ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO #2
–Ahora veo por qué Hank Reed confiaba en ti. Eres rápido. Digamos que la empresa prefirió no asociarse con el señor Greene.
Así que el muy estúpido había intentado chantajearlos.
¿Acaso pensaba que lo que la Southern Republic se traía entre manos era un jueguecito?
¿Cómo demonios creyó que podía salirse con la suya?
Se congratuló por no haber sucumbido al ofrecimiento de Greene de quedarse todos los originales.
Había insistido, pero algo le había dicho que no lo hiciera.
Aunque estuviera muerto, sintió poca compasión por aquel capullo.
Su estupidez los había puesto a todos en peligro.
–¿Y ha decidido ahora negociar directamente, sin intermediario? –quiso saber Brent.
Lee volvió a sonreír. Una sonrisa fina e irritante que le resultó repulsiva.
–Podría decirse así. Pero seamos realistas.
Solo quiero todo lo que tienes. Estoy seguro de que ya habrás deducido que Bozin y yo no nos llevábamos bien.
No hay necesidad de airear en público su fantasioso relato acerca del supuesto proceder de esta empresa.
No son más que embustes. Lo único que pretende es dañarnos, a mí y a la empresa.
Y para hacerlo se le ocurrió toda esa patraña.
Vio los otros dos expedientes que había en la mesa, delante de Lee.
–¿Tiene las copias de lo que Bozin me dio?
Lee señaló la carpeta superior.
–El señor Greene me proporcionó estas. He leído la confesión y las dos notas, y también he escuchado la cinta. Como ya te he dicho, todo son mentiras concebidas con el único fin de hacernos daño a mí, al señor Hughes y a esta empresa.
–¿Y esas mentiras incluyen lo que le pasó a mi padre?
–Precisamente ese es un ejemplo excelente de lo que quiero decir.
Tu padre fue víctima de un trágico accidente de navegación.
Un episodio terrible. Y Bozin tuvo la poca delicadeza de inventarse un asesinato.
¿No crees que, de ser cierto, la policía hace ya tiempo que habría encontrado alguna prueba en ese sentido?
–No necesariamente. –Miró a De Florio–. Por lo que he oído, sus socios trabajan bien.
De Florio mantuvo una expresión granítica.
–Brent, seamos razonables –dijo Lee–. Estoy intentando que esto sea lo menos doloroso posible. No veo motivo alguno para que te involucres en una enemistad personal entre el señor Bozin y yo. Para empezar, Chris se equivocó al implicarte.
–Eso es lo primero que dice en lo que estoy de acuerdo. Por desgracia, es demasiado tarde para dar marcha atrás.
–Lo único que quiero son los escritos originales que tienes. Después de eso, si nos aseguras que no hay más copias y que no hablarás con la prensa ni con ningún fiscal, podemos olvidarnos de este asunto. Tienes mi palabra de que no volveremos a tratar el tema.
–Debe estar usted de broma. ¿Se supone que debo confiar en su palabra?
–Me da la sensación de que no tienes más remedio. Greene dijo que tenía todo lo que Bozin dejó. No lo creí. –Lee le apuntó con el dedo–. Porque lo tienes tú.
–Tengo los originales. Greene tenía copias, salvo de la grabación.
–Quiero los originales que tienes, incluida la lista que obtuvo Hank Reed.
Entendió que el único motivo por el que Lee se estaba dignando a hablar con él era porque antes necesitaba recuperar todo aquello. Así que decidió ganar tiempo.
–Puedo ir a recogerlos.
–El señor De Florio te acompañará.
–Ni de broma.
Lee comprobó la hora en su reloj.
–De acuerdo. Son las nueve y cuarto. Te quiero de regreso aquí a las diez. Con todo.
–Yo no soy Greene –aclaró.
–No, está claro que no. Pero yo tampoco soy ningún bobo. –Lee le entregó la segunda carpeta a De Florio–. Jon.
De Florio la abrió.
–Vive en el número 328 de la calle Live Oak Lane. Su madre se llama Catherine y tiene sesenta y seis años. Le gusta cuidar del jardín, lo hace un par de horas casi todas las mañanas, y juega al bridge los jueves. Por desgracia, le han diagnosticado demencia...
–Ya basta. –Retiró la silla, se puso en pie y se dirigió a la puerta–. Ya me hago una idea.
Lee se quedó sentado.
–Espero que así sea. Y también espero tener noticias tuyas en los próximos cuarenta y cinco minutos.
Brent se marchó.
Lee se quedó mirando la puerta cerrada.
–Jon, no creo que Walker vaya a ser tan colaborador como quiere hacernos creer.
–No tiene motivos para confiar en nosotros, ni para pensar que mantendrá usted su palabra.
–Es comprensible, teniendo en cuenta que no lo haré. –Hizo una pausa–. ¿Qué ha hecho durante el fin de semana?
–Ocuparse del jardín el sábado e ir a un espectáculo aéreo con la hija y la nieta de Reed el domingo. Se ha dejado ver con la hija últimamente. De vuelta hicieron un alto en casa de Reed unos minutos.
–¿Pudiste escuchar la conversación?
–No hablaron en el despacho exterior, que es la única estancia en la que tenemos micrófonos. Pero sí telefonearon a la casa de Greene preguntando por él.
–Me lo imagino. ¿Algún contacto más entre Reed y Walker?
–Una llamada telefónica esta mañana. Se reunieron en la cafetería antes de ir a trabajar. Parecieron mantener una conversación serena y agradable.
