La llama no escrita (Lux Mortem 1) 8. Como una reina enjaulada
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8. Como una reina enjaulada

E l sonido fue lo primero. Un golpe seco, lejano, metálico. Otro. Luego, un silencio contenido, al borde del estallido.

Serenya abrió los ojos como quien cae de golpe desde un abismo sin nombre. No recordaba haberse dormido. Pero su pecho ardía, como si algo se hubiera despertado desde lo más profundo de su carne.

El techo alto y gris la observaba en quietud. Se sentó en la cama sin deshacer, las piernas cruzadas, los brazos rodeando sus costillas, intentando contener lo que le palpitaba en el centro del pecho.

Por un instante, no supo dónde estaba. La piedra tenía el olor rancio de los sitios antiguos, y el aire le raspaba la garganta. Llevaba horas sin hablar. Tardó unos segundos en recuperar el nombre del lugar. Ezryn. Caelan. El poder. Ella misma.

Tenía la piel tensa y el pulso errático. La magia le recorría los brazos como un río tenso, negado a apagarse. Pero estaba viva. Esperando.

Se incorporó despacio en el borde del colchón. Le temblaban los muslos. La piedra bajo sus pies estaba helada. Caminó hasta la ventana y empujó el postigo con la palma.

El cielo todavía no era del todo cielo. Un resplandor sucio dibujaba los primeros contornos del amanecer. A lo lejos, el mundo respiraba con lentitud: el rechinar de un carro, un portón que se abría, pasos rápidos sobre el empedrado.

—¿Desde cuándo me despierto antes del alba? —musitó, sin esperar respuesta.

No recordaba la última vez que un amanecer la había encontrado despierta. Todo en su vida reciente había sido fuga y ruina. Pasiones sin suelo. Noches sin nombre. El día llegaba antes que el caos y eso la desconcertaba más que cualquier batalla.

Una gravedad extraña pesaba en su interior y le quitaba el aire. No entendía por qué, pero sabía que no se había equivocado de lugar. Su cuerpo había llegado antes que su conciencia.

Intentó abrir la puerta. Cerrada. Golpeó una vez, con los nudillos. Nadie respondió.

—Qué bienvenida tan cálida —murmuró—. Me han encerrado como si tuviera intención de devorar a alguien.

Lo dijo con sorna. Pero una parte de ella no estaba segura de no hacerlo.

Una nueva sirvienta llegó cuando el sol apuntaba en ángulo bajo. Serenya no la oyó entrar hasta que la bandeja tocó la mesa. Pan y uvas. Tenía el rostro afilado, repleto de arrugas, el cabello casi totalmente blanco recogido con precisión militar y los ojos clavados en el suelo. Otra más.

—No pensaba desayunar… sola —dijo sin moverse—. Pero ya que el comité de bienvenida ha fallado, supongo que el pan frío servirá como consuelo emocional.

Silencio. La mujer dejó los cubiertos y se giró para marcharse.

—¿También vienes a peinarme como una princesa decorativa?

Eso la detuvo.

—No, señora —dijo otra voz, suave.

Era la segunda sirvienta. Más joven en apariencia, pero no por ello débil. Había en su postura algo contenido, aprendido a fuerza de callar más de lo que decía. No tendría más de sesenta. Pero sus ojos decían otra cosa. Hablaban de siglos de vivencias.

La miró sin miedo. Sin sumisión. Con una ternura tan contenida que dolía. Dudó un segundo antes de pasar los dedos por una hebra suelta. Un gesto pequeño. Íntimo.

—¿Queréis que os peine?

—¿Y para qué? —respondió con una media sonrisa—. No hay banquetes ni pasillos por los que desfilar. Y si me tengo que quedar encerrada, prefiero hacerlo despeinada. Me da un aire de reina caída.

La sirvienta no respondió. Sus labios se curvaron suavemente y la comprendió, sin juicio. Le tendió el cepillo y cerró los ojos, perdiéndose en una caricia antigua e íntima.

—¿Cómo te llamas? —preguntó sin abrir los ojos.

—Mirel —dijo la mujer, con un tono tranquilo.

Abrió los ojos lentamente. Parpadeó una vez. La estudió.

—Yo soy Serenya. Por si nadie te lo contó aún.

—No hacía falta —respondió sin dudar—. Lo supe desde antes de que hablaras.

Serenya arqueó una ceja, sin moverse.

