La lista Christopher Bozin
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Christopher Bozin

«Contrólate. No pierdas la compostura».

No dejaba de repetirse esas palabras una y otra vez.

Aquello no podía estar sucediendo. ¿Se había convertido realmente en la diana de Jon de Florio y dos asesinos a sueldo?

¿Debía acudir a la policía? No. Evidentemente, lo que había ocurrido a lo largo de los años no había dejado huellas.

Pero tenía aquella confesión. Eso corroboraba en cierta medida los hechos.

Claro está que todo rastro de aquello haría ya mucho tiempo que habría desaparecido de los servidores de la empresa.

Lo que implicaba que Lee y Hughes podían achacarlo todo al producto de la imaginación desbordante de un viejo, mantener un perfil bajo durante un tiempo y luego volver a empezar, con él, o peor aún, con su familia convertida en la próxima Prioridad.

No era un movimiento inteligente.

¿Y si acudía a la prensa? Era posible que publicaran la noticia, pero podían no hacerlo.

Era lo bastante experimentado como para saber que el Concord Record y otros diarios comunitarios de la zona no querrían tener nada que ver con aquel asunto,

pues la Southern Republic mantenía con ellos una abultada cuenta de publicidad constante con la que se aseguraba tácitamente un trato favorable en cualquier noticia relacionada con la empresa.

Otra cosa eran los periódicos de Atlanta y Savannah.

Eran lo bastante grandes como para no ser susceptibles a presiones económicas, pero exigirían verificación para protegerse frente a una acusación de difamación.

Y ahora mismo, no poseía corroboración suficiente.

Necesitaba imprimir una copia de aquella confesión, de manera que pulsó las teclas adecuadas para hacerlo en la impresora láser que había fuera de su despacho.

Luego, cerró el archivo y volvió a meterlo todo en el sobre.

Salió deprisa y recogió las páginas de la impresora antes de que alguien les prestara atención.

Por suerte, debido a la muerte de Bozin, solo había una mujer sentada en su escritorio y parecía absorta.

Con las copias físicas en la mano, volvió a retirarse a su despacho, cerró la puerta y cogió el teléfono.

Había marcado tres de los siete dígitos cuando recordó la advertencia de Bozin.

«De Florio tiene capacidad para mantener una vigilancia física y electrónica constante de vuestras actividades (teléfonos, despachos y hogares). Probablemente ya lo esté haciendo».

Marcó a propósito los números restantes erróneos y la grabación, que en cualquier otro momento le habría resultado molesta, anunció: «Lo sentimos, el número marcado no existe».

Colgó, salió con calma de su despacho y se dirigió por el pasillo hasta la oficina de seguridad de la planta.

Si De Florio tenía pinchados los teléfonos, seguramente su ámbito de actuación se limitara al área de la Dirección Jurídica.

El tiempo que había pasado con el fiscal del distrito le había enseñado que la vigilancia electrónica no solo era engorrosa, sino que consumía mucho tiempo.

Había, literalmente, centenares de teléfonos en la fábrica y, según lo que explicaba Bozin, De Florio solo tenía dos colaboradores.

No les quedaba más remedio que limitar las extensiones que podían supervisar a un número razonable.

Por eso, esperaba que los teléfonos de la oficina de seguridad no estuvieran pinchados.

Descolgó uno y telefoneó a casa de Hank, pero no obtuvo respuesta.

Regresó a su despacho, con la mente aún aturdida.

Se acordó del microcasete.

Cerró la puerta y escuchó toda la conversación tres veces. Luego, apagó la grabadora y volvió a guardarlo todo en el sobre.

¿Dónde estaba Hank?

Decidió arriesgarse y comprobar si había ido al despacho de S. Lou Greene. Si tenían una relación parecida a la que Hank y él solían tener, seguramente Hank pasara allí mucho tiempo, sobre todo en época de negociaciones.

Se guardó el sobre doblado en el bolsillo interior de la chaqueta.

Cogió un par de carpetas abultadas y salió del edificio, tras informar a la única secretaria que quedaba de que iba a reunirse con Greene para intentar cerrar un par de expedientes de indemnizaciones laborales pendientes.

No sabía si volvería o a qué hora lo haría.

Caminó despacio deliberadamente, advirtiéndose de mantener el control, de fingir que solo estaba desempeñando su trabajo y no hacer nada que, en caso de percibirse, pudiera suscitar sospechas.

Pero guardar las apariencias era difícil cuando por dentro sentía un torbellino de rabia, indignación, pena y miedo.

Salió del Edificio B y se dirigió como si tal cosa al estacionamiento.

En el trayecto saludó con la mano a un par de amigos e incluso se detuvo un instante para comentar con unas pocas personas la muerte de Bozin.

Finalmente, se subió a su jeep y puso rumbo a la ciudad.

Fue a un ritmo tranquilo, pero comprobó los retrovisores más de lo habitual.

El Bulevar de la Southern Republic estaba lleno de coches, varios de los cuales circulaban tras él, lo que hacía difícil determinar si alguno lo seguía.

Cruzó las vías de tren de la Línea de la Southern Republic y entró en el centro urbano.

Aparcó en la calle al este de la oficina con fachada de granito de Greene.

Hank le había contado la anécdota de la bandera y, al salir del jeep, levantó la vista y vio el estandarte amarillo ondeando en la suave brisa de la tarde.

