La lista DÍA 19SÁBADO, 24 DE JUNIO #4
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DÍA 19SÁBADO, 24 DE JUNIO #4

–¿Qué quiere? –preguntó Greene desde detrás de la puerta.

–Champán, señor Greene. Cortesía del hotel. Nuestro agradecimiento por su fidelidad.

Entendía el plan. La vanidad de Greene le haría bajar la guardia momentáneamente. Al fin y al cabo, Greene llevaba años hospedándose en el Regency Arms, donde se sentía como en casa. Una botella de champán de cortesía sería algo esperable, no algo que suscitara sospechas.

Abrió la cerradura y luego la puerta.

Jacks entró, girándose ligeramente hacia la derecha para ocultar el arma.

–¿Dónde desea que la deje, señor?

–Allí mismo, en la mesa, va bien.

El abogado llevaba puesto uno de los albornoces de rizo del hotel, atado holgadamente a la cintura, con su característico logotipo de una luna creciente dorada bordado en el bolsillo.

Por debajo asomaban sus piernas delgadas y peludas y sus pies descalzos.

Jacks depositó con pericia la bandeja en la mesa.

Greene cerró la puerta y le dio la espalda momentáneamente a lo que creía que era un camarero.

Jacks aprovechó el momento para levantar el arma.

–Señor Greene, mantenga la boca cerrada y haga exactamente lo que le digo. –A la derecha estaba la puerta cerrada que daba al dormitorio. Jacks sabía que Vikki Wyler esperaba el regreso de Greene y no quería que lo oyera, de manera que habló en voz baja–: Aléjese de la puerta.

Agitó el arma con silenciador.

El terror veló el rostro cuadrado de Greene. El abogado retrocedió.

Jacks se acercó a la puerta del pasillo y la abrió.

Jon vio la puerta moverse.

Inmediatamente, Barnard y él salieron de la habitación 479 y entraron en la 478.

–Buenas tardes, señor Greene.

Cerró la puerta y le hizo un gesto a Barnard, que desenfundó una pistola con silenciador y apuntó con ella a Greene, asumiendo la vigilancia.

Jacks cogió un cojín del sofá, se acercó al dormitorio, giró el pomo y abrió la pesada puerta hacia dentro.

La pared exterior estaba integrada por altas ventanas cuyas cortinas corridas dejaban los muebles en penumbra, convertidos en tenues sombras.

Vikki Wyler yacía desnuda sobre la colcha.

Rodó sobre sí misma al oír la puerta abrirse.

–¿Quién era, Lou?

Se detuvo a media frase, al darse cuenta de que el hombre que había en la puerta no era Greene y tenía un arma.

Estaba a punto de gritar cuando Jacks cubrió su pistola con el cojín y le descerrajó dos tiros en el pecho y luego otro en la cabeza.

Los tres emitieron un sonido sordo, amortiguados por el cojín y el silenciador.

La bala que le impactó en la cabeza no salió, pero las dos del pecho la atravesaron y desparramaron su sangre y sus vísceras por el cabezal de caoba y el papel pintado de la pared.

No emitió ni un sonido.

Jacks bajó el arma.

–Bonitas tetas.

–Sí, lo eran –dijo Jon, de pie tras él.

Obligaron a Greene a entrar en el dormitorio. Al ver el cuerpo ensangrentado de Vikki despatarrado en la cama, entró en pánico.

–¿Por qué hacen esto? Yo solo quería un pacto sencillo. Estoy dispuesto a cooperar con ustedes.

Jacks y Barnard sujetaron al abogado con fuerza.

–No necesitamos socios ni colaboración –dijo De Florio con calma.

Arrojaron a Greene a la cama y Victor Jacks disparó otros tres tiros silenciados a través del cojín. Una rosa de sangre manchó el albornoz blanco con cada impacto, mientras el cuerpo de Greene se retorcía antes de caer desplomado sobre el de Vikki Wyler.

Jon les comprobó el pulso a ambos.

Muertos.

Confirmación.

Acto seguido, les hizo señales a Barnard y a Jacks. Ambos regresaron a la habitación 479.

Él permaneció en la puerta del pasillo, montando guardia. Al cabo de un momento, sus colaboradores reaparecieron con Burt Wyler, cargándolo por los brazos sobre sus hombros, elevándolo lo bastante para que sus pies no rozaran la alfombra.

