La llama no escrita (Lux Mortem 1) 1. El susurro del destino
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1. El susurro del destino

P or fin.

Después de siglos de vacío,

he llegado.

Y eso me aterra más que la muerte.

Después de siglos en la nada,

el aire del Bastión del Linde

es un veneno

que sabe a vida.

T heralys duerme con los ojos abiertos. Incluso en la hora más muerta de la noche, su cielo nunca se rinde al olvido.

Donde otros reinos conocen el descanso, este continente se desangra en una guerra que no cesa.

Las fronteras no son líneas, sino cicatrices.

Y el Bastión del Linde, su herida más profunda.

Camino descalza. El polvo se agarra a mi piel como si me conociera. No busco salvación ni venganza. Solo respuestas.

El suelo está helado; siento cada piedra como un latido ajeno bajo mis pies. Bien. Me mantiene despierta.

Si no encuentro respuestas, quiero saber quién intenta impedirlas. Y por qué.

Y si hace falta, voy a arrancárselas con las manos.

No hay estrellas. La luna se esconde. La noche, como yo, parece recordar.

Arrugo la nariz. Sangre. Vieja.

He cruzado medio continente. El hambre me ha seguido como una sombra fiel y quiere doblegarme. Mi estómago ruge, impertinente. He chupado las últimas bayas como amuletos, no como comida.

Me paso la lengua por los labios agrietados. No hay sensualidad en mi gesto. Por un segundo, me permito una fantasía absurda: un pan humeante. Una mano amiga.

Se me hace un nudo en la garganta. Cierro los ojos. Me hago piedra. Las fantasías duelen más que el hambre: no prometen alivio, solo pérdida.

El viento ulula entre las ruinas, cargado de presagios. A ratos calla con un silencio que muerde los huesos. Un vendaval helado se enrosca en torno a mí, alzando mechones de mi pelo, pellizcándome la piel.

De lejos debo parecer una aparición: polvo en la piel, cabello como raíces. El vestido —sucio y rasgado— roza mi cansancio. Avanzo o cedo.

El suelo cruje. Todo se detiene.

Desde lo alto de la muralla, los guardianes me ven. Son siluetas recortadas contra la noche. Estatuas de obsidiana con la tensión de los depredadores que aún no atacan. Uno mueve la mano hacia su espada. Otro entrecierra los ojos.

Las antorchas chispean: una se apaga; otra arde en azul. El agua estancada se arquea, como si esperara una señal.

—¿La dejamos pasar... o la derribamos? —susurra uno.

No tiemblo. Todavía no. Una parte de mí —oculta, enterrada—  quiere correr, disolverse entre los árboles. Otra… otra desea ser vista.

«Ojalá alguien diga que me esperaba».

Ni saludo de guerra ni amenaza velada. Solo un gesto. Una manta extendida.

Uno de ellos rompe el silencio. Su murmullo es apenas un aliento entre la niebla.

—No debería estar viva .

—Tampoco tú, si sigues hablando de más —le corta el otro.

Hay una pausa, densa y tensa. Luego, una voz más joven se atreve a hablar, con un temblor casi infantil.

—¿Y si es ella… la del verso?

—No digas eso.

—Si une Sombra, perdemos Sangre. Si elige Sangre, Sombra se borra. Y si no elige…

—La grieta vuelve —completa el otro, tan bajo que parece temer ser escuchado incluso por la piedra—. Y si el poder se desata otra vez… no dejará mundo sin tragar.

No sé si los escucho o si solo siento el eco de sus pensamientos. Pero algo me golpea el pecho desde dentro, como un tambor antiguo. Mi corazón late distinto, ajeno. Hay una presión bajo el esternón, constante, vibrante, pulsando por liberarse. Viejo. Firme. Ineludible.

Respiro hondo. El olor a lluvia y piedra húmeda se me mete  en la sangre. Me están mirando, decidiendo qué hacer conmigo. Si debo vivir, pasar… arder. Pero ya no puedo dar media vuelta. Ni física ni emocionalmente. Estoy exactamente donde debo estar.

El Bastión del Linde emerge entre la niebla. No es solo una fortaleza. Es un juicio suspendido en piedra. La única frontera donde dos reinos enemigos aún se toleraban sin degollarse a la vista de todos.

Se alzó siglos atrás, cuando los Pactos de Sangre se quebraron. Donde debía nacer la paz, ardió la primera llama.

Me parece inmenso. Despiadado. Y, sin embargo, no me asusta.

Las torres se alzan como colmillos, listos para desgarrar el cielo. Aquello no es solo un punto fronterizo. Es la línea que separa dos mundos enfrentados durante siglos. El único lugar donde Umbrae y Sangreth no se matan a la vista de todos. Al menos, en teoría.

A un lado, los Sangreth. Sus ropas oscuras encapsulan la escasa luz.

Son hermosos de una forma que da miedo, con la piel tersa, como mármol vivo.

Sus ojos son brasas que no solo miran: horadan.

Leen la carne. Tal vez también el alma. No muestran sus colmillos, pero sé que están ahí.

Ocultos, listos. No solo muerden. Dejan cicatrices que uno no sabe si desea olvidar.

Al otro lado, los Umbrae. Guerreros tatuados con runas encantadas, marcas que prometen dolor y silencio. Se mueven con una fluidez que desafía la lógica. Sus cicatrices son más que recuerdos: son afirmaciones. Cada una dice «sobreviví» y «volví para que lo supieras».

Y en el centro, yo.

