13. Donde el deseo duele
E l cabello suelto caía sobre la frente de Ezryn.
Se lo apartó con los dedos en un gesto distraído que, en él, parecía estudiado.
La contempló con un hambre antigua, poco disimulada.
Su lengua rozó el labio inferior, como si se contuviera.
La observaba como a un destino que había decidido no evitar.
Caelan exhaló, un sonido bajo, frustrado.
—Ya basta de juegos.
Ezryn arqueó una ceja, pura arrogancia contenida en su tono.
—¿Juegos? Oh, Virel… ¿Te refieres a la forma en la que sigues evitando decirle la verdad? Porque si alguien está jugando aquí… no soy yo.
La distancia entre ellos se redujo hasta convertirse en una línea invisible de poder contenido.
Serenya sintió el latido de su pulso contra la piel, la presión en su espalda, el eco de algo dentro de ella al borde de despertar.
Ella quería respuestas. Y si no se las daban, las arrancaría por sí misma.
No respondió de inmediato. En cambio, cruzó los brazos, recorriendo la habitación con una calma calculada. Había tensión en el aire, sí. Y también algo que estaba empezando a notar con mayor claridad.
Caelan, con el ceño fruncido, una sombra de conflicto en la profundidad de su expresión.
Sus ojos bajaron por instinto, deteniéndose un instante en la caída de la tela sobre sus caderas antes de volver a su rostro.
Ezryn sonreía con esa seguridad insoportable que hacía temblar la lógica.
Esa confianza indolente que parecía grabada en su piel.
Una provocación sin palabras, un asedio disfrazado de calma.
Todo cobró sentido de golpe. Una parte de ella temblaba; la otra se deleitaba. Por primera vez desde que despertó, eran ellos los que estaban al borde.
—¿Algo que decir? —preguntó ella, arqueando una ceja.
El príncipe Sangreth fue el primero en responder, por supuesto.
—Mmm… no estoy seguro de qué me intriga más, dulzura. —Chasqueó la lengua, entrecerrando los ojos y pasando la punta de su lengua por el vértice de su boca, antes de continuar—. El hecho de que parezca hecho para ti… o que ninguno de nosotros te lo haya dejado.
Ella no apartó la mirada.
—¿No fuiste tú?
Su rostro se transformó, insolente. Por un instante, la juventud lo humanizó.
—Si hubiera sido yo, lo sabrías.
Una voz femenina, suave, pero con filo, surgió desde el umbral.
—Interesante afirmación. Aunque debo decir… le queda muy bien, señorita.
Ezryn giró el rostro con una ceja arqueada.
—Mirel. Qué oportuna interrupción.
—Siempre que hay hombres discutiendo como pavos heridos, suelo encontrarme cerca. Casualidad, supongo.
Serenya parpadeó. Mirel estaba allí, con las manos entrelazadas, la expresión neutral y la mirada demasiado atenta.
No dijo más. Solo se limitó a pasar junto a la mesa, como quien no tiene prisa, y salió por la misma puerta que había cruzado, dejando tras de sí un perfume leve de flores secas y una sospecha.
Ezryn negó con la cabeza, luego volvió a enfocarse en ella con una sonrisa torcida .
—¿Ves? Yo no miento. Pero otros tienen talento para aparecer justo cuando no deben.
Caelan inspiró hondo por la nariz, como si contar hasta diez fuera lo único que lo mantenía en pie. Los músculos de su mandíbula parecían a punto de estallar y sus manos se cerraron en puños a los costados.
—No es un juego, Maldrick. —Había una quietud peligrosa en su tono—. Si alguien más la está observando aquí, tenemos un problema mayor.
Un nudo se apretó en su estómago. No lo había pensado así. ¿De verdad alguien más estaba moviendo los hilos en ese lugar? Su instinto le decía que sí. Ezryn lo ignoró.
—Aunque debo admitir… te sienta incluso mejor de lo que imaginé.
