DÍA 17JUEVES, 22 DE JUNIO #2
Rebobinó la cinta y sacó un sobre marrón grande de uno de los cajones de su escritorio.
Le gustaban de esa marca porque el fabricante usaba papel de estraza producido por la Southern Republic.
Extrajo de su chaqueta la memoria USB y la metió dentro.
En un par de hojas con membrete escribió sendas notas, las cerró con cinta adhesiva y las metió también en el sobre.
Luego, deslizó la micrograbadora con la cinta dentro, lamió la solapa, la cerró y le adhirió un trozo de cinta adhesiva por fuera para mayor seguridad.
Vivía en tiempo prestado.
No albergaba demasiadas dudas acerca de lo que Lee y Hughes harían. Probablemente tuviera hasta el anochecer.
Pero no más.
Se dirigió poco a poco al cuarto de baño, se lavó la cara con agua e intentó recomponerse. Notaba un dolor cada vez más fuerte en el abdomen. Tenía que regresar a las negociaciones y era importante simular calma.
Completaría más tarde el último paso de su plan.
13:50 h
Lee se subió a un carrito de golf y condujo hasta el extremo nordeste de Hickory Row. La línea del condado dividía la propiedad casi por la mitad, de tal manera que una serie de casas para invitados quedaban a una distancia del río Savannah y los tres campos de caza de codornices practicable a pie.
Una carretera pavimentada conocida con el pertinente nombre de la calle de los Árboles de Sombra serpenteaba hacia el norte entre nogales americanos.
El sofocante aire de la tarde envolvía las cosas como un jarabe templado.
Una mezcla de hierbas y paja apelmazada salpicada por enormes piñas hacía las veces de patio delantero de una de las casas de invitados más pequeñas.
Las ardillas se escabulleron para ponerse a cubierto cuando el silbido eléctrico del carrito anunció su presencia.
Aparcó detrás de la ranchera blanca que ya estaba allí y llamó con los nudillos a la puerta.
De Florio le abrió.
Entró al interior refrescado por el aire acondicionado y se sentaron.
–El señor Hughes y yo hemos decidido que hay que procesar a Bozin de inmediato. Al parecer, pretende que todos nosotros, tú incluido, acabemos en prisión.
–¿Algún condicionante?
–Chris tiene cáncer de próstata terminal. Haz que parezca coherente con eso.
De Florio asintió con la cabeza.
–Es muy probable que Bozin te esté esperando.
No lo decepcionemos. Procede de inmediato.
Pero no hasta esta noche. Eso nos dará al señor Hughes y a mí tiempo para regresar a Atlanta.
Y una vez que se descubra su muerte, quiero que incineren su cuerpo enseguida.
Era su deseo expreso. Chris me lo había dicho muchas veces.
–Me encargaré de ello.
Le encantaba que De Florio apenas formulara preguntas y se limitara a actuar.
–Estaba seguro de que podía confiar en ti.
16:40 h
–Quiero saberlo –volvió a decir Brent–: ¿Lori Anne es mi hija?
Su voz había ido en aumento con cada una de las negaciones de Ashley.
–No. Y no te hagas ilusiones.
–No me las hago. Pero quiero saber la verdad.
–Cuando la concebí, tenía marido.
–Nació ocho meses después de que os casarais.
–Sé que estás familiarizado con el sexo premarital.
–Que tanto tú como yo practicamos al mismo tiempo.
–Brent, Lori Anne es hija de Manley.
–Te creí –le dijo Brent, recordando la conversación de hacía diez años.
–Es la única vez que te he mentido –replicó Ashley, con el rostro compungido y los ojos llorosos–. Tenía planeado decírtelo, pero, cuando me dijiste que ibas a casarte con Paula, pensé que era mejor dejarlo pasar. No me pareció que necesitaras saberlo.
–Deberías habérmelo dicho.
–¿Y qué habrías hecho? ¿Dejarla para casarte conmigo? Te dijo que estaba embarazada, ¿recuerdas? Por eso, te casaste con ella.
–Me habría casado contigo.
–Entonces, ¿habrías escogido a una hija que ya había nacido antes que al bebé que estaba de camino? Venga ya, Brent. No tienes ni idea de lo que habrías hecho.
–Pero ¿cómo es posible? Creía que tomabas precauciones.
–La píldora no es eficaz al cien por cien.
–¿Alguna vez dudaste de quién era el padre?
Ella negó con la cabeza.
–Cuando concebimos a Lori Anne, tú eras el único hombre con quien había estado.
Por supuesto que Manley y yo dormíamos juntos.
Pero no cuando ella fue concebida. Y quiero que sepas que ni entonces ni nunca he ido de cama en cama.
Solo ha habido cuatro hombres en mi vida.
Tres maridos, pero sabe Dios que con ellos no ejercía mucho de esposa, y tú. Nadie más.
–¿Lo sabe Manley?
–No con seguridad. Pero lo sospecha. En su favor debo decir que nunca ha dicho nada y que siempre ha sido bueno con Lori Anne. Es el único padre que ella conoce.
–¿Cómo reaccionará a esto?
–Buena pregunta. Y precisamente es el motivo por el que he guardado silencio.
–¿Y por qué me cuentas la verdad ahora?
–No podemos construir algo sobre mentiras. Además, tu madre vino a verme.
Brent se sorprendió.
–Me contó lo de su enfermedad. Merece pasar tiempo de calidad con su nieta. No podemos seguir cometiendo los mismos errores una y otra vez. Estamos haciendo daño a otras personas con nuestra insensatez.
