La llama no escrita (Lux Mortem 1) 12. Sombras y secretos en el Bastión #2
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12. Sombras y secretos en el Bastión #2

El sonido seco del golpe sacudió algo más que la sala.

Le rasgó un recuerdo que no tenía forma, pero sí vértigo.

Sintió su corazón golpearle el pecho con violencia.

No era solo ira. Había algo íntimo y crudo en la forma en que Caelan lo sujetaba, con el puño suspendido en el aire.

En la rigidez de su postura, como si su propio cuerpo fuera una prisión para la rabia que lo consumía.

Ezryn, a pesar de estar inmovilizado, no perdió la sonrisa.

La tensión en su cuello no parecía incomodarlo.

Su postura atrapada entre la pared y el cuerpo de Caelan no lo hacía lucir derrotado.

Al contrario, su expresión era pura provocación, su aliento rozando el rostro del otro heredero con una cercanía que parecía más una intimidad peligrosa que un acto de sumisión.

—Golpea, Umbrae —susurró, un veneno suspendido entre los dos—. Vamos. Déjame ver hasta dónde estás dispuesto a llegar por ella.

El golpe no llegó. Caelan lo tenía atrapado, el puño alzado, la respiración pesada y la furia latiendo en cada fibra de su cuerpo. Pero algo en su mirada no era rabia pura.

Un impulso involuntario, un reflejo sin control. El Juicio Íntimo se deslizó bajo su carne. El don del Sangreth despertó.

La emoción contenida en el cuerpo de su enemigo lo invadió como una ola sin forma: no había palabras, ni recuerdos claros, solo sensaciones arrancadas del fondo de un abismo que no debería existir.

Una risa infantil, cortada en seco.

Una voz femenina susurrando su nombre.

Luego, nada.

Silencio.

Y una presencia sin rostro, sin tiempo. No era exactamente Serenya. Pero tenía su huella.

Apretó los dientes. El fuego le subió por el pecho. Certeza.

Caelan no hablaba del presente. No hablaba de esta vida. Y, sin embargo… sangraba por ella. Por esa mujer.

El puño del Umbrae temblaba. Su respiración temblaba; sus ojos, dos tormentas al borde del estallido.

Un músculo en su mandíbula se contrajo, la batalla interna reflejándose en cada fibra de su cuerpo.

Serenya lo percibió como si fuese su propio pensamiento.

Vio el instante exacto en que la línea entre la razón y el instinto se desdibujó. Y entonces estalló.

—¡No es ella! —rugió, rompiendo el momento, la magia, el aire mismo.

Las sombras explotaron a su alrededor. Una estantería cedió con un crujido seco, desparramando pergaminos y frascos de vidrio que se hicieron añicos al tocar el suelo.

La piedra crujió. El mundo pareció estremecerse con su negación.

Pero Ezryn lo había visto. No todo. Solo lo suficiente. Y eso le bastaba.

Ella sintió el impacto en el pecho. Algo en su interior se encogió. ¿Por qué dolía verlo así? No era solo la violencia, ni siquiera era el miedo a su fuerza desbocada. Era lo que esa rabia significaba. Algo roto que no quería mirar de frente.

Un sonido bajo y gutural quebró el silencio.

—Tienes razón, Umbrae. Quizá no es ella. —Su sonrisa era puro filo—. Y, sin embargo, aquí estamos. Otra vez. Qué tragedia más deliciosa.

¿Lo disfrutaba? No solo el juego de provocación, no solo ver a su rival arder.

Había algo más. Un interés más profundo que no decía en voz alta.

Movió la cabeza un milímetro, sus ojos atrapando cada espasmo de rabia en el rostro frente a él.

Una fascinación retorcida se plasmaba en su rostro.

Como si cada grieta en la armadura del guerrero le diera hambre de más

Ella tragó saliva. No quería estar atrapada entre ellos, no de esa forma.

Sin embargo, su cuerpo no se movió. El instinto le gritaba que diera un paso atrás, que escapara de esa guerra silenciosa entre ambos, pero sus músculos no respondieron.

Había algo en esa furia contenida, en esa sombra que parecía viva y furiosa, que hacía que su propia magia respondiera en un murmullo latente, reconociendo el caos.

Un cosquilleo recorrió sus brazos. La energía en el aire la rozaba, insinuándose bajo su piel, deseosa de anidarse en ella.

Caelan giró la cabeza hacia ella de golpe, con la respiración agitada, los ojos brillando. Por un instante, solo uno, la culpa cruzó su expresión como una sombra efímera.

No supo qué hacer, qué decir, ni siquiera qué pensar.

El agarre titubeó sobre la ropa de Ezryn y, finalmente, lo soltó.

El Sangreth aterrizó con una elegancia felina, girando los hombros con languidez.

Se sacudió con un gesto casi perezoso y se alisó el cabello con la mano antes de mirarlo de nuevo.

La mueca curvada de un lado de su boca permanecía, pero algo en sus ojos se había afilado.

—Decepcionante —murmuró, con un deje de burla.

El Umbrae no respondió. La tensión cambió.

La podía sentir en su piel, en el aire cargado con electricidad estática.

Eso era solo el comienzo. Se quedó en el umbral de la sala, los dedos aún aferrados al marco de la puerta, sintiendo el peso sofocante de la escena que acababa de presenciar.

Su pulso resonaba en sus sienes, marcando un ritmo errático que no tenía nada que ver con el miedo y todo con la intensidad que se respiraba en el aire.

Ezryn fue el primero en reaccionar. Relajó el gesto y sonrió con una lentitud calculada. No tenía prisa, ni vergüenza, ni una sola pizca de arrepentimiento por lo que acababa de suceder. Al contrario, la diversión en sus ojos brillaba con un fuego oscuro, profundo.

—Buenos días —dijo él.

Aquellas palabras se derramaron entre ellos como terciopelo rasgado, impregnadas de una invitación que Serenya no supo si quería rechazar.