La lista DÍA 17JUEVES, 22 DE JUNIO
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DÍA 17JUEVES, 22 DE JUNIO

11:16 h

Finalmente, Chris se presentó en la sesión matutina de las negociaciones contractuales.

Lo habían retenido en la fábrica, donde se había pasado casi una hora revisando por última vez la memoria USB.

Llegó al Comfort Inn justo en el momento en el que la IUTP finalizaba sus negociaciones del contrato.

Asombrosamente, se había llegado a un consenso en todos los puntos con los trabajadores del papel y el director de la delegación de la empresa le informó con orgullo de que se había iniciado la redacción de un acuerdo preliminar.

La rapidez le sorprendió, sobre todo teniendo en cuenta la predicción de Reed de la noche anterior, pero un guiño de este durante la pausa le indicó que la jugada había salido mejor de lo que anticipaba.

–Uno cerrado, faltan dos –le dijo Chris