DÍA 19SÁBADO, 24 DE JUNIO #3
No era el que más faena tenía, ni el que operaba más lento, pero sí el que estaba más cerca del complejo de apartamentos donde Vikki vivía ahora.
Wyler se había pasado todo el sábado allí; una llamada un rato antes les había revelado que el gerente estaba de vacaciones.
Jon dio por supuesto que Wyler tenía previsto ir a ver a su esposa más tarde para convencerla de que volviese a casa.
El Corvette rojo estaba aparcado en diagonal, en el extremo este del edificio de vivos colores.
A las 19:15 horas, Wyler cerró con llave la puerta principal y se dirigió directamente al coche.
–Ahora –dijo Jon.
Barnard arrancó el Buick y recorrió a toda velocidad el concurrido bulevar en dirección al aparcamiento. Wyler se encontraba a solo unos pasos de su Corvette, a punto de abrir la puerta del conductor, cuando Barnard frenó a su lado.
–¿Burt Wyler? –preguntó Jon, saliendo por la puerta del copiloto–. Soy Walter Mason, investigador privado.
Le enseñó una cartera de cuero marrón con una identificación de investigador, idéntica a las emitidas oficialmente por el estado de Georgia.
–¿Se supone que eso va a impresionarme? ¿Qué quiere de mí?
–Creo que puedo serle de ayuda.
–Mire, amigo, tengo prisa.
–Es sobre su mujer.
Sabía que con eso captaría la atención de Wyler.
–¿De qué la conoce?
–¿Podríamos entrar un momento y hablar?
Wyler dudó, calibrándolo, y luego dijo:
–Sígame.
Jon le hizo una señal a Barnard para que lo esperara y mantuviera los ojos bien abiertos.
Una vez dentro, Wyler preguntó:
–Dígame, señor Mason, ¿a qué viene todo esto?
–Me ha contratado una mujer de Savannah que cree que su marido tiene una aventura con su esposa.
–¿Quién es ese cabrón?
–Un abogado llamado S. Lou Greene. Su esposa lleva los servicios de rehabilitación para muchos de sus clientes.
Se conocieron hace un año. Él viene de manera habitual a Atlanta y pasan bastante tiempo juntos.
Los Greene están en pleno proceso de divorcio y se ha contratado a mi agencia para que reúna pruebas que sustenten la versión de la señora Greene.
–¿Y por qué me lo cuenta a mí?
–La señora Greene consideró que tal vez le fuera bien disponer de esta información. Hemos estado realizando escuchas telefónicas. Parece que su esposa está preparando los papeles del divorcio. Greene la ha estado asesorando y tienen previsto pedir una parte de su negocio.
–¡Maldita zorra! –soltó Wyler–. Hace un mes yo mismo fui a ver a una abogada. Me dijo que doce años de matrimonio sin duda le daban derecho a reclamar una parte. Pero me convencí de que no lo haría. Joder, ¡si le he financiado la carrera!
–Yo le prevendría de asumir o confiar demasiado en que la otra parte sea justa.
–Eso es exactamente lo que dijo mi abogada.
–Buen consejo. Su esposa no solo tiene un amiguito abogado, sino que parece decidida a arrebatarle a usted todo lo que pueda. Yo mismo he oído las cintas. Ahora mismo, su esposa está en una habitación de hotel con Greene. Nos gustaría llevarle allí.
–¿Y para qué cojones quiero ir yo allí?
–Le conviene verlo con sus propios ojos.
Además, tenemos un equipo de vigilancia electrónica.
Sus conversaciones podrían serle de ayuda para defenderse de sus reclamaciones.
No me gustaría parecer insensible, pero les gusta mantener conversaciones íntimas en la cama y hemos averiguado muchas cosas escuchándolas.
–Yo no le he contratado. ¿Por qué molestarse?
–La señora Greene quiere ayudarle. Es a ella a quien debe darle las gracias.
–Sí, claro. Esto es lo último que quería oír. Yo quiero recuperar a mi esposa. Haría lo que fuera por conseguirlo. Justo me disponía a ir a verla.
Jon retorció el cuchillo.
–No está en casa.
Wyler hizo una pausa, al parecer para asimilar lo que acababa de decir.
–No, está en una habitación de hotel del centro de la ciudad con un picapleitos que le está sorbiendo el seso. Quizá tenga usted razón. Necesito verlo con mis propios ojos.
–Tenemos que coordinar cómo vamos a hacerlo.
Tengo a un hombre apostado cerca de la habitación donde su esposa y Greene están ahora mismo.
No quiero levantar sospechas por parte de nadie, de manera que le ruego que nos siga hasta la ciudad en su coche.
El hotel es el Regency Arms. Aparque en el garaje subterráneo y suba al vestíbulo.
Hay una zona para sentarse cerca de los ascensores.
Espérenos allí. Cuando mi socio y yo lleguemos, síganos al ascensor.
Finja que no nos conoce. No sabemos a quién conoce Greene en el hotel.
Como es un cliente habitual, el personal debe de estar familiarizado con él.
Cuando lleguemos a la planta, salga sin decir nada y síganos a nuestra habitación. Hablaremos allí. ¿Entendido?
Wyler hizo un gesto afirmativo.
–Entendido.
–¿Sabe dónde está el Regency Arms?
–Sí –respondió Wyler con la voz quebrada–.Vikki y yo pasamos un fin de semana allí una vez.
19:50 h
Jon sonrió.
