UN AÑO DESPUÉS
Brent salió por la puerta detrás de Lori Anne.
–Ve a buscar la pelota y los guantes –le dijo–. Yo voy a por mi bate. Ahora nos vemos en el jardín.
Bajó por el camino de ladrillo hacia el garaje para ir en busca del bate de metal. Era el mismo que había usado un año antes para derribar a Frank Barnard. Un recuerdo de una lluviosa noche de verano que nunca olvidaría.
Encontró el bate apoyado contra una de las paredes de estructura vista.
Al cogerlo divisó la caja de pomelos de Florida vieja que había guardado en el garaje de sus padres desde el instituto y que había llegado hasta allí junto con sus otras pertenencias cuando Ashley y él habían comprado su nueva casa.
La bajó del estante y la colocó sobre uno de los bancos de trabajo, a la altura de la cintura.
Eran los bancos del taller de su padre, su madre había insistido en que se los llevara.
Dentro había anuarios de la escuela, trofeos y otros recuerdos familiares, junto a algunos nuevos: revistas y diarios recopilados en los últimos doce meses que explicaban lo sucedido.
Miró algunos de ellos y retrocedió en el tiempo con el pensamiento.
Al alba del día siguiente a aquel fatídico lunes, Hank y él habían conseguido salir de la laguna de Brooks y se dirigieron inmediatamente a comprobar si sus familias estaban bien.
Tras lidiar con las autoridades locales, condujeron hasta Atlanta y recuperaron los documentos originales que Brent había enviado al fiscal del distrito del condado de Fulton.
Necesitaron una hora de explicaciones para que las fuerzas del orden entendieran todas las implicaciones de lo que les decían.
Recordó cómo intentó mantener la calma, hablar con claridad y contener sus emociones, pero el recuerdo de su padre se lo dificultaba.
Finalmente, se obtuvieron órdenes de registro.
Estaba presente cuando se llevaron detenidos a Hamilton Lee y Larry Hughes.
Un gran contingente de agentes estatales y federales participaron en el arresto y el posterior registro de la Torre Azul.
En paralelo a dicho arresto, el Estado de Georgia y el Gobierno de los Estados Unidos se incautaron de todos los activos propiedad de la Southern Republic Pulp and Paper Company, Hamilton Lee, Lawrence Hughes y Christopher Bozin.
Frank Barnard sobrevivió a la fractura de cráneo.
Pero no quedó mucho de Jon de Florio ni del hombre que iba a bordo de la otra lancha para extraer una identificación positiva.
Fue Barnard quien finalmente reveló la identidad de Victor Jacks.
También se localizó una suma considerable de dinero en efectivo que De Florio había amasado a lo largo de sus años homicidas y se requisaron sus cuentas en bancos en paraísos fiscales, que se añadieron a las incautaciones del Gobierno.
El botín final fue asombroso.
El alijo incluía la papelera, la fábrica de bolsas, aserraderos, almacenes, depósitos de madera, miles de hectáreas de pinos, la Torre Azul, Hickory Row, mansiones, propiedades en la playa, cabañas en las montañas, parcelas inmobiliarias diseminadas por todo el mundo,
inmensas cantidades de dinero en efectivo, acciones bursátiles y bonos, una flota de camiones, maquinaria pesada, coches, un jet privado, todas las empresas subsidiarias y auxiliares que Lee, Hughes y Bozin habían acumulado en el condado de Woods y sus alrededores, además de en otros lugares,
y multitud de pertenencias personales, incluidos varios objetos de colección muy preciados.
El monto total superaba los cinco mil millones de dólares.
Hojeó unos cuantos periódicos y recordó el acalorado debate público que siguió acerca de qué hacer con todo ello.
Recordó lo que Bozin le había advertido en su confesión, alegando que todos los activos deberían devolverse a los empleados de la empresa, tanto pasados como presentes.
Hubo quien defendió que deberían repartirse exclusivamente entre las familias de las víctimas.
