ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #10
Segundos más tarde, el esquife se quedó a oscuras y perdió velocidad.
Sabía que el umbral de ramas de roble estaba justo delante y no podía arriesgarse a que la parte superior del fueraborda se quedara enganchada en las ramas, de manera que tiró de la palanca de retención y arrojó el motor al agua por la popa.
A continuación, se abalanzó hacia delante, al lado de Hank, estirándose lo máximo posible.
Justo cuando se tumbó en la base de la barca, las ramas rascaron la parte superior, lo bastante cerca como para notar su caricia.
Al emerger al otro lado, dijo:
–Saltemos.
Ambos se lanzaron al agua y él mantuvo el arma en alto para que no se mojara. Por la profundidad, supo que estaban en la laguna. El agua les llegaba a la altura de los hombros. Lideró el camino hacia la orilla y la pequeña playa que recordaba.
Salieron a tierra firme.
–Esas ramas los entretendrán lo bastante como para que nos dé tiempo a desaparecer en el bosque.
Hank aún estaba recobrando el aliento.
–No tienes que decírmelo dos veces.
Brent empezó a caminar entre los matorrales.
Seguía lloviendo a cántaros.
Escuchó el zumbido de un motor.
Se acercaba.
Se detuvo y volvió la vista.
Jon vio el esquife desaparecer en la oscura orilla.
Aminoró la marcha y se acercó con cautela al punto donde lo había visto por última vez. Siguió avanzando, entendiendo que se trataba de una de las calas. Encendió el faro delantero y vio unas ramas que se extendían por encima del agua.
Se acercaban. Rápido.
Dejó el motor en punto muerto y luego puso marcha atrás.
Viró el timón con fuerza a estribor y forzó el costado de babor de la embarcación contra el agua, usando el casco para detener su impulso hacia delante.
El viento también ayudó, soplando desde el norte directamente contra la proa.
Se detuvo justo cuando el casco del lado de babor rozó levemente las ramas de roble que cruzaban el arroyo.
Por los pelos.
Reorientó la lancha hacia delante y escudriñó la oscuridad con el foco. Localizó el esquife vacío y luego giró el foco para intentar ubicar a sus ocupantes. No había nadie a la vista.
Pero sabía que estaban ahí.
Y que iban armados.
–Buen intento, Walker –gritó–. Fascinante. Creo que estamos en el mismo lugar donde tu padre se encontró con el Creador. ¡Qué oportuno!
Apagó las luces de posición y el foco.
No tenía sentido convertirse en un blanco fácil.
Oyó el rugido de una lancha acercándose.
Jacks vio el esquife y a De Florio desaparecer en la orilla.
Asumió que ambos estaban en una cala. Barnard le había descrito antes la geografía del lugar.
Recordaba la firme instrucción de De Florio de seguirlo de cerca.
También recordaba el orificio en la cabeza de Milo Richey.
De manera que pisó el acelerador, aumentó la velocidad y los siguió.
Jon se dio media vuelta y vio el profundo casco en V de la lancha dirigiéndose directamente hacia él.
Cayó en la cuenta de que gritar no serviría de nada y se maldijo por no tener más luces encendidas.
Alargó la mano para agarrar el foco e intentar alumbrar la parte de atrás y advertir a Jacks de su presencia.
No le dio tiempo.
Brent observó cómo la segunda embarcación chocaba contra la popa, aparentemente haciendo estallar los depósitos de combustible metálicos del barco de De Florio.
La detonación fue instantánea y espantosa; la gasolina de la otra lancha no tardó en seguirla, con otra explosión monumental que le lanzó una ola cegadora de un calor intenso a la cara.
Las dos embarcaciones ardieron entre llamas rojas y anaranjadas, bolas de fuego abrasador se elevaban en forma de hongo bajo la lluvia torrencial.
Un segundo después, las llamas prendieron el follaje y avivaron el infierno.
Al instante, ambas lanchas se desintegraron, junto con sus ocupantes, en medio de un incendio que convirtió la noche en día.
Hank y él se protegieron la cara del calor y de la metralla ardiendo lanzada por sendas explosiones. Las repercusiones se prolongaron otro minuto. Luego, la lluvia dominó lentamente las llamas que lamían el cielo.
–Santo cielo –exclamó Hank.
Brent también se quedó contemplando el espectáculo.
Y sonrió.
Era extraño, teniendo en cuenta que acababa de presenciar la espantosa muerte de dos hombres.
Pero uno de ellos había sido directamente responsable del asesinato de su padre.
Quizá el lugar en el que él se encontraba ahora hubiera sido donde De Florio aguardó aquella mañana de agosto, hacía casi dos años.
El lugar en el que había esperado la llegada de su Prioridad.
Como hacía su padre cada viernes por la mañana, viviendo su vida tal como predecía un expediente.
Y luego fue «procesado».
Una muerte fría e impersonal.
Algo para ayudar al balance final de la empresa, sin un solo pensamiento para las personas que quedaban atrás. Ahora el hombre que había sido la punta de lanza de ese proyecto asesino estaba muerto.
Y lo único que Brent sentía era alegría.
De repente le vinieron cuatro palabras al pensamiento.
Cobraron forma claramente en su cerebro y se regodearon en su justicia.
De Florio tenía razón unos minutos atrás, cuando había dicho: «¡Qué oportuno!».
–Va por ti, papá.