La llama no escrita (Lux Mortem 1) 4. El nombre prohibido #3
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4. El nombre prohibido #3

Serenya intentó ignorar el peso de las miradas sobre ella.

La de Caelan, fría y letal, diseccionándola con precisión quirúrgica.

La de Ezryn, puro fuego contenido, recorriéndola con una intensidad que la ponía nerviosa.

No había confianza en sus ojos, solo sospecha y peligro.

Podían desearla, sí, pero también querían respuestas.

Y si era necesario, las arrancarían de su piel.

—No juegues con nosotros, mujer —murmuró Caelan. Sus sombras reptaron por el suelo, trepando hasta la puerta y cerrándola con un chasquido seco—. Sé que escondes algo. Y créeme, lo que no puedo ver me molesta.

Serenya tragó saliva, pero sostuvo su mirada. Cualquier signo de debilidad solo avivaría su desconfianza.

—¿Y qué se supone que escondo? —replicó, con una calma que no sentía. Notó el leve tirón en su estómago, el temblor justo antes de que la adrenalina hiciera efecto. No podía dejar que lo notaran.

Caelan se acercó. La brisa helada rozó su piel. Era una advertencia sin palabras.

—Eso… es lo que voy a averiguar —susurró.

El sonido de unos pasos interrumpió la tensión, arrastrándose por el mármol con una elegancia depredadora. El aire cambió al instante, impregnándose de algo más eléctrico. El heredero Maldrick se detuvo tras ella, lo suficientemente cerca para que su aliento le rozara la nuca.

—Dímelo, dulzura. —Su voz fue un veneno disfrazado de caricia—. ¿Qué eres realmente?

Ella no respondió. No estaba entre dos hombres. Estaba sostenida por dos formas distintas de ruina.

Ezryn dejó escapar un sonido bajo y gutural que vibró contra su piel. Se inclinó, sus labios peligrosamente cerca de su cuello, deslizando una última amenaza disfrazada de seducción.

—Tal vez debería morderte… ver qué tan humana eres en realidad.

Inclinó la cabeza, una sensual mueca en sus labios. Sus ojos, afilados y oscuros, contaban otra historia. No lo hizo. No porque no quisiera, sino porque algo en ella le transmitía: tú no me asustas, porque ya te conozco.

—Qué miedo tienes —murmuró.

Sintió la ola de calor recorrer su columna. Ezryn la estaba provocando. El mundo no se encogió. Se tensó. Como la cuerda de un arco que nadie se atrevía a soltar. La proximidad de sus colmillos robó el aire de sus pulmones.

Ella sonrió, lenta, desafiante.

—¿Y si en el fondo no quieres descubrirlo? ¿Y si tú eres quien teme la respuesta?

Su tono era pura insolencia, pero en su interior algo rugió. Un destello invisible vibró, una onda expansiva de poder puro. Ezryn se quedó quieto. El tipo de quietud que no era teatral, sino antigua. Como si una palabra le hubiera rozado una herida que no terminaba de cicatrizar.

—Interesante —susurró Ezryn con voz queda.

Respiró, pero el aire se quedó atrapado entre las costillas y su pulso se desbocó.

Los colmillos de Ezryn rozaron la curva de su clavícula, un susurro afilado que le robó el aliento y le encendió los sentidos con un placer oscuro, prohibido. No sabía si quería besarlo, golpearlo… o suplicar que no se fuera.

Un gemido traicionero amenazó con liberarse de su garganta, una súplica muda que no se atrevía a pronunciar. Él lo sintió. Lo percibió en la forma en que su cuerpo se estremeció, en la manera en que su magia tembló, no como una criatura asustada, sino como un ser hambriento.

Una imagen la golpeó durante un instante.

Una caricia en la nuca. Labios rozando su frente. Una promesa susurrada entre dientes.

« Cuando todo arda, yo seguiré eligiéndote » .

Parpadeó. La visión se desvaneció tan rápido como llegó. Pero su piel la recordaba. La calidez. La entrega. El amor.

Un gruñido bajo escapó del pecho masculino. Sus dedos se tensaron sobre su brazo, como si estuviera a punto de reclamar algo que solo empezaba a comprender. Pero el momento estalló en pedazos. Algo se movió en el aire. Una vibración. Una sombra ajena a la luz respondía a un corazón distinto.

El Umbrae lo apartó con una brutalidad feroz. El choque de sus cuerpos resonó en la sala, un estallido de tensión contenida. Las sombras vibraron con el impacto, respondiendo a su furia.

—Aléjate de ella —gruñó Caelan, su voz baja, letal.

Ezryn contuvo la queja con esfuerzo que subió por su garganta. En cambio, dejó aparecer una sonrisa torcida, sin muestras de ofensa ni sorpresa. Solo parecía fastidiado. Se sacudió el hombro con pereza.

