DÍA 17JUEVES, 22 DE JUNIO #3
Habría repercusiones severas. Brent se debatía sobre si sacar el tema a colación en ese momento, pero decidió respetar los deseos de Hank y se limitó a preguntar:
–¿No tiene usted un abogado personal que se encargue de esto?
–Varios, a decir verdad. Pero están en Atlanta y tú estás aquí, en Concord. Además, tiene relación con la empresa.
–¿Y qué hay del director jurídico? ¿No debería ser él quien lo guardara?
–Prefiero que lo hagas tú. Considéralo una petición específica de jefe a empleado, si quieres.
Ahora tiraba de galones.
–Señor Bozin, tengo mis reservas. Me refiero a que mi jefe podría tomarse esto de la forma equivocada.
Concord es una ciudad pequeña. Aquí las noticias corren como un reguero de pólvora.
Válgame Dios, si hay un coche de la empresa aparcado delante de mi casa...
No quiero que nadie piense que llevo menos de un mes en el trabajo y ya intento arrebatarle el puesto a mi jefe.
–Te aseguro que nadie sabrá lo que estamos haciendo. Esto es exclusivamente entre tú y yo.
Seguía dudando y Bozin pareció percibir sus reservas.
–Soy consciente de que podría haberle pedido al director jurídico que se ocupara de este asunto.
Pero, si te lo pido a ti, es precisamente porque llevas menos de un mes en el trabajo.
Entiendo que eres nuevo en la empresa y en el sector.
Yo, en cambio, soy todo lo contrario. Por eso, te pido que confíes en mí, de jefe a empleado, y me hagas este favor.
–Veo que no aceptará un no por respuesta, ¿no?
–¿A ti qué te parece? –Bozin le entregó el sobre y sonrió–. Te lo agradezco mucho, Brent. Esta noche dormiré más tranquilo sabiendo que ya he resuelto este asunto.
Una vez fuera, Chris permaneció en pie unos minutos, admirando los parterres de flores llenos de alegrías blancas y poblados arbustos verdes, mientras se despedía con alegría de Catherine y Brent Walker.
Finalmente, entró en su camioneta Ford blanca y se marchó.
Había varios vehículos en la calle. Entre ellos, un Buick azul oscuro aparcado y aparentemente vacío.
Pero, en cuanto pasó por su lado y dobló la esquina, lo divisó por el retrovisor...
... siguiéndolo.
18:30 h
El carillón daba la media hora cuando Chris abrió la puerta y entró en su casa en Hickory Row.
Declinó la cena y subió directamente a su habitación.
Una ducha caliente lo relajó. Con el pijama y el batín puesto, se acomodó en un diván francés tapizado dispuesto en diagonal en un rincón de su dormitorio.
Cuando él ya no estuviera, estaba convencido de que Lee y Hughes escalarían drásticamente el Programa Prioridad.
Hacía tiempo que daban señas de ello. Tres meses atrás, Lee había intentado utilizarlo para reducir la competencia de la empresa en una licitación gubernamental.
Pero Chris había bloqueado su intento gracias a un Larry Hughes, que, nervioso y temeroso, se puso de su parte.
Habían hablado en repetidas ocasiones de eliminar a algunos de los comerciales más agresivos y eficientes de sus competidores.
Y a ello se sumaba el uso completamente desautorizado del verano pasado, cuando, para cerrar un trato, Hughes le había ordenado a De Florio chantajear al agente de compras de una cadena de supermercados que tenía la desgracia de no tener una, sino dos novias, además de esposa.
Ninguno de esos supuestos se había contemplado en los inicios del programa.
Y ese era uno de los motivos para hacer lo que había hecho.
El otro, y quizá el más importante, era su odio hacia los dos hombres que pronto heredarían el control absoluto del imperio que él había construido.
Pero Chris no era ningún ingenuo.
Lee y Hughes no se detendrían ante nada para taponar la filtración que había dejado en su estela.
Lo habían seguido desde Concord, de manera que probablemente ya estuvieran al corriente de su visita a la casa de los Walker.
Además, había entrado con el sobre marrón a la vista y había salido sin él.
Antes, Lee ya había mencionado a la madre de Brent.
¿Hacía bien implicando al joven abogado?
¿Poniéndolos a él y a su familia en un peligro evidente?
¿Y qué había de la hija y la nieta de Hank Reed?
Ahora también estaban en el punto de mira.
No le cabía duda de que enviarían a De Florio, tras consultar sus expedientes, y de que este daría indicaciones a sus colaboradores sobre cómo proceder exactamente.
Había sido eficiente y despiadado. «Son solo negocios».
Él mismo lo había dicho en más de una ocasión.
Quizá lo que había preparado proporcionara a Reed y a Walker al menos una posibilidad de éxito.
Esa era su esperanza.
Aun así, había algo cierto.
Brent Walker y Hank Reed tendrían más ventaja táctica que cualquier otra Prioridad anterior, salvo, por supuesto, él mismo.
23:59 h
Jon giró el pomo de latón de la puerta del patio interior.
Estaba abierta.
Sonrió.
Empujó la puerta hacia dentro y entró sin hacer ni un ruido.
El reloj del vestíbulo anunció la medianoche. Subió despacio las escaleras, de una en una, con la alfombra protectora amortiguando sus pasos y la moqueta del descansillo enmascarando cualquier ruido.
