de Ezryn sobre ella, empujándola hasta que no quedara más opción que rendirse o arder.
Trató de tragar saliva, pero la garganta se le había secado. Él inclinó la barbilla un milímetro, con esa gravedad silenciosa que decía: lo sentiste . Y yo también.
—¿Qué esperas encontrar aquí? —preguntó, apoyándose contra una de las mesas con la soltura de quien no siente el peso de sus propias palabras, pero sí el de las respuestas que podrían venir.
Serenya recorrió las estanterías con la mirada, los dedos rozando los lomos de libros encuadernados en cuero, pergaminos enrollados, fragmentos de conocimiento perdido. Pero ninguno de ellos podía darle lo único que realmente buscaba.
—Respuestas.
Chasqueó la lengua, un sonido bajo que le encendió la piel.
—Qué directa. Me encanta.
Ese hombre disfrutaba del juego. Pero esta vez, Serenya no estaba para eso.
—Sobre la grieta. Sobre lo que me está pasando. Sobre lo que realmente está ocurriendo aquí.
No vaciló. Sus puños se cerraron a los lados, conteniendo un temblor que no era miedo.
Era otra cosa. Más antiguo. Más visceral.
Estaba aquí. Pero no era de aquí. Y el aire lo sabía.
Ezryn no se burló. No esa vez. Su sonrisa se desvaneció en algo más insondable, un eco de pensamiento que se deslizó tras la máscara de indiferencia .
—¿Y crees que este lugar te dará respuestas?
Su voz sonó más baja, casi un murmullo atrapado entre las estanterías. No había sorna en ella. Solo algo calculador, como si midiera el peso exacto de cada palabra. Serenya sostuvo su mirada, sintiendo sus ojos recorriéndola, diseccionándola.
—La biblioteca no. Tú.
Algo cambió. Un destello—leve, fugaz—cruzó sus ojos, como una grieta en la máscara.
No lo esperaba. Por un instante, la seguridad se esfumó y dejó entrever algo más crudo, más vulnerable.
Como si hubiera olvidado, aunque solo fuera un segundo, que con ella no bastaba con fingir. Su sorpresa duró lo que un latido.
No respondió enseguida. En lugar de eso, posó la vista en un punto indeterminado, la expresión marcada por un pensamiento que elegió no compartir.
Buscó con la yema de los dedos su muñeca izquierda, rozando el brazalete con un gesto distraído, casi reverente.
Como quien toca una herida vieja, no para abrirla, sino para recordar que sigue ahí.
—Vaya. Qué halago. —La sonrisa regresó, afilada, ladeada con esa arrogancia estudiada que parecía adherida a su piel—. ¿Ves? Siempre supe que acabarías buscándome. Algunos lo llaman ego. Yo prefiero llamarlo previsión.
Se giró y sacó un volumen encuadernado en negro, con símbolos antiguos.
—Este no está en los registros. Ni siquiera debería estar aquí.
Ella lo abrió. Las letras eran Kael. Pero las comprendió. Como si una parte de su sangre las tradujera antes de que pudiera pensarlo.
—¿Cómo sabías que lo entendería?
—No lo sabía —respondió él. No sonó a mentira, sino a recuerdo.
El silencio se estiró entre ellos, denso, eléctrico, casi tangible. Sus ojos se detuvieron en ella, no con la insolencia de quien busca provocar, sino con la atención de alguien que evalúa una grieta en una armadura. Como si estuviera decidiendo hasta dónde dejarla ver.
Serenya sintió esa tensión pulsando entre ellos, presionándole la piel como una advertencia. Pero no era frágil.
Lo que había sentido la noche anterior—ese tirón en su interior, esa certeza abrasadora de que la grieta la había reclamado—seguía latiendo en su pecho. Una llamada que no podía ignorar. Un fuego que había dormido demasiado tiempo.
No estaba allí por azar. Estaba allí porque no podía ser de otra manera. Y aunque Ezryn lo sabía—porque lo sabía; podía verlo en la quietud forzada de su postura—, no iba a dárselo todo con facilidad.
—¿Y qué te hace pensar que te daré esas respuestas?
Serenya se volvió hacia él sin prisa, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto que no era solo de desafío, sino de certeza.
Lo que siguió fue un duelo de voluntades. Él sabía algo. Y ella estaba dispuesta a arrancárselo.
Ezryn la observó con esa calma peligrosa suya, la misma que precede a un incendio lento.
La estudiaba, midiendo sus límites, tanteando hasta dónde podía empujarla antes de que ella flaqueara…
Pero ella no retrocedió. Lo sostuvo. Lo desafió con la misma intensidad con la que su propio cuerpo se tensaba, respondiendo a algo más primitivo que la confrontación.
—Quizá… Depende de las preguntas —respondió con un brillo maléfico en sus pupilas.
Serenya avanzó un paso, estrechando la distancia entre ambos.
—¿Qué soy?
Ezryn inclinó la cabeza en un gesto que ella empezaba a reconocer. La luz de las velas rozó su piel, y un leve color ascendió por sus mejillas, inesperado. Tardó solo un par de segundos en controlar de nuevo su máscara.
—No lo sé .
Demasiado ligero. Demasiado calculado. Serenya entrecerró los ojos.
—Mientes.
Su sonrisa se amplió, pero no fue arrogante. Fue lenta. Medida. En su mirada oscurecida no había burla.
—¿Y si te dijera —murmuró con intención— que no eres la única que se siente así?
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo…?
El príncipe Sangreth suspiró, mirando al techo por un breve momento, midiendo con meticulosidad el momento exacto de soltar una verdad peligrosa.
—Ese tirón en tu interior. Esa sensación de que algo más fuerte que tú te arrastra en una dirección que no comprendes. ¿Nunca te has preguntado si realmente te pertenece… o si alguien más lo puso ahí?
La pregunta se deslizó entre ellos. Él sostuvo su mirada un instante más y luego alzó una mano. No la tocó de inmediato. Se permitió el momento de rozar el espacio entre ellos antes de que la yema de sus dedos encontrara su muñeca. Casi pidiendo permiso.
Serenya se quedó inmóvil. No fue solo el contacto. Algo dentro de ella respondió al instante.