2. Lo que no debería existir
El aire todavía ardía. Acababa de escuchar a Caelan decir «entonces no corras», y aún sentía su voz resonando en la columna.
Justo cuando creyó que podría volver a respirar, una figura irrumpió en escena con la despreocupada elegancia de quien jamás llega a tiempo a nada importante.
Y, sin embargo, con él siempre parecía entrar el caos.
Las paredes se tensaron. No por él. Por ella. Porque su presencia en el Bastión no era una llegada. Era una grieta reabierta. No traía un legado: lo despertaba. Y aunque su piel aún no recordara, el mundo sí.
Serenya también lo supo. Sin nombres. Sin pruebas. Solo lo supo.
En su camino hacia el Linde, había escuchado historias susurradas en tabernas oscuras y al calor de hogueras apagadas. Algunos lo llamaban «el hijo del eclipse»; otros, «el eco del fuego roto». Serenya no les prestó demasiada atención entonces; eran solo nombres pronunciados por bocas sin rostro.
Al verlo, sin embargo, entendió todo. Aquello no era un título ni una leyenda: era una advertencia hecha carne.
Estaba recostado contra el arco de piedra, indiferente a la tormenta que crecía frente a él, con la ligereza de aquellos que disfrutan de una comedia de salón a punto de terminar. Su voz no tardó en seguirlo, arrastrando esa cadencia perezosa de quien se aburre incluso del drama.
—¿Qué me perdí? ¿Esto es lo que llaman caos en el Bastión? Esperaba algo más entretenido.
Su cabello cobrizo caía en rizos desordenados, tan cómodos sobre su frente que parecía que ni la ley ni el peine se atrevían a imponerse.
La camisa blanca, abierta en el cuello, dejaba al descubierto una piel levemente dorada, marcada por cicatrices finas, casi imperceptibles. No eran heridas de guerra, sino susurros del pasado.
Cada línea contaba una historia, pero solo él conocía el final... y quizá ni eso.
En su cuello, una piedra destellaba con luz tenue, como si guardara una promesa. El cordel se perdía bajo la camisa abierta, rozando su piel… y, de algún modo, también la de ella. No fue un recuerdo, sino una punzada suave, un nombre que no se atrevía a pronunciar.
Levantó la vista y no pudo evitar notar la forma en que la luz jugaba en su rostro, resaltando pómulos afilados, una mandíbula fuerte, unos labios peligrosamente suaves.
Pero fueron sus ojos los que atraparon su atención.
De un tono oscuro, profundo, como vino tinto derramado bajo una luna apagada. Hambrientos. Devastadores.
No brillaban: ardían lento, como brasas. Y al mirarlos, tuvo la extraña sensación de que no solo la veían... sino que la recordaban.
Los dedos le ardieron con deseo de tocarlo. Lo disimuló bajando la vista. Absurdo. ¿Otra vez? Su cuerpo no aprendía.
No. No iba a caer.
La comisura de sus labios se alzó con una insolencia suave, como quien invita a un baile en mitad de un campo minado.
—Vaya, vaya… ¿Qué estrella se cayó esta noche?
La pregunta serpenteó entre ellos, suave, pero con intención.
Serenya ladeó la cabeza, sin apartar los ojos, con una mezcla de curiosidad y cautela.
Sabía jugar ese juego, aunque la sensación en el aire le indicaba que Ezryn siempre manipulaba las reglas a su favor.
El silencio entre ellos se volvió denso.
—¿Tú eres Sangreth? —preguntó, el sarcasmo danzando en su voz.
—Soy muchas cosas. Sangreth es solo el nombre que el mundo puede pronunciar sin quemarse. —La observó con ese gesto lento, como si tratara de leerla—. Pero hay algo en ti… No sé si quiero conocerte, o recordarte.
La respuesta de Ezryn Maldrick cayó con un tono bajo, entretenido, como si la situación le perteneciera. Como si el mundo entero lo hiciera. Se inclinó y en sus ojos brilló ese tipo de interés que no se limita a mirar, sino que desentraña, analiza… y destruye.
Desde la penumbra, Caelan no dijo nada. El leve endurecimiento de su mandíbula, imperceptible para todos, excepto para las sombras que lo rodeaban, fue suficiente. Ezryn hablaba demasiado cerca. Como siempre.
—Me parece que no hemos tenido el placer de presentarnos, dulzura. Y, sin embargo… parece que ya sabes quiénes somos. ¿Cómo lo sabes?
Serenya sostuvo su mirada, imperturbable. La pregunta flotó en el aire entre ellos, un anzuelo que ella dejó suspendido sin morder el cebo. No porque no tuviera respuesta, sino porque la respuesta la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Había escuchado sus nombres antes, en susurros, advertencias y cuentos infantiles para recordar que el mundo podía ser cruel. Sin embargo, eso no explicaba la punzada de reconocimiento que le recorrió los huesos al verlos.
