La lista Christopher Bozin #2
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Christopher Bozin #2

Un tipo trabaja durante treinta años, se retira y espera que le paguen una pensión y los gastos médicos.

En lugar de ello, un matón lo aniquila en plena noche y los demás se limitan a pensar que había trabajado demasiado.

Problemas de corazón. Fallos renales. Un trágico accidente.

–¿Tu padre estaba enfermo? –preguntó Hank.

–Que yo sepa, no. Pero era muy reservado.

–Confieso que a veces me he preguntado cómo podía ser que hombres con quienes había trabajado durante mucho tiempo se jubilaran y al cabo de un par de años estuvieran muertos –dijo Hank–.

Pero tienes razón, Lou, pensaba que tenía que ver con el entorno.

La papelera es un entorno laboral duro. Se cobra un peaje en el cuerpo.

–La mayoría de ellos murieron por causas naturales, Hank –dijo Brent–. Según Bozin, solo mataron a unos dos mil. Debe de haber habido decenas de miles de personas que hayan trabajado para la Southern Republic. No pueden matarlos a todos.

Hank sacudió la cabeza.

–Cabrones. Cuando era alcalde, la empresa siempre insistía en tener a alguien de los suyos en el consejo.

Y lo mismo en el condado, sobre todo en la junta de asesores fiscales.

Lee me presionaba para asegurarse de tener siempre algún elemento de control político ahí.

Pero estos tipos no necesitaban que nadie los cuidara.

–Imagino que lo hacían de cara a la galería –terció Greene–.

Supongo que querían guardar las apariencias.

Al fin y al cabo, unos cuantos beneficios fiscales y cierta infravaloración de propiedades tampoco vendrían mal para la cuenta de resultados.

Y eso eran pequeños favores que podías hacerles fácilmente.

Si no te los hubieran pedido, habrías sospechado.

–Esos tres hijos de perra son asesinos en serie –dijo Brent, hablando como el fiscal que solía ser–. Tenemos que hacer algo. Y ya.

–Bozin tiene razón –dijo Greene–. Llamar su atención es la clave.

Pero yo me mantendría alejado de la prensa y de las autoridades locales.

No sabemos hasta dónde se extienden los tentáculos de la Southern Republic.

Lo lógico sería asumir que tienen amigos en la región.

Donde debemos destapar este tema es en Atlanta.

–¿Se te ocurre algo, Lou? –le preguntó Hank.

–Es posible que tengan micrófonos en este despacho –dijo Brent.

Greene negó con la cabeza.

–No había motivos para tenerlos... hasta ahora.

Y sí, Hank, se me ocurre algo. Tengo un amigo de la Facultad de Derecho que trabaja para la Oficina del Fiscal de los Estados Unidos en Atlanta.

Y también conozco a un par de periodistas del Constitution.

El lunes y el martes tengo que ir a Atlanta para asistir a unas vistas por unas indemnizaciones laborales ante la junta estatal.

Hace tiempo que tengo planeado el viaje, de manera que no suscitará recelos.

Puedo entregar este material a la gente indicada ya que estoy allí.

Brent enseguida se mostró en desacuerdo con la idea.

–Eso solo te pondría en el punto de mira con el resto de nosotros. Puedo ir directamente al fiscal del distrito del condado de Fulton.

–Ya estoy en la línea de fuego gracias a vuestra visita de hoy.

–Probablemente te sigan –dijo Brent.

–Quizá. Pero tendré cuidado. Siempre conduzco yo, eso me permitirá comprobar si tengo compañía. E iré a ver a mi amigo directamente mañana.

Brent negó con la cabeza.

–No quiero implicarte en esto.

–Ya estoy implicado. Además, es la única solución práctica.

Es imposible que alguno de vosotros dos pueda llegar a la policía o a la prensa.

Ese tal De Florio se os echaría encima. Y no os olvidéis de vuestras familias.

No podéis ponerlas en riesgo. Necesitáis mantener a la otra parte confusa.

Seguid con vuestro trabajo como siempre.

Si os están vigilando, no habrá nada que suscite sospechas.

Ya sabemos que asesinan. Pero lo hacen con cautela.

Lo planifican. No es algo espontáneo. Mañana mismo habré entregado este material a las personas indicadas.

Y después de eso, no se atreverán a poneros una mano encima.

