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ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #9

Sin pensar que podía haber otras personas ocultas entre la maleza, agarró el bate y salió corriendo desde la otra punta de la camioneta.

Se le había acostumbrado ya la vista a la oscuridad y veía claramente a su objetivo.

En cambio, el hombre estaba delante de la ranchera y no podía verlo a él, y el ruido de la tormenta enmascaró su avance por el camino de grava.

Empuñó el bate y se abalanzó hacia él.

Un golpe y el metal dio en el blanco, en la sien de su objetivo. El cuerpo cayó desmoronado en el barro. Se lo quedó mirando, con el bate en alto, listo para volver a golpear.

–Joder, Brent. Gracias –dijo Hank.

–Tú no sigues órdenes, ¿eh?

–¿Está muerto?

Brent se agachó. Le manaba sangre de la herida de la cabeza, que se diluía rápidamente bajo la lluvia.

–Es difícil de saber.

–¿Es De Florio?

Hizo rodar el cuerpo para ponerlo boca arriba y negó con la cabeza.

Una bala rebotó en el capó de la ranchera.

No hubo réplica. Brent ya se había dado cuenta de que el arma llevaba algún tipo de silenciador.

Se agachó y la agarró. Echaron a correr rodeando el lateral de la casa, en dirección al lago.

Justo cuando doblaban la esquina, otra bala salió disparada de la espesura, a su espalda.

Brent apuntó el arma que llevaba en la mano y disparó hacia atrás, con un levísimo ruido seco.

–¿Adónde vamos? –preguntó Hank.

–A la barca.

Caminaron por el barro, esquivando los árboles, y echaron a correr hacia el embarcadero.

Sosteniendo en alto el arma en una mano, Brent arrancó la lona que cubría el esquife con la otra.

Mientras tanto, Hank desamarraba la barca.

Brent saltó en ella y rogó al cielo por que el motor fueraborda funcionara.

Si era necesario, sacaría de allí aquella cosa remando.

Lo que fuera por largarse de allí. Tiró dos veces de la cuerda del motor de arranque y, milagrosamente, el motor cobró vida.

–Sube.

Hank saltó al bote.

Brent giró el mando del motor fueraborda para engranar la marcha y el esquife salió disparado del muelle, hacia el lago.

El teléfono vibró en la mano de Jon.

–Cardenal ha caído. Posiblemente muerto. Pero se han ido, en la barca, en dirección a la ubicación prevista.

No reaccionó a la noticia sobre Frank Barnard, aunque le perturbó la posible pérdida de otro colaborador avezado en el oficio.

Era evidente que algo había salido mal. La idea era asustar a Reed y a Walker, dejarlos aislados, sin teléfono, y enviarlos hacia el lago.

Debía parecer que habían vandalizado la casa, motivo por el cual habían roto los cristales de las ventanas a pedradas.

Previamente habían comprobado subrepticiamente la barca y habían verificado que tenía combustible y funcionaba.

Un medio aparentemente perfecto para huir.

Y, además, un robo fácil de explicar. Ahora no había tiempo para críticas. Ya analizaría los errores más tarde.

–Ve a tu lancha y síguelos. De cerca –dijo con un tono que le dejaba absolutamente claro a Victor Jacks que tenía motivos para tenerle miedo.

–Entendido. Tienen un arma.

Estaba bien saberlo.

A quinientos metros de la orilla, al timón de una lancha, camuflado por la oscuridad y la tormenta, Jon desconectó su teléfono móvil.

Luego, esperó tranquilamente bajo la lluvia a que su presa se acercara.

Brent sacó el esquife de la cala, viró al sur y enseguida se orientó.

Sabía que la rampa de botadura del condado se hallaba solo tres kilómetros al oeste, con un número infinito de puntos para desembarcar entre medio.

Decidió encaminarse hacia la rampa. Era una zona muy poblada y, cuantas más personas, menos posibilidades de que De Florio y sus matones actuaran.