Tenía razón. El uno por el otro, habían montado un buen lío.
–Lo siento muchísimo, Brent. Por todo.
–Creo que soy yo quien debería disculparse. Los dos hemos desperdiciado un montón de años.
–Yo no diría eso.
Brent sabía a qué se refería.
–Tenemos a Lori Anne.
Media hora más tarde, se marchó de casa de Ashley y condujo hasta la suya.
Debería estar enfadado por los años en los que le había privado de su hija.
Pero llevaba demasiado tiempo enfadado. Y era padre.
Increíble. Quizá Ashley y él finalmente pudieran empezar a construir algo bueno.
Había sentido cierta aprensión acerca de regresar a Concord, estaba convencido de que la distancia física bastaba para mantener el pasado a raya.
Pero ahora se alegraba del cambio. Él nunca quiso que Paula muriera.
Fue ella quien tomó esa decisión. Y quizá esa fuera su intención al hacerlo.
Causarle tales remordimientos que nunca más pudiera ser feliz.
Quién lo sabía. Sin embargo, de lo que no había duda era de que esa había sido su vida en los últimos años.
Pero eso se había acabado.
Era hora de empezar de nuevo.
Dobló por Live Oak Lane y aminoró la marcha al acercarse a la casa de sus padres.
Aparcado junto al bordillo había un vehículo blanco de Hickory Row. Aparcó y se dirigió rápidamente a su casa. Su madre lo recibió en la puerta.
–Ha venido alguien a verte.
Miró a su derecha y vio a Christopher Bozin sentado cómodamente en el salón.
Su jefe se puso en pie.
–Debería haber telefoneado, pero necesitaba verte con urgencia antes de regresar a mi casa esta noche.
–Lamento haberle hecho esperar.
Bozin hizo un gesto de disculpa con la mano.
–Tu madre y yo hemos tenido una charla maravillosa.
–Os dejo para que podáis hablar –dijo su madre–. Me alegro de haberle conocido al fin.
Bozin le hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza y le sonrió.
Se sentaron. Se dio cuenta de que Bozin llevaba el mismo traje y la misma corbata que durante las negociaciones.
–Bonita casa.
–Mis padres la compraron cuando yo era pequeño y la fueron arreglando a lo largo de los años.
Bozin señaló una de las fotografías que había sobre la mesa que tenía al lado.
–¿Es tu padre?
Un marco victoriano deslustrado rodeaba a un hombre y a una mujer de mediana edad.
Brent hizo un gesto afirmativo.
–¿Estabais unidos?
–Era hijo único, era difícil no estarlo.
–Parece haberos procurado una buena vida a tu madre y a ti.
–Así es. Pero parte de ese crédito se lo debemos a la Southern Republic. La papelera se aseguró de que tuviéramos las prestaciones que necesitábamos, además de un buen salario.
Bozin asintió.
–Sí, anoche ya hablamos de eso. ¿Crees de verdad que hicimos algo bueno aquí, en Concord?
–Sin duda.
Bozin hizo una pausa momentánea, mientras parecía tomar aire. Luego, dijo:
–Estoy seguro de que te estarás preguntando por qué uno de los propietarios de la empresa se ha dejado caer por tu casa sin previo aviso.
–Se me ha pasado por la cabeza, sí.
–Primero, dime qué ha ocurrido en las negociaciones. No he podido regresar para estar presente.
–La AIM y la HITSE han estado discutiendo toda la tarde. Uno de los miembros de la comisión negociadora de Reed se ha vuelto contra él, en rebelión abierta, por el contrato de cinco años. Se han dicho palabras duras en la mesa.
Bozin rio.
–Apuesto a que Hank se habrá puesto hecho una furia. Eso es lo que intenta evitar a toda costa. No dejarle nunca a la otra parte ver el conflicto. La oportunidad es demasiado buena para dejarnos dividir y ganar.
–Ha convocado una reunión de los miembros de la HITSE para esta noche. Me ha asegurado que mañana por la mañana habrá aplastado toda oposición.
Su jefe sonrió.
–No me cabe la menor duda.
Tenía curiosidad:
–¿En qué puedo ayudarle?
–Tengo algo que quiero que guardes. –Bozin alargó la mano tras él y cogió un sobre marrón–.
Para mí es importante saber que alguien en la empresa tiene esta información.
Me gustaría que lo guardaras en un lugar seguro.
Si por algún motivo quedo incapacitado, o muero, por favor, haz exactamente lo que indica dentro.
¿Qué estaba pasando? En el despacho del fiscal del distrito habían transcurrido meses antes de que hubiera hablado siquiera con su jefe.
En cambio, aquí ya habían mantenido conversaciones privadas, una cena en Hickory Row y ahora uno de los dueños estaba sentado en su salón pidiéndole un favor personal.
Era un recién llegado a la industria del papel, poco más que un desconocido para Bozin.
Y, sin embargo, aquel hombre quería establecer relación con él.
¿Por qué?
Además, seguía perturbándole la lista con los números de la Seguridad Social y las muertes asociadas con cada uno de ellos.
Le habría gustado hacer algunas investigaciones oficiales con la dirección.
Pero Hank le había pedido que no dijera nada hasta que las negociaciones hubieran concluido.
Sin ningún género de duda, le cuestionarían acerca de cómo había obtenido esa lista y Hank no quería verse obligado a responder hasta tener los contratos firmados y sellados.
Sospechaba que Hank también intentaba proteger a la fuente que había andado fisgoneando en el sistema.