ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #3
Era muy parecida a su madre. Ferozmente independiente, ella misma se ocupaba de su jardín y era de esas personas que caen bien a todo el mundo.
Tras dos timbrazos, la irritante grabación anunció: «Lo sentimos. El teléfono marcado no existe».
Al parecer, había pulsado las teclas demasiado rápido.
Colgó, se serenó y volvió a marcar, esta vez más despacio, asegurándose de presionar los números correctos.
Tres timbrazos.
Cuatro.
Cinco.
Estaba a punto de colgar cuando contestaron.
–Grace, soy Brent Walker. –Desde que había regresado a Concord había hablado con ella varias veces, además de haber conocido a sus dos nietos–. ¿Está mi madre en casa?
–Esta mañana no la he visto, pero déjame mirar. –Le llegó el eco de sus pisadas por el suelo de madera noble a través del auricular–. Brent, su coche no está aparcado en la entrada.
–Señora Tanner, esto es importante. Mi madre ha ido al dentista.
Ahora mismo debe de estar de regreso a casa.
Por favor, esté al tanto y hágala entrar en la suya.
Llámenme en cuanto esté con usted. Dígale que no entre en nuestra casa.
–No estaba seguro de lo que haría De Florio, pero su principal preocupación era el teléfono fijo de casa.
Estaba seguro de que estaba pinchado y no quería que ese maldito hijo de puta oyera lo que le decía–. ¿Hará eso por mí?
–Por supuesto, Brent. Estaba en el jardín quitando malas hierbas cuando has llamado. Saldré a vigilar.
–Por favor, esté muy atenta. Llegará en breve. Y recuerde, utilicen su teléfono, no el nuestro. Le doy mi extensión aquí en la fábrica.
Barnard estaba vigilando a través de los visillos de la ventana del salón cuando vio a Catherine Walker doblar la esquina, entrar en Live Oak Lane y dirigirse a aparcar frente a su casa.
La viejecita de la casa de al lado estaba fuera, bajo el bochorno, escardando los parterres de flores de su jardín delantero.
La señora Walker aparcó su coche en el camino de acceso a su casa.
Dos chavales salieron corriendo de la casa de al lado y empezaron a hablar con ella.
Los siguió la vecina, atravesando una estrecha abertura en el seto bajo de fotinias rojas y azaleas que separaba ambas propiedades.
Las dos ancianas conversaron.
Los chavales fueron corriendo hasta el porche e hicieron girar impacientes el pomo de la puerta de entrada, que estaba cerrada con llave. Parecían querer entrar en casa de los Walker.
–Iré en un minuto –les gritó Catherine Walker.
Él siguió observando.
Las dos mujeres seguían hablando, pero no escuchaba lo que decían por la cháchara incesante de los críos y los pisotones que daban en el porche delantero.
–Venid conmigo –los llamó su abuela.
Los niños salieron corriendo del porche y, junto con las dos mujeres, entraron en la casa vecina.
Sonó el teléfono, poniendo fin a los diez minutos más largos de toda su vida. Brent se abalanzó sobre el auricular.
–¿Brent?
Era su madre.
–¿Dónde estás?
–En casa de Grace.
–Mamá, tienes que escuchar muy atentamente lo que voy a decirte y seguir mis instrucciones de manera precisa.
–¿Qué pasa, hijo?
–Mamá, por favor. Ahora no. Sal a la calle, súbete al coche y vete.
Ve a buscar a Ashley, está cubriendo la ruta de la mañana, probablemente en este instante ande cerca del Registry Boulevard.
Recógela. Luego, id a por Lori Anne. Y marchaos las tres a la casa del tío Erik.
No os detengáis en ningún sitio por el camino.
Id directas allí y no os mováis hasta que yo me ponga en contacto con vosotras. ¿Entendido?
Erik Walker era el hermano pequeño de su padre y vivía unos ciento diez kilómetros al nordeste, en el condado de Bulloch, en una granja de grandes dimensiones, con empleados, su familia y vecinos, multitud de personas para desalentar a De Florio y sus socios, aunque supieran dónde buscar,
si bien apostaba a que no lo sabían.
–Si te da la sensación de que te siguen, vete a la comisaría del sheriff.
–Hijo, me estás asustando.
–No es mi intención. Por favor, haz lo que te digo.
Dile a Ashley que deje aparcada la maldita furgoneta y marchaos.
Dile que no se preocupe por su trabajo. Dile que confíe en mí.
Créeme, esto es mucho más importante que repartir el correo.
Y no le digáis ninguna de las dos a nadie adónde vais.
A nadie. Incluida Grace. Te llamaré más tarde, pero no te vayas de la casa del tío Erik hasta que te llame, bajo ninguna circunstancia.
–¿Puedo entrar en la mía a coger algunas cosas?
–No. Si necesitas algo, cómpralo o pídeselo prestado a alguien. No te preocupes por el dinero. Tú vete. Ahora.
–Cálmate, hijo. Ahora voy.
Barnard observó desde la ventana del salón cómo Catherine Walker se subía a su Prius y se marchaba.
Qué raro.
Movido por un presentimiento, se quitó los guantes de látex, salió de la casa y desanduvo el camino hasta su coche.
Encendió el motor, dobló la curva y aparcó delante de la casa de los Walker.
Se acercó a la puerta y llamó al timbre, usando el extremo de un bolígrafo para pulsar el botón.
Al ver que no respondía nadie, bajó al porche y se dirigió a la casa de al lado, donde la vecina estaba arreglando el jardín.
