7. El llamado en la penumbra
S erenya no podía dormir. La habitación que le asignaron parecía tallada en mármol y silencio, un encierro donde las sombras respiraban. Era un lugar que la absorbía con una tranquilidad que solo aumentaba la inquietud en su pecho.
Había intentado conciliar el sueño, pero cada vez que cerraba los ojos, la punzada volvía: una línea aguda bajando por su columna, entre miedo y deseo.
Expectación disfrazada de escalofrío. Una intención agazapada la aguardaba desde el rincón más denso de su mente.
La oscuridad parecía llenarse de promesas sin nombre.
Las esquinas ocultaban algo que contenía la respiración junto con ella, que se movía con el ritmo de su pecho.
Un parpadeo, un segundo, y la vio. O creyó verla.
Una sombra alargándose, reptando en el rincón más oscuro.
Cuando volvió a mirar, solo había piedra, pero el cosquilleo en su nuca no desapareció.
A veces, el recuerdo venía sin avisar. El brillo en los ojos de su madre cuando le decía que el poder no era una maldición, sino una canción que debía aprender a cantar. Nunca entendió por qué lloraba al decirlo, pero empezaba a sospecharlo.
En ese instante, la penumbra se espesó, viva otra vez. Su pulso se aceleró. ¿Era real, o era solo el eco de lo que ellos le habían dejado ?
Un juego de poder y deseo en el que no pidió jugar… y del que ya no sabía cómo salir. ¿Por qué seguía allí? La respuesta estaba enterrada, latiendo con una certeza que no quería admitir.
Su estómago se contrajo. Recordó el accidente. La jarra. El gesto nervioso del muchacho. El derrame. La evaporación extraña. ¿Y si alguien no la quería viva? ¿Y si no era el Bastión lo que la asfixiaba, sino lo que alguien había querido dejar en su cuerpo?
Sacudió la cabeza. No era el momento. Había peligros más urgentes latiendo bajo su piel. Como Ezryn. Como ella misma.
Su destino la había alcanzado. Lo único que aún podía decidir era si corría hacia él… o si intentaba resistirse. No era una víctima. Si había un camino, tendría que elegirlo. Ese poder que tanto había temido la había llevado hasta el corazón de un mundo que la había olvidado.
Y en medio de todo, estaban ellos. ¿Qué papel jugaban? ¿Aliados, enemigos… o algo peor? La duda la consumía, junto con la certeza de que ya no podía huir.
El mundo no se alteró. Nada cambió a su alrededor. Pero dentro de ella, sí. Fue como una presión leve justo detrás de los ojos. Una vibración sin origen la obligó a parpadear. A fruncir el ceño.
Una conciencia ajena se deslizó junto a su pensamiento, sin forma. No era invasivo. Era íntimo. Cómplice.
Su cuerpo reaccionó de inmediato, como si reconociera el lenguaje, aunque no entendiera el mensaje. Un nudo sordo le apretó el vientre. No era amenaza ni violencia... solo la certeza de estar siendo percibida desde dentro.
Entonces, sin sonido alguno, lo sintió:
—No necesito tocarte para saborear lo que escondes…
El pensamiento no era suyo. No tenía cómo serlo. Y, sin embargo, lo sintió en la boca. En el cuello. Su pulso tamborileó contra su garganta. Quiso apagar la conexión, pero no obedecía. Resonaba con su miedo, no con su fuerza. Y entendió, por fin, que no podía dominarla. Solo resistir… o ceder.
Un susurro sin sonido vibró en lo más hondo de su ser, como el eco de una melodía olvidada. No tenía forma ni voz, pero despertaba algo en su interior, como si hubiese estado aguardando años, esperando a ser escuchado.
El calor subió por su columna. No era el de la habitación… era otro. Más peligroso. Más íntimo. Sus pulmones se encogieron.
No.
No era sin razón.
Ezryn. No estaba allí, pero la tocó como un roce eléctrico inesperado. Un escalofrío la recorrió, una mezcla de peligro y deseo enredándose en su vientre con un pulso errático.
—¿Qué sientes ahora, dulzura?
La certeza la golpeó como un latigazo. No era su imaginación. Estaba allí. De alguna forma imposible, irrumpiendo en su mente, colándose en su cuerpo desde la distancia. Serenya apretó los dientes. No iba a dejarse arrastrar.
Trató de cerrar su mente, de erigir un muro invisible contra la sensación invasiva. Pero el calor no cedió. Se deslizó bajo su piel como un veneno lento, exigiendo una respuesta antes de que su razón pudiera detenerlo.
Su estómago se encogió. Sus dedos temblaron sobre las sábanas. Él lo sintió. Su risa brotó, pero fue breve, quebrada.
—No tan fuerte como pensabas, ¿eh?
No supo cómo lo hizo. Ni siquiera si lo había pensado o gritado. Solo sintió que un hilo se tensaba y estallaba … y las palabras volaron.
—Sal de mi cabeza, Sangreth.
El mensaje no fue hablado. Fue disparado.
Lanzado desde dentro. La rabia ardía vieja.
Contra él. Pero más contra sí misma. Por dejar que alguien la rompiera otra vez...
sin tocarla siquiera. Por un instante, el eco de su risa titubeó.
Como si ni siquiera él entendiera cómo había llegado hasta allí.
Había ido demasiado lejos. Lo supo. Y él también .
La habitación pareció encogerse a su alrededor.