–Me da la impresión de que nos están vendiendo humo. –Reflexionó un momento–. Walker no va a traernos lo que queremos. De manera que seguramente debamos tomar represalias. ¿Qué edad has dicho que tenía su madre?
–Sesenta y seis.
–¿Y Reed tiene una hija y una nieta?
De Florio afirmó con la cabeza.
Lee sopesó sus opciones.
–Situémonos en posición para actuar con la madre de Walker a las diez y un minuto. Pero ni un segundo antes. Y que sea feo. Últimamente hay mucha delincuencia. Se producen robos en todo momento. El tráfico de drogas está causando estragos. Enviemos un mensaje adecuado a los implicados.
9:20 h
Brent se dirigió a su despacho. Entró en el Edificio B, pero, en lugar de subir las escaleras que conducían hasta la oficina del director jurídico, permaneció en la planta baja y se coló en la zona de recepción de mercancías.
Necesitaba desesperadamente un teléfono.
De Florio lo había puesto nervioso. Su mensaje era claro: «Colabora, porque lo sabemos todo sobre tu familia».
Tenía que ponerse en contacto con su madre, y rápido.
Encontró un teléfono en una oficina vacía y llamó a su casa, pero saltó el contestador.
¿Dónde estaba? Incluso cuando se ocupaba del jardín llevaba encima el inalámbrico.
Intentó ubicarla y entonces lo recordó. El día anterior había mencionado que tenía una cita en el dentista para hacerse una limpieza bucal.
Lo que no recordaba era el nombre del dentista.
Quizá si lo veía, lo reconocería.
Rebuscó en los cajones del escritorio. En el segundo encontró el listín telefónico del condado de Woods. Lo abrió por las páginas amarillas y buscó la sección de dentistas. Había tres nombres. Spencer, Molis y Young.
Molis. El recuerdo le hizo rememorar todos los datos que le había dado su madre. Era nuevo en la zona, no haría más de cinco años que se había instalado, joven y razonable con las citas.
Rápidamente telefoneó a la consulta.
–Soy Brent Walker. Mi madre, Catherine, ha ido a hacerse una limpieza. ¿Sigue ahí?
–No, señor, hace unos minutos que hemos acabado. Ya se ha ido.
Colgó.
Maldita sea. Cualquier otro día la habrían tenido sentada una hora en la sala de espera. Volvió a llamar a su casa, pero saltó de nuevo el contestador. Por desgracia, su madre no tenía teléfono móvil. Siempre decía que no lo necesitaba.
Lo invadió el pánico.
Hamilton Lee haría lo que hiciera falta para obtener lo que quería.
De eso estaba seguro. Y si eso significaba hacerle daño a su madre, o quizá a Ashley y a Lori Anne, eso sería exactamente lo que haría.
Greene había tentado a la suerte. Él no cometería el mismo error.
Tenía que sacar a todos sus seres queridos de Concord.
Pero sabía que él no podía abandonar la fábrica.
Eso conduciría directamente a De Florio hacia ellos.
Lo que necesitaba era que las tres estuvieran en un lugar público, rodeadas de personas, lejos de la privacidad que a De Florio y a sus colaboradores les gustaba aprovechar.
«¿Qué puedo hacer? Piensa, piensa. ¡Claro! Eso es».
Cogió el teléfono y volvió a marcar.
9:35 h
El móvil de Frank Barnard vibró y se iluminó.
Llamaba De Florio.
–Esa anciana a la que has estado vigilando con tu interés principal, prepárate para procesarla después de las diez y un minuto. Preferentemente, un móvil delictivo. Te enviaré un mensaje indicándote cuándo proceder.
–Entendido.
Colgó.
Barnard había permanecido estacionado fuera de la papelera, frente a un minimercado, listo para perseguir a Reed o a Walker si salían de la fábrica.
Sabía que Victor Jacks estaba dentro, aún vestido de guardia de seguridad, para ocuparse directamente de Reed si era necesario.
Puso en marcha el motor de su coche y se dirigió al oeste, hacia Concord.
Diez minutos después recorrió Live Oak Lane, pasando por delante de la casa de los Walker, donde vio que el Prius no estaba aparcado en la entrada.
Dobló la esquina y estacionó en la manzana siguiente.
Luego, regresó a pie y se aproximó a la casa por detrás.
Tardó exactamente veintiocho segundos en forzar la cerradura.
Entró con mucho sigilo.
La casa estaba en silencio, aparentemente vacía, pero decidió asegurarse.
Encontró la confirmación en la puerta del frigorífico, donde una tarjeta impresa de la consulta de un tal doctor Ryan Molis indicaba que Catherine Walker tenía una cita en el dentista a las ocho y media aquella mañana.
Buscó en los cajones de la cocina y encontró un cuchillo de deshuesar afilado.
El significado de la instrucción de De Florio «móvil delictivo» era claro.
Tras degollar a Catherine Walker, revolvería la casa, robando justo lo necesario para apuntar a un hurto relacionado con las drogas.
Caminó despacio hacia la entrada de la casa y comprobó la hora en su reloj.
Las 9:52 horas.
Catherine Walker no tardaría en volver.
Se quedó en el salón, desde donde tenía una vista clara de la entrada a través de las ventanas.
Y esperó órdenes.
9:54 h
Brent marcó el número telefónico de Grace Tanner, de setenta y tres años y viuda, su vecina de al lado de toda la vida.