La llama no escrita (Lux Mortem 1) 12. Sombras y secretos en el Bastión
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12. Sombras y secretos en el Bastión

E l sueño de Serenya fue una sucesión de imágenes borrosas, demasiado vívidas para ser meras ilusiones.

Alas que no veía, pero que sentía como una extensión de su cuerpo, atrapadas bajo una piel demasiado estrecha.

La tensión en sus omóplatos era insoportable.

Algo en su interior forcejeaba por salir.

Un calor abrasador recorrió su columna. Un segundo latido se impuso en su pecho: hondo, ancestral.

Y en el umbral de su mente, la sensación de unas manos —grandes, firmes— deslizándose sobre su cuerpo, conteniéndola… o reclamándola.

Su aliento se quebró en un jadeo. Despertó de golpe.

La quietud densa del Bastión la recibió, un útero de piedra y silencio, las gruesas piedras negras iluminadas por la débil luz de una antorcha temblorosa en el pasillo.

La magia del lugar no era solo un eco, sino un susurro contenido en cada grieta de los muros, el pasado atrapado allí,  acechándola.

Aún sentía la grieta creciendo en su interior, un pulso invisible que vibraba al compás de su propia sangre, filtrándose en cada fibra de su ser. Se incorporó con lentitud. Su cuerpo estaba entumecido, sensibilizado hasta el punto del dolor.

Su pecho subía y bajaba con una urgencia que no entendía. Sus dedos temblaban al recorrer la piel de sus brazos, su vientre, su cuello, buscando… ¿Qué? No lo sabía. Ella había ca mbiado. No había cicatrices. No quedaban rastros. Solo ese ardor latente en su espalda. Una advertencia. Una promesa.

Con un suspiro, se obligó a levantarse. El frío del suelo le provocó un estremecimiento al dar el primer paso fuera del lecho.

El aire del Bastión seguía siendo gélido a esa hora.

La noche aún no había abandonado del todo sus muros y la sombra se resistía a ceder ante el día.

Se frotó los brazos, tratando de disipar los vestigios del sueño que aún se aferraban a su piel. Entonces lo vio.

No era una sombra acechante. Ni una amenaza. Era algo peor: la huella de una decisión no tomada.

Junto a la chimenea, sobre una silla de madera oscura, descansaba un juego de ropas limpias, dobladas con una precisión casi ritual. Alguien había estado allí mientras dormía. Y eso, por alguna razón, le erizó la piel más que el propio sueño.

Una prenda de tela oscura, con una capa de un azul profundo, casi negro, y bordados en hilo plateado en los puños y el cuello.

El corte era elegante, pero funcional, ajustado en la cintura, con pantalones cómodos en lugar de faldas, diseñados para moverse con facilidad.

No era un vestido de cortesana ni un atuendo de prisionera.

Era ropa hecha para moverse. Para resistir.

Se acercó y deslizó los dedos por la tela con cautela.

No sabía quién lo había dejado, pero ese solo pensamiento bastó para que su piel se erizara.

¿Caelan? ¿Ezryn? Ambos parecían determinados a vigilarla, a no perderla de vista, a no dejar que el otro la reclamara primero.

Apretó los dientes. No tenía tiempo para jugar a descubrir sus intenciones.

Notó algo por el rabillo del ojo y un gritito de sorpresa se escapó de entre sus carnosos labios.

El vapor ascendía en volutas desde el otro extremo de la habitación, donde un baño de inmersión había sido preparado sin que ella lo notara.

El agua estaba caliente, la superficie reflejando la luz temblorosa de la antorcha, y la fragancia de hierbas y aceites flotaba en el aire, envolviéndola antes incluso de acercarse.

Se quedó inmóvil. No había escuchado pasos, ni el sonido del agua llenando la bañera, ni siquiera el roce de una tela al moverse. Pero ahí estaba, esperándola.

Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Magia? ¿Alguien había entrado sin que lo percibiera? O, peor aún, ¿alguien tenía el poder de hacer que esto apareciera sin necesidad de estar presente? El pensamiento le dejó un nudo en el estómago. No conocía a nadie capaz de algo así... o quizá sí.

Su mente evocó un recuerdo difuso.

◆◆◆

Manos fantasmas rozando su piel, un murmullo en la penumbra. Agua oscura, cálida, abrazándola en otra vida, en otro lugar.

◆◆◆

« Ezryn » , susurró su mente, pero la voz no era suya. Cerró los ojos con fuerza y expulsó el aire en un suspiro contenido.

Se acercó con cautela, probó el agua con la yema de los dedos y, al sentir el calor envolver su piel, su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se desnudó y se deslizó dentro con movimientos lentos, dejando que la calidez aflojara la tensión en sus músculos.

El aroma del aceite flotaba en el aire: lavanda y sándalo. Una mezcla intensa, envolvente. Hundió la cabeza un instante, dejando que el agua cubriera sus oídos, silenciando el mundo. Pero incluso en ese refugio líquido, algo en el aire seguía vibrando a su alrededor.

Cuando emergió, su piel hormigueaba. Se quedó quieta, expectante.

