ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #5
Apuntando con cuidado, la tiró por encima de las estanterías, lejos de él.
El metal repiqueteó en el metal. El guardia reaccionó.
A través de las estanterías, Hank lo vio salir disparado hacia el lugar del que procedía el sonido, la dirección opuesta a donde él estaba escondido.
Se dio media vuelta y agarró con suavidad el pomo de la puerta.
Se abrió, no estaba cerrada con llave.
Alabado fuera el Señor.
Se deslizó por ella y la cerró.
Ahora se hallaba en otro vestíbulo de hormigón, el que conducía al muelle de recepción de mercancías.
Allí era donde todo el material y las provisiones del almacén se inventariaban y categorizaban antes de guardarse en los anaqueles.
El vestíbulo se limpiaba con agua continuamente para eliminar los restos de suciedad y tuvo que esquivar un reguero que fluía con rapidez mientras se dirigía al exterior casi corriendo.
El muelle de las barcazas quedaba ahora a menos de cincuenta metros de distancia.
Tras registrarse en la entrada del personal administrativo, Brent corrió por la maltrecha carretera de hormigón que discurría paralela a la máquina de papel número dos.
En el trayecto dejó atrás el taller de reparaciones de automóviles y la carpintería, dos edificaciones externas a orillas del río Savannah.
Sabía que aquel camino rodeaba el edificio y conducía directamente al muelle.
Volvió la vista atrás.
De Florio salió por la puerta del personal administrativo y giró hacia él.
En cuanto De Florio tuvo a Brent en el punto de mira, sacó el walkie-talkie y pulsó el botón de encendido.
–Pájaro Azul. Aquí Petirrojo. Tu posición.
Victor Jacks respondió:
–Almacén. Persecución.
–¿Lo tienes a la vista?
–Negativo.
De Florio sabía que el almacén era un laberinto con multitud de salidas y se dejó llevar por una corazonada.
–Sal de ahí y sigue fuera. Hacia el río.
–Recibido.
Siguió andando.
Su presa dobló la esquina unos cien metros por delante de él.
10:26 h
Brent comprobó la hora en su reloj.
Casi había consumido sus diez minutos. Hank debería llegar al muelle de las barcazas de un momento a otro.
No tenía ni idea de lo que su amigo tenía en mente, pero sabía que cada vez tenía a De Florio más cerca, de manera que, fuera lo que fuese lo que Hank tuviera planeado, lo mejor era que los sacara de allí, y rápido.
Dobló la esquina, el río quedó a la vista. De repente, a su izquierda, Hank salió disparado del edificio y saltó desde el muelle de carga. Los dos se unieron para recorrer los últimos treinta metros.
–Tenemos compañía, Hank.
–No me digas...
–De Florio me persigue.
–Y yo tengo a otro pisándome los talones.
–¿Adónde vamos? –preguntó Brent.
–Lejos de aquí.
Miró hacia atrás.
De Florio aparecía por la esquina y un guardia de seguridad salía del edificio.
El muelle de las barcazas era un bloque de hormigón achaparrado que se proyectaba seis metros en el lodoso curso del Savannah.
Se usaba sobre todo para descargar petróleo crudo en tres depósitos cercanos, pero la empresa siempre tenía una pequeña fueraborda amarrada allí para hacer las comprobaciones ambientales en el río.
No había barcazas aquel día abrazando el muelle.
Corrieron hacia el final del corto embarcadero, donde llegaron a unas escaleras metálicas que descendían al agua. Al mirar hacia abajo, vieron un pequeño bote gobernado por Clarence Silva.
–Sube –dijo Hank.
Brent volvió la vista atrás. De Florio y el guardia corrían hacia el muelle. El pueblerino que tres semanas antes le habría dado una paliza los esperaba abajo. Escogió entre el mejor de dos males y descendió.
Hank se deslizó por la escalera tras él.
–Arranca, Clarence.
Él cobró vida con un rugido y la lancha salió disparada por la corriente.
Jon llegó al final del muelle.
Señaló la fueraborda de la empresa y le dijo a Jacks:
–Síguelos en eso.
Su socio bajó por la escalera que había al otro lado, saltó a la barca e intentó poner en marcha varias veces el motor.
Brent y Hank observaron mientras el guardia intentaba arrancar la fueraborda de la empresa.
–Le va a resultar difícil sin esto.
Silva sostenía en la mano los cables de las bujías y sonreía orgulloso a través de sus peculiares dientes como granos de maíz.
–Nunca pensé que me alegraría de verte –le dijo Brent.
–Lo único que odio más que a los abogados es a los guardias de seguridad.
–Clarence es un buen hombre –dijo Hank–. Un poco retorcido a veces, pero buen tipo.
–Retiro todo lo que haya podido decir sobre ti –le dijo Brent.
Silva pareció complacido.
–¿Adónde vamos? –preguntó Brent.
–He organizado un transporte por carretera –respondió Hank–. Clarence nos llevará por el río hasta el punto en el que nos esperan.
Brent se quitó la chaqueta; tenía la camisa de vestir pegada al cuerpo. Se aflojó la corbata y la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
–Muy inteligente, Hank. Eso debería fastidiar a De Florio durante un tiempo.
–¿Y qué hay de las de casa?
–Tendremos que esperar a que lleguen a donde las he enviado. No he tenido tiempo de comprobar cómo iban las cosas. Pero apuesto a que es a mí a quien quieren.
–Nos quieren a los dos –dijo Hank.
