La llama no escrita (Lux Mortem 1) 12. Sombras y secretos en el Bastión #3
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12. Sombras y secretos en el Bastión #3

El Umbrae, en cambio, la miró y calló. Su pecho aún se agitaba con la respiración pesada del enfrentamiento, pero sus ojos eran sombras y tormentas, un mar de emociones contenidas tras una máscara de hielo. Pero en ese hielo había una grieta. Algo que se parecía demasiado a la culpa.

El enorme guerrero ya había tomado una decisión en el instante en que la vio.

Antes siquiera de que pudiera abrir la boca para preguntar qué demonios estaba pasando, él ya había resuelto algo en su mente.

Y la certeza de ello le encendió una chispa de irritación en el pecho, un fuego de desafío que ardió en su interior.

No iba a permitirlo. Inspiró hondo, cuadró los hombros y avanzó.

Cruzó la habitación con paso firme, su mirada fija en ellos.

Ezryn la siguió con los ojos, su atención deslizándose sobre su figura con una apreciación descarada. Sus labios se curvaron al reparar en su atuendo.

—Vaya, dulzura… —murmuró, ladeando la cabeza—. No te imaginaba vistiendo como una perfecta dama de la corte.  —Su mirada descendió con una lentitud insolente—. Aunque…  debo admitir que el contraste es bastante… intrigante.

Serenya no necesitaba un espejo para saber a qué se refería.

La ropa que alguien había dejado sobre la silla para ella era demasiado elegante, una túnica de telas finas, ceñida con un corsé discreto, lo bastante ajustado para remarcar cada curva.

Azul profundo, casi negro, con detalles plateados que atrapaban la luz de las antorchas.

Demasiado refinada. Demasiado varethiana.

Demasiado ajena. Y, a su vez, tampoco parecía del estilo de Caelan.

Dirigió la mirada hacia él, esperando una reacción.

Y la encontró. No había diversión oculta.

Solo tensión contenida, algo que se negaba a poner en palabras. Ezryn lo notó. Claro que lo notó.

—Déjame adivinar… ¿Fuiste tú quien la dejó para ella? No… no, Virel. Esto no es de tu estilo.

Caelan apretó la mandíbula, desviando la vista un instante, como si negarse a responder fuera lo único que podía hacer para no concederle el placer de una reacción.

—No fui yo.

Serenya frunció el ceño.

—Entonces, ¿de quién?

Ezryn esbozó una media sonrisa.

—Parece que alguien más en este bastión tiene buen gusto. —Sus ojos brillaron con un destello travieso—. Aunque… no puedo evitar preguntarme cómo te verías en algo menos apropiado. Algo más… adecuado para ti.

Caelan gruñó algo ininteligible. Serenya lo ignoró.

Sabía lo que estaba haciendo. Disfrutaba provocándolo; provocándolos a ambos.

Lo cierto era que, por primera vez desde que despertó, sentía que tenía algo de control sobre la situación.

Y era extraño que ese control naciera justo entre dos hombres dispuestos a incendiarse por ella.

—¿Qué está pasando?

Su pregunta cortó el aire con firmeza, abriéndose paso entre la tensión aún vibrante en la habitación. No iba a dejar que la rodearan con medias verdades. No después de lo que había sentido. De lo que había visto.

Caelan desvió la mirada, un parpadeo de vacilación, ínfimo, pero suficiente.

Ezryn, en cambio, se movió como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

Se inclinó levemente hacia ella, sin tocarla, pero invadiendo su espacio de una forma tan natural, que su presencia se sintió como un roce sin contacto.

Como un hálito de peligro perfumado con seducción. No era sombra. Era algo peor.

Ella sostuvo su mirada y esperó porque sabía, con una certeza inquietante, que él iba a responder. Pero la respuesta no sería lo que ella esperaba.

—Eso, ruina mía, es algo que tendrás que decidir por ti misma.

Un arrullo envolvente, como un secreto susurrado demasiado cerca. Hablaba como quien no dice algo: lo lame antes de soltarlo. Serenya sintió el escalofrío recorrerle la columna, una corriente eléctrica, primitiva.

Bajó la barbilla, pero no apartó los ojos.

Sentía el calor del desafío arderle bajo la piel.

Ezryn la observaba con ojos de caricia no dada, de promesa aún no dicha.

Se deslizaba sobre ella con una intensidad que rozaba la piel sin tocarla, como un pensamiento sucio al borde de hacerse palabra.

No era solo un juego. Era una evaluación.

Un reto débilmente disfrazado. Como si midiera cuánto estaba dispuesta a desnudarse sin quitarse la ropa.

Cuánto estaba dispuesta a dejarlo entrar, sin abrir la boca.

Caelan, todavía de pie junto a la mesa, endureció la mandíbula.

La tensión se marcó en su postura, en la manera en que sus hombros se envararon, en la sombra que nubló su expresión.

No le gustaban las palabras de Ezryn. Ni el tono.

Ni su cercanía. Pero Serenya no era de las que retrocedían.

Le sostuvo la mirada, sintiendo el calor del reto arderle en las entrañas.

—Yo decido.

Ezryn arqueó una ceja.

—Oh, dulzura… me vas a matar un día de estos.

Serenya le sostuvo la mirada.

—Haz fila —dijo,  sin siquiera inmutarse—. Entre la profecía, los clanes y mis noches en vela… no te va a tocar primero.