DÍA 19SÁBADO, 24 DE JUNIO #2
Y, como bien ha dicho usted, también quiero el dinero que me costó la muerte de Pabon... , en efectivo.
–Está claro que ha meditado mucho sobre este asunto.
–Procuro ser meticuloso, Hamilton. Sobre todo en lo que se refiere a mi práctica como abogado.
–Tengo que pensármelo.
–Lo entiendo. De verdad. –Se puso en pie–.
Estaré en Atlanta hasta el martes. Me alojo en el Regency Arms, en el centro de la ciudad.
Tómese su tiempo. Si no he sabido nada de usted el martes a mediodía, daré por supuesto que está dispuesto a leer todo lo relacionado con su caso en el Atlanta Constitution el miércoles.
Lee se puso en pie.
–Le garantizo, señor Greene, que tendrá noticias mías mucho antes de eso.
13:20 h
Lee esperó cuarenta y cinco minutos a que De Florio le devolviera la llamada. Descolgó el auricular en la biblioteca.
–Jon, os quiero a ti y a tus colaboradores de vuelta en Atlanta lo antes posible.
–¿Hay algún problema?
–Hay un asunto que requiere atención inmediata.
–¿Y qué hay de Reed y de Walker?
–Olvídate de ellos por ahora. El problema está aquí, no allí.
–¿Cómo recibiré instrucciones?
–Reúnete conmigo en la oficina a las cuatro en punto. El jet de la empresa está de camino para traeros de vuelta. Desplaza a tus colaboradores aquí sin falta. Pero no en el avión.
–¿Puedo preguntar por la naturaleza del asunto?
–Represalia.
16:46 h
Jon escuchó con atención mientras Lee le explicaba la visita del abogado S. Lou Greene. Estaban sentados en la sala de juntas de la planta treinta de la Torre Azul. Lo habían trasladado en coche directamente allí desde el aeropuerto, tras aterrizar en Atlanta.
–Ese capullo pomposo cree que puede chantajearme –dijo Lee–. ¿Qué sabes de él?
Se encogió de hombros.
–Que es avaricioso. Arrogante. Un gallito.
Pero tiene éxito. Lleva años litigando reclamaciones de indemnizaciones laborales.
Se ha forjado una reputación como uno de los mejores abogados de su ámbito en el estado.
Hace nueve años que se trasladó a Concord.
Es el abogado más difícil con el que Relaciones Laborales tiene que lidiar.
Se niega categóricamente a aceptar nada menos de lo que exige.
Y lo consigue alimentando una relación estrecha con el juez de lo contencioso-administrativo local.
Juegan juntos al golf y al tenis. Descubrimos que Greene le ha pagado al viejo varias estancias en un complejo hotelero jamaicano.
Lógicamente, eso es una violación ética que se prestaría a las mil maravillas para extorsionarlo.
He mantenido actualizado un expediente sobre él por si a la junta se le agotaba la paciencia.
–¿Y en lo personal?
–Los abogados de la zona lo apodan el Palo de Escoba, por motivos evidentes.
Se bebe seis cervezas importadas al día.
Se las da de sibarita. No pestañea si tiene que gastarse quinientos dólares en una cena.
Tiene cuarenta y un años. Casado. Pero eso no le impide tener una novia.
Hay tres pequeños Greene. Un niño y dos niñas.
Viven en una parcela de ocho hectáreas en el noroeste del condado de Chatham.
Su esposa es enfermera de profesión, pero ya apenas trabaja.
Básicamente, se dedica a supervisar a la criada y al jardinero, y se ocupa de que Greene sea feliz.
–¿Cómo recuerdas todo eso?
–Porque yo mismo preparé el expediente.
Lee sacudió la cabeza.
–Bozin nos ha dejado en una situación insostenible.
–Pero me apostaría lo que sea a que el señor Bozin no imaginó que Greene se implicaría en todo esto.
–Estoy de acuerdo. Esto es..., ¿cómo has dicho? Esto es cosa del Palo de Escoba. A espaldas de Reed y Walker. ¿Ha habido algún contacto entre Greene y Walker?
–Ayer, Walker fue al bufete de Greene. Mi hombre informó de que salió de la fábrica en torno a una y media y se dirigió hasta allí tranquilamente. Llevaba unas carpetas y dejó el recado de que iba a intentar pactar algunas reclamaciones.
–Es evidente que fue entonces cuando Greene se enteró de todo. De otro modo, habríamos tenido noticias suyas antes. ¿Y qué hay de Reed?
–Tuve que quitarle el seguimiento para permanecer con el cadáver de Bozin.
Como recordará, voy corto de personal, con solo dos colaboradores.
Yo mismo seguí a Reed hasta el mediodía.
Mi colaborador no pudo regresar y retomar la vigilancia hasta última hora de la tarde.
Para entonces, estaba ya en casa. Hubo una franja de tres horas que no pudimos monitorizar.
–Entonces tal vez estuviera también en el despacho de Greene...
–Es posible. Va a menudo.
–Es evidente que ha habido comunicación entre los tres. Greene lo sabía todo sobre Bozin. Incluso me reprodujo la maldita grabación, de la que yo no tenía noticia.
–Probablemente Greene actúe por cuenta propia. Ha visto una oportunidad y está intentando aprovecharla al máximo a espaldas de Walker y Reed.
–Por suerte para nosotros –dijo Lee–. Tenemos que aprovechar esta oportunidad, Jon. Quiero a Greene muerto. Esta noche. Algo extraordinario. Más público. Quiero enviar un mensaje que nuestros dos amiguitos de Concord entiendan. ¿Puedes hacerlo?
