La lista ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #4
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ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #4

–Avisa inmediatamente si lo hacen.

–Recibido.

Fue directo a la puerta del personal administrativo. Si Walker había ido a la papelera, tenía que haber pasado por allí, ya que la puerta principal estaba a cien metros, en la otra punta del edificio y, de camino, se habría cruzado con él.

Una vez en la puerta, por procedimiento, se detuvo y rellenó el formulario. Enseguida vio la entrada anterior a la suya.

Escrita tres minutos antes.

«B. Walker».

Hank lo tenía todo dispuesto a las 9:30 horas, lo único que esperaba era tener noticias de Brent. En cuanto las tuvo, hizo los últimos preparativos.

Salió del Corral y bajó por las empinadas escaleras metálicas hacia el estruendo de la máquina de papel número tres. Se colocó al otro lado del edificio, oculto tras la pesada maquinaria.

Su idea era pasar desapercibido.

Por eso, había dispuesto que en exactamente cuatro minutos se produjera una distracción.

Tras recibir instrucciones de De Florio, Victor Jacks entró en el edificio que albergaba la máquina de papel número tres.

En el exterior, la temperatura rozaba los treinta y ocho grados bajo el sol abrasador.

Y, sin embargo, eso parecía frío en comparación con el bochorno que hacía en el interior de aquella descomunal estructura de ladrillo.

Centenares de obreros se apresuraban a colmar las necesidades aparentemente insaciables de la rugiente maquinaria.

La máquina de papel tenía la longitud de un campo de fútbol, una serie alterna de cables, fieltro y secadoras que, en combinación, deslizaban la pulpa a toda velocidad de un extremo a otro, hasta convertir aquel pringue blando y marrón en papel sólido seco.

El agua era un componente fundamental de todo el proceso, el vapor el producto derivado número uno, y todo el mundo llevaba cascos o auriculares para protegerse del estrépito ensordecedor.

La comunicación se realizaba por gestos manuales y lenguaje de signos.

No difería demasiado de su propia línea de trabajo, pensó Jacks.

Iba vestido de guardia de seguridad. Su presencia prácticamente pasaba desapercibida.

Siempre había guardias deambulando por la fábrica.

Sabía exactamente dónde se encontraba la sala de descanso número cinco, el Corral, de manera que se abrió camino entre la maquinaria en dirección a la escalera metálica.

Justo antes de empezar a subir, echó un vistazo a su alrededor por si alguien le estaba prestando la más mínima atención.

Hank observó al guardia y se congratuló tácitamente por su rápida evacuación. Su principal objetivo no era otro que salir del edificio sin que nadie se diera cuenta, pero la repentina aparición de aquel hombre uniformado añadió una complicación.

Estudió el rostro del guardia.

Era el mismo hombre al que habían colocado en las negociaciones contractuales durante toda la semana pasada y uno de los guardias que habían entrado en la cafetería aquella mañana. Demasiadas coincidencias. Probablemente fuera uno de los colaboradores de De Florio.

El guardia subió por las escaleras metálicas hacia el Corral. Hank echó un vistazo a su reloj.

Eran las 10:19.

Sabía lo que estaba ocurriendo una planta por debajo, en lo que llamaban «el sótano».

Tony Wright, uno de sus aprendices de electricista, debería haber iniciado su avance hacia los rodillos más bajos de la máquina de papel número tres.

Wright, un muchacho problemático de veintidós años, estaba eternamente agradecido a Hank por haberle conseguido un trabajo y haberse asegurado de que la empresa lo pusiera en nómina.

Hank le había pedido treinta minutos antes que metiera un destornillador en los rodillos de fieltro exactamente a las 10:20.

Era habitual que se produjeran roturas de papel, y existía un procedimiento establecido que implicaba a todos los que trabajaban en la máquina hasta que la hoja rota podía volver a introducirse entre los rodillos y se restablecía la producción.

Esas roturas ocurrían cuando se colaban pequeñas partículas de suciedad o piezas de maquinaria.

Pero también podían inducirse. Un destornillador no solo rasgaría el papel, sino que destruiría el fieltro sobre el que rodaba la pulpa prensada.

Llevaría tiempo reparar los desperfectos.

Hank comprobó la hora en su reloj.

Las 10:20.

Esperaba que Wright fuera puntual. No habría nadie más en el sótano. Era el lugar más caluroso del edificio, y todo el mundo evitaba bajar a menos que fuera estrictamente necesario. El vapor abrasador se condensaba en una fina neblina. La maquinaria chirriaba.

Y entonces lo oyó.

El sonido inconfundible del papel rasgado reverberando por todo el edificio.

Sonó una alarma.

Empezaron a girar luces ámbar.

Los trabajadores se dirigieron corriendo a sus puestos asignados, con la idea de volver a poner la maquinaria en funcionamiento lo antes posible.

Distracción conseguida.

Hank miró hacia el guardia que se encontraba de pie en la parte alta de las escaleras. Había cerrado con llave el Corral, de manera que el hombre estaba asomándose al interior a través de una ventana lateral. Aprovechó la oportunidad para salir disparado hacia la puerta.