—¿Ah, sí? ¿Por mis modales? ¿O por lo poco que combino con la decoración?

Mirel ladeó la cabeza, sin perder su tono calmo.

—Por la forma en que entráis en una habitación. Como si el mundo ya os debiera una explicación.

—Bueno. Al menos no tengo que darte explicaciones.

—No —respondió, sin levantar la voz—. Yo solo traigo el pan. Las preguntas... vendrán solas.

Se dio la vuelta sin ceremonia. Pero justo antes de cruzar el umbral, agregó sin girarse:

—Y, mi señora, no necesitáis decir quién sois. Algunos lo saben. Otros, lo sienten. Y algunos más… lo temen.

Curiosamente, ninguno de los guardias probó bocado aquella mañana. Ni una miga. Ella tampoco.

Horas después, frente a la ventana, la luz se deslizaba con exasperante libertad.

Observó el patio lejano. Los entrenamientos seguían.

El mundo funcionaba sin ella. Pensó en su madre.

En su voz diciéndole que el poder no era un don, sino un espejo.

Uno que, tarde o temprano, te obligaba a verte entera.

Miró sus manos. No se sentía poderosa. Se sentía… encerrada.

—Qué bonito el mármol tallado —dijo al aire—. Si esto no es una mazmorra, al menos se esfuerzan en disimularlo con elegancia.

Un leve aleteo en la cornisa llamó su atención. Un pájaro. Gris, pequeño, desubicado. Serenya se acercó despacio. El ave no huyó.

—¿Tú también estás atrapado o eres como yo, simplemente estúpido?

Le ofreció una miga de pan. El animal picoteó, luego alzó el vuelo con un chillido agudo. El aleteo le rozó el rostro. Casi fue un golpe. Casi fue envidia. Por un instante, envidió esa capacidad de elegir que no conocía muros ni jerarquías.

M ientras tanto, en los corredores superiores del Bastión, dos figuras caminaban bajo el titilar de las antorchas. El aire entre ellos estaba cargado de palabras no dichas.

—Todos la observan —dijo el príncipe carmesí, sin detenerse—. Cada gesto, cada silencio. Como si esperaran que explote.

Ezryn desvió la mirada hacia su compañero, ese viejo amigo que rara vez hablaba… pero cuando lo hacía, su voz pesaba como una sentencia.

—Porque nadie sabe exactamente a qué nos enfrentamos —respondió el otro.

—No parece peligrosa.

—Las apariencias pueden engañar —murmuró el otro—. No sería la primera vez.

Se detuvo. Lo miró fijamente.

—¿Qué piensas tú? Su poder... hay algo en él…

—¿Crees que es ella?

Tragó saliva .

—No lo sé. No creo que sea posible.

El otro lo observó un instante en silencio. La antorcha más cercana crepitó, lanzando un chasquido que los envolvió por un segundo.

—Tú siempre has sido más impulsivo —dijo al fin—. Pero en este caso lo sabrías mejor que yo, incluso si soy el más sensible a la magia.

Ezryn bajó la mirada. Su amigo no añadió nada más. El silencio que dejaron atrás no fue el de la comprensión. Fue el de una grieta que aún no tenía nombre.

Un golpe seco rompió el murmullo del patio. Algo cayó entre los arbustos, invisible salvo por la pluma gris que descendió flotando.

El heredero lo ignoró, pero su compañero giró la cabeza un segundo, atento.

—Un pájaro —murmuró, sin emoción—. Demasiado bajo para volar.

Nadie más pareció notarlo. Pero la grieta… sí.

Una voz áspera más abajo interrumpió la tensión que aún flotaba en el aire.

Ambos se detuvieron al borde de una columna tallada y, ocultos por los arcos, escucharon sin moverse.

Caelan caminaba junto a uno de sus capitanes de confianza, las botas resonando sobre la piedra con firmeza. Su tono no era duro. Era peor: meticuloso, quirúrgico.

—¿Confirmado?

—No oficialmente, general —respondió el soldado—. Pero los movimientos son claros. La reina no se mantendrá al margen mucho tiempo.

Una niña cruzó corriendo por el extremo del patio, perseguida por una mujer que parecía ser su madre.

Casi tropezó al girar y, al pasar junto a Caelan, se detuvo un segundo.

Él no la miró del todo, pero le hizo una leve mueca, una curvatura en la comisura de la boca.

Un gesto fugaz, casi imperceptible, que se desvaneció antes de ser delatado.