–Me parece buena idea –dijo Hank.

A Brent no le hacía gracia. Ninguna gracia. Pero la alusión a su madre lo convenció. Por no mencionar a Ashley y a Lori Anne.

–De acuerdo. Pero comunícanoslo en cuanto contactes con ellas.

–Llamaré a Hank –dijo Greene.

–No –se apresuró a decir Brent–. Recuerda que los teléfonos pueden estar pinchados. Llama a tu mujer y déjale un mensaje para Hank. Lo bastante críptico para que nosotros lo entendamos pero ella no. Nosotros nos pondremos en contacto con ella de alguna manera.

–Buena idea. Mañana por la tarde debería tener una respuesta. Por ahora, será mejor que haga una copia de todo esto. Querrán verlo todo. ¿Puedo llevarme la grabación?

Brent se encogió de hombros.

–Claro. La necesitarás.

15:14 h

Hamilton Lee caminó pavoneándose por la planta veintinueve hasta el despacho de Larry Hughes. Al entrar, vio que la secretaria de Hughes seguía llorando.

–¿Cómo está Nancy? –preguntó, fingiendo preocupación por la secretaria de Bozin.

–Está en casa, bajo cuidado médico.

–Esto es terrible. Una tragedia.

–Sí que lo es –dijo la mujer entre lágrimas–. El señor Bozin era un hombre maravilloso.

Le expresó su acuerdo, tras lo cual se disculpó y entró en el despacho de Hughes. En cuanto hubo cerrado la puerta, dejó de fingir.

–Tenemos que hacer algo. El testamento de Chris. Debemos hacernos con él.

–¿Y cómo vamos a hacer eso?

–No tenía familia. ¿No sería lógico que sus socios empresariales se ocuparan de sus asuntos?

–Se dejó caer en el sofá de color beis. A su lado había una mesa ovalada de caoba con una exquisita lámpara de Tiffany y, debajo de esta, un teléfono.

Descolgó el auricular–. El abogado de Chris era Mark Durham.

Me habló de él alguna vez, en tiempos más cordiales.

Ya había localizado su número de teléfono y lo había anotado, de manera que lo marcó y consiguió que lo pusieran en contacto con Durham, tras explicar quién era y la naturaleza de la emergencia.

–Creo que no nos conocemos en persona, pero Chris Bozin lo tenía en muy alta consideración –le dijo a Durham–. He pensado que debía saberlo: Chris ha fallecido esta mañana.

Durham suspiró.

–Qué horror. Es terrible. Sabía que le quedaba poco tiempo, pero no sospechaba que la enfermedad estuviera tan avanzada.

–Tenía un cáncer terminal. Hacía un tiempo que todos estábamos preocupados por ello. El motivo de mi llamada es que será necesario gestionar el patrimonio de Chris y nos pidió específicamente que nos ocupáramos de ello.

–Por supuesto, señor Lee. El señor Bozin dejó un sobre para usted aquí la semana pasada.

Fue entonces cuando me habló de su enfermedad y me indicó que esperara su llamada si fallecía.

Simplemente, no caí en la cuenta de que lo haría tan pronto.

Me dio instrucciones para entregarle sin demora el sobre.

Haré que lo envíen por mensajero ahora mismo.

Una hora después tenía el sobre en su haber.

Lee leyó la nota manuscrita a solas en su despacho.

Para cuando leas esta nota ya me habréis convertido en una Prioridad, me habréis procesado y habrás intentado hacerte con una copia de mi testamento.

Eres increíblemente predecible, Hamilton.

La semana pasada rehíce mi testamento. Todo mi patrimonio, incluido el pago que la empresa le adeuda (y que debe abonarse en los próximos 90 días según nuestro acuerdo entre socios), está ahora en un fideicomiso.

He dado instrucciones a mi abogado sobre cómo proceder y el fideicomisario designado, Brent Walker, ha recibido instrucciones específicas por escrito.

Espero que todo este asunto te resulte estimulante. A mí me lo parece.

Sonrió.

El viejo tenía estilo, eso tenía que concedérselo. Fuera lo que fuese que Bozin había concebido, estaba claro que lo había planificado con meticulosidad.

Parecía haberlo pensado todo hasta el último detalle, haberlo anticipado todo.

¿O no?