Burt Wyler siguió sus instrucciones al pie de la letra, circulando tras su LeSabre granate todo el trayecto hasta el centro de la ciudad.
No debería haber complicaciones.
Por suerte, S. Lou Greene era un animal de costumbres.
Cuando visitaba Atlanta, se alojaba en la habitación 478 del Regency Arms, una suite de dos habitaciones con un jacuzzi que daba a la fachada del hotel.
Había sido fácil documentar la aventura de Greene con Vikki Wyler, así como la debilidad de Burt Wyler por su mujer.
Greene llevaba viéndose con Vikki casi un año y, desde que ella se había ido de casa, solían pasar el fin de semana juntos cuando Greene estaba en Atlanta.
Le parecía curioso que alguien como Greene tuviera una amante. Al fin y al cabo, no podía decirse que fuera un hombre atractivo. Sin embargo, el dinero que gastaba sin reparo en comidas, regalos, alcohol y habitaciones de hotel parecía compensar la falta de presencia física.
Y Vikki era una presa fácil.
Una mujer ambiciosa que había utilizado sin remilgos a Greene para congraciarse con el colectivo de abogados especializados en indemnizaciones laborales. De hecho, gracias a Greene, muchos abogados de demandantes de todo el estado ahora recurrían de manera rutinaria a sus servicios profesionales.
Una vez que llegaron al Regency Arms, Burt Wyler continuó siguiendo sus indicaciones. Se desvió para entrar en el aparcamiento subterráneo, tal como le había indicado, y se detuvo ante la puerta automática. El recibo dispensado serviría posteriormente para corroborar la hora exacta de su llegada.
Jon no hizo que Frank Barnard entrara en el parking tras Wyler.
Dio por supuesto que todas las plantas estarían supervisadas por el circuito cerrado de cámaras de seguridad del hotel y lo último que quería era que su llegada y su partida quedaran registradas en vídeo.
Ese privilegio se lo reservaba exclusivamente al Corvette rojo.
La cinta proporcionaría una prueba más que suficiente de la tragedia que estaba a punto de acontecer.
Barnard aparcó en la calle, un par de manzanas al oeste de la entrada principal del hotel.
Jon metió unas monedas en el parquímetro para no correr el riesgo de que les pusieran una multa.
A continuación, Barnard y él fueron caminando al Regency Arms y entraron en el lujoso vestíbulo principal.
Era uno de los hoteles con más solera de Atlanta, encantadoramente reconvertido en una joya de cuatro estrellas con habitaciones decoradas con elegancia y un servicio de primera categoría para los huéspedes que podían costearse el lujo.
Era uno de los destinos predilectos entre los hombres de negocios durante la semana y entre las parejas que querían disfrutar de paz y tranquilidad los fines de semana.
Barnard y él atravesaron el vestíbulo, aparentando ser dos empresarios que habían acudido a la ciudad a pasar el fin de semana y regresaban de una reunión importante en sábado.
Barnard llevaba un maletín de piel de color burdeos.
Se dirigieron directamente a los ascensores, manteniendo el rostro oculto de las cámaras del vestíbulo.
A su izquierda, divisó a Burt Wyler sentado exactamente donde le había dicho.
Wyler también los vio, se puso en pie y entró tras ellos en el ascensor.
Jon pulsó el botón de la planta cuatro y agradeció que Wyler siguiera sin decir nada.
Cuando se abrieron las puertas, Barnard, Wyler y él salieron.
Señaló hacia la derecha.
Avanzaron por el pasillo.
Al llegar a la habitación 479 insertó la tarjeta de plástico y desbloqueó la cerradura.
Empujó la puerta accionada por bisagras de muelle y la entreabrió.
Invitó a Wyler a entrar primero. Tras el pequeño recibidor había una cama de matrimonio, un escritorio, una silla y un estante para dejar el equipaje.
Wyler entró tranquilamente en la habitación.
En cuanto pasó el recibidor, Victor Jacks apareció de la nada, lo agarró por el cuello y le colocó un trapo empapado en anestésico en el rostro. Wyler se resistió, pero el anestésico hizo su efecto rápido y el hombretón se quedó sin fuerzas. Jacks lo depositó con cuidado en la alfombra y lo soltó.
Nadie dijo nada. No había necesidad. Cada uno de ellos sabía exactamente qué hacer.
Jacks ya iba vestido con camisa blanca, pantalones oscuros y pajarita negra para parecer un camarero de habitación.
Se camufló rápidamente unos guantes de látex de segunda piel bajo un par de tela blanca que se sacó del bolsillo.
Había una botella de champán enfriándose en una cubitera plateada, con dos copas de cristal y una roja rosa al lado, sobre una bandeja.
Jacks equilibró con cuidado la bandeja sobre la punta de sus dedos.
Con el arma en la derecha, el dedo en el gatillo y la mano oculta a su espalda, se dirigió a la puerta, pasando por encima del cuerpo de Wyler.
Barnard se la abrió.
Se asomó por ella, miró a ambos lados y luego salió.
La habitación 478 estaba al otro lado del pasillo, unos pasos a la derecha.
Salió rápidamente y llamó a la puerta con el silenciador colocado en el cañón de su arma sin que nadie lo viera.
No respondieron a la primera llamada. La habitación era una suite, era probable que Greene estuviera en el dormitorio.
Volvió a llamar.
Al otro lado se abrió y cerró una puerta. La mirilla solo mostraba a alguien con aspecto de camarero con pajarita cargado con una bandeja de champán.