ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #6
Regresó a la ciudad y, en lugar de aparcar en el acceso o incluso en su calle, dejó el coche a un bloque de distancia y caminó a través de los patios de los vecinos hasta la casa de sus padres.
Los conocía a casi todos y, a esas horas del día, no había nadie por allí.
Llegó al garaje y se coló en su interior.
Localizó el sobre con los originales que Bozin le había entregado y regresó deprisa al coche.
Luego, salió de la ciudad, giró al oeste para dejar la autopista de cuatro carriles con mediana y rehízo la misma ruta que había recorrido hacía tres semanas, cuando había regresado a Concord.
Conducía rápido, pero intentando no exceder la velocidad máxima permitida.
La orilla meridional del lago Eagle corrió en paralelo a él durante un largo rato, con el agua asomando esporádicamente entre densas arboledas.
Finalmente, dejó el lago atrás, atravesó el Ogeechee y entró en el condado de Bulloch, viendo cómo el rótulo que anunciaba BIENVENIDOS AL CONDADO DE WOODS, POBLACIÓN: 12 894 HABITANTES se desdibujaba en el retrovisor.
En la bifurcación de la carretera que conocía bien, en lugar de desviarse al sur, hacia la I-16, apretó el acelerador rumbo a Statesboro.
* * *
Veinte minutos después llegó al centro de la ciudad y fue directo al achaparrado edificio de ladrillo con el rótulo OFICINA DE CORREOS DE LOS ESTADOS UNIDOS.
Aparcó el Mustang justo delante y cogió el sobre del asiento del copiloto.
En el interior, un gran reloj de pared indicaba que eran las 11:58 horas.
Su madre debería haber llegado ya a la casa de su tío.
Se acercó al mostrador y le pidió al dependiente un sobre de plástico para correo urgente. Se fue a otro mostrador y escribió en la etiqueta los datos de su exjefe, el fiscal general del condado de Fulton. En el exterior del sobre marrón que Bozin le había entregado, escribió:
Por favor, guarda este sobre en un lugar seguro hasta que tengas noticias mías. No le hables a nadie de él y no lo abras. Si me pasa algo, llévalo a la policía inmediatamente. Sé que suena críptico, pero ahora mismo eres la única persona en quien confío. Me pondré en contacto contigo.
Firmó con su nombre y, en el sobre, que ya contenía las notas manuscritas y la memoria USB de Bozin, metió también la copia de la lista que Reed le había dado.
Usó la cinta adhesiva del dispensador que había en el mostrador para sellar el sobre.
Lo metió dentro del de plástico de correo urgente, se lo entregó al funcionario y pagó en efectivo el envío con entrega al día siguiente.
Salió a la calle.
El sol de la mañana empezaba a desaparecer bajo unos nubarrones negros que invadían el cielo desde el este.
Respiró un poco más tranquilo. Al menos ahora, pasara lo que pasase, la información estaría segura.
Sabía que podía contar con su antiguo jefe para que manejara la situación y, con suerte, a De Florio y sus secuaces no se les ocurriría buscar en ningún punto cercano a Atlanta.
Tenía que comprobar si su madre y Ashley estaban bien.
Una ligera sensación de paranoia se había apoderado de él.
Comprensible, dadas las circunstancias. De manera que decidió añadir una capa adicional de seguridad a su misión.
No le haría ningún daño. Al otro lado de la calle había una oficina de seguros de la marca State Farm.
Se dirigió allí y le preguntó a la dama que había dentro si le permitiría efectuar una llamada.
Le mostró su teléfono móvil diciéndole que se había quedado sin batería.
Era una mujer amable y comprensiva, y le permitió usar un supletorio que había en una oficina vacía.
Desde allí marcó el número de su tío Erik.
Para su enorme alivio, su madre había llegado.
Y había llevado consigo a Ashley y a Lori Anne.
–He hecho lo que me has pedido, hijo. ¿Puedes decirme qué pasa de una vez?
–Ojalá pudiera –respondió, manteniendo la voz baja–. Pero, por ahora, vais a tener que confiar en mí.
–Ashley está histérica.
–Déjame hablar con ella.
–Brent –dijo Ashley, agarrando inmediatamente el auricular–. ¿Qué demonios pasa? ¿Estás bien?
–Estaré bien –le dijo para tranquilizarla.
–Tengo un miedo de muerte. ¿Qué está pasando? Podría perder el trabajo por esto.
–Ahora no puedo explicártelo. De momento, os vais a tener que quedar ahí y ser pacientes. Pero no te preocupes por el trabajo. Lo entenderán.
–¿Está papá implicado en esto? ¿Está bien?
–Sí, está implicado y está bien.
–Brent, ¿por qué no puedes decirme qué está pasando?
–Tú cuida de Lori Anne. Cuento contigo. –Intentó disimular la tensión en su voz–. Dile a mi madre que se ponga otra vez. Y, Ashley..., te quiero.
Hacía mucho tiempo que no le decía aquello a nadie. Pero sabía que tenía que hacerlo.
–Yo también te quiero.
–Hijo, ¿estás metido en problemas? –Su madre seguía sonando irritada.
–Podría llamárselo así.
–¿Con la policía?
–Es mucho más complicado que eso.
–¿Puedo ayudar en algo?
Sabía que no lo entendía.
–Por desgracia, no. Por favor, quedaos ahí hasta que vuelva a contactar con vosotras.
No hagáis nada más. Estad siempre rodeadas de gente.
Si llaman, no le digáis a nadie que estáis ahí y, mamá, no os perdáis de vista entre vosotras.