Solo tardó unos segundos en cruzar la zona abierta en el extremo norte del edificio y salir al exterior.

Victor Jacks volvió la vista para comprobar qué había desencadenado aquella conmoción.

Había obreros correteando por todas partes.

Justo entonces, al otro lado del edificio, divisó a Hank Reed.

Saliendo por una puerta.

Hank cruzó caminando tranquilamente la arena cálida y la gravilla del campo al aire libre que rodeaba el colosal edificio de ladrillo.

Caía un sol de media mañana achicharrante cuya luminosidad se intensificaba por el reflejo en el suelo calcáreo blanco.

Se sacó las gafas de sol del bolsillo de la camisa y se las puso, lo que le permitió caminar sin que la luz le deslumbrara.

Cincuenta metros más adelante pasó junto al horno de cal, con su metal recubierto grotescamente de gruesas capas de pasta blanca.

A unos cien metros de la máquina de papel número tres volvió la vista atrás y vio al guardia de seguridad salir por la puerta y dirigirse hacia él.

No pintaba bien.

Cambio de planes.

Apretó el paso, echando casi a correr hacia la puerta que conducía a la máquina de papel número dos.

Aunque tenía cierta ventaja, necesitarían tiempo adicional en el muelle de barcazas.

Entró disparado por la puerta, se quitó las gafas de sol y fue directo hacia el almacén, uno de los pocos lugares seguros dentro de la fábrica.

Aunque varias puertas con alarma permitían salir, solo una daba acceso a su interior.

Años atrás, la entrada se cerraba con llave y el único que la tenía era un supervisor de turnos que era el encargado de dejar entrar a la gente y llevar la cuenta exacta de qué se sacaba de allí.

Ahora la puerta se controlaba electrónicamente, activada desde dentro de un pequeño cubículo de vidrio donde el acceso podía registrarse en vídeo.

Esas medidas extraordinarias eran necesarias, ya que aquella nave contenía millones de dólares en piezas, equipamiento y herramientas, todo lo necesario para mantener la papelera en funcionamiento en todo momento, desde el tornillo más pequeño hasta el generador eléctrico más grande.

Un objetivo tentador para robos por parte de los empleados.

Un vestíbulo de hormigón separaba la pared exterior de los tabiques metálicos autoportantes que compartimentaban el impresionante espacio en prácticas secciones.

Avanzó deprisa por el pasillo, intentando no llamar la atención.

Volvió la vista atrás en el preciso momento en el que el guardia entraba en el edificio.

Todavía le sacaba una ventaja de cincuenta metros, pero vio que el guardia apretaba el paso.

Se desvió y entró en la antesala del almacén.

Ahora se le veía a través del cubículo acristalado.

Sin embargo, como el empleado de guardia lo conocía bien, le bastó con señalar hacia la puerta y la cerradura electrónica se abrió al instante.

Entró sin perder el paso y la puerta de muelles se cerró a su espalda.

El almacén estaba parcialmente insonorizado y había aire acondicionado.

Era una de las pocas zonas de la papelera equipada con esos dos lujos.

Era un espacio con una forma irregular, frío y fantasmagórico, lleno de bahías y ensenadas formadas por los metros cuadrados que sobraban entre los generadores, el muelle de carga del edificio y una sala de control de las instalaciones eléctricas que no dejaba de ampliarse.

El techo apenas tenía dos metros y medio de altura.

El lugar tenía el aspecto y el ambiente de una biblioteca, con estantes y más estantes metálicos rebosantes de herramientas y piezas.

Decenas de miles de objetos catalogados, etiquetados y numerados en unos ordenadores que mantenían un inventario preciso.

En realidad, nadie trabajaba allí dentro.

La gente se limitaba a entrar y salir cuando encontraba lo que necesitaba.

Se dirigió rápidamente a unas estanterías del fondo y se agachó tras ellas, concentrando su atención en la puerta.

Jacks entró en la antesala.

–¿Ha pasado Hank Reed por aquí? –le preguntó al encargado a través de un agujero en el vidrio.

El encargado asintió con la cabeza.

–¿Adónde ha ido?

–Allí –dijo el hombre, señalando sin más la puerta.

–Ábrala.

Hank oyó la puerta abrirse.

Estaba de pie tras una fila de estantes a unos cien pasos de la entrada, cerca de la puerta que tenía previsto usar para salir.

No se había ido ya porque quería ver si podía darle esquinazo al guardia en aquel laberinto.

Se conocía el almacén al dedillo porque solía utilizarlo como lugar tranquilo para recabar información.

Esperaba que ese conocimiento del terreno le diera ventaja.

Quizá su perseguidor nunca hubiera estado allí dentro.

La puerta se cerró.

–Señor Reed, tenemos que hablar –dijo una voz.

No respondió. En lugar de eso, miró hacia atrás, hacia la puerta de salida, esperando que el supervisor del turno no la hubiera cerrado con llave, un molesto hábito que a veces practicaba.

Se acercaron unos pasos.

–El señor De Florio quiere verlo. No tiene sentido huir. Acompáñeme tranquilamente.

Hank alargó la mano hacia arriba y cogió una arandela de cinco centímetros de una caja abierta que había en un estante.