—Vaya, Virel. Si sigues tocándome así, empezaré a pensar que te gusto.

El otro dio un paso adelante, seco. La tensión en su mandíbula era puro acero.

—Ya basta de farsas. Deja de juguetear como un adolescente Sangreth en celo… y usa tu maldito don.

Ezryn titubeó por un segundo.

—No pensaba que los Umbrae supieran reconocer el celo. Pero supongo que después de cierta edad, se confunde con la frustración.

Caelan dio un paso hacia él, lento, sin gritar. Ezryn lo miró. De verdad lo miró. Y por un segundo, su sonrisa se esfumó.

—¿Para qué quieres que lo use? ¿Para complacerte a ti? No pienso desgarrar a nadie solo porque tú no sabes manejar lo que tienes delante.

El Umbrae tensó los puños.

—Esto no va de ti.

—No, claro que no —interrumpió Ezryn, con esa calma que dolía más que un grito—. Pero da igual cuánto gruñas, general: no soy tu perro. Mi don no es para ti. Ni para tus órdenes. Ni para salvarte el pellejo cuando tus sombras no alcanzan.

Un murmullo contenido flotó en el aire. Serenya no se atrevía a respirar.

Se giró hacia ella, como si el resto del mundo no existiera.

—Yo decido cuándo quemar. Y a quién.

Podían fingir treinta y tantos años: cuerpos cincelados por la guerra, presencia afilada como un arma hecha a medida. Pero en sus ojos habitaban siglos. Hambres viejas. Heridas que no pertenecían a esta vida. Eran hombres que sabían lo que se arriesga al desear. Y, aun así, lo deseaban todo.

«Juntan como tres siglos de traumas no resueltos. Y yo en el medio, sin café. Fantástico».

Se pasó la mano por la nuca, para borrar el sudor frío que le subía a la piel. Intentó recuperar el control de su respiración.  No sabía qué la asustaba más: enfrentarse a ese algo inexplicable que palpitaba en su interior… o lo que había despertado en ella tras el roce de Ezryn.

Mientras el príncipe Sangreth se apartaba, cruzó los brazos con aire despreocupado. La manga se deslizó, dejando ver un brazalete oscuro de cuero ceñido a su muñeca. No tenía adornos, solo un broche de plata que brilló brevemente bajo la luz. Serenya no supo por qué lo notó.

Caelan la miró un instante, su ceño fruncido, su expresión ilegible. Cuando volvió la vista hacia Ezryn, su sombra se expandió, como si alimentada por su rabia, respondiera a él. Lo sintió incluso antes de entenderlo.

—Si alguien la destruye, seré yo. Y no necesito tus colmillos para hacerlo.

Ezryn sonrió. Había algo en esa curva de sus labios que parecía deleitarse en el caos.

—Veremos, Virel. Veremos.

Caelan ya no le prestaba atención. Sus ojos estaban fijos en Serenya. En la forma en que su pecho subía y bajaba con su respiración agitada. En su poder latente, vibrando aún en el aire. Lo que fuera que despertaba en su interior, ellos lo sentían. Y si no lo controlaba, la devoraría.

La atmósfera aún palpitaba. Una palabra. Una mirada más.

Serenya cerró los ojos un instante, intentando calmar lo que rugía en su interior.

El Bastión estaba más frío que nunca… y ella, más encendida de lo que debería estar.

¿Por qué sentía esa presión constante, como si el aire se volviera más denso cada vez que esos dos la miraban?

La guerra había comenzado, sí, pero no solo entre ellos.

«Mi nombre está en la sangre que se derramará...»

No solo como un sacrificio inminente. Era más que eso.

Más profundo. Más personal. Lo sintió en la forma en que la energía se deslizaba entre ellos, conectándolos con hilos invisibles, tensos, como piezas de un juego mucho mayor.

Un juego que los trascendía, que había comenzado mucho antes de que alguno de ellos pudiera recordar.

Ese pensamiento la sacudió, pero lo encerró bajo llave, lo enterró bajo la misma capa de cinismo y sarcasmo que siempre la había protegido. ¿Y si el juego ya no era solo de ellos?

Cada aliento parecía un crimen. Lo peor era que, a pesar de todo, había algo irresistible en aquel juego. Algo que la atraía y la repelía a la vez; algo que no podía controlar.

La certeza se filtró en su mente con la nitidez de un presagio.

No era ella quien estaba atrapada con ellos.

Eran ellos quienes —sin saberlo— ya habían pronunciado su sentencia.

No sabían quién era.

Solo que, desde el momento en que pronunció su nombre… algo que jamás debió respirar de nu evo... lo hizo.