La lista ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #7
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ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #7

–Hemos comprobado las casas de ambos, pero no hay nadie. La hija y la nieta de Reed también se han esfumado. Diría que han llevado a sus familias a un lugar seguro.

–¿Hay algún modo de averiguar adónde?

De Florio negó con la cabeza.

–Solo hemos hecho comprobaciones mínimas sobre la historia de sus familias.

–¿Y qué hay de los teléfonos pinchados, el del despacho de Walker y el que Reed usa todo el tiempo en su sala de descanso? ¿Habéis encontrado algo ahí? –preguntó Hughes.

–No ha habido llamadas en todo el día.

–Pues es evidente que han hablado entre ellos –conjeturó Lee–. Esa huida estaba bien coordinada.

–Cierto –respondió De Florio–. Pero hay multitud de teléfonos en toda la fábrica. Podrían haber usado cualquiera de ellos. Lo más probable es que estén utilizando móviles.

–No quería hacer esto, porque no quería atraer una atención innecesaria –dijo Lee–. Pero creo que no nos queda más alternativa.

De Florio asintió con la cabeza, entendiendo a qué se refería, y salió de la sala.

–¿De qué iba eso? –preguntó Hughes.

Lee sonrió de oreja a oreja.

–Soy el dueño de la Compañía Telefónica del Condado de Woods.

–¿Cuándo la compraste? –quiso saber Hughes.

–Hace seis meses. Una de mis empresas tenedoras obtuvo el control mayoritario.

–Pues no te molestaste en decírselo a nadie.

–Se lo dije a Jon. Además de a él, no consideré que fuera asunto de nadie qué compraba o vendía yo.

De hecho, ha resultado muy útil en el trabajo preparatorio de los expedientes de las Prioridades.

Pueden saberse muchas cosas a partir de los registros telefónicos de una persona.

Debo decir, no obstante, que no es una empresa muy rentable.

–Conoces las reglas, Hamilton. Deberías habérnoslo dicho.

–¿Y qué vas a hacer al respecto? Ya no somos dos contra uno, Larry. Estamos solos tú y yo. Y te sugeriría que me dejaras dirigir las cosas a mi manera. Nos irá a todos mucho mejor.

Hughes no dijo nada. Permaneció en silencio los cinco minutos que transcurrieron hasta que De Florio regresó.

–He sido cauteloso con mis pesquisas, simulando una situación de robo con uno de nuestros empleados.

Pero han comprobado los teléfonos móviles de Walker y Reed.

Ambos tienen contratada la línea con su empresa, señor.

Hace tres horas, Walker recibió una llamada en el móvil.

Desde una línea fija. Es una casa en el lago Eagle propiedad de Leon Peacock.

Trabaja en la fábrica de bolsas y vive en la ciudad, pero construyó ese lugar hace unos años para cuando se jubile.

Peacock está de vacaciones esta semana, visitando a su hija en Carolina del Sur.

–¿Cómo has averiguado todo eso en cinco minutos? –preguntó Hughes.

–He consultado el archivo personal de Peacock.

Eso me ha conducido a nuestros registros bancarios.

Obtuvo una hipoteca del Banco Estatal del Condado de Woods para la construcción.

Una llamada a su supervisor en la fábrica de bolsas me ha proporcionado la información de dónde está y qué está haciendo.

–¿Crees que están en el lago Eagle? –preguntó Lee.

–Lo sabremos en treinta minutos.

Brent tardó un rato en marcharse de Statesboro. Empezó a llover cuando entraba en el condado de Woods. Cuando llegó al lago Eagle, llovía a manta y, a juzgar por los feos nubarrones, la tierra se iba a mojar de lo lindo durante las próximas horas.

Seguía llevando la apestosa visera de los Braves y las gafas de sol que había encontrado en el Mustang.

Esperaba que, en combinación con la lluvia, eso le sirviera de disfraz suficiente para despistar a los motoristas curiosos, uno de los cuales podía trabajar para De Florio.

Había destruido su teléfono móvil y lo había tirado a un vertedero a sesenta kilómetros de distancia.

Serpenteó por la orilla este del lago, dejando atrás la rampa de botadura del condado y dos de los refugios de pesca más grandes.

Giró al norte en la intersección de la calle Thrasher Point Drive y la carretera comarcal 36.

La orilla norte era la sección menos poblada del lago.

El terreno era pronunciado y pedregoso. Se habían excavado canteras enteras allí durante la construcción del lago.

Había pocas casas. La cabaña de paredes de madera y tejado a cuatro aguas que buscaba se hallaba apartada de la carretera, rodeada de altos pinos y protegida por un frondoso sotobosque que la hacía casi invisible.

Un camino de gravilla y agujas de pino zigzagueaba hasta ella.

La deslucida ranchera Toyota blanca estaba aparcada delante.

La grava húmeda crujió bajo los neumáticos cuando el Mustang ralentizó hasta frenar del todo.

Gotitas de lluvia acribillaban el parabrisas.

Bajó corriendo del coche y llamó a la puerta. Le abrió Hank.

–Ya era hora. Empezaba a estar preocupado –le dijo–. ¿Te has cambiado de ropa?

Entró y se sacudió el agua en el suelo de madera.

–La lluvia me ha retrasado y he parado a intentar comer algo. Además, me he deshecho de todo.

–Supongo que lo habrás dejado en un lugar seguro.

–El más seguro que existe, o al menos eso espero. Aunque no sobrevivamos, el material lo hará.

–No me gustan esos condicionales.

–A mí tampoco, Hank, pero tenemos que afrontar la realidad. Esos tipos son profesionales. Aunque fuéramos a la policía ahora mismo, nada nos garantiza que no nos cogerán. Llevan mucho tiempo matando a gente, y se han convertido en unos expertos.

En la pared del fondo había un largo sofá de escay azul.

Se dejó caer en sus mullidos cojines. A través de las puertas correderas acristaladas, más allá de la tarima de madera, se disfrutaba de una vista panorámica del lago Eagle, con su orilla sur apenas visible y densos bosques al este y al oeste, pues la casa se alzaba en el codo de una cala.

La lluvia aporreaba el lago en un millón de puntos.

Los relámpagos centelleaban en la distancia. Los truenos bramaban sobre sus cabezas.

–Bonito lugar –dijo, observando el interior–. ¿Dónde está el dueño?

–De vacaciones.

–¿Y cómo has entrado?

–Sé dónde guarda la llave.

Bien. Le gustaba.

–La privacidad debería darnos tiempo para pensar.

Frank Barnard esperaba en su habitación de motel escuchando la lluvia cuando recibió la llamada de De Florio. Inmediatamente después de recibir instrucciones, condujo directo al lago Eagle.

La Southern Republic era propietaria de una gran casa al borde de la orilla este.

En realidad, era una ampliación de Hickory Row, mantenida y controlada por el mismo personal que supervisaba todas las operaciones allí.

La casa y los terrenos estaban acondicionados especialmente para la pesca, el esquí acuático y acoger fiestas.

Como parte de las instalaciones había un embarcadero de hormigón donde fondeaban un par de fuerabordas con casco en V.

Sus instrucciones fueron claras. Coger una de las lanchas y acercarse lo máximo posible a la casa propiedad de Leon Peacock.

Ya la había localizado en el mapa, estaba en el codo de una cala.

Pero cuando llegó al muelle, llovía a manta y el lago estaba agitado como una lavadora en el ciclo de centrifugado.

De manera que descartó la aproximación por el agua y se encaminó hacia un punto en la orilla, a unos cuatrocientos metros del objetivo, en el extremo más alejado de la ensenada.

Desde allí podría atravesar a pie los bosques y observar desde el otro lado del agua, utilizando los árboles y el sotobosque como tapadera.

Los dos motores de la lancha de cinco metros de eslora arrancaron al instante.

Las gotas de cálida lluvia lo aporreaban y, con ayuda de la velocidad, se le clavaban en el rostro como agujas.

Llevaba un mono de camuflaje, un impermeable verde oscuro, gorra, guantes y botas.

Cuando encontró la cala y ancló la lancha, estaba calado hasta los huesos.

La orilla estaba deshabitada, una pendiente rocosa y pronunciada cubierta de palmitos húmedos, enredaderas espinosas y barro hasta los tobillos.

Avanzó con esfuerzo, coronó la cima de una colina escarpada y se asomó con cautela entre los árboles.

La casa se hallaba al otro lado de la cala, en una pendiente, la fachada invisible.

Supuso que Victor Jacks también andaría cerca.

Guareciéndose bajo uno de los pinos arbustivos, marcó el número de Jacks en su móvil.

–¿Pájaro Azul?

–Estoy aquí –dijo Jacks.

–¿Ves algo?

–Hace diez minutos había una ranchera y un coche.

–¿Estás en tu ubicación?

–Sí.

–Quédate ahí.

Finalizó la llamada y volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo.

Comprobó la hora en su reloj. Eran las 16:25.

La tormenta tapaba el sol y gran parte de la luz diurna, de manera que parecía mucho más tarde. Avanzó arrastrándose y se colocó en posición entre los arbustos espinosos, con una visión despejada de la casa ante él.

El aguacero continuaba.

Sacó los prismáticos.

Brent estaba sentado en el sofá.

La lluvia arreciaba y su murmullo monótono era relajante. Aun así, él seguía teniendo los nervios de punta. Hank estaba recostado en una de las butacas.

–¿Cuánto hace que sabes lo de Lori Anne? –le preguntó a Hank.

–Varios años.

Apreció la sinceridad.

–¿Por qué no me lo dijiste?

–Quería hacerlo. Pero Ashley me lo prohibió. Y, créeme, discutimos varias veces por ese tema. Pero tenía que respetar sus deseos. Es su vida. Al final, no pude más y se lo conté a tu madre.

–¿Cuándo?

–Justo después de tu regreso.

Brent negó con la cabeza.

–Pues no me dijo ni una palabra. Os lo teníais los dos muy callado.

–Ashley lo ha pasado muy mal, Brent. Sus matrimonios nunca tuvieron ninguna oportunidad.

No amó a ninguno de ellos como te amaba a ti.

Fue buena con ellos. Pero, para ser sinceros, sus tres maridos sabían que alguien se interponía en su camino.

Mientras tanto, tú andabas dando tumbos por la senda de la culpa.

Decirte lo de tu hija no hubiera servido para nada. Y lo sabes.

–Todavía me culpo, Hank.

–Pues no deberías.

–Le hice daño a Paula. No debería haberme casado con ella.

–Eso depende de cómo lo mires. Yo diría que Paula no debería haberte forzado a casarte, sabiendo que tú no querías hacerlo.

–Estaba embarazada.

–¿De verdad? Lo único que teníamos era su palabra. Hasta donde tú sabes, podría haberse quedado encinta después de la boda. Paula tenía su propia agenda y funcionaba por sus propias reglas.

–No consigo quitarme del pensamiento su cara aquel día.