Con las carpetas bajo el brazo, se cruzó en la acera con un par de conocidos.

Finalmente, se excusó y entró con actitud despreocupada en el despacho a través de la puerta de vidrio.

Una placa de bronce pegada al granito anunciaba «BUFETE DE ABOGADOS DE S. LOU GREENE».

Tuvo que esforzarse por resistir la tentación de volver la vista atrás y cruzó el vestíbulo donde una mujer sentada en una mesa aporreaba un procesador de textos.

–Soy Brent Walker. Vengo a ver al señor Greene.

–Está reunido en estos momentos.

Se la jugó.

–Ya lo sé. Con Hank Reed. Me están esperando.

La expresión de su cara le confirmó que sus suposiciones eran ciertas.

–Permítame que lo anuncie.

Descolgó el teléfono y anunció su presencia. El hecho de que la secretaria le indicara las escaleras le reveló que habían autorizado su entrada. Brent las subió de dos en dos y atravesó con paso ligero el vestíbulo de la segunda planta. Llegó a la puerta cerrada con el letrero de PRIVADO y entró.

–¿Qué te trae por aquí? –le preguntó Hank, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia él.

Aún llevaba puesta la camisa de vestir con gemelos en los puños y la corbata de la sesión de negociaciones de aquella mañana.

Por el conjunto que vestía, una camisa azul celeste arrugada, unos pantalones oscuros y una corbata amarilla, parecía que Greene se hubiera quedado a dormir en el despacho la noche anterior.

–Tenemos que hablar, Hank. Es sobre la lista de nombres que me enseñaste.

Sabía que Hank había puesto al corriente a Greene.

–¿Qué pasa? –preguntó Hank–. ¿Has descubierto algo más?

–Podría decirse así.

Tiró las carpetas que llevaba al suelo. Ahora que se encontraba lejos de la papelera, dentro de una sala cerrada y no susceptible de ser observado, la compostura que había logrado mantener hasta entonces se desmoronó.

Lo único que veía era el cadáver de su padre en el ataúd.

Había permanecido horas sentado junto a él antes del funeral.

Hank se le acercó y lo agarró por el hombro, viendo que estaba afligido.

–¿Tan malo es? –le preguntó su viejo amigo.

Intentó dominar sus sentimientos.

–Horrible.

–Cuéntame todo lo que sabes –dijo Hank.

–Hank, no tienes ni idea de en lo que estás metido. Esos cabrones van muy en serio.

–A ver, serénate. Intenta relajarte. Siéntate. Explícame de qué va todo esto.

–Están asesinando a personas, Hank. Una a una. Sistemáticamente. Están matando a personas para tener más beneficios.

Había alzado la voz. Hank miró a Greene, que estaba sentado en su butaca. Brent se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, sacó el sobre y le entregó la confesión de Bozin a Hank.

–Lee esto.

Greene se acercó y la leyó por encima del hombro de Hank.

–Dios mío –dijo Hank, cuando acabó de revisar el último apéndice–. Conozco a casi todos los nombres que aparecen aquí. –Hank lo miró–. Y tu padre fue uno de ellos.

–Nosotros somos los siguientes.

Hank no dijo nada, pero su expresión revelaba que estaba de acuerdo.

–No necesariamente –dijo Greene, acomodándose de nuevo en la butaca tras su escritorio–. No pueden estar seguros de lo que sabéis ni de lo que tenéis. No pueden arriesgarse a actuar sin pruebas. Necesitan asegurarse antes de hacerlo.

–Me parece que a estos tipos les importan un bledo las pruebas –espetó Brent.

–Desde luego. Si de verdad han hecho eso, como parece ser, por supuesto no querrán que los cojan.

–Si estamos muertos, no tendrán que preocuparse por eso.

–No necesariamente. Bozin se tomó muchas molestias para acercarse a ti. Deben de estar preguntándose por qué, como tú mismo.

–Nos están siguiendo.

–Si eso es cierto, entonces saben que los dos estáis aquí ahora –dijo Greene.

Brent señaló hacia las carpetas del suelo.

–Para eso he traído esos expedientes. Tienes varias demandas presentadas contra nosotros. He dicho en el despacho que venía a cerrar acuerdos. He caminado despacio y no he hecho nada sospechoso. De manera que, si alguien me seguía, no habrá visto nada raro.

–Y yo siempre ando por aquí –dijo Hank.

–Esperemos que aún estén lo bastante confusos para no saber cómo proceder.

Brent cogió el sobre y sacó la grabadora.

–Tenéis que oír esto.

Greene y Hank escucharon. Después leyeron las dos hojas restantes.

–Esos tipos son fascinantes –dijo Greene–.

Han llevado el concepto de una ciudad corporativa a su extremo más lógico.

Son propietarios o controlan la mayoría de los negocios locales más rentables, además de los bancos y la unión crediticia.

Y siempre han metido mano en el hospital y el sanatorio.

Les habrá resultado muy fácil saberlo todo sobre cualquiera.

–Se diría que lo que han hecho te causa admiración –opinó Brent.

–En absoluto. Pero el ingenio es innegable.

–Mataron a mi padre.

Greene levantó las manos.

–Lo sé. Soy consciente. Y lo lamento muchísimo.

Pero, para detener esto, tenemos que entenderlo.

Se han convertido en la autoaseguradora por excelencia.