No había nadie. Nada se movía. Solo su propio reflejo temblando en el agua.

Salió del baño y se vistió con movimientos firmes, dejando que la tela se amoldara a su cuerpo.

La capa era ligera, pero cálida. El roce de la tela le devolvió un fragmento de control.

En el fondo, algo le decía que esto solo era el inicio. Tomó aire, cuadró los hombros y salió .

El aroma del pan recién horneado y el ahumado del fuego llenaron sus sentidos al instante.

Sin embargo, no fue eso lo que la detuvo en seco.

La tensión en el aire era casi tangible.

La conversación en la sala principal no era solo una discusión.

Era un campo de batalla donde las palabras eran espadas envainadas, listas para desgarrar en cuanto alguien diera el primer paso en falso.

Se detuvo al borde del umbral, envuelta en la penumbra del pasillo. El olor a madera quemada le recordó otra vida.

Solían leer juntas al atardecer. Aurenya le contaba historias inventadas, con voces distintas, y la arropaba con su risa. Sus manos olían siempre a hojas secas y tinta. Y cuando la abrazaba, el mundo dejaba de doler.

Ese recuerdo no tenía fecha. Solo latido. Y a veces, llegaba justo antes de romperse.

Las voces la alcanzaron antes de que pudiera verlos, rompiendo su ensimismamiento. No era un simple intercambio de opiniones. No. Aquello era un duelo, una danza de amenazas apenas veladas que cargaban el ambiente con electricidad estática.

Su piel aún conservaba el calor residual del agua, pero el frío del Bastión se coló sin piedad entre los pliegues de su ropa, entre su piel y su respiración. Se apoyó con cautela contra la pared, dejando que la piedra helada mordiera la calidez de su espalda, forzándola a anclarse en el presente.

Por un instante, se permitió observar sin ser vista.

Caelan estaba de pie junto al fuego, inmóvil, una estatua esculpida en sombras y acero.

La postura de un guerrero al borde de la batalla, con la tensión latente en cada fibra de su cuerpo, listo para desenfundar algo más letal que una simple arma.

La luz rojiza de las llamas trazaba su perfil afilado: la línea implacable de su mandíbula, la severidad de su boca, la oscuridad insondable de su mirada.

Frente a él, Ezryn encarnaba la otra cara del conflicto.

Apoyado con aparente desgana contra la mesa, un brazo cruzado sobre su torso mientras la otra mano giraba una copa de vino entre los dedos, su postura rezumaba desinterés…

pero su cuerpo traicionaba la farsa. Vio la tensión en su muñeca, el leve apretón sobre la copa, la chispa dorada que danzaba en sus ojos, el fuego de la chimenea ardiendo dentro de él.

El gesto de su rostro evidenciaba un juego peligroso al que estaba más que dispuesto a apostar.

Su pulso se aceleró.

—No puedes seguir actuando como si fuera tu maldita responsabilidad, Virel. —La voz de Ezryn resonó impregnada de exasperación y algo más oscuro—. No es tuya. No lo será nunca.

Ella sintió un escalofrío en la columna. «No lo será nunca», repitió para sí, la amargura rozando su mente.

—Y tampoco es tuya, Maldrick. —La respuesta de Caelan llegó implacable, con el filo de una daga apuntada a la yugular—. No voy a dejar que la manipules.

Su pecho se contrajo en un instante, su respiración quedó atrapada en su garganta. «Manipularme, ¿cómo?»

Ezryn dejó escapar una carcajada baja, ladeando la cabeza con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Vaya ironía viniendo de ti. ¿Ya le has contado, Virel? —Su tono descendió a algo más grave, más íntimo, pero cargado de peligro latente—. ¿O prefieres seguir jugando al guardián honorable hasta que ella misma descubra lo que hiciste?

El Umbrae se tensó. Serenya sintió cómo el suelo bajo sus pies dejaba de ser seguro. Vio cómo sus hombros se endurecían aún más, cómo su mandíbula se cerraba con una fuerza peligrosa. Sus puños se apretaron a los costados, los nudillos blancos por la presión contenida.

—No empieces.

Ezryn dio un paso adelante.

—Oh, pero es tan divertido verte retorcerte.

—¿No te cansas de hablar con esa voz de villano con trauma pendiente? —soltó Caelan, sin mirarlo.

El heredero carmesí sonrió más.

—¿Y tú? ¿No te cansas de parecer un poema sin metáfora ?

Su voz se deslizó como un filo sobre el ambiente, y algo en ella se contrajo. Ezryn inclinó la cabeza, su sonrisa tomando un matiz más oscuro.

—Noctalis no ha olvidado, y yo tampoco.

Serenya sintió su respiración atraparse en su pecho. Había algo que ellos sabían. Algo que los ataba, además de la guerra. Y, de algún modo, ella estaba en el centro de ello. Caelan reaccionó en un instante. Un destello de odio. Un choque de cuerpos.

La embestida fue tan brutal que el aire mismo pareció estremecerse. El impacto de la espalda de Ezryn contra la piedra resonó en la sala, sacudiendo la mesa y enviando una copa al suelo, donde se hizo añicos en un estallido de cristal.