Un paso en falso y no quedaría más que mi nombre flotando en el viento.

Tengo las piernas marcadas por raíces, espinas y piedras que intentaron frenarme y no pudieron.

El pelo me cae en ondas rebeldes. Intento peinarme con los dedos, pero los nudos impiden siquiera que pueda acomodar los mechones.

Rebufo. No me gusta que me vean así. No por vanidad, sino por orgullo.

Porque en otro tiempo, mi sola presencia habría hecho callar una sala.

Y el vestido... ni siquiera merece ya ese nombre. Una tela raída que cuelga de mí con más obstinación que dignidad.

Estoy cansada. Hambrienta. Helada. Pero no rota.

No he venido a pedir nada. Tampoco a desafiar. Solo… a estar. Este lugar, este momento, son míos. Lo sé  bajo la piel, aunque no comprenda por qué. Como si el mundo, alguna vez, hubiese sabido inclinarse ante mí. Y aunque yo lo he olvidado, él empieza a recordarlo.

La piedra bajo mis pies tiembla, suave. ¿Lo estoy imaginando? Quizás, es una señal. Un eco. Huele a expectativas muertas.

Cuento siete figuras observándome. Ocho, con el que tiembla detrás con una pluma en la mano. Si esto es una bienvenida, hay que admitir que se lo han tomado en serio. Dramáticos. Intensos. Quiero reírme. Casi lo hago. Pero no. No todavía.

Un sonido quiebra el silencio.

La pluma del escriba se detiene a medias, como si dudara entre escribir o temblar. Su voz, rasposa como papel viejo, emerge entre las sombras con una fragilidad engañosa.

—¿Nombre?

Alzo la mirada. Tiene los dedos manchados de tinta, los ojos hundidos como si llevara siglos transcribiendo nombres de otros sin dejar jamás el suyo. Parece un espectro más que un hombre. Uno que nunca ha sido protagonista de nada.

Lo miro con una ceja alzada. Sin urgencia. Sin simpatía. Con esa arrogancia que nace cuando te arrebatan todo menos la certeza de que ya no tienes nada que perder.

«¿Por qué siempre hay un idiota con pluma en los momentos cruciales?», pienso.

—No tienes con qué escribirlo. —La frase sale sola, seca y limpia.

No lo digo en voz alta, es casi un acto de piedad. A veces, los nombres verdaderos hacen más daño que las armas.

El murmullo es inmediato. Primero un roce, como si la atmósfera se hubiese crispado. Luego, palabras entrecortadas, cuchillos sin filo que igual cortaban. Juicio, veneno, temor.

—Tiene el descaro de un Sangreth.

—Y la mirada de un Umbrae.

Lo escucho todo. Lo percibo en los huesos. En el eco del suelo bajo mis pies, que late con un pulso que no es el mío. Como si la piedra supiera algo que yo aún no puedo recordar. Los candelabros vibran. La luz titubea. Las sombras se agitan.

Todo me responde. No con palabras, sino con viento, fuego,  piedra. Como si yo fuera el tambor… y el mundo, su redoble.

El escriba tose. Por un instante, sospecho que va a escupir tinta.

—He transcrito nombres malditos… pero creo que el tuyo me quemará los dedos —susurra, con un temblor que se cuela en cada sílaba más que en sus manos.

Un Sangreth murmura un insulto apenas contenido. Un Umbrae suelta un cuchillo sin pensarlo. El sonido del acero contra la piedra es casi ceremonial .

Algo despierta.

—No debería estar aquí —musita alguien, como si así pudiera cambiar la realidad.

—¿Qué es? —pregunta otro.

Clavo mi mirada penetrante en ellos. Uno a uno. Sin apuro. Sin miedo. Negándoles incluso el derecho a mi reacción.

Inspiro hondo. La magia me repta por la piel como si siempre hubiera estado ahí, esperando. Sin aviso. Sin permiso.

Y entonces el silencio se quiebra. Con poder.

—¡Basta!

El grito no es mío. Las conversaciones mueren. Las bocas se cierran. La tensión se repliega como una criatura obediente.

Desde el fondo, entre columnas y penumbra, alguien aparece. Un hombre. Ancho de hombros. De esos que no piden espacio: lo toman. Su presencia se clava en mí como una pregunta sin opción a mentira. Su mirada, gris ceniza, me recorre sin permiso, buscando algo.

Los tatuajes en su cuello —símbolo de los Virel, si la memoria no me falla— brillan, danzando al ritmo de una música que no oigo, pero siento.

Su cuerpo es un campo de batalla que aún no termina de enfriarse.

Y, sin embargo, no es solo eso. No es solo guerra.

Hay en él una herida abierta que no muestra, pero que me duele como si fuera mía.

Y entonces sucede.

No una visión.

Un latigazo.

◆◆◆

Sangre.

Una daga cayendo de unas manos temblorosas. Un grito que nunca llegó a salir.

Un hombre arrodillado frente a mí, el pecho abierto. La vida resbalando en silencio por su piel. Sus ojos fijos en los míos como si quisiera decir algo, pero ya fuera tarde.

Y otro. En la sombra. Observando. Con los labios manchados. No solo de sangre.

Sus ojos eran fuego, sin humo. Pero no ardían de rabia. Ardían de pena.

◆◆◆

Me tambaleo. Solo por dentro. Por fuera, sigo erguida. Pero algo acaba de romperse. O de volver. Quiero desaparecer. Solo… dejar de sentir.