DÍA 18VIERNES, 23 DE JUNIO #2
Era evidente que se le echaría de menos.
Brent permaneció un rato con las secretarias antes de entrar en su despacho.
La última semana no había andado mucho por allí y vio una serie de expedientes nuevos apilados a un lado.
Requerían atención. Con suerte, las negociaciones habrían concluido el lunes o el martes, y podría reincorporarse al trabajo.
Sacó la memoria USB del sobre y la insertó en su ordenador de sobremesa.
Haciendo caso de la instrucción de Bozin de ver el material en privado, cerró la puerta del despacho con llave.
Escribió con el teclado y el monitor mostró el índice de los archivos contenidos en aquella unidad. Solo había uno, titulado CONFESIÓN.
Lo abrió en la pantalla.
Era un texto dirigido específicamente a él y con fecha del día anterior. Resistió la tentación de desplazarse hasta el final del contenido.
En lugar de ello, empezó a leer.
Siempre he sido aficionado a la historia.
Hace años leí el relato de Qin Shi, un gobernante del siglo II a.
C. que consolidó en una única entidad política lo que con el tiempo se llamaría China.
Sin embargo, Qin Shi tenía enemigos. A montones.
Diseminados por todas partes, protegidos por montañas, ríos, bosques, murallas y, en ocasiones, por el mero anonimato.
Con vistas a mantener su imperio debía hallar una manera de controlar a esos enemigos.
Pero ¿cómo? Sus asesores estuvieron dándole vueltas al problema durante años.
Pensaron en el uso de la fuerza, la ejecución, el encarcelamiento y el destierro.
Pero todo ello tenía un precio en términos de tiempo, energía y represalias.
También se plantearon no hacer nada. Pero el mensaje que enviaba la indiferencia los precavió en sentido contrario.
Finalmente, fue el propio emperador quien ideó el método que resultó ser más eficaz.
Ordenó construir una ciudad repleta de magníficos palacios y espléndidas heredades, cada uno de ellos perfectamente acondicionado a las necesidades de la aristocracia que al poco los ocuparía.
Dotó la ciudad de centenares de sirvientes encargados de proporcionar toda la mano de obra que los habitantes necesitarían.
Convirtió la ciudad en un lugar opulento.
Un lugar digno de envidia. Un lugar donde la gente ansiaba vivir.
Y luego ordenó a todos sus enemigos vivir allí.
Muchos refunfuñaron al principio. Pero una vez instalados y acostumbrados a los lujos que se les proveían gratuitamente, les resultó difícil abandonar aquel lugar.
Ninguno de ellos lo hizo. Esa era, en realidad, la idea.
Que los habitantes tuvieran una buena vida.
Porque eso daba a Qin Shi la ventaja de retener a todos sus enemigos en un único lugar.
La rebelión pasó a ser casi inconcebible.
La sedición desapareció. Qin Shi descansaba más tranquilo cada noche sabiendo que sus enemigos estaban vigilados en todo momento por sirvientes absolutamente leales a él, y sus descendientes gobernaron China sin oposición durante otros doscientos años.
La metodología de la Southern Republic Pulp and Paper entronca con la de los tiempos de Qin Shi.
Nosotros también construimos una ciudad y hemos reinado en los confines de Concord.
Pero, tal como ocurrió con los enemigos de Qin Shi, quienes durante más de dos mil años se deleitaron ajenos a sus planes en los lujos de su entorno, ningún habitante del condado de Woods ha sido nunca consciente del alcance de nuestra presencia.
Durante los primeros años de nuestra existencia, obtuvimos el capital operativo mediante préstamos y contrajimos fuertes deudas.
Ubicamos la empresa fuera de Atlanta, en espacios alquilados en distintos edificios de oficinas del centro de la ciudad.
Hubo que aguardar a que la empresa tuviera ya varios años para construir por fin la Torre Azul.
Retener personal formado y estable es fundamental para el éxito de una empresa a largo plazo.
Por eso, inmediatamente implementamos un programa de desarrollo para mejorar las infraestructuras de Concord y el condado de Woods.
Nuestro primer proyecto fue el Banco Estatal del Condado de Woods, que ofrecía un abanico de servicios por entonces no disponibles a escala local.
La institución no tardó en prosperar y ser complementada con la Unión de Crédito de la Southern Republic, también controlada por la empresa.
Con el tiempo, nos diversificamos en inversiones menos transparentes, sin un vínculo tan evidente con la empresa ni con una persona en concreto.
La decisión de ocultar nuestra condición de propietarios se concibió más como una táctica de relaciones públicas que como otra cosa (no quisimos ser nunca una ciudad corporativa) y se invirtieron grandes sumas de dinero en adquirir negocios variados.
He aquí algunos ejemplos: Hamilton Lee es el propietario del Hardee’s, el Burger King, Ace Hardware, el centro de materiales para la construcción, el concesionario de la Ford, la tienda NAPA y, junto con otros socios, del centro comercial Oak Trail.
Larry Hughes invirtió en colmados, comprando parcelas comerciales en todo el condado.