El esquife de dos metros y medio de eslora no era la embarcación más adecuada para navegar con tormenta; su culo plano impactaba contra las olas.

Hank iba sentado cerca de la proa mientras que él operaba el motor fueraborda desde la popa.

Seguía empuñando el arma. Costaba ver en la distancia en ninguna dirección, de manera que navegaba por intuición, con la ayuda esporádica que proporcionaban los relámpagos.

–No es el mejor sitio para estar en medio de una tormenta eléctrica –gritó Hank.

–Le da mil vueltas al lugar en el que estábamos.

Volvió la vista atrás y vio una lancha acercándose.

Jon esperó pacientemente hasta que el esquife tomó un rumbo definido.

Una vez que lo hizo, aceleró los doscientos cincuenta caballos de potencia del doble motor intraborda y salió disparado hacia delante.

La profunda V del casco cortaba el agua como un cuchillo y la lancha pronto comenzó a planear sobre la superficie.

Mantuvo apagadas las luces de navegación hasta estar completamente en marcha; entonces encendió la luz roja de proa.

Una indicación más que suficiente para hacerles saber que la persecución tocaba a su fin.

Jacks corrió bosque a través en dirección a una segunda lancha con casco en V varada a escasa distancia de la casa junto al lago de Leon Peacock. Saltó en ella, arrancó los dos potentes motores y salió a toda mecha persiguiendo a su jefe.

–Tenemos compañía –anunció Brent, e inmediatamente calibró la situación–.

Hank, me temo que hemos sido un par de bobos.

–Volvió la vista hacia el enclenque motor fueraborda de treinta y cinco caballos que apenas los empujaba por el agua–.

Me preguntaba por qué no nos ha seguido nadie hasta el embarcadero.

Además, esos tipos parecían tener muy mala puntería para ser asesinos profesionales.

–Tenemos un arma.

–No nos servirá de mucho. Aquí es donde De Florio quería tenernos.

–¿Crees que es él quien nos persigue?

–Seguro.

Miró a su alrededor, en busca de una casa con luces encendidas. No había ninguna a la vista.

–Nos dará alcance en unos minutos –dijo Hank.

–Está jugando con nosotros. Puede llevarnos adonde quiera. No tenemos potencia suficiente para dejarle atrás, y lo sabe.

Siguió escudriñando la orilla. De Florio estaba ya a menos de trescientos metros, y acortaba distancia.

–¿Por qué no nos tiramos al agua y nadamos? –propuso Hank–. Tal vez no pueda encontrarnos a ambos con esta tormenta.

Detrás de De Florio, otra luz roja apuntaba ahora a través de la lluvia en su dirección.

–Parece que son dos –le gritó a Hank por encima del aullido del viento.

Seguía buscando en la orilla, concentrado, cuando se iluminó.

Escudriñó la oscuridad frenéticamente, rogando por que destellara un rayo, lo cual parecía una locura a juzgar por su ubicación desprotegida en medio del lago.

El cielo lo recompensó con un largo relámpago que le concedió un instante para ubicar el lugar que buscaba.

Allí estaba. No podía equivocarse. Justo delante de ellos, a la izquierda.

Analizó el esquife y el diminuto motor fueraborda. Costaba estar seguro, pero podía caber.

–Agáchate –gritó.

Hank lo miró sin entender nada.

–Y no te endereces hasta que yo te diga.

Por una vez en la vida, Hank hizo caso de lo que le decía, no sin antes preguntar:

–¿Qué pretendes?

–Equilibrar la situación.

Se concentró en la línea litoral, justo delante de él, ahora a menos de cien metros de distancia. En algún momento tendría que ralentizar la marcha. Había orientado la popa con el último relámpago. Otro destello luminoso y ajustó el rumbo.

Allí estaba.

El umbral de la laguna de Brooks.

A menos de veinte metros de distancia, cada vez más cerca.

Soltó el acelerador y el motor fueraborda se apagó.