No me llames al móvil y dile a Ashley que no llame al teléfono de Hank.
–Brent. –Escuchó la voz tensa de su madre–. No quiero perderte a ti también.
Sabía a qué se refería y habría querido explicárselo todo, pero no podía. Esperó que hubiera un lugar y un momento para hacerlo. Intentó consolarla y darle esperanzas.
–No lo harás.
Se despidió y colgó.
Retumbaron más truenos en la distancia.
Volvió a subir al Mustang y miró su ropa.
Llevaba la camisa empapada y sucia. Los pantalones azul marino del traje impoluto que se había puesto por la mañana estaban manchados de cal.
Sus zapatos, unos brogues nuevos, estaban llenos de polvo y barro.
Tenía que cambiarse de ropa. De manera que condujo hasta la ciudad, entró en el primer centro comercial que encontró y aparcó delante de un hipermercado Walmart.
Pagó en efectivo unos vaqueros, un polo de algodón y un par de zapatillas deportivas.
Los tejanos le iban bien de cintura, pero un poco largos, así que se dobló las perneras hacia dentro por el tobillo, improvisando un dobladillo.
Se metió el móvil en el bolsillo de los vaqueros y echó su traje al asiento de atrás.
Vio en el suelo del asiento del copiloto una gorra azul marino de los Atlanta Braves.
Se la puso. Estaba manchada y olía un poco a pescado.
Por debajo de la visera del conductor asomaban unas gafas de sol Ray-Ban. También se las puso y comprobó la hora.
Las 12:27.
12:45 h
Brent se sentó en el Krystal e intentó tomar algún bocado de las diminutas hamburguesas cuadradas que le volvían loco desde niño, pero no tenía apetito. De repente, su teléfono vibró y comprobó la pantalla. No reconocía el número, pero el prefijo indicaba que era un teléfono de Concord.
Respondió.
–¿Dónde estás? –le preguntó la voz.
Hank.
–Cerca. ¿Y tú?
–En una casa en el lago Eagle. Es de un amigo. Siempre me ha dicho que podía usarla cuando quisiera. Supongo que este es un momento tan bueno como cualquier otro.
–¿Crees que es seguro permanecer tan cerca?
–Necesito quedarme por aquí. Tengo un montón de gente a la que puedo recurrir si los necesitamos. Además, aquí no hay nada más que árboles y agua.
–Dame las señas.
Hank le indicó cómo llegar.
–Ya sé dónde está.
–Bien. Parece que estamos solos tú y yo.
Brent miró el reloj de pared que había en la otra punta del comedor.
–Llegaré en un rato.
–Ahora nos vemos.
–¿Quieres que te lleve algo de comer?
–Que va, tengo el estómago cerrado.
–Yo también. ¿Me llamas desde un teléfono fijo?
–Sí. En la casa hay uno.
–Pues se acabaron las llamadas al móvil. Esos tipos no son la poli. No tienen acceso a las antenas de telefonía para triangularnos o rastrearnos. Pero aun así tenemos que limitar los riesgos. Apaga el móvil y tíralo al lago. Te veo en breve.
Colgó y se acomodó en el asiento.
Fuera, los truenos retumbaban cada vez más cerca. No tardaría en diluviar.
Recordó que la ceremonia en memoria de Bozin estaba programada para la una.
Al principio, para guardar las apariencias, tenía previsto asistir.
Hamilton Lee desde luego estaría presente, era probable que en esos momentos estuviera saliendo hacia la iglesia.
Había llegado la hora de comprobar si podía frenar lo que fuera que Lee tenía planeado.
Ralentizar las cosas. Así que llamó al número general de la fábrica y pidió a la centralita que transfiriera su llamada al despacho del director ejecutivo.
–¿Hamilton Lee está ahí?
–Está saliendo hacia la iglesia.
–Soy Brent Walker, de la oficina del director jurídico. Dígale que necesito hablar con él.
–El señor Lee va con retraso.
–Es urgente. Estoy seguro de que me hará un hueco. Él sabrá de qué se trata.
–Aguarde.
Un minuto después, Lee se puso al aparato.
–Dime, Brent. ¿Qué puedo hacer por ti?
–Deténgase. Podemos llegar a un acuerdo.
–Sigo sin saber a qué te refieres.
–Hace bien en ser precavido. Al fin y al cabo, podría estarle telefoneando desde la oficina del FBI más cercana con una grabadora puesta. Pero no lo estoy haciendo. Se lo advierto: deténgase o mi siguiente llamada sí será desde allí.
–¿Debería tomármelo como una amenaza?
–Tómeselo como quiera.
Y colgó.
15:15 h
Lee y Hughes regresaron a la fábrica de papel después de la misa de recuerdo.
Había sido una ceremonia multitudinaria, y más larga de lo previsto.
Incluso De Florio había considerado su deber acudir, mientras que Frank Barnard y Victor Jacks siguieron buscando en Concord y los alrededores por si acaso sus presas habían permanecido en la ciudad.
De Florio, Lee y Hughes se citaron en la sala de reuniones principal. Lee les explicó la llamada de Brent.
–Parece que Walker está dispuesto a delatarnos –observó Hughes.
–Entonces, ¿por qué seguimos libres? –preguntó Lee–. Piénsalo, Larry. Está de farol, intenta ganar tiempo, solo pretende ponernos nerviosos.
De Florio se mostró de acuerdo.
–¿Qué sabemos, Jon? –preguntó Lee–. ¿Alguna idea de dónde están?