DÍA 19SÁBADO, 24 DE JUNIO
12:20 h
S. Lou Greene sorteó con su Jaguar de color cereza el tráfico del fin de semana.
Puso el intermitente izquierdo y se desvió del concurrido bulevar para entrar en una urbanización.
Su coche no desentonaba: Cadillacs, Lincolns, Mercedes, BMW y al menos un Rolls-Royce adornaban los caminos de acceso a las mansiones que flanqueaban la calle.
La urbanización llevaba el prestigioso nombre de Peachtree Estates.
Dio por hecho que las restricciones aplicables imponían una parcela mínima de ocho mil metros cuadrados con un mínimo de novecientos metros cuadrados construidos.
No había una puerta con seguridad en la entrada, probablemente porque los residentes consideraban más económico legar las calles a la ciudad y dejar que fueran los contribuyentes quienes costearan su mantenimiento, y se reservaban el dinero para verjas decorativas,
servicios de seguridad privados y perros guardianes que eran tanto símbolos de estatus como soluciones prácticas.
Las viviendas oscilaban entre una y cuatro plantas de altura.
La mayoría eran de ladrillo y estuco, con fachadas con columnas, puntiagudos tejados con gablete y unos jardines primorosos, con una amplia variedad de árboles, arbustos, helechos y flores estivales.
No había ni una calva en ellos, ni una mala hierba.
Estaba acostumbrado a ese nivel de lujo.
Su propia casa era igual de elegante, con la única diferencia de que su vivienda de trescientos setenta metros cuadrados con piscina no se hallaba en una propiedad con precios tan astronómicos como las de las colinas al norte de Atlanta.
Sorprendentemente, había localizado la dirección en internet, donde Lee, Hamilton J.
aparecía listado. Y se dirigió a Peachtree Estates con ayuda de la aplicación Maps de Google.
La casa que parecía pertenecer a Lee estaba al fondo de una calle sin salida.
Un tosco muro de granito la rodeaba, interrumpido únicamente por dos verjas de hierro que daban paso a un camino de acceso semicircular.
La arquitectura tendía al Renacimiento griego, con dos plantas con alas simétricas, ladrillo blanco y la fachada agraciada con un pórtico con frontón triangular sostenido por columnas estriadas.
La verja estaba abierta, de manera que entró con su coche y lo aparcó junto a un Mercedes coupé plateado de último modelo.
Salió del Jaguar y se tomó un momento para admirar la escena.
La entrada estaba circundada por arbustos podados y flores coloridas, con un jardín delantero de grama segada a baja altura como una alfombra.
Tenía la sensación de que en cualquier momento aparecerían banderines, porque aquello parecía un green de prácticas.
Sacudió la cabeza y sonrió. Saltaba a la vista que Hamilton Lee sabía vivir bien.
Se había vestido de manera informal. Pantalones cortos caqui, un polo y náuticos sin calcetines. Dadas las circunstancias, las formalidades no le parecían necesarias.
Subió al pórtico y llamó al timbre.
Abrió un mayordomo con expresión solemne.
–¿Es esta la residencia de Hamilton Lee, de la Southern Republic Pulp and Paper?
–Así es.
–Me llamo S. Lou Greene. He venido a ver al señor Lee.
–¿Le espera?
–No.
–En ese caso, es impensable molestar al señor Lee en sábado.
Se llevó tranquilamente la mano al bolsillo de su pantalón corto y sacó la copia plegada de la lista.
–Enséñele esto. Creo que me recibirá.
Se esforzó por no sonreír.
El mayordomo cogió la lista que le tendía, pero no desplegó el papel.
–Aguarde un momento.
La puerta se cerró. Tres minutos después volvió a abrirse.
–El señor Lee le recibirá.
–Qué sorpresa... –farfulló Greene.
–Sígame, por favor.
Lo condujeron a través de un vestíbulo de mármol con la estética y la sobriedad de un templo romano. Un amplio pasillo alfombrado se extendía hasta la parte posterior de la casa, finalizando en una doble puerta con vidriera. El mayordomo la abrió y le invitó a pasar.
–Espere aquí, por favor.
Se quedó solo en una biblioteca. Grandes librerías forraban dos de las paredes, en su mayoría llenas de novelas y ensayos, si bien dos de los estantes contenían una impresionante colección de números de la revista National Geographic encuadernados en cuero.
Lienzos al óleo con marcos dorados decoraban otra pared, cada uno de ellos iluminado con gusto por un diminuto aplique de latón.
En el centro había un conjunto de sofá de cuero con tres sillones orejeros tapizados.
La luz del sol entraba por unos enormes ventanales de vidrios emplomados.
A un lado, sobre una mesa, había unas cuantas fotografías enmarcadas.
Era evidente que Lee tenía dos hijas; la mayoría de las fotos eran de ellas y de sus nietos.
Estaba estudiando atentamente sus rostros cuando las puertas se abrieron de repente.
Entró un hombre en la cincuentena, con el cabello castaño con canas, un bigote a juego y un bronceado de rico. También iba vestido de manera informal, con un par de pantalones azul oscuro y una camisa de Robert Graham de color crema. Llevaba la copia de la lista, desdoblada, en la mano izquierda.
–He recibido su mensaje –dijo Lee, cerrando las puertas a su espalda.
–Lou Greene. Soy abogado, de Savannah.
Le tendió la mano para estrechársela.
Lee no le devolvió el saludo.