No había nadie a la vista.

Les hizo una señal.

Cruzaron hasta la suite de Greene y dejaron a Wyler en el suelo del dormitorio.

Jacks le colocó en la mano el arma usada para matar a los dos amantes que había en la cama, lo que dejaría suficientes huellas residuales para sugerir lo evidente.

Jacks y Barnard enderezaron el cuerpo de Wyler hasta ponerlo de rodillas y le llevaron la mano con el arma hasta la sien.

Jacks ajustó el ángulo de la trayectoria ascendente calculada y ayudó al dedo de Wyler a apretar el gatillo.

La bala entró y salió rápidamente de la cabeza, salpicando más sangre en la pared.

Jacks soltó a Wyler y dejó que su cuerpo sin vida se desplomara en la alfombra.

Soltó el arma, que también cayó en la alfombra.

Con cuidado, Jacks se agachó, desatornilló el silenciador y se lo guardó en el bolsillo.

El cojín estaba al lado. Ambos retrocedieron y supervisaron la escena.

Jon también lo hizo.

Sería fácil suponer que se trataba de un doble asesinato con posterior suicidio, y todo apuntaría a Burt Wyler.

¿O no?

–Jacks, hay un error –dijo Jon desde la puerta del dormitorio.

Jacks miró a su alrededor.

–Has disparado a ese hombre en la sien derecha. Hay una herida de entrada y quemaduras provocadas por la pólvora. Sin embargo, el arma está en un ángulo extraño con respecto al cuerpo, lo cual sugiere algo distinto.

Jacks bajó la vista.

–Tiene usted razón. Un error tonto.

–Del tipo que podría suscitar preguntas.

Por esta vez, no pasa nada. Para eso estoy yo aquí.

Era un encargo apresurado y complicado. En tales circunstancias pueden cometerse errores.

Que te sirva como experiencia de aprendizaje.

Por favor, ajusta la posición del arma. De ese modo, la prueba no dará pie a ambigüedades.

Jacks hizo exactamente lo que le indicaba.

Jon volvió a revisar la escena.

Impecable.

–Empezad a buscar –dijo.

Sabían lo que buscaban y Barnard enseguida halló las copias de las dos notas manuscritas para Brent Walker, la lista que Hank Reed le había proporcionado y la grabadora con la cinta.

El único original que había era la grabación.

Pero De Florio ya había llegado a la conclusión de que Greene no tenía los originales.

Todo formaba parte del farol.

Confiaba en que se los hubiera quedado Brent Walker.

–La cubitera con el champán –le dijo a Barnard, que retiró la bandeja de la mesa de la otra estancia.

Jacks cogió el cojín.

Se marcharon.

Cerró la puerta de la habitación 478 y colgó el cartel de NO MOLESTAR del pomo exterior.

Los fines de semana, los huéspedes tenían tiempo para dejar las habitaciones hasta las dos, de manera que los cuerpos no se hallarían hasta el día siguiente por la tarde, como muy pronto.

Jacks lo había comprobado antes y había determinado que en esa sección del pasillo no había cámaras de videovigilancia.

Los hoteles antiguos tenían puntos ciegos que resultaban muy convenientes.

Regresaron a la habitación 479.

Barnard descorchó el champán, vertió tres cuartos de la botella por el desagüe de la bañera y aclaró el lavamanos.

Jacks deshizo la cama y arrugó las sábanas y las almohadas.

A continuación, Barnard volvió a meter la botella casi vacía en la cubitera, no sin antes frotar las copas de tallo con un poco de alcohol, dejando un trago residual.

Barnard depositó entonces la bandeja con la cubitera en la mesita de noche, junto con una copa, y la otra en la mesita del lado contrario.

Habían pagado la habitación de antemano usando un nombre falso.

Sería fácil asumir que se había utilizado únicamente para un encuentro de fin de semana que los ocupantes querían mantener en secreto.

Barnard y Jacks se quitaron los guantes y los guardaron en el maletín vacío.

Él hizo lo mismo.

El trapo con el antiséptico ya estaba allí dentro.

Más tarde se desharían de todo, cojín incluido.

–Vayámonos –dijo De Florio.

–¿Adónde? –quiso saber Jacks.

–De regreso a Concord. Rematemos este asunto.