Tenía razón, pero aceptarlo no hizo que Brent se sintiera mejor. Le costaba determinar si Hank estaba disfrutando con toda aquella intriga.
Sabía que él no.
Descendieron por el río seis kilómetros, por unas aguas engañosamente tranquilas y una brisa cálida como el aire de un secador de pelo.
Por el este comenzaban a formarse nubes de tormenta con forma de yunque que empezaban a borrar el sol de la mañana, de un blanco cegador por arriba y un agorero azul negruzco por abajo.
Finalmente, viraron al oeste y navegaron por uno de los incontables afluentes que se extendían como venas del río, un meandro de aguas turbias que serpenteaba entre robles y cipreses.
Avanzaban entre oleadas de calor y humedad.
Unos ochocientos metros tierra adentro, un viejo muelle combado se proyectaba en el agua.
Más allá, una destartalada casa rodante pequeña descansaba tranquilamente bajo un frondoso dosel de robles recubiertos de musgo colgante.
Silva se acercó despacio al embarcadero y amarró la barca.
Se apearon.
A lo lejos retumbaban truenos.
–El hermano de Clarence vive aquí –dijo Hank–. Vamos a usar esa furgoneta. –Hank se volvió hacia Silva–. Estas son las llaves de mi coche de la fábrica. Ya sabes cuál es. Úsalo hasta que regrese. No creo que nadie te haya visto bien, pero ya sabes lo que hemos dicho: no sabes nada.
–No te preocupes por mí. No les diré ni mu –respondió Silva.
Brent estudió la ranchera, una Toyota blanca sucia con las ruedas llenas de barro y sin portón trasero.
En el parachoques, una pegatina decía: «MI HIJO HIZO TRIZAS A TU NIÑO MODÉLICO».
No le sorprendió leerla. Al lado había un Mustang de color marrón con los neumáticos desgastados, una bandera estadounidense sucia por matrícula delantera y abolladuras suficientes para pensar que había caído rodando por una ladera rocosa.
–¿Qué es? ¿Un modelo del 67? –preguntó Brent.
–Del 66 –respondió Silva–. El coche de mi hermano.
–Me lo quedo. –Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó sus llaves.
–Hay un jeep granate con capota de lona aparcado en el estacionamiento delantero de la fábrica. Dile a tu hermano que lo utilice.
Silva cogió las llaves y luego miró a Hank, que se encogió de hombros.
–Ahora mismo, mi hermano está durmiendo –dijo Silva–. Ha trabajado en el cementerio esta noche. Supongo que no tendrá inconveniente. Dejadme que vaya a por las llaves.
Silva desapareció en el interior de la caravana.
Brent le preguntó a Hank:
–¿Adónde vas?
–A buscar un escondite donde pasar la noche. Tengo un par de posibilidades.
–Mientras tú te encargas de eso, yo tengo que ocuparme de algo.
–¿Te importa decirme de qué se trata?
–Prefiero no hacerlo, por si te encuentran. ¿Tienes esa copia de la lista?
Hank se llevó la mano al bolsillo y le entregó la hoja doblada.
Mientras se la estaba guardando, Silva regresó con otro juego de llaves.
–Mi hermano dice que está bien, si lo pide el señor Reed.
Brent cogió las llaves.
–Dale las gracias y coméntale que cuidaré de su coche.
–¿Podréis llegar al trabajo tu hermano y tú? –preguntó Hank mientras se dirigía hacia la ranchera.
–Haremos dedo.
Brent abrió la puerta del Mustang y arrojó su chaqueta dentro.
–Hank, llámame cuando encuentres un sitio. Mientras tanto, comprobaré cómo está la familia.
Subió al coche, encendió el motor y se alejó rápidamente de la autocaravana por el camino de tierra.
11:00 h
Lee echaba chispas.
–¿Qué quieres decir con que han escapado?
De Florio y él volvían a estar en la sala de reuniones principal.
Hughes se les había unido finalmente.
–Les esperaba una barca. Y habían manipulado la fueraborda de la empresa –se justificó De Florio.
–Esto no pinta bien, Jon –dijo Hughes–. Nada bien.
Lee lo ignoró. Había intentado que estuviera presente en la reunión con Brent Walker de aquella mañana, pero al muy idiota se le habían pegado las sábanas.
–Hay que encontrarlos.
–Soy consciente de ello. Pero no han huido por ningún fallo por nuestra parte.
–No, han huido porque los hemos subestimado.
–Puede ser –admitió De Florio, con tono rabioso–. Voy a revisar de cabo a rabo los expedientes de Reed y de Walker. Lo que tenía esta mañana eran solo extractos. Tal vez contengan información que nos conduzca hasta ellos.
A Lee no le interesaban los detalles.
–Encuéntralos, Jon. Y rápido.
Brent no perdió el tiempo. Enseguida se reincorporó a la autopista 16-A.
Sin embargo, como no sabía dónde podrían estar acechándolo los colaboradores de De Florio, aquella expansión expuesta lo puso nervioso.
Tenía que pasar por su casa y esperaba que todos los jugadores del otro bando anduvieran ocupados en la fábrica.
¿Qué había escrito Bozin? «¿Sigue el programa en curso? Desde luego. Jon de Florio es quien lo supervisa. Hay dos colaboradores que trabajan a sus órdenes, si bien nadie salvo él sabe nada de ellos».
Sabía dónde estaban De Florio y uno de esos colaboradores; el problema era que no sabía dónde se encontraba el otro.
Tenía que jugársela a que no estuviera vigilando la casa de su madre.