–Según tengo entendido, señor Greene, obtiene la inmensa mayoría de sus estipendios de Concord, Springfield, Sylvania y otras pequeñas poblaciones. No de Savannah.
–Es más fácil decir Savannah.
–¿Y quizá también más prestigioso que, pongamos por caso, Rincon?
–Quizá.
Lee sostuvo en alto la lista.
–¿De dónde ha sacado esto?
–¿Podemos sentarnos?
–Si lo desea.
Se sentó en el sofá y Lee frente a él, en uno de los sillones.
–Volveré a preguntárselo: ¿de dónde ha sacado esta lista?
–Me la dio un amigo mutuo.
–¿Y de quién podría tratarse?
–De Hank Reed.
–¿Y su significado?
Greene soltó una carcajada.
–Actúa usted muy bien.
–¿A qué se refiere?
–Mire, entiendo que sea cauteloso. ¿Quién puede culparlo por ello?
No me conoce de nada. Y probablemente se pregunte si llevo un micro oculto o algo así.
–Se puso en pie y se levantó la camisa–.
Compruébelo usted mismo. No hay cables. Si lo desea, puedo bajarme los pantalones o puede cachearme, lo que le haga más feliz.
–No será necesario. Le creo.
Greene volvió a bajarse la camisa y se sentó.
–¿A qué ha venido? –le preguntó Lee.
–Tiene usted un problema grave con el que puedo ayudarle.
–¿De qué se trata?
Su tono se recrudeció. Había llegado el momento de jugar su baza:
–Del problema que su querido y difunto exsocio creó con Brent Walker. Así que vayamos al grano, Hamilton. No le importa que le llame por su nombre de pila, ¿verdad?
Lee no dijo nada.
–Para serle sincero, me da igual si le importa o no. He leído la confesión que Bozin le dejó a Walker. Bastante reveladora. No es usted un buen hombre. Y, por cierto, explica las cosas con claridad, incluida esa lista que tiene en la mano.
–¿Y cómo podría ayudarme usted con eso?
Se puso cómodo, extendiendo los brazos sobre el respaldo del sofá. Por fin llegaban a alguna parte.
–Tiene suerte de que vinieran a verme a mí. Por el momento, los únicos que sabemos algo somos Reed, Walker y yo.
–¿Y tiene usted lo que Bozin le dio a Walker?
–Así es –mintió.
–¿De qué se trata?
–De un par de notas manuscritas, una memoria USB y una grabación.
–¿Una grabación?
–¿No lo sabía? Parece ser que Bozin grabó una conversación que mantuvieron los tres.
Tuvo lugar el jueves, si no voy errado, en su propia casa en Hickory Row.
–Sacudió la cabeza fingiendo disgusto y luego se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó la grabadora que Brent Walker le había entregado.
Pulsó el botón de reproducción y la dejó sonar un par de minutos.
Había seleccionado previamente algunos de los fragmentos más obscenos de la conversación.
La detuvo–. Material incriminador. Debería ser más cuidadoso con lo que dice.
–¿Qué propone?
–Una sociedad.
–¿Con qué fin?
–Bozin dejó una lista con algunas de las últimas Prioridades. Y me irritó mucho que uno de los tipos a los que se quitaron de en medio fuera uno de mis clientes. Su inoportuna muerte me costó cien mil dólares en honorarios que me había ganado con el sudor de mi frente.
–¿Y qué es lo que quiere? ¿Un pago?
–Soy un tipo razonable, Hamilton. Tal como yo lo veo, el pasado, pasado está. A mí lo que me preocupa es el futuro. Y me da la sensación de que podríamos ser buenos colaboradores.
–¿Y por qué iba a querer yo que colaborásemos?
–Para evitar que haga lo que les dije a Reed y a Walker que me disponía a hacer.
–¿Que es...?
–Ir a la prensa y a las autoridades judiciales pertinentes con lo que tengo.
–¿Y qué iba a detenerme de... –Lee hizo una pausa– eliminar el problema sin más?
Sonrió.
–Que no sabe lo que he hecho ni dónde lo he guardado todo. E incluso si me convirtiera en una Prioridad, seguiría teniendo el problema de Reed y Walker. Tratar conmigo tiene el beneficio de que yo me encargaré de ellos.
–¿Y cómo lo hará?
–No se preocupe. Me las apañaré. Y sin necesidad de esos asesinatos tan arriesgados que parecen gustarle tanto. No serán un problema.
–¿Y qué pasa si no necesito su ayuda?
–Me apuesto lo que sea a que aprovechará todas las oportunidades a su alcance.
–Partiendo de la hipótesis de que pudiera interesarme un acuerdo de ese tipo, ¿qué quiere a cambio?
Sonrió, satisfecho con los progresos.
–Lo único que quiero son unos pactos generosos sobre las reclamaciones de indemnizaciones laborales que interpondré contra su empresa.
Su gente tiene el irritante hábito de pelear duro.
Y no tengo problema con eso, siempre y cuando me aseguren que, al final, llegarán a un acuerdo...
en los términos que yo imponga. Pero no se preocupe.
Seré justo con ustedes. No me aprovecharé.
Solo quiero unos dólares razonables que no solo engrosen mis bolsillos...
–... sino que, al mismo tiempo, le ayuden a forjarse una reputación.
–Exactamente. Mientras ustedes siguen priorizando.
Eso sí, siempre que mis reclamantes nunca figuren entre sus Prioridades.
Maten si quieren a los clientes de otros abogados laborales, pero dejen a los míos en paz.