–Busco a la señora Walker –dijo con voz amable, y dibujó una sonrisa igual de amable.
–Se acaba de ir.
–¡Caray! –fingió–. ¿Sabe cuándo volverá?
–No lo ha dicho. Ha llamado a su hijo y se ha ido. Quizá haya ido a verlo.
–¿Sabe dónde está su hijo?
–Trabaja en la papelera. Se llama Brent Walker.
–Gracias, señora. Probaré allí.
Regresó a su coche, sacó el teléfono y marcó.
Un canal abierto obligaba a elegir bien las palabras.
–El procesamiento es imposible. Ha habido una llamada desde la fábrica y lo siguiente que he visto ha sido un coche yéndose con una persona dentro. Destino desconocido.
–¿Algo más?
–La vecina de al lado tal vez estuviera pendiente de la llegada. Ha verificado que el hijo habló con la madre por teléfono.
–Regresa a tu posición original. Me pondré en contacto contigo.
Jon finalizó la llamada y miró a Hamilton Lee.
–La madre se ha ido antes de entrar en la casa. Ha recibido una llamada de Walker.
Lee se sorprendió.
–Pero Walker no sabía que tu hombre estaba allí.
–No, pero como él mismo ha dicho antes, él no es Greene. Nos lleva ventaja gracias al señor Bozin. Probablemente haya supuesto que teníamos pinchados los teléfonos de su casa.
Lee miró su reloj.
–Pues parece que Brent Walker no me deja más elección. Cogedlos a él y a Reed ahora mismo. Llevadlos a un lugar seguro y ponedme al corriente en cuanto los tengáis.
10:06 h
Tras hablar con su madre, Brent llamó al móvil de Hank. Le resumió rápidamente la reunión con Lee y lo que había hecho con su madre y Ashley. Supuso que, al precipitarse los acontecimientos, el teléfono móvil de Hank aún no estaría intervenido.
–Tenemos que largarnos de aquí.
–Ya estoy en ello. Reúnete conmigo en el muelle de carga de las barcazas dentro de diez minutos. ¿Sabes llegar?
Las últimas dos semanas se había esforzado por aprender a moverse por el recinto de la papelera.
–Sé dónde está.
–Pues sal para allí pitando –dijo Hank.
Jon agarró el transistor para comunicarse con Victor Jacks y pulsó el botón de activación.
–Pájaro Azul. Petirrojo al habla. –En toda la fábrica, personal de todo tipo usaba walkie-talkies, si bien él se comunicaba a través de una frecuencia distinta. Eran rápidos y eficaces, pero había que elegir bien las palabras–. ¿Tu ubicación?
–Fuera de la máquina de papel número tres.
El taller de los electricistas de la fábrica estaba en el interior de ese edificio, la zona del Corral.
–Busca y captura. Una vez en la jaula, avisa.
–Recibido.
Decidió acorralar a Brent Walker él mismo. Era mucho más inteligente mantener a Frank Barnard en la autopista, por si acaso.
Salió de la sala de reuniones principal y se encaminó al Edificio B.
Brent salió de la zona de recepción de mercancías.
Como cada mañana, noventa minutos antes había dejado las llaves de su coche en el cajón superior derecho de su escritorio.
Pero, si iban a irse de la fábrica, supuso que necesitaría el jeep, así que subió corriendo las escaleras de piedra, de dos en dos, y se dirigió a su despacho.
Se guardó las llaves en el bolsillo y se marchó, tras decirles a las secretarias que tenía que ir a la papelera y regresaría en breve.
Su jefe lo detuvo en la puerta para preguntarle por qué lo habían requerido en recepción.
Se excusó diciendo que tenía que atender algo con urgencia y que le daría un informe completo a su regreso.
Salió corriendo del despacho del director jurídico y avanzó con paso ligero por el pasillo hacia las escaleras. En el primer peldaño de la segunda planta, miró hacia abajo.
Jon de Florio abrió la puerta acristalada principal y entró en el edificio.
Se quedó paralizado.
De Florio empezó a subir las escaleras.
La primera puerta quedaba a su izquierda.
Se coló por ella justo cuando De Florio doblaba el rellano y empezaba a subir el último tramo.
La mujer que había dentro lo miró con curiosidad, pero él se dirigió directamente a un despacho abierto, sin importarle quién pudiera estar dentro.
Gracias al cielo, no estaba ocupado y se coló en él justo cuando De Florio pasaba por delante por el pasillo.
Regresó a la puerta, se asomó y miró a la derecha.
De Florio abrió la puerta de vidrio esmerilado cuyo letrero anunciaba ASESOR JURÍDICO y entró.
Brent dobló a la izquierda y bajó disparado a la primera planta.
Evitó la puerta principal y salió como una flecha por la trasera.
Un paseo de hormigón conducía directamente a la zona de producción, con una garita de control en medio.
El procedimiento exigía registrar la entrada y la salida, anotando la hora y el destino.
Se detuvo el tiempo suficiente para anotar su nombre, añadió «General» como destino e indicó la hora.
Las 10:12.
Jon le preguntó a la mujer.
–¿Está el señor Walker?
–Acaba de irse.
Empezaba a ser una costumbre de los Walker.
–¿Sabe adónde ha ido?
–Ha dicho que iba a la fábrica y que regresaría enseguida.
Jon desanduvo sus pasos y, en la planta inferior, se dirigió a la puerta trasera.
Una vez fuera, se sacó el walkie-talkie del bolsillo y llamó a Frank Barnard.
–Cardenal. Aquí Petirrojo. ¿Ha salido alguno?
–No.