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ÚLTIMO DÍALUNES, 26 DE JUNIO

7:10 h

Brent estaba en la ducha, bajo el agua caliente.

Se alegraba de que el fin de semana hubiera acabado.

Habían sido los dos días más largos de su vida.

Se había pasado gran parte del sábado ocupándose del jardín.

Para dar la impresión de seguir con la rutina, Ashley y él habían salido a cenar el sábado por la noche y el domingo habían llevado a Lori Anne a un espectáculo aéreo en el aeródromo del condado de Screven.

Todavía no habían hablado con Lori Anne acerca de que él fuera su padre.

Pero lo harían pronto. Cuando se conocieran un poco mejor.

En el trayecto de vuelta habían pasado por casa de Hank, donde había averiguado que Greene no había dado señales de vida.

La noche anterior, su madre había notado que le preocupaba algo y había intentado que se lo contara.

Pero Brent sabía que, al menos por el momento, era mejor no decir nada.

Ashley también lo había sondeado. Sin embargo, ya era bastante malo que él pudiera estar en peligro como para implicarla también a ella.

De hecho, se había planteado no acercarse a Ashley y a Lori Anne, pero había decidido que, si De Florio lo tenía vigilado, ya lo sabría todo sobre su relación con ella, y no quería hacer nada que levantara sospechas.

Esperaba que Greene tuviera éxito en su misión.

Una vez que la atención pública pusiera el foco sobre Lee y Hughes, no serían tan tontos como para hacer daño a nadie.

Al menos, de eso había intentado convencerse durante todo el fin de semana.

Acabó de ducharse, salió de la bañera y se secó el pelo con una toalla.

Se dirigió a su dormitorio y encendió el transistor de radio, donde sonaba la WODS, la emisora de FM local que llevaba décadas cubriendo Concord y el condado de Woods.

Siempre le había gustado su formato. Sin embargo, su entusiasmo por la emisora había quedado empañado para siempre el viernes anterior, cuando vio en los listados de Bozin que Lawrence Hughes era el accionista mayoritario.

–Buenos días, condado de Woods. Repasamos las noticias más destacadas de la mañana. El sábado se produjo una tragedia. Según un informe policial, el abogado local S. Lou Greene ha sido asesinado en un hotel del centro de Atlanta.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

–El cuerpo de Greene fue hallado junto a los de Victoria Wyler, una especialista en rehabilitación profesional de treinta y ocho años, y su marido, Burt Wyler, de cuarenta y ocho y empresario de Atlanta.

La policía sospecha que Burt Wyler les disparó a ambos y luego se suicidó.

Los vecinos de los Wyler han corroborado que la pareja atravesaba dificultades y llevaba un tiempo separada.

A Greene y Vikki Wyler les dispararon con el arma hallada junto al cadáver de Burt Wyler.

Aparentemente, Wyler falleció de un balazo que él mismo se descerrajó en la cabeza.

La policía calcula que la tragedia tuvo lugar en algún momento de la tarde o la noche del sábado, si bien la investigación sigue en curso.

No se ha anunciado dónde tendrán lugar los funerales. Greene deja esposa y tres hijos.

Brent no oyó lo que el locutor dijo a continuación. Le iba la cabeza a mil por hora. Apenas oyó el timbrazo de su teléfono móvil en la mesita de noche. Regresando a la realidad, alargó la mano y lo cogió.

–Brent.

Era Hank. Y había usado su nombre de pila.

Estaba jugando con quienquiera que los estuviera escuchando.

–Ayer no pude hablar contigo de esto, pero no me dijiste que Ashley y tú os estabais viendo.

–No se me pasó por la cabeza –respondió, intentando adivinar adónde iba la conversación.

Hank soltó una carcajada.

–Es dura de pelar. Será mejor que te andes con cuidado.

Él también fingió reír.

–A mí me lo vas a decir...

–Oye, ¿por qué no desayunamos juntos en la cafetería de la papelera? Me gustaría que me explicaras qué hay entre Ashley y tú.

Hank lo sabía todo sobre él y Ashley, y nunca desayunaba en la cafetería de la fábrica. De hecho, Brent sabía que Hank evitaba escrupulosamente ese lugar. Era evidente que quería hablar con él y había pensado que era mejor hacerlo en un sitio público.

–Claro, de acuerdo. Allí estaré en unos cuarenta y cinco minutos.

Hank tenía razón.

Tenían que hablar.

8:03 h

Brent estacionó en el aparcamiento de la papelera y fue directo a la cafetería.

No estaba del todo seguro, pero tenía la sensación de que un coche lo había seguido desde la ciudad.

El restaurante de la papelera ocupaba un anexo del Edificio C directamente adyacente a la entrada principal que conducía a las zonas centrales de producción.

Lo usaban la mayoría de los empleados, tanto los que trabajaban por horas como los asalariados, y era uno de los pocos servicios que la empresa contrataba externamente.

El desayuno diario consistía en un pequeño bufé que no tenía nada que ver con la fantasía del Comfort Inn, pero que, por menos de cinco dólares, era una ganga.

Por respeto a Bozin, las negociaciones contractuales se habían suspendido durante el lunes y el martes.

De manera que la comisión de la HITSE, la única que todavía tenía que llegar a un acuerdo, había regresado a la fábrica hasta el miércoles.

Se había programado una misa fúnebre en la iglesia católica de San Nicolás aquella misma tarde y todos los empleados de la empresa estaban invitados a asistir.