Para hacer valer sus reclamaciones, familia tras familia interpusieron demandas, sepultando los tribunales de Georgia bajo una avalancha de reclamaciones.
Eran tantas que, al cabo de pocos meses, cerca de doscientos litigios pusieron en riesgo la viabilidad de la empresa, pese a la existencia de esos activos por valor de cinco mil millones de dólares.
Pero una retorcida paradoja solucionó el dilema.
El Programa Prioridad se había implementado con un éxito sin parangón.
Había sido tan eficaz que resultaba difícil determinar de manera fehaciente qué empleados habían sido «procesados» y cuáles habían muerto por causas naturales.
Amparado por la Quinta Enmienda, Frank Barnard se negó a testificar sobre cualquiera de sus acciones personales.
Brent recordó al abogado de un demandante que representaba a los herederos de un nombre que el propio Bozin había verificado que se había procesado y que, creyéndose más listo que los demás, solicitó exhumar el cuerpo de su finado.
Pero la autopsia practicada no reveló nada que demostrara que la causa oficial de su muerte, fallo cardíaco, se hubiera inducido químicamente.
Otras demandas toparon con escollos similares y, sin una prueba irrefutable de causalidad, muchas de ellas se fueron a pique.
Contempló una fotografía suya aparecida en el Atlanta Constitution. Acompañaba a un artículo en portada publicado el otoño anterior, cuando dio una rueda de prensa para presentar el plan que finalmente fue aceptado por el tribunal de quiebras federal.
Todos los activos, tanto los de la empresa como los de sus accionistas, se reintegraron a la corporación.
Entonces se emitieron acciones para todos los empleados, tanto pasados como presentes.
Si el empleado había muerto, la acción pasaba a sus herederos.
Los activos innecesarios, como el avión privado, las mansiones, Hickory Row y la mayoría de los lujos de los que los propietarios se habían rodeado, se vendieron, y el capital obtenido se canalizó a la empresa y en parte se usó para pagar dividendos a los nuevos accionistas.
El reparto de las acciones entre todos los empleados llevaba adjunta la retirada de todas las demandas, cosa que permitió a la Southern Republic Pulp and Paper Company seguir funcionando, ahora convertida en la mayor empresa propiedad de los trabajadores de todo el país.
Pese a que quedó claro que ningún alto cargo, más allá de los tres dueños y De Florio, tenía conocimiento de lo ocurrido, los empleados, y ahora accionistas, se apresuraron a exigir una purga de la nueva junta de doce directivos.
El factor de la confianza se había perdido de manera irrevocable.
De manera que todos los altos y medios cargos fueron despedidos sumariamente.
Brent fue la única persona que la empresa retuvo, ascendido al puesto de asesor jurídico.
Se sentía mal, porque esos hombres y esas mujeres que formaban parte de la dirección también eran víctimas, pero poco podía hacerse por salvarlos.
La nueva junta ofreció a Hank el cargo de director de relaciones laborales.
Contaba con la férrea confianza de los trabajadores.
Pero su viejo amigo declinó la oferta y prefirió permanecer entre las filas de los obreros y enmendar sus errores pasados.
Hamilton Lee y Larry Hughes fueron a prisión.
La supervivencia de Frank Barnard comportó la existencia de un testigo que pudo verificar al menos parte de las acusaciones de Bozin.
Se llegó a un acuerdo de culpabilidad con Barnard para que testificara, mientras que, irónicamente, una vez que todos sus respectivos bienes fueron confiscados, ni Lee ni Hughes pudieron permitirse abogados de prestigio.
Al final, sus abogados de oficio cerraron también pactos de culpabilidad.
Un juez federal de Savannah los sentenció a varias cadenas perpetuas, a las que sumó condenas adicionales por diversos cargos menores.
Ninguno de los dos viviría para ser libre de nuevo.
Tampoco Barnard. Lo mataron a palos en la cárcel del condado de Chatham mientras esperaba la sentencia definitiva.
Justicia divina.
–¿Qué haces?
Se volvió.
