La llama no escrita (Lux Mortem 1) 6. Ecos de guerra
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6. Ecos de guerra

E l cambio se filtró, como veneno lento en agua sagrada. En las barracas y los corredores fríos del Bastión, los susurros comenzaron a crecer. En los rincones, los aprendices evitaban mirarse a los ojos. Los caballos pateaban los establos, presintiendo tormenta.

Las botas resonaban con eco apagado sobre la piedra húmeda. Alguien tosió y calló al instante.

—¿Es verdad? —preguntó un soldado Sangreth, en un hilo tenso—. ¿Una Kael... aquí?

El nombre cayó como un cuchillo en un estanque maldito. Magia antigua. Inestable. Prohibida desde la última guerra.

Uno de los soldados dejó de respirar. Otro bajó la mirada.

El más joven tragó saliva, como si acabara de recordar algo que le habían prohibido contar.

Nadie se movía. Hasta el fuego en las antorchas parecía vacilar.

Una de ellas parpadeó con violencia. Luego, enmudeció por completo.

La piedra donde se apoyaba humeó… sin haber llama.

—Dicen que sí —respondió otro, un Umbrae, con un gruñido—. Dicen que enfrentó a Caelan y Ezryn sin pestañear. Los miraba con una certeza que no buscaba ganar nada.

Karr, el más joven, escupió al suelo con desdén.

—Seguro es otro truco sucio de los Umbrae. Siempre jugando con fuerzas que no entienden.

El soldado Umbrae tensó la mandíbula.

—¿Como si los Sangreth fuerais inocentes? —espetó—. Vosotros empezasteis la última guerra.

Un silencio áspero cayó sobre el grupo, cargado de viejos odios.

—¡¿Nosotros?! —El Sangreth se adelantó un paso, la mano rozando la empuñadura de su daga—. Fue vuestra sombra podrida la que la trajo.

El aire vibró, opaco. Las piedras parecían contener la respiración. Un perro aulló a lo lejos. El eco rebotó sin respuesta. Nadie en el Bastión quería ser el primero en romper el equilibrio.

—No confío en los Sangreth —gruñó el Umbrae, el tono bajo y tenso—. Prefieren vender su honor antes que perder poder.

—Y tú prefieres morir por sombras que ni te pertenecen —replicó el Sangreth, con una sonrisa amarga en los labios.

El aire olía a metal sudado, cuero viejo, y ese miedo denso que se instala en la lengua antes de la pelea. Los dedos rozaban empuñaduras, atrapados entre el impulso y el recuerdo. Un paso más, un gesto en falso y las armas habrían volado.

—¡Bajad las manos, idiotas! —espetó un veterano—. ¿Queréis morir esta noche?

Los soldados se tensaron, pero ninguno desenfundó.

—Aquí, quien desenvaina en el Bastión... —continuó el veterano con desdén—, muere sin juicio. Este es el único suelo donde se finge la paz; donde aún se sostiene el mundo con hilos tan delgados como nuestras gargantas.

Un silencio feroz siguió a sus palabras. No de respeto. De temor. Porque todos sabían que si la sangre se derramaba allí... sería el fin de todo lo que quedaba.

—La última vez que una Kael desató su magia… el Linde cayó —susurró el veterano, con la voz áspera de quien lo vivió—. Y con él, se partió la paz, los aliados se volvieron enemigos, y miles murieron sin entender por qué. Nadie quiere ver qué pasa si lo hace otra vez.

—Si es cierto lo que dices, la historia se repetirá. Nadie saldrá ileso. Y esta vez... no quedaría nada que reconstruir.

Separado de los demás, Nadiel, el mozo de armas más joven del patio, fingía lustrar una lanza mientras escuchaba. Sus orejas ardían. Nadie reparaba en él… y por eso lo oía todo.

—Se rumorea que la Grieta late más fuerte desde que ella llegó —murmuró uno.

—Y que las sombras la siguen sin orden.

—¿Y si no ha venido a elegir… sino a reclamar?

—Entonces más vale que recemos. Porque nadie sobrevive dos veces a una Kael.

Nadie necesitaba recordar las historias. Las llevaban tatuadas en los huesos.

La guerra no empieza con gritos ni tambores. Empieza así. Con miedo en la garganta. Con nombres que nunca debieron volver a pronunciarse.

No lejos de allí, en el patio de entrenamiento, los caballos piafaban nerviosos.

Las sillas rechinaban. Escuderos corrían entre columnas con paquetes envueltos.

Un aprendiz vomitaba tras una pila de leña.

Las campanas no habían sonado. Pero todos sabían que algo —ya— había comenzado.

Heraldos, cubiertos con capas oscuras, aguardaban junto a las puertas laterales.

El aire vibraba, denso de órdenes no dichas.

Un capitán entregaba pergaminos sellados con el emblema del Bastión: sombra sobre piedra.

—¡A Noctalis! —rugió a uno.

—¡A Varethia! —A otro.

Las órdenes eran claras. Ninguna palabra fuera de la escrita. Ninguna pregunta. Ningún retraso.

—Llevad el mensaje —advirtió el capitán—, solo lo que ordenamos. Ni una palabra más… o habremos perdido antes de pelear.

Las puertas del Bastión se abrieron con un gemido y los caballos partieron al galope, cortando la noche como flechas lanzadas al corazón de los reinos.

En los corredores superiores, bajo la luz mortecina de las antorchas, los oficiales se cruzaban en silencio. Algunos bajaban la cabeza. Otros ya apretaban el arma, como si pudieran sentir la sangre futura entre los dedos.

En uno de los arcos del pasillo, una inscripción olvidada — casi borrada por siglos— brilló con una luz azulada durante un segundo. Nadie parecía notarlo. Pero la piedra sí.

El Bastión recordaba. Y también temía.

Los cuchillos aún dormían en sus fundas, pero ya nadie sabía cómo volver a enfundarlos.

Y mientras los heraldos partían y los clanes afilaban sus dagas, en la oscuridad de una jaula de oro, una joven que aún no recordaba su verdadero nombre comenzaba a soñar despierta, sin saber por qué sus dedos se crispaban al dormir. En sus sueños, siempre huía, pero nunca recordaba de qué.

Las cadenas doradas en su jaula eran hermosas.

Pesaban más que el miedo.

Ella descansaba, sin saber que el mundo ya tensaba cuerdas a su alrededor. Pero el Bastión no lo ignoraba. La piedra murmuraba su nombre desde las grietas. La magia antigua se removía en su sueño quebrado.

Un eco, grave y antiguo, recorrió los muros:

«Ninguna Kael camina libre. Donde pisa, la guerra despierta».

«No encerramos a la mujer —susurraban las piedras—. Encerramos lo que su nombre desata».