La llama no escrita (Lux Mortem 1) 1. El susurro del destino #2
2%

1. El susurro del destino #2

Jadeo. El recuerdo se deshace al instante, como arena entre los dedos. No tiene sentido. Nada tiene sentido, ni mi viaje, ni el impulso que me ha traído hasta aquí, ni esa imagen que mi mente me ha mostrado. No puede ser real. Pero mi cuerpo lo recuerda. Lo reconoce.

H ay un duelo antiguo en mis huesos. Uno que no me pertenece del todo, pero que vibra en mí como si hubiera nacido conmigo.

Caelan Virel. Su nombre es eco. Su historia, amenaza. Un guerrero capaz de partir un alma con solo una mirada, decían. Una leyenda de esas que hielan la sangre. Pero no es eso lo que me paraliza. Es su presencia. Es gravedad.

A su alrededor, la penumbra titila. Una reverencia. La oscuridad parece responder a él con la devoción de quien ha sido marcado.

—Ella entra conmigo —dice.

En este instante, no sé si agradecer la interrupción… o temerla.

Su voz es tan baja, tan clara, que por un instante me pregunto si viene de dentro de mí. Me obligo a levantar la vista y sostenérsela.

Un parpadeo. Y el mundo se detiene. Es como estrellarme contra algo invisible. Inamovible. Una muralla. De hielo. De intención.

Me observa demasiado… y revela tan poco. Su mirada es un a trampa sin salida. Me cubre entera, un roce invisible y tangible a la vez. No me toca, pero me recorre con un calor que me cala más hondo que cualquier caricia.

Sus ojos son pozos sin fondo y las sombras danzan dentro con un lenguaje que no entiendo, pero que, en algún lugar remoto de mí, parece haber estado siempre.

No es un hombre. Es una fuerza de la naturaleza.

Una guerra envuelta en piel. Sus rasgos están tallados con precisión cruel: mandíbula firme, barba incipiente, piel tostada...

Y ese cabello negro, perfectamente quieto, inmune incluso al viento.

Sobrio. Letal. Simétrico en exceso, como si hasta su belleza fuera un arma.

Pero no fue eso lo que me hizo temblar por dentro.

Me bastó ese cruce de miradas para entender —con certeza absoluta— que, si algún día llegara a tocarlo, no sabría cómo volver a soltarme.

Más allá de su cuerpo, es su presencia lo que me atraviesa. Una intensidad contenida, a punto de estallar. Un abismo lleno de promesas.

Detrás de esa máscara imperturbable, vivía algo más antiguo. Más oscuro. Más solo. Algo que ni siquiera él parecía capaz de nombrar. Una tormenta atrapada en sí misma.

—¿Y tú eres…? —pregunto, alzando la ceja con una media sonrisa torcida.

La suya es una respuesta sin titubeos. Directa. Brutal.

—El que puede controlarte.

Algo en su expresión se apaga un segundo después de decirlo. Como si esas palabras hubieran venido de otro lugar. Como si no fueran del todo suyas.

Y yo… río. No porque sea gracioso. Río porque la idea es absurda. Tan absurda como patética. Un sonido bajo, incrédulo, brota de mi garganta.

—Ya te equivocaste.

Y esta vez, lo pronuncio sabiendo que es solo la primera de muchas veces.

Por un instante, Caelan desvía la mirada un segundo. Pero lo veo. Un destello. Algo que no debería estar ahí. ¿Duda? ¿Miedo? ¿El recuerdo de haber intentado controlar algo… y haberlo perdido?

Luego, avanza un paso. No dice nada, pero no hace falta. Ese paso rompe algo: el espacio, la distancia, el orden. Un gesto simple, cargado de intención. Una sentencia muda. Las sombras que lo rodean vibran, devorando todo a su paso. Pura hambre. Puro instinto.

La fortaleza parece encogerse a nuestro alrededor. Su cuerpo y el mío orbitan, sin llegar a tocarse. No hay amenaza entre nosotros. Es peor.

Es deseo en estado puro, crudo, antiguo. De esos que no piden permiso: entran.

Mi pulso se desboca. Mi mente intenta negarlo, pero mi cuerpo lo traiciona sin dudar. Me bastaría un paso, solo uno, y ya no habría vuelta atrás. Por eso me quedo quieta.

«No. No voy a ser una más».

Y, aun así, una idea me atraviesa: ¿y si lo que arde bajo mi piel no es un don, sino una condena? sino a repetir su ruina? ¿Y si esto no es poder… sino peligro?

«Mi alma dice que huya. Mis pies, que me quede. Y mi cuerpo… que me pierda».

Giro el rostro, buscando cualquier cosa donde enfocar la vista. El suelo. Una grieta. Un respiro. Pero nada basta. Porque él no se mueve. Y su presencia me arrastra igual que un imán.

Me río de nuevo, sin poder evitarlo. Una carcajada baja, seca. Un intento torpe de encubrir el temblor en mi control. Como si pudiese reírme de lo que estoy sintiendo. Como si no fuera real. Pero lo es. Y sospecho que él lo sabe.

Cada vez que nuestras miradas se cruzan, veo más que desafío. Es una fuerza viva. Algo dispuesto a devorarnos a los dos.

No. No. No.

Mis manos se crispan. Los dedos tensos, buscando algo a lo que aferrarse. Pero no hay nada. Solo él. Solo su presencia. Solo esa maldita intensidad que se cuela por cada rendija.

«Él está demasiado cerca de lo que no quiero sentir».

Doy un paso, un pequeño susurro de movimiento. Un error mínimo, suficiente para notar cómo cambia su respiración.

Mi corazón golpea contra mis costillas, desbocado.

«Esto no es lo que quiero».

¿Entonces por qué no me aparto? ¿Desde cuándo me dejo gobernar por unos ojos bonitos… y unos músculos de ensueño?

Él no se mueve, pero me arrincona igual. Como si cada centímetro a su alrededor fuera un campo de batalla. Cada palabra suya me araña el alma. Cada sombra que se desliza en torno a él me eriza la piel.

—No puedes controlarme —repito.

Sueno fuerte, aunque no del todo firme. Hay una grieta. Un matiz. Una tensión. Y él… lo nota. La energía entre los dos se vuelve un pulso vivo. Vibrante. Innegable.

«¿Esto va a terminar en una pelea… un polvo… o los dos?»

Quizás el problema no es que él intente controlarme. Quizás es que, por primera vez, yo no estoy del todo segura de querer resistirme. Sin darme cuenta, doy un paso atrás. Y lo odio por eso. Me odio a mí misma por esa respuesta inconsciente.

Caelan se cruza de brazos. Sin prisa. Sin misericordia. Sus ojos no se apartan de mí ni un segundo. Y dice:

—Entonces no corras.

La grieta se abre dentro de mí. Al otro lado, espera el destino.