ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #8
Haciendo marcha atrás en el camino de casa mientras yo le decía: «No te amo y no sé si te he amado nunca».
Lloró, Hank. Es la primera vez que la recuerdo llorando por algo.
No sabía que las piedras pudieran llorar.
Pero aquel día lo hizo. Es la última imagen de ella viva que tengo.
La siguiente fue cuando tuve que identificar su cadáver.
–Te lo dice un verdadero perdedor, Brent.
No deberías sentirte culpable. Yo sí. Yo arruiné un matrimonio de treinta años yéndome de faldas.
Yo sí que tengo motivos para sentirme culpable.
Me llevé mi merecido. Pero ahora ya no puedo hacer nada por evitarlo.
Echo de menos a Loretta cada día. Espero que sea feliz.
Sin embargo, no puedo seguir atormentándome eternamente por mis errores.
Y si tú lo haces, acabará matándote. Nadie es capaz de soportar tanta presión. Olvídalo ya.
–Loretta era una buena mujer. Nunca entendí por qué le ponías los cuernos.
–Yo tampoco. Pero, por el amor de Dios, no cometas el mismo error que cometí yo. No hagas estupideces.
Sonrió. Hank intentaba hacerlo sentir mejor y le agradecía el esfuerzo.
–Además, parece que voy a tener un nuevo yerno.
–Eso depende. Aún tenemos un pequeño problema.
–Creo que estás subestimando la gravedad.
Tenía que decírselo:
–¿Eres consciente de que la empresa te ha utilizado todos estos años?
–Sí, y solo de pensarlo me pongo enfermo.
Yo esforzándome por ser un gran hombre. El líder al que todo el mundo acudía cuando tenía un problema.
«Ve a ver a Hank, él te sacará de este lío».
Y ya ves. Construyeron toda una ciudad para colmar sus necesidades.
Aquí no podías ni cagar sin que supieran cuántos trozos de papel habías usado para limpiarte.
Concord es una ciudad corporativa llevada hasta el delirio.
–Ganaron centenares de millones de dólares asesinando. Para que luego digan que matar no da réditos...
Empezó a llover más fuerte.
Brent se puso en pie y se acercó a las puertas correderas.
Incluso bajo el apedreo de la intensa tormenta de verano, el lago Eagle era bellísimo.
Abrió la cerradura y deslizó la puerta corredera.
Entró un aire cálido y húmedo que se mezcló con el aire acondicionado, empañando los vidrios del doble acristalamiento aislante.
Proyectó la vista más allá de la verja, hacia la orilla.
En un embarcadero de madera había amarrado un pequeño esquife con un diminuto motor fueraborda cubierto con una lona verde. Hank salió tras él.
–¿Tu amigo pesca? –le preguntó Brent señalando hacia la barca, parecida a la que él había usado el fin de semana anterior.
También se parecía a la barca en la que su padre había sido asesinado, no lejos de donde se encontraban ahora.
–Te conoces bien este lago, ¿verdad? –le preguntó Hank–. Esta maldita cosa lleva aquí treinta años y nunca había puesto los pies aquí.
Brent se volvió para mirarlo y le sonrió.
–Pues no te recomendaría que hoy fuera la primera vez.
Frank Barnard los espió mientras la puerta corredera de vidrio se abría. Apuntó con los binóculos y enfocó los dos rostros.
Claros e inconfundibles.
Cogió su teléfono.
–Los tengo.
Jon colgó y se volvió hacia Lee y Hughes.
–Los hemos localizado.
Lee sonrió. Hughes pareció aliviado.
–Matadlos –ordenó Lee–. Y rápido. Pero con cuidado. Que no queden hilos sueltos. Hacedlo como los profesionales que sois.
Jon consultó su reloj.
Las 16:53 horas.
Se puso en pie y salió de la sala de reuniones.
19:57 h
El teléfono sobresaltó a Brent.
Hank y él llevaban sentados un par de horas, cavilando sobre sus siguientes pasos, decidiendo a qué fuerzas de la ley involucrar y dónde.
El movimiento con Greene había sido un desastre.
No podían cometer otro error de cálculo.
Hicieran lo que hiciesen, tenía que ser una jugada inteligente.
La casa se erguía a oscuras, sombría, con una única lámpara por toda iluminación.
Hank estaba sentado en el borde de una butaca.
Ambos tenían la mirada clavada en el teléfono fijo.
Que no dejaba de sonar.
Brent se puso en pie, fue hasta la encimera de la cocina y descolgó.
–Buenas noches, señor Walker.
Se le disparó la adrenalina por el cuerpo.
–¿Quién habla?
No hubo respuesta.
Notó un escalofrío descenderle por la espalda. Supo quién era.
–¿De Florio? –Fuera seguía lloviendo, incluso con más virulencia que antes–. ¿Cómo nos ha encontrado?
De Florio rio.
–Han cometido un error.
La mente le iba a mil por hora. Entonces cayó en la cuenta.
–¿Son dueños de la compañía telefónica?
–Un dato que pocos saben.
Cierto. Esa información no figuraba en el material que Bozin les había proporcionado.
Por eso, antes se había arriesgado a hacer aquellas llamadas.
Sin embargo, la llamada de Hank desde aquel teléfono fijo no había sido más que un faro en la noche.
Gracias al cielo, Brent no había usado el móvil para telefonear a la casa de su tío.
Hank se le acercó.
Brent se tensó.
–¿Y ahora qué?
–Tenemos un asunto por rematar.
–No sea simple. Recuerde lo que tengo.
–Nos arriesgaremos.
–Sería un movimiento realmente estúpido.
