5. Una jaula sin barrotes
N o hubo cerrojo. Solo un sonido seco, final, como si el Bastión hubiera exhalado...
y la olvidara. Ezryn se despidió con una sonrisa torcida y un «descansa, si puedes, dulzura».
Caelan no dijo nada. La miró una última vez, como si ya hubiera pronunciado un veredicto silencioso, y desapareció entre sombras que lo seguían como perros fieles.
Serenya se quedó quieta. El silencio tenía una densidad nueva. No olía a encierro, sino a olvido.
La habitación era amplia. Una cama de estructura robusta, un escritorio pequeño, un espejo alto de marco agrietado.
Las paredes habían sido encaladas en otro tiempo, pero en ese momento el blanco se deshacía en manchas húmedas y grietas finas.
No había ropa. Ni jarras. Ni rastro de bienvenida.
Solo lo mínimo: una manta doblada, una silla torcida, un candil apagado.
Se movió con lentitud, como si cada objeto esperara ser reconocido.
La cama tenía una sola almohada, de relleno rígido.
El colchón, firme. En la madera, líneas grabadas, algunas deliberadas; otras, trazos de tiempo y furia.
Se sentó en la cama. El colchón crujió, como un reproche.
Quiso llorar. Levantó la manta y se la llevó a la nariz. Olía a humedad. Pensó en su madre.
Dejó caer la manta, se levantó y volvió a caminar por la habitación. Se agachó al notar algo bajo el bastidor: una cinta granate arrugada, cubierta de polvo antiguo. La tomó sin pensarlo, instintivamente. No parecía importante, pero sus dedos no quisieron soltarla.
El escritorio tenía un solo cajón, trabado por el óxido. Forzarlo produjo un crujido agudo. Dentro, papeles rotos, ilegibles, y una pequeña cuchara de metal doblada por la mitad. La probó en la palma. Tenía peso. La escondió bajo la almohada.
Se acercó al espejo. Alto, de cuerpo entero, sostenido por un marco gastado.
El azogue, resquebrajado en una esquina, parecía guardar un secreto a medias.
Se miró. Reconocía su reflejo, pero no su expresión.
Ojos oscuros, piel marcada por el viaje, la batalla, el nombre que había pronunciado sin saber por qué.
No se parecía a lo que esperaba ver. Ni reina, ni prisionera. Solo alguien que no sabía dónde debía detenerse.
Parpadeó. Y no estaba sola. Justo detrás de ella —a un paso, tal vez menos— una figura femenina permanecía quieta. La imagen era borrosa, como una pintura al agua deshaciéndose. Los ojos no tenían rostro, pero el alma lo reconocía.
Giró con el sobresalto clavado en los huesos. Vacío. Pero al mirar otra vez, su reflejo seguía allí y, por un instante, no le devolvió la mirada.
Cruzó la habitación. Los postigos de la ventana cedieron con un golpe leve.
El Bastión emergía como un gigante dormido.
Desde ahí, distinguía la torre del ala este.
Parte de la piedra se veía más clara, más nueva.
Al fondo, el valle. Oscuro. Inquieto. No reconocía el paisaje, pero su estómago se tensó.
Cerró los postigos. El aire aguardaba su movimiento.
Probó la puerta. Afuera, dos Sangreth y dos Umbrae. Postura rígida. Silencio absoluto. Uno la observaba con un gesto tenso, la mano cerca del arma.
Cerró con lentitud. El interior la tragó otra vez.
Se sentó en la cama. Pensó en el momento en que la magia le respondió sin aviso.
En el placer sutil que le dejó empujar al Sangreth que la atacó.
Pensó en Ezryn y en su hambre elegante. En Caelan, en la amenaza que vibraba detrás de cada orden.
Ninguno la tocó, pero ambos la habían marcado de algún modo.
Y eso era peor. Porque no se puede huir de lo que no te tocó, pero ya vive en ti.
No sabía lo que sentía, solo que no lo había elegido. Y, sin embargo, estaba ocurriendo.
Un golpe en la puerta. No respondió.
Entraron dos jóvenes con paso apurado. Uno traía una bandeja con comida; el otro, una jarra de agua. No la miraron.
El de la jarra tropezó, volcó parte del contenido sobre la piedra. El otro lo tomó del brazo, murmuró algo y salieron rápido. No cerraron del todo.
Serenya se agachó. El agua se filtraba entre las juntas del suelo hasta la base de la cama. Al mover la manta húmeda, algo llamó su atención en la madera del cabecero.
Una inscripción. Delgada, casi borrada. No era una grieta: eran letras viejas, afiladas como una cicatriz.
Escritas con la convicción de que algún día ella estaría allí para leerlas.
Quizá Veyrah. Quizá algo más antiguo. No la entendía, pero al rozarla con la yema, la piel del antebrazo se le erizó.
Un zumbido leve se deslizó por su nuca. Como si esas palabras guardaran un nombre… o una orden que todavía la esperaba.
Cuando sus dedos rozaron la última curva del trazo, la quietud cambió de peso. El agua estancada en las juntas del suelo se detuvo formando volutas delgadas que ascendían con un ritmo casi… deliberado.
El estómago le ardía. No vomitó, pero sintió un mareo súbito y la punta de los dedos se le entumeció por unos segundos.
Pensó que era el encierro. O la magia. Pero al mirar la jarra, ya seca, no pudo evitar recordar el gesto del joven que la derramó.
No se movió. Bajó la mirada y esperó. Porque algo, en esa celda disfrazada de aposento, la reconocía.
Y no todo lo que la reconocía… quería verla viva.