Hughes posee también contratos de abastecimiento de gasolina en exclusiva con varios proveedores al por mayor.
La construcción inmobiliaria fue otro de los ámbitos en los que se centró.
Más del cincuenta por ciento de las casas erigidas en Concord en los últimos treinta años las construyeron sus empresas.
Hughes es asimismo propietario del concesionario de General Motors, del mercado de productos agrícolas, de la funeraria, del mercado de segunda mano del norte del condado, de varios espacios de oficinas comerciales y del centro comercial Bull Creek.
Yo me mantuve en la banca, donde abrí el Banco de Ahorros del Sur de Georgia Central de la competencia.
Partimos de la base de que había negocio suficiente al menos para otra institución financiera, de manera que, antes de que otra persona diera el paso, acordamos que la abriera yo.
También soy accionista mayoritario del concesionario de Toyota, de los hoteles Econo Lodge y Eagle Lake Lodge, del McDonald’s, del área de servicio para camiones de la autopista 16-A, de la cadena de televisión por cable y, como Hughes, de diversos edificios comerciales en todo el condado.
Todas estas propiedades están enumeradas al final de esta confesión, en el Apéndice A.
El Apéndice B recoge una lista de parcelas sin urbanizar también de nuestra propiedad.
Somos grandes terratenientes. Desde un buen principio fuimos conscientes de qué podría ocurrir si nuestra inversión daba fruto, de manera que decidimos adquirir el máximo número de parcelas posible.
Conviene que sepas que todos estos negocios y parcelas de terreno están controlados mediante sociedades gestoras, a su vez propiedad de sociedades de cartera, que a su vez pertenecen a corporaciones controladas por uno de nosotros, por dos o por los tres.
Los nombres de todas estas sociedades de responsabilidad limitada y partenariados se recogen en el Apéndice C.
Ninguno de estos negocios fue excepcionalmente rentable; de hecho, algunos perdieron dinero.
Y, a diferencia de Qin Shi, nosotros no poseemos ni lo controlamos todo en la ciudad.
Pero sí lo suficiente para proporcionar los medios por los que una cantidad sustancial de los salarios de la empresa podían reciclarse para llenar nuestros bolsillos.
Alguien, o alguna entidad, iba a beneficiarse de manera secundaria de nuestra inversión.
De manera que consideramos que preferíamos ser nosotros quienes nos lleváramos el grueso de ese dinero.
Incluso acuñamos un nombre, «nómina reciclada», para los dólares generados a través de estos negocios secundarios.
Esta diversificación acabó proporcionándonos otra ventaja que en un principio no supimos ver, pero que ahora consideramos de un valor incalculable.
Acceso a una enorme cantidad de información personal.
Registros bancarios, datos fiscales, información crediticia, historiales de compras, adquisiciones de automóviles nuevos y de segunda mano y cosas por el estilo.
Nuestro plan original consistía en diez años de inversión seguidos de varias décadas de beneficios.
Sin embargo, baches inesperados en la economía, dos recesiones (una de ellas bastante profunda) y la competencia extranjera hicieron que el precio del papel se desplomase.
En paralelo, nuestros tres sindicatos exigían de manera implacable aumentos salariales y nuevas prestaciones.
Entramos en una espiral peligrosa que fácilmente podría habernos obligado a reducir la mano de obra o incluso a cerrar las puertas.
Pero eso no ocurrió y para entender por qué hay que explicar una serie de aspectos adicionales relativos a la Southern Republic.
En un inicio, como la mayoría de las empresas, ofrecíamos el seguro sanitario a través de diversas aseguradoras externas.
Y lo mismo ocurría con la cobertura de las indemnizaciones de nuestros empleados y los programas de pensiones de jubilación.
A medida que pasaron los años, los costes asociados con estos proveedores terceros se dispararon y las continuas demandas de más prestaciones por parte de los sindicatos agravaron una situación ya de por sí difícil.
Entonces, con la entrada en vigor de la Ley de Atención Sanitaria Asequible, nuestras coberturas se vieron sometidas a nuevas presiones financieras.
Imagina que pudiéramos dar con una fórmula que permitiera controlar todos estos gastos.
Quizá incluso predecirlos con una certeza razonable.
Una empresa con esa capacidad tendría una ventaja indudable.
Y nosotros la encontramos.
El asesinato.
Robbie Shuman fue el primero. Hablamos de él la otra noche en mi casa.
Baste con decir que Shuman no fue víctima de un acto violento aleatorio, tal como dieron por sentado tanto la policía como todo el mundo.
Fue asesinado por un matón a sueldo, y se reveló de manera póstuma que era un ladrón para destruir su credibilidad.
La segunda vez fue un accidente afortunado.
Corey Horne era un trabajador del papel jubilado que, por desgracia, necesitaba un trasplante de corazón.
Nuestra aseguradora de salud en aquel entonces temblaba solo de pensar en la previsión de gastos.
Por suerte para ella, y para nosotros, Horne murió por causas naturales antes de incurrir en ellos.