Hasta que había oído la noticia sobre Greene, Brent planeaba hacerlo.

Hank se había arrellanado cómodamente en uno de los reservados de escay rojo y blanco, con una taza de café humeante y un periódico abierto ante él.

–Me alegro de verte –exclamó Hank alzando la voz, actuando para el público–. Pídete algo de comer y beber.

Los ojos de Hank le indicaron que le siguiera la corriente.

Se sirvió unos huevos revueltos con una tostada y unas gachas de avena.

No tenía ni pizca de hambre, pero entendía la importancia de salvar las apariencias.

Cogió un vaso de zumo de naranja y se sentó.

Hank empezó a hablar. Animado. Sus expresiones no eran acordes a sus palabras.

–Te habrás enterado de lo de Greene –dijo, sonriendo, por si alguien los estaba mirando.

Entendió su intención y fingió una risa.

–Ya lo creo.

Hank bajó la vista, concentrando de nuevo la atención en el diario. Era el Savannah Morning News del día.

–Será mejor que comas algo. Acaban de entrar un par de guardias de seguridad a tomarse un café.

Levantó la mirada y siguió actuando como si estuvieran teniendo una conversación amigable de buena mañana.

Se obligó a darle un par de pinchazos a los huevos.

–Estamos en un buen lío, Hank.

–No me digas, Sherlock. –Hank le deslizó el periódico plegado–. Hay un artículo en portada sobre Greene. Si te crees lo que explica, al parecer un marido celoso sorprendió al Palo de Escoba con las manos en la masa. Tanto él como la mujer estaban desnudos cuando los hallaron.

–Es todo una patraña, Hank, y lo sabes perfectamente.

–Entonces, ¿qué pasó?

–Que me aspen si lo sé. Pero si han liquidado a Greene porque sabía demasiado, adivina quién va después.

–Bien visto.

–Desperdiciamos nuestra única oportunidad confiando en él.

–No nos cogerán si yo puedo evitarlo.

–¿Tienes algo en mente?

–Ahora mismo nos largamos de esta fábrica.

–Para empezar, no deberíamos haber venido.

Hank sacudió la cabeza a ambos lados.

–Eso habría hecho saltar las alarmas. No. Todavía no están seguros sobre nosotros. De haberlo estado, ya habrían actuado. La mejor táctica es que nos dejemos ver y luego nos escabullamos sigilosamente y pidamos ayuda a la caballería.

–No creo que sea fácil.

–¿Quién es ahora el que subestima a quién?

–Siento un inmenso respeto por las personas con las que estamos tratando –respondió Brent.

–Tú quédate sentadito y ten el móvil a mano.

–¿Qué te propones?

–Ya lo verás.

9:04 h

Brent levantó la vista cuando una de sus administrativas apareció en la puerta.

–Lo llaman de dirección.

–¿Sabes para qué?

–Solo han dicho que necesitan su ayuda para algo.

Pensó en consultarle a Hank qué hacer, pero decidió no hacerlo.

Tal como Hank había dicho antes, había que guardar las apariencias, de modo que cogió su chaqueta y su teléfono móvil, salió de su despacho y se dirigió al Edificio A.

Todo apuntaba a que iba a ser otro día abrasador.

El día anterior y el sábado había habido feas tormentas vespertinas, que a ratos habían descargado con virulencia rayos y truenos.

El bochorno señalaba que se avecinaba más de lo mismo.

El sobre con los originales de Bozin estaba escondido a buen recaudo en el garaje de la casa de sus padres, que le había parecido el mejor lugar.

La grabación en cinta había desaparecido y seguramente a esas alturas se encontrara en manos de Hamilton Lee y Larry Hughes.

Dentro del Edificio A, recorrió los pasillos enmoquetados y zigzagueantes para dirigirse directamente al despacho del director ejecutivo, cuya secretaria anunció su presencia.

La puerta de madera del despacho estaba cerrada, pero un hombre lo informó de que lo estaban esperando en la sala de reuniones principal, la misma donde once días atrás había hablado por primera vez con Christopher Bozin.

Cruzó el vestíbulo y abrió la puerta. Había dos hombres sentados a la larga mesa.

–Entra, Brent –dijo uno de ellos, al tiempo que se ponía en pie y le tendía la mano para estrechársela–. Soy Hamilton Lee.

Brent no despegó las manos de los lados del cuerpo.

Lee pareció entenderlo.

–¿Son esas maneras de tratar al jefe?

No respondió.

Lee retiró la mano y señaló al otro hombre.

–Estoy seguro de que recuerdas al señor De Florio, ¿no es así?

Lanzó una mirada gélida a De Florio. ¿Sería él quien mató a su padre?

¿O uno de sus colaboradores? Daba igual.

Aunque no hubiera ejecutado personalmente el acto, según Bozin, De Florio lo habría supervisado todo.

Resistió la tentación de saltar al otro lado de la mesa y estrangular a aquel cabronazo.

Tenía que ser inteligente, dada la situación.

Inteligente de verdad.

–¿Por qué no te sientas? –le dijo Lee–. Jon, por favor, cierra la puerta.

No tenía más alternativa que sentarse con Lee. Tras cerrar la puerta, De Florio también se sentó.

Lee dijo:

–Según tengo entendido, tienes unos escritos de Chris Bozin.

–Y yo tengo entendido que usted tiene una cinta grabada.

Lee sonrió.