Una vez ante el dormitorio, abrió la puerta hacia dentro.
–Buenas noches –dijo Chris en medio de la oscuridad.
Seguía recostado en su diván, hacía unas horas que dormitaba, mientras aguardaba pacientemente.
De Florio cerró la puerta.
–Buenas noches, señor Bozin. El señor Lee me advirtió que probablemente me estaría esperando.
–Supongo que soy una Prioridad.
–Por desgracia, sí.
–Qué ironía, ¿no? Un programa que yo mismo concebí y que ahora se utiliza para eliminar a su creador.
De Florio no dijo nada.
–¿Es así como se hace? –preguntó–. ¿Apareces sin más?
–La sorpresa es un elemento que usamos en nuestra ventaja. Por supuesto, en este caso no la ha habido.
–¿Cuántos han sido, Jon? ¿Cuántas visitas en plena noche?
–No llevo la cuenta. Me limito a hacer mi trabajo. El que usted y sus socios me encargan.
Chris se puso en pie, se dirigió a la cama y se sentó en el borde.
De Florio se le acercó, hasta quedar justo delante de él.
–¿Hay un expediente sobre mí, Jon?
–No, señor. No había ni tiempo ni necesidad. Dejó usted un rastro evidente hasta su médico, que respondió a todas las preguntas.
–¿Cómo me vas a procesar?
–En realidad, he pensado en darle alternativas. He traído sustancias químicas para inducir un fallo cardíaco o uno renal.
–¡Qué considerado! Todo coherente con mi cáncer, supongo.
–Por supuesto.
–¿Y qué hay de la autopsia? ¿No es una posibilidad? A fin de cuentas, mi enfermedad no supone una amenaza para mi vida en este momento. Aún me queda algo de tiempo.
–El señor Lee ha dejado instrucciones para que lo incineren por la mañana.
Asintió con la cabeza.
–Una vez que le digan a todo el mundo que me estaba muriendo, nadie cuestionará nada. Mi médico confirmará el cáncer y mi muerte se dará por buena.
–También ayuda que el forense local trabaje en la papelera. Colaborará de buen grado. Estoy seguro.
–No lo dudo. ¿Y tú lamentarás mi muerte, Jon?
–Ha sido usted un jefe excelente. Lo echaré de menos, como mucha otra gente.
–De eso no estoy tan seguro. Una vez que el mundo descubra lo que hicimos, dudo que nadie me añore.
–¿Y cómo lo descubrirán?
Una risa ahogada. Brevedad frente a la muerte.
–Muy listo, Jon. Estoy seguro de que Hamilton te ha pedido que averigües todo lo que puedas.
–Solo hago mi trabajo, señor.
–Y lo haces de maravilla. –Su sarcasmo era evidente–. Esas dos opciones que has tenido la amabilidad de darme ¿me provocarán una muerte instantánea?
–Así es. Siempre trabajamos así.
–¿Algún dolor asociado?
–Ninguno, he sido muy cuidadoso escogiendo sustancias indoloras.
–Nuevamente, muy considerado por tu parte.
–Como ya he dicho, ha sido un placer trabajar para usted. –De Florio se le acercó–. Señor Bozin, ¿puedo preguntarle, a nivel personal, por qué hace esto?
Miró a través de la oscuridad la sombra de la muerte. Había aparecido con la misma certeza que si se hubiera estado quitando él mismo la vida, lo que, en cierto sentido, estaba haciendo.
–El cáncer es una manera lenta y dolorosa de morir. Créeme, lo que estás a punto de hacer es un alivio.
–Pero ¿por qué destruir la empresa, su reputación, a sus socios?
–«Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?», Marcos 8, 36. Yo arruiné la mía hace mucho tiempo.
Se puso en pie y, como cada noche, se quitó el batín de seda y lo colocó con cuidado a lo ancho de los pies de la cama. Se tumbó entre las sábanas y se levantó la manga del pijama, exponiendo su brazo.
–Supongo que, como no habrá cuerpo para examinar, no tiene sentido ocultar el punto de inyección.
–No parece necesario.
–Fallo cardíaco. Prefiero esa opción.
De Florio se llevó la mano al bolsillo derecho de su abrigo y extrajo una jeringuilla.
–¿Cómo las distingues?
–Les enrollo gomas alrededor. Una o dos. El tacto es un sentido importante que mucha gente acostumbra a pasar por alto.
Sonrió.
De Florio se sacó una linterna de bolsillo del pantalón, la encendió y la sujetó entre los labios.
–¿Quieres que la sostenga yo? –preguntó Chris.
De Florio se sacó la linterna de la boca.
–Si lo prefiere.
Sostuvo la luz por encima de su brazo izquierdo. De Florio le insertó con delicadeza la aguja y vació el tambor de la jeringuilla. Chris le devolvió la linterna y se acomodó en la almohada.
–Buena suerte, Jon.
–Lo mismo digo, señor Bozin.
Se le paró el corazón.
Fue rápido.
Era raro no notar el latido.
Se quedó mirando hacia delante, a la oscuridad, mientras su cerebro consumía las últimas moléculas de oxígeno disponibles. Su último pensamiento consciente fue para Brent Walker y Hank Reed.
Les deseó buena suerte también.