La llama no escrita (Lux Mortem 1) 4. El nombre prohibido #2
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4. El nombre prohibido #2

Ella se detuvo un segundo, mirándolo con falsa solemnidad.

—Solo si están sobrecocidas.

El chico parpadeó, claramente sin entender si era broma.

Ella suspiró. «Genial. Encerrada, observada y rodeada de idiotas».

Antes de que pudiera abrir de nuevo la boca, Serenya lo fulminó con la mirada. El guardia palideció, asintió torpemente y volvió a su posición, deseando que el suelo pudiera tragárselo.

Ambos generales regresaron a su lugar, pero la tensión que arrastraban detrás de ellos era un filo suspendido en el aire.

Caelan se detuvo a su lado. Su sombra la cubrió como un filo dormido: no hería aún, pero lo haría.

—Basta. Conmigo.

Una orden que no admitía réplica.

—Si querían espectáculo... aún no han visto nada —espetó Serenya, cuadrando los hombros, sin poder evitarlo.

Una fuerza invisible la reclamó. Comenzó a caminar tras él. Sus pasos resonaron sobre la piedra. La verdadera presión venía de la mirada de Ezryn, ardiente en su espalda, lamiéndola con una promesa implícita. Cada paso era un peso. Cada latido, una sentencia. No había vuelta atrás.

El Bastión del Linde se alzaba imponente en la penumbra, una fortaleza de piedra negra que devoraba la escasa luz de las antorchas. Las torres desgarraban el cielo como lanzas. Las sombras en los muros susurraban secretos que no estaban destinados a oídos humanos.

Cruzó el umbral principal, y el frío del Bastión la envolvió como una advertencia. Por un instante, deseó no haber dicho su nombre. No porque fuera mentira, sino porque sabía que acababa de encender una llama imposible de apagar.

Caminaba… pero no avanzaba. En su pecho, algo temblaba.  Las antorchas arañaban la piedra, como si la oscuridad las devorara. No era solo un lugar. Respiraba. Observaba. Juzgaba.

Entró en la estancia, un pasillo largo iluminado por la llama trémula de las antorchas le dio la bienvenida. El aire olía a ceniza, hierro y algo más antiguo, más crudo. Una magia rancia impregnaba las paredes, un vestigio de tiempos donde las sombras tenían nombres y los nombres podían condenar.

Caelan se detuvo. La quietud que lo envolvía era absoluta. Serenya lo percibía como más que un hombre. La oscuridad no lo rodeaba. Lo reconocía. Lo obedecía. Se frenó sorprendida por la penumbra que parecía abrazarlo, con la obediencia de algo que reconoce a su amo.

Cuando las sombras lo envolvían, sentía que la llamaban también a ella. Como si fueran suyas también.

En la pared izquierda, una inscripción olvidada se dejaba entrever bajo siglos de polvo y grietas. Parte del texto estaba borrado, raspado. Pero dos líneas aún se leían con claridad:

…cuando Origen ama sin límites, el mundo se abre… y se pierde…

…y si calla su amor, la grieta reclama su nombre.

La última línea estaba borrada. Solo quedaban trazos ilegibles. No supo si las palabras ardían en la piedra o en su memoria. Se quedó quieta

—Camina.

La palabra, baja y grave, se deslizó por el aire como una sombra. No era solo una orden; era una fuerza que se enredó en su piel, que la ató con hilos invisibles y la arrastró antes de que su mente pudiera decidir. Antes siquiera de que pudiera elegirlo.

«Qué romántico. Nada como que te arrastren a una mazmorra con voz de ultratumba».

Cada paso la acercaba  al abismo que Caelan habitaba, a ese mar de sombras y secretos que parecían respirar con él.

Y, sin embargo, algo en su interior—una parte primitiva, instintiva—reclamaba esa oscuridad, ansiaba perderse en ella.

Y lo siguió sin resistirse, movida por un impulso demasiado hondo.

Respondía a su voz, como si ya hubiera escuchado esa orden en otro tiempo.

No era deseo… todavía. Era destino. O una condena que aún no entendía.

El eco de sus pasos reverberaba en sus oídos, pero su mente estaba atrapada en otra prisión: en la imagen de sus ojos, en la sensación de que él no solo la miraba, sino que la percibía en su totalidad.

Como si estuviera en todas partes a la vez, infiltrándose en cada rincón del Bastión, en cada sombra.

Cuando llegaron al final del corredor, Caelan la hizo entrar en un despacho.

Se giró con una lentitud medida, cruzando los brazos sobre su pecho con una arrogancia silenciosa.

La luz tenue esculpía su silueta en contrastes afilados, dejando que las sombras jugaran sobre su piel, sobre los tatuajes y las cicatrices que narraban historias sin palabras.

Su postura era rígida, la de un depredador calculando la distancia exacta que lo separaba de su presa.

—Habla. ¿Quién eres realmente? ¿Cómo te atreves a pronunciar ese nombre maldito? ¿Por qué estás aquí? —La desconfianza teñía sus palabras—. No me hagas obligarte a hablar.

«Dioses, este hombre necesita abrazos. O terapia. Pero seguro no va a pedir ninguno».

Serenya apretó los dientes. Su instinto le decía que no hablaba solo desde la rabia.

—No entiendes lo que provocas —añadió él, sin esperar respuesta—.

Desde que pisaste el Bastión, los ojos de todos los clanes se han vuelto hacia ti.

Algunos pensarán que eres una espía. Otros, un experimento.

—Dio un paso más cerca, la voz más baja, más peligrosa—.

Y otros... que puedes inclinar la balanza .

Las palabras le pesaban.

—Los Maldrick ya han enviado emisarios. Los Virel me exigirán explicaciones más pronto que tarde.

Y los clanes menores... dudarán, aunque seguirán nuestro liderazgo.

—Hizo una pausa. Su mandíbula marcada por la contención—.

El equilibrio aquí no lo sostienen alianzas.

Lo sostiene el miedo mutuo. Y tú acabas de entrar en medio.

La miró con la intensidad de quien no solo desea, sino que calcula.

—Cada gesto tuyo podría costar, otra vez, miles de vidas—insistió, bajando la voz—. Habla ya, no me hagas obligarte.

Había algo en ella que perturbaba el equilibrio. Un corte antiguo, profundo… que aún no sabían cómo cerrar.

El silencio se extendió entre ellos, vibrante, como el instante antes de que una tormenta rompa el cielo. Serenya movió la cabeza, su sonrisa despuntando con lentitud, como si saboreara el momento.

—¿Y si prefiero… que me arranques la información?

Su tono era bajo, provocador, un roce de terciopelo sobre el filo de un cuchillo. No era prudente jugar con él. Lo sabía. Pero no podía evitarlo. Sus labios dieron forma a esas palabras antes de que la razón pudiera detenerlas.

El príncipe Virel no parpadeó. Su expresión no varió ni un ápice. Pero sus ojos descendieron—un movimiento mínimo, casi imperceptible—hasta su boca. Fue un instante. Pero suficiente. Serenya lo vio, lo percibió en lo más profundo de su cuerpo.

Un latido caliente le recorrió la columna. Quería provocarlo. Romperlo. Como él la rompía a ella sin tocarla. Otra voz, más profunda, más rota, gritaba que no siguiera. Que algo en ese juego la estaba deshaciendo, aunque fingiera tener el control.

—Deberías medir mejor a quién provocas, mujer.

Ella alzó una ceja, puro descaro.

—¿Es una amenaza o una invitación? Porque me parece que ni siquiera tú lo tienes claro .

Avanzó. Un paso. Luego otro. La distancia entre ellos se desvaneció hasta quedar reducida a un suspiro. El aire pareció enfriarse,  casi tangible. Pero bajo esa frialdad implacable, algo más latía.

—Tienes una habilidad que no debería existir —murmuró, su voz tan baja que fue más una vibración en el aire que un sonido.

Los ojos femeninos buscaron los suyos, y por primera vez, sintió que la oscuridad que lo rodeaba no solo le pertenecía a él.

—Eres un peligro para ambos reinos. Y para mí.

Y por cómo lo dijo, por la gravedad en su mirada, supo que no se refería solo a la guerra.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, densas, cargadas de una amenaza tan real como el peligro que compartían.

Serenya no apartó la mirada. En cambio, levantó su rostro para mirarlo a los ojos.

Era tan alto que apenas le llegaba al hombro.

La tensión se afilaba, vibrante, como una amenaza a punto de romperse.

—Y, sin embargo, no puedes alejarte —musitó, reconociendo aquella fuerza invisible que los atraía, implacable, inevitable.

Caelan no respondió. No lo necesitaba. Una amenaza latente en cada respiro contenido.

La oscuridad pareció agitarse. No era el viento ni el parpadeo errático de las antorchas.

Eran las sombras. Suyas. Un pulso vibró en el aire, recorriendo el espacio entre ambos como un latido oculto, y ella sintió el tirón.

El golpe en la puerta rompió el delicado equilibrio de la habitación.

—Vaya, vaya. ¡Tan rápido y ya la tienes contra la pared, Umbrae!

Ezryn Maldrick irrumpió con su inconfundible tono de burla, ligero como un susurro de pecado. Entró sin invitación, con esa sonrisa torcida que parecía prometer secretos y desgracias por igual .

No obstante, no fue su descaro habitual lo que hizo que Serenya se tensara, sino su mirada. No la recorrió con el hambre arrogante de momentos antes. No. Esta vez su mirada pesó más, deslizando por su piel una sensación distinta. Era extraño, como si buscara algo que no terminaba de encajar.

—¿O acaso ya te la quieres quedar para ti solo? —inquirió Ezryn, con un filo perceptible.

La postura de Caelan continuó igual, rígida como una fortaleza impenetrable.

—Esto no te concierne.

El aire en la habitación pareció descender unos grados.

Ezryn sonrió más, disfrutando la incomodidad que había sembrado.

Dio un paso adelante, luego otro. El ambiente se tensó al instante, como si la atmósfera se volviera líquida y pesada.

Ella lo sintió como un choque de fuerzas invisibles, un pulso opresivo que hizo que la piel se le erizara.

Entrecerró los ojos, fingiendo meditar el momento, antes de suspirar dramáticamente.

—Dos hombres. Un solo corazón inocente en disputa. —Sus labios se curvaron con una sonrisa lenta, burlona—. Qué dilema.

Ezryn soltó una carcajada baja, grave, como si saboreara su propia diversión. Caelan resopló, un sonido seco, cargado de desdén. Y entre ellos, la tormenta siguió creciendo.