E z ryn se acercó sin pedir permiso, con la insolente facilidad de alguien que nunca había necesitado hacerlo.
Su andar era una danza calculada, ligera, pero segura, dictaba las reglas del espacio.
Su mera energía alteraba el equilibrio de la sala.
No era algo tangible; aun así, Serenya lo sintió, una sacudida muda en la garganta cuando él se detuvo justo frente a ella.
En un gesto de confianza desmedida, la olfateó. No la tocó; no hacía falta. El movimiento fue sutil, pero la forma en que lo hizo, saboreándola, como quien prueba un veneno con la lengua, midiendo su efecto, la dejó anclada en el suelo. Cada exhalación, una confesión involuntaria.
Los pezones se endurecieron bajo el vestido sucio: traidores silenciosos.
«¿Acaba de olerme? ¿Qué soy, un pastel? Aunque no me molestaría que me coma entera».
La temperatura aumento, como algo que se deslizaba por sus nervios y le retorcía el estómago en una oscilación entre advertencia y deseo. No quemaba: calaba. Como si su cercanía tuviera memoria.
Serenya exhaló, pero su respiración salió entrecortada, un error mínimo que Ezryn no pasó por alto.
El aroma masculino la envolvió sin aviso: madera quemada y algo más oscuro, algo que no podía nombrar, pero que se enredó en sus sentidos.
Algo prohibido que no debía desear y, sin embargo, una parte de ella —la más traicionera— quería saber qué pasaría si lo dejaba acercarse un poco más.
Solo un poco. Solo para ver si el veneno también sabía a verdad. Recuerda .
—Tienes el aroma del caos y del peligro —murmuró él, cada palabra, un arrastre lento, como si su voz se deslizara sobre las teclas de un piano—. Y, curiosamente, de algo que no debería existir.
Por un instante, su sonrisa se apagó. «¿Cuántas veces había soñado con ese momento?»
El peso de su mirada no requería contacto para hacer estragos en su interior. Serenya lo sostuvo con la misma firmeza con la que se aferraba al control. Chasqueó la lengua, intentando borrar el nudo en la garganta. No funcionó, pero al menos la distrajo un segundo.
La seguridad con la que él existía la descolocaba. No sabía si quería tocarlo… o salir corriendo. Cada palabra, cada sutil in clinación de su cuerpo, tensaba el espacio entre ellos. Por más que quisiera creer que tenía las riendas, algo en Ezryn la desarmaba sin esfuerzo.
Una chispa de burla asomó, lo justo para recordarle que él jugaba otra partida. Y tal vez, ya la había ganado.
Por primera vez, Serenya se preguntó si alguna vez había tenido el control. Las sombras a su alrededor vibraron.
—¿No puedes evitar hacer de todo un espectáculo? —La voz de Caelan se impuso, firme. Una grieta en su silencio.
Ezryn arqueó una ceja, sin molestarse en girarse.
—Oh, Virel… Pensé que a estas alturas ya habrías aceptado que no todo se dobla al deber.
—Algunas cosas no están hechas para el juego.
Esta vez, el heredero Maldrick sí lo miró. Y en su sonrisa no había burla, solo algo más viejo. Más hondo.
—¿Y sigues creyendo que puedes contener lo que no entiendes? Siglos… y aún temes soltar el filo.
No respondió. La oscuridad que parecía convivir con él se alzó, amenazante. Ella no se movió. Acababa de entenderlo: el mundo que pisaba no estaba hecho de pactos, sino de heridas abiertas. Y ellos… eran el recordatorio.
Caelan, con sombras latiendo en sus puños. Ezryn, con una sonrisa en la boca y fuego en la mirada. Tan distintos, tan letales.
El Umbrae era tormenta contenida. El Sangreth, incendio sin prisa.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente: un tirón antiguo. Y, sin embargo, no retrocedió.
No sabía si sobreviviría, pero estaba dispuesta a arder.
En un susurro casi inaudible, casi sin pensar, dejó escapar las palabras que se enredaban en su lengua.
—Esto va a doler. Y va a valer cada segundo.
El silencio que siguió fue como el filo de una espada rozando la piel. Ninguno de los tres supo si ella hablaba de lo que iba a pasar… o de lo que ya había empezado. Ella no sabía cómo había llegado hasta allí. Solo que la grieta la había ll amado antes de conocerla.
Por un segundo, no fue Serenya quien habitó ese cuerpo.
Fue otra. Más antigua. Cansada de recordar lo que nunca debió olvidar. Un susurro recorrió su pecho, sin nombre y sin dueño, pero cargado de pérdida.
No era una memoria. Era una herida que palpitaba desde antes.
Los Umbrae tensaron las armas.
Los Sangreth retrocedieron un paso.
Y en los ojos de los herederos vio miedo.