Ashley estaba en la puerta del garaje. Contempló a su esposa, con sus vaqueros cortos deshilachados y su jersey de los Jacksonville Jaguars. Casi un año de matrimonio le había sentado de maravilla.
Ashley se le acercó.
–Recordando –contestó él.
Ashley cogió una de las revistas. Un ejemplar del US News & World Report con un artículo en portada que proclamaba a Brent y Hank Reed como las últimas Prioridades.
–Supongo que lo fuimos –dijo él.
–Quizá. Pero, en realidad, el último fue Bozin.
Recordó al viejo con el pelo plateado. Un monstruo, sin lugar a dudas. Pero, al parecer, un monstruo que al final tuvo conciencia, aunque mínima.
–Menudo año –dijo Ashley.
Desde luego, y no solo para él. Ashley había dejado su empleo en correos y desde entonces se había dedicado en cuerpo y alma a organizar acciones para apoyar a las familias de las Prioridades.
Dirigía una de las organizaciones más importantes, la Fundación de Herederos de la Southern Republic, y estaba muy orgullosa de su trabajo.
Brent alargó la mano y le acarició el rubio cabello. Ella se acercó. Se besaron.
–¿Cómo te sientes? –le preguntó él.
–Distinta.
Estaba embarazada de dos meses. Decidieron que tener otro hijo sería algo bueno.
Lori Anne se había adaptado bien, había asimilado la noticia de que Brent era su padre biológico.
Manley Simmons seguiría formando parte de su vida, ahora reconvertido en el «tío Manley».
Todo el mundo parecía contento con la nueva situación.
–Papá –dijo Lori Anne.
Se volvieron para mirarla, fuera del garaje.
–Se suponía que ibas a por el bate. No a besuquearos.
–Pero me gusta besuquear a tu madre.
–¿Puedes venir ya?
Miró a su mujer.
–Tengo que irme.
Cogió el bate y se dirigió con paso decidido al patio de atrás.
Su regreso a Concord había sido agridulce.
Pero quizá hubiera salido algo bueno de todos aquellos años de errores.
Lo único que ahora quería era construir una vida para su mujer, su hija y su hijo en camino.
Vivían solo a un par de manzanas de su madre, en una calle arbolada salpicada de elegantes casas de madera victorianas y viviendas de ladrillo de dos plantas de corte más moderno.
Su casa era una de las más antiguas. Se la habían comprado a una familia que abandonó rápidamente la zona una vez que se supo la verdad.
Necesitaba desesperadamente reparaciones, una renovación integral, pero no estaba mal.
Su padre lo había hecho por él y él también tenía intención de construir un hogar para sus hijos.
Su madre estaba bien, disfrutando de su nieta y entusiasmada con la llegada de su nuevo nieto.
Brent esperaba de corazón que le quedaran más años buenos.
Habían descubierto que un médico de Savannah le había diagnosticado a su padre una forma rara de leucemia.
La empresa lo sabía porque tenía acceso a su historial médico.
El tratamiento iba a comportar gastos astronómicos, así que, antes de que Brian Walker reuniera siquiera el valor para decírselo a su mujer, lo habían convertido rápidamente en una Prioridad y lo habían matado.
Brent seguía sintiendo arrebatos de ira esporádicos.
Pero, en general, se sentía liberado, tranquilo, en paz y a las riendas de su vida, como si todos los tabúes e ideas delirantes que lo habían aplastado durante tantos años finalmente se hubieran hecho añicos.
De vez en cuando se aventuraba a cruzar el lago Eagle en el viejo esquife de aluminio.
A veces solo. Otras, con Ashley y Lori Anne.
Esperaba que, con el tiempo, sus hijos exploraran todos sus recovecos y acabaran conociéndose aquel lago tan bien como él.
Y aunque las explosiones habían destruido el umbral de ramas de la laguna de Brooks y la habían hecho fácilmente accesible, no pensaba volver allí. No podía explicar por qué.
Lo único que sabía es que prefería no perturbar a los fantasmas del bien y del mal que merodeaban en aquellas orillas.