–¿Sabe? Recuerdo otra vez que visité el lago Eagle. Hará un par de años, si no me equivoco. En agosto. Hacía un tiempo más apacible que esta noche, pero un calor infernal. Fue justo después del amanecer. Quizá recuerde usted el resultado de esa visita.
Lo invadió la cólera.
–Es usted un pedazo de mierda, De Florio. Venga a por mí si se atreve. De hombre a hombre. Usted y yo. Cara a cara. A ver si tiene agallas.
–Vamos a averiguarlo –dijo De Florio.
La llamada se cortó.
El teléfono de Frank Barnard vibró en su bolsillo.
Lo sacó y contestó.
–Proceded según lo planeado –le dijo De Florio al oído.
–Entendido.
Apagó el teléfono y se volvió hacia Jacks.
–El señor De Florio dice que adelante.
Jacks arrancó el cable del teléfono de la caja de conexiones.
Luego, activó el inhibidor de señal para impedir que pudieran hacerse llamadas con móviles desde la casa, y ambos avanzaron bajo la lluvia.
Brent miró de hito en hito a Hank, intentando serenarse.
Finalmente, Hank dijo:
–¿Y ahora qué hacemos?
–Lo que deberíamos haber hecho hace horas.
Descolgó el auricular y llamó a la policía. No pasó nada. Volvió a intentarlo, pero solo confirmó que no había línea. Pero si acababa de funcionar...
Maldita fuera.
Lo que hacía un rato parecía un refugio seguro ahora se antojaba una jaula.
Un estrépito rasgó el silencio.
La ventana delantera se hizo añicos y algo entró volando en la estancia e impactó en la pared posterior.
Se tiraron al suelo, protegiéndose con el sofá.
Al bajar, Brent tiró de la lámpara de la mesa, la bombilla estalló y todo quedó sumido en la oscuridad.
Otros dos objetos entraron por las ventanas, rompiendo los cristales.
El viento llevó el rugido de la lluvia al interior de la casa.
–¿Qué ha sido eso? –dijo Hank.
–No he oído disparos. Lo único que sé es que De Florio está ahí fuera, en alguna parte. –Intentaba mantener la calma. Se palpó el bolsillo buscando la llave del Mustang–. Quédate aquí. Me voy al coche. Tal vez consiga que me persigan.
–No seas idiota.
–Escúchame, Hank, juntos no tenemos ninguna posibilidad.
Aquí dentro somos una presa fácil. Por separado, es posible que uno de los dos lo consiga.
En cuanto me haya ido, sal por la parte de atrás.
Usa esa barca del muelle o huye a nado, si tienes que hacerlo.
Pero no te muevas de aquí hasta que me vaya.
Antes de que Hank pudiera poner objeciones, se fue a rastras, salió del salón reptando y continuó por un corto vestíbulo hacia los dormitorios.
Al llegar a la puerta de entrada de la casa, se detuvo momentáneamente y comprobó la manija.
Cerrada con llave. Al menos no podrían entrar fácilmente.
Vio un paragüero de latón junto a la puerta.
Sobresalían dos paraguas junto con lo que parecía un bate de béisbol.
Se acercó arrastrándose. En efecto, era un bate.
De metal. Podía resultarle práctico, así que lo agarró y siguió reptando.
Llegó a uno de los dormitorios, se puso en pie y se acercó a una solitaria ventana de guillotina.
Apartó la mesita de noche, desbloqueó el cierre de la ventana, abrió la hoja inferior y, sin darse tiempo para estar asustado, saltó al suelo encharcado.
La lluvia lo empapó como una ducha templada.
Esperaba que nadie se hubiera percatado de su salida.
Por suerte, la ventana estaba orientada al denso bosque que se extendía junto a la casa.
Se agazapó y utilizó los arbustos espinosos como cobertura para ocultar su regreso a la parte delantera de la casa, donde estaba el Mustang.
No oyó más cristales rotos. Pero, con los truenos y la lluvia, costaba estar seguro.
Avanzó a tientas bajo la oscuridad.
¿Qué había dicho Joan Bates? «No siempre lo más inteligente es empecinarse. A veces es más sensato evitar una mala situación».
Por desgracia, eso no era una opción esa noche.
Detectó movimiento en la oscuridad. ¿Se dirigía alguien hacia la puerta delantera? Destelló un relámpago. El instante de luz confirmó su observación.
Sin duda.
Se dirigió hacia la figura.
Hank estaba enfadado consigo mismo por haber dejado que Brent se marchara.
Había oído cómo se abría una ventana y había supuesto que Brent había saltado por ella.
No estaba bien que asumiera todos los riesgos.
No quería que su nieta no llegara a conocer a su padre natural.
Y su hija podría perder la oportunidad de ser feliz con el hombre al que de verdad amaba.
Decidió no quedarse acurrucado tras el sofá y empezó a caminar a cuatro patas hacia la puerta principal.
Quizá pudiera llegar a la camioneta. Tal vez Brent tuviera razón. Por separado, tenían más posibilidades.
Giró la llave y entreabrió la puerta. De inmediato lo recibió una ráfaga de viento cálido y lluvia.
Aún agachado, salió al porche. Usó la amplia barandilla y los gruesos balaustres de madera como protección y escudriñó la oscuridad, usando los esporádicos centelleos de los relámpagos como única fuente de iluminación.
No había nadie a la vista, la ranchera estaba a solo unos pasos.
Encontró las llaves y empezó a enderezarse.
Entonces una figura emergió del bosque y salió disparada hacia él.
Un relámpago.
Vio el arma, apuntándole.
Y se quedó helado.
Brent divisó el arma.