–¿Greene dijo que se alojaba en el Regency Arms?
Lee asintió con la cabeza.
–¿Y cuáles son mis instrucciones para después?
–Regresa a Concord y prepárate para ocuparte de Reed y de Walker.
Todavía no estoy seguro de cómo proceder.
Huelga decir que necesitamos recuperar la confesión de Bozin y esa cinta antes de atar los cabos sueltos.
Hay planificada una ceremonia fúnebre en tributo a Bozin en Concord el lunes.
El señor Hughes y yo tenemos previsto asistir.
Si para entonces no tenemos todos los originales, yo mismo hablaré con Walker y subiré la apuesta.
Jon comprobó la hora en su reloj. Eran las 16:57.
–Está previsto que mis colaboradores lleguen a las seis. Procesaremos a Greene antes de las ocho y estaremos de vuelta en Concord antes de medianoche.
–Excelente –dijo Lee.
19:03 h
Jon se quedó mirando por el parabrisas y pensó en Burt Wyler.
Era dueño de tres talleres de reparación de cajas automáticas distribuidos en triángulo alrededor de la I-285, la carretera interestatal de ocho carriles que circunvalaba la Atlanta metropolitana.
Al principio, cuando solo tenía un taller, Wyler se las apañaba solo y pasaba la mayor parte del día trabajando bajo vehículos.
Pero ahora tenía empleado a un gerente en cada uno de los talleres y dedicaba la mayor parte de la jornada a ir de uno a otro.
Era un negocio próspero que le generaba sólidos ingresos de seis cifras, y ya anunciaba que había un cuarto taller en camino.
Wyler era un hombre fornido, con un ligero sobrepeso, agradable y con una poblada mata de cabello castaño.
Solo se afeitaba dos veces a la semana, lo que hacía que tuviera la papada y los regordetes mofletes cubiertos por una barba incipiente perpetua.
Tenía una casa en el norte de Atlanta, no una mansión ni nada pretencioso, solo una vivienda respetable de dos plantas en un vecindario de clase media-alta.
No era derrochador. Sus únicos lujos eran el Corvette rojo descapotable que se había comprado unos años atrás y una lancha motora de fibra de vidrio y cinco metros de eslora que fondeaba en el lago Lanier y usaba para hacer esquí acuático los fines de semana.
Su único problema era su esposa, que se había marchado hacía tres meses, si bien aún no le había enviado los papeles del divorcio.
Lo había intentado todo para recuperarla. Regalos. Noches caras fuera de la ciudad. Promesas de cambiar. Acuerdos de ir a terapia. Lo que hiciera falta. Pero nada parecía funcionar.
Burt Wyler tenía cuarenta y ocho años. Vikki Wyler, treinta y ocho.
Ella era su primera esposa; él, su segundo marido.
Vikki, formada como especialista en rehabilitación profesional, era una mujer de carrera que había empezado trabajando para unos proveedores de reinserción cuyos servicios dependían en gran medida de abogados de indemnizaciones laborales, compañías aseguradoras, médicos y empresas.
Después de casarse, Wyler consiguió ahorrar dinero suficiente para que pusiera en marcha su propia consultoría y al poco contaba ya con una amplia cartera de clientes, había expandido su presencia por todo el estado y conseguía elevados ingresos de cinco cifras.
Llevaban casados doce años y lo habían intentado todo para tener hijos.
A Wyler tanto le daba que fuera niño o niña.
Pero todo había sido en vano. Habían consultado a especialistas y les habían hecho pruebas a los dos.
La falta de éxito preocupaba mucho más a Burt que a Vikki, lo que en sí también preocupaba a Wyler, que había acabado convenciéndose de que su mujer en realidad no quería ser madre.
Hacía tres meses, la situación había tocado fondo y Vikki se había marchado de casa y se había instalado con una amiga.
Desde entonces habían mantenido un contacto esporádico.
Wyler les había dicho a sus amigos que pensaba que Vikki salía con alguien.
Todas las señales indicaban en esa dirección.
Pero ella negaba repetidamente las acusaciones y conseguía darles la vuelta, argumentando que el problema de su matrimonio eran los celos de Wyler.
Quizá lo fuera.
Wyler admitía que era posesivo. Pero Vikki no hacía nada por aliviar sus temores.
Le gustaba llevar blusas de seda que se pegaban al cuerpo y vestidos ceñidos.
Siempre llevaba minifalda, luciendo sus delgados muslos y sus largas y bonitas piernas.
Solía llevar su poblada melena morena rizada y cardada.
Y tenía un surtido de lentillas cosméticas que teñían sus ojos de diversos colores, siendo el azul celeste su favorito.
No era guapa, sino meramente atractiva, y le gustaba provocar.
Eran una pareja extraña. Un estudio de contrastes. Los amigos de Wyler le decían que le iría mejor sin ella. Por desgracia, Burt Wyler adoraba a Vikki y lo único que quería era estar con ella.
Jon sonrió.
Burt Wyler estaba a punto de ver sus deseos hechos realidad.
Miró a su lado. Frank Barnard estaba sentado tras el volante. Comprobó su reloj. Eran las 19:12 horas.
Faltaba poco.
El tercer taller de Burt Wyler ocupaba una parcela esquinera en el sudeste de Atlanta, a un kilómetro y medio de la carretera de circunvalación I-285.