Su mente le gritaba que lo apartara, que rompiera la conexión antes de que se enredara más en su red invisible.
Su carne ardía con la huella de un contacto que no había ocurrido.
Un hambre sin nombre despertaba en su interior. La grieta apareció de la nada.
Ezryn lo sintió al instante. No la grieta. A ella. Su magia. Su esencia. Su alma. La reconoció antes de que su mente pudiera recordarlo del todo. Y entonces, sus manos —siempre firmes— temblaron.
Un resplandor rasgó el suelo frente a ella, un tajo de fuego blanco que se abrió entre las piedras con un sonido seco y profundo, como si la misma tierra se estuviera quebrando desde dentro.
La energía la golpeó como una embestida invisible. Un tirón salvaje le desgarró el pecho. Sus rodillas cedieron. Se aferró al borde del lecho, la respiración atrapada en su garganta. Por un instante, dejó de ser dueña de su cuerpo.
Un cosquilleo se extendió por sus venas. La gravedad cambió. No se movía, pero todo en ella se desplazaba hacia dentro. Sus dedos se aferraron en las sábanas, pero no había nada a lo que sujetarse. Una fuerza oculta tiraba de ella.
Un eco familiar vibró en su interior, resonando en su sangre, en su esencia. No era solo que la grieta la estuviera absorbiendo. La llamaba y su cuerpo respondía. No se estremecía ante ella. Se abría. La grieta lo sabía: había nacido de ella.
Una palabra la atravesó como un relámpago: sin idioma, sin voz, solo verdad.
Thal’nar.
Sintió que algo se abría dentro de ella. No era solo un nombre. Era un llamado. Una verdad que su cuerpo parecía recordar antes que su memoria.
Mientras su alma se expandía, el universo esperó .
E n otra parte del Bastión, Caelan Virel se tensó. Algo en la penumbra se agitó, una perturbación que no provenía de él. Las sombras respondieron al instante, ondulando como un aleteo oscuro.
Se levantó del banco donde había estado sentado, contemplando el fuego.
No encendió luz. No hacía falta. Cruzó la habitación y, sin pensarlo, abrió uno de los cajones más bajos de su escritorio.
Dentro, envuelto en una tela envejecida, había un libro pequeño.
La cubierta era de cuero azul, ajada por el tiempo.
Una estrella de seis puntas estaba grabada en el lomo, apenas visible ya.
Lo sostuvo entre las manos un segundo. No lo abrió. Sus dedos pasaron por el lomo como si recordaran otro tacto, otra voz, otra habitación más cálida. Luego lo guardó. Muy despacio.
Algo en la penumbra se agitó otra vez. No era recuerdo. Era presente. Real. Vivo. Las sombras respondieron al instante, tensas como un arco. No era su poder. No era Ezryn. Era algo más. Algo que pertenecía a ella. Y entonces, el rugido. No era humano, ni de este mundo.
Lo sintió en su interior, reverberando en su sangre, en su carne, en su propio aliento. Un llamado imposible de ignorar. Su piel ardió. Su pulso se aceleró. Las sombras alrededor de él se tensaron como si también lo sintieran, como si esperaran una orden.
No era Serenya la que despertaba. Era lo que venía con ella. Y el mundo iba a temblar.
M ás tarde, esa misma noche, la tormenta había quedado atrás.
El Bastión aún ondulaba con los ecos del colapso, con los residuos de un poder que no pertenecía del todo a este mundo.
Serenya dormía. Respiraba con un ritmo sosegado, pero su cuerpo vibraba al compás de una magia que aún decidía entre despertarla… o devorarla .
Ezryn no llegó de inmediato. Caminó en silencio por el corredor, las manos cerradas, los pasos más lentos que de costumbre. La piedra bajo sus botas le devolvía un eco apagado, como si el Bastión también dudara.
Se detuvo ante la puerta. No la tocó. No respiró. Solo escuchó. Entonces, sin más ritual que el silencio, entró y se apoyó en el umbral. Los brazos cruzados, el pecho tenso como si la habitación contuviera algo más que su presencia. No dio un paso. No todavía.
Estuvo por despertarla. Había algo en su quietud que lo desarmaba más que sus palabras.
—Podría matarte, si quisiera —susurró. La frase se deshizo en el aire como humo—. Pero no puedo.
Sus pupilas brillaron con ese resplandor tenue que emergía cuando su magia tocaba la superficie de lo prohibido.
—¿Sabes qué es peor que perderte?
Dio un paso. Luego otro. Sin tocarla. Pero la distancia entre ellos pareció arder.
—Recordarte.
Se acercó, los dedos a centímetros del borde del lecho, sin llegar a rozarla. La sangre bajo su piel respondió, zumbando.
—No sé si eres tú.
Fue un error decirlo en voz alta.
—No sé si esto ya ha pasado… o si acaba de empezar.
Un latido. El vínculo entre ambos pulsó, leve, pero presente. Como un recuerdo que no sabía cómo volver.
—Pero cada vez que te acercas, que me miras como si no me conocieras… cada vez que tus ojos me atraviesan como si yo no estuviera… siento que me rompo otra vez.
Bajó la mirada, sin añadir nada más. Se quedó allí, contemplando cómo su pecho subía y bajaba con calma. El cabello desordenado sobre la almohada. La clavícula asomando bajo la túnica. Llenó sus pulmones de aire, intentando aliviar la opresión del pecho.
No sabía cuánto podía seguir rompiéndose sin dejar de ser él.