El general Umbrae gruñó en respuesta. Ella dejó que la tensión se espesara un poco más antes de hablar.
—Si ninguno de vosotros me dejó esto, entonces… ¿Quién lo hizo?
El silencio que siguió fue una respuesta en sí misma.
—Tal vez el Bastión está mostrando su hospitalidad —murmuró Ezryn con diversión, aunque había un matiz en su tono que no era del todo una broma.
Caelan resopló, seco.
—Si crees eso, eres más idiota de lo que pensaba.
Serenya bajó la mirada a la tela, pasando los dedos por su superficie. Fría. Inusualmente fría, incluso contra el calor de su piel. No. No estaba sola en el Bastión. Pero ya se encargaría de eso después. En ese instante, había otra cuestión que le interesaba más.
—No pienso quedarme aquí sentada esperando que las respuestas caigan del techo —declaró.
Unos pasos resonaron más allá del umbral. Ezryn giró el rostro, y con disimulo, sus dedos buscaron el brazalete en su muñeca.
—Me encanta esa actitud. Entonces dime, dulzura, ¿qué te apetece más? ¿Una visita a la biblioteca, para ver qué secretos oscuros guarda este lugar? ¿O prefieres moverte un poco… y aprender a defenderte mejor?
El otro heredero se giró lentamente hacia él, su expresión pétrea.
—No va a ir contigo.
Ezryn arqueó una ceja, ladeando la cabeza con fingida inocencia.
—Oh, por favor, no empieces con tus órdenes, Umbrae. No es tu prisionera, al menos no solamente tuya de todas maneras.
Caelan no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla.
—Tienes que descansar. No sabemos qué efecto ha tenido la grieta en ti.
Sostuvo su mirada, desafiante.
—Tampoco voy a esperar aquí a que lo averigüéis por mí.
El general Umbrae frunció los labios, mordiendo una respuesta que no quería soltar. Ezryn dio un paso adelante, con esa expresión suya que siempre parecía un juego y una trampa a la vez.
—Entonces, venenosa tentación… ¿Qué decides? ¿Me sigues por respuestas, o solo porque sabes que no puedes evitarlo?
Serenya inspiró hondo. Si iba con él, tal vez obtendría respuestas.
Tal vez entendería mejor qué demonios quería de ella.
Pero nada con Ezryn sería simple. Si iba con Caelan, al menos sabría que alguien con más juicio estaba cerca…
aunque algo en él, en su contacto, la inquietaba de una forma que aún no lograba descifrar.
La elección estaba hecha.
—Vamos.
Los ojos color vino brillaron con un destello de triunfo. El otro solo suspiró.
—Nos veremos después… Si no es demasiado tarde —murmuró, pero su tono era una advertencia.
No se fue de inmediato. Se quedó un instante, como si debatiera si decir algo más o marcharse en silencio. Finalmente, exhaló con frustración y giró sobre sus talones, avanzando con pasos firmes.
Serenya lo siguió con la vista unos segundos.
No se dirigía a su habitación, sino hacia una puerta lateral, una que se perdía en las sombras del pasillo.
Unos pasos más suaves, casi imperceptibles, resonaron antes de detenerse abruptamente.
Giró la cabeza, pero no vio nada aún. El silencio que siguió fue aún más espeso.
Antes de que Caelan cruzara la puerta, una figura emergió del otro lado.
Un hombre de cabello oscuro y rostro marcado por cicatrices de guerra, con la expresión de alguien que había visto demasiado.
Cruzó unas palabras en voz baja con Caelan antes de posar los ojos en ella.
Por alguna razón, su corazón se salteó un latido.
—¿Es ella? —La voz del hombre era grave, controlada, como una hoja bien afilada, deslizándose sobre piedra.
Serenya sintió su mirada recorrerla, fría y calculadora, un arma calibrada para matar antes de dudar.
—Sí —respondió Caelan sin siquiera girarse.
El hombre asintió, pero su expresión se mantuvo inescrutable. No era la mirada de un soldado midiendo una amenaza. Había en ella una certeza demasiado vieja para nacer en ese instante.Luego, sin más, desapareció tras la puerta junto con Caelan. Pero algo suyo se quedó con ella.
Ezryn chasqueó la lengua, atrayendo su atención de vuelta hacia él.
—Bienvenida a la diversión, dulzura —dijo, extendiéndole la mano con una sonrisa que prometía todo menos tranquilidad. En lugar de moverse de inmediato, hizo un gesto despreocupado hacia la mesa de piedra, donde una bandeja de comida aún humeaba.
—Antes de sumergirte en misterios antiguos, sugiero que comas algo. No me interesa cargar con una mujer desmayada en medio de la lectura.
—¿Te preocupa mi bienestar ahora? —preguntó, entrecerrando los ojos y cruzándose de brazos .
Ezryn la observó con esa calma indolente que le pertenecía solo a él. La luz de las velas esculpía sombras en su rostro afilado, marcando la curva de su sonrisa lobuna.
—No confundas mi pragmatismo con bondad, dulzura. Pero si no comes, se notará en tu humor, y eso sí me molestaría.
Ella bufó, pero aceptó el asiento frente a él.
Tomó un pedazo de pan caliente, la costra dorada crujiendo entre sus dedos antes de deshacerse en su boca.
No se dio cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que el primer bocado despertó un vacío que ni siquiera sabía que tenía.
Él la observaba en silencio, su copa girando entre sus dedos con una lentitud exasperante.
—¿Qué? —preguntó, alzando la barbilla.
—Solo disfruto verte saborear algo con tanto placer —le informó, ladeando la cabeza.
Ya lo había dicho una vez, cuando le ofreció bayas silvestres en medio de la niebla. Entonces también la deseó con los ojos antes que con las manos.
Serenya dejó el pan sobre el plato con deliberada lentitud, sosteniendo su mirada sin parpadear.
—Y yo disfruto no envenenarme en el proceso.
Ezryn soltó una carcajada baja, oscura.
—Me ofendes, preciosa. Si quisiera envenenarte, lo haría con métodos mucho más entretenidos.
Decidió ignorarlo y siguió comiendo, obligándose a centrarse en el calor de los huevos revueltos, en la sal que aún le quedaba en los labios.
Con la misma despreocupación que usaba para todo, Ezryn extendió la mano.
Antes de que ella pudiera reaccionar, su pulgar se deslizó con un roce lento sobre la comisura de su boca.
Por un instante, su expresión vaciló. Su mirada bajó a sus labios. Y su voz, tan pulida siempre, falló al intentar decir algo más.
—Yo...
Tragó saliva, pero no terminó la frase. Lo que no dijo pesó más que cualquier promesa.
La nuez de su garganta subía y bajaba, conteniendo algo mucho más grande que una palabra.
«Bueno, bueno… He conseguido poner nervioso al temido Maldrick», pensó. Y no supo si eso la divertía… o la desarmaba aún más.
—Migas —murmuró.
El sonido de su voz fue una caricia grave, un roce tan íntimo que su espalda se volvió rígida.
No fue solo el contacto. Fue la forma en que su piel respondió.
Un calor sutil, un escalofrío que serpenteó desde el punto de su roce hasta algún lugar más profundo.
Un segundo más de lo necesario. O tal vez no era su imaginación.
Ezryn no se movió, pero la tensión en sus hombros traicionó su calma. Su pulgar aún suspendido cerca de su boca, como si el contacto le quemara más a él que a ella.
Serenya apretó los labios y se obligó a inclinarse hacia atrás, rompiendo la tensión antes de que él pudiera explotarla aún más. Su sonrisa le dijo que ya era demasiado tarde. Era la chispa exacta antes de que todo ardiera.