Su mirada la siguió medio segundo más de lo necesario. La niña rio y siguió corriendo.

—¿Viene sola?

—Dicen que está reuniendo a sus aliados. El Consejo aún no ha dado orden de marcha… pero lo hará.

Siguió andando, sin mirar al soldado.

—Vendrá. En cuanto tenga ejército.

—¿Y la Kael?

Una pausa. Leve, casi imperceptible. Volvió la cabeza.

—Es útil. Mientras no estalle. El Bastión la contiene. Eso es suficiente. Por ahora.

—¿Y lo del veneno?

Caelan se detuvo un instante.

—¿Confirmado?

—Uno de los sirvientes confesó tras ser interrogado por las Sombras. El líquido estaba destinado a ella.

No respondió. Solo alzó la mirada hacia el ala norte, como si allí pudiera leerse la próxima traición.

—La próxima vez, que no sea la grieta quien lo impida —murmuró, casi para sí—. Que lo impidamos nosotros.

—¿Cree que es…?

—No. —La respuesta fue inmediata—. Lo que sea que haya despertado… no es lo mismo. No puede serlo. —El soldado calló. El príncipe Umbrae respiró hondo—. Lo que vimos… lo que sentimos… no es prueba de nada. —Cerró los puños, aunque su voz no tembló—. No puede ser ella.

—Entonces, ¿quién es?

L a comida llegó tibia. Sopa espesa. Pan duro. Un pequeño racimo de uvas. Mirel entró primero. Caelan la seguía, con los brazos cruzados, la mandíbula tensa.

—Solo come lo que ella te traiga —dijo, sin ceremonia.

Serenya lo miró, un destello desafiante en los ojos.

—¿Por qué?

—Porque le salvé la vida hace años —respondió él—. Y aún cree que me lo debe .

Mirel no protestó.

Caelan no apartó la vista de Serenya.

—Y porque aún no he decidido qué hacer contigo.

Mirel apoyó la bandeja en silencio, con una reverencia leve, casi instintiva. Ya se marchaba cuando la voz de Serenya la detuvo.

—¿Puedes quedarte?

No fue una súplica, pero tampoco una orden. Solo una grieta abierta en mitad de la rutina.

Mirel no respondió enseguida. Se quedó allí, de pie, las manos enlazadas sobre el vientre, como si evaluara el peso real de la petición. Luego asintió, sin moverse. Serenya la observó mientras se acomodaba junto a la pared, sin ceremonia, sin palabras.

—¿Siempre tan amable con las reclusas?

La mujer ladeó la cabeza. Su rostro, de líneas firmes y mirada densa, no mostraba sorpresa ni juicio.

—No todos aquí son ciegos —respondió en un susurro.

Serenya se removió. Partió el pan en dos mitades, aunque no probó bocado. El aroma de la sopa era tenue, insípido, como si alguien hubiera intentado cocinar sin fuego.

—¿Y tú qué ves?

El silencio se hizo más largo esta vez. Mirel bajó los ojos a las manos de Serenya, luego al pan desmigado sobre la bandeja, y por último, al rostro de la mujer que no sabía aún si era prisionera o presagio.

—A alguien que todavía no recuerda cómo arder sin romperse —dijo por fin.

No fue una sentencia. Fue una verdad blanda, dicha sin afán de herir.

Serenya bajó la vista al cuenco. El vapor se había disipado, pero el calor seguía allí. Le recordó algo. Una chimenea lejana. Una infancia que no sabía si era suya. Se llevó una uva a los labios, pero no la mordió.

—Parece que todos aquí ven más de lo que dicen.

—Solo los que escuchan lo suficiente —murmuró Mirel .

La mujer no volvió a hablar. Se quedó sentada, como si su mera presencia fuera un idioma en sí misma. Serenya no la miraba, pero la sentía como una sombra familiar que ofrecía descanso. Un recordatorio de que incluso en el encierro, el cuerpo podía encontrar compañía.

E sa noche, se recostó sin apagar las velas. Dejó que la sombra danzara sobre el techo.

Sin cadenas. Sin grilletes. Una prisión perfecta.

Thal’nar seguía ahí. En su piel. En su sangre.

Aferró la manta sin darse cuenta. El corazón no latía más rápido, sino más hondo, como si algo en su interior se preparara para emerger.

Y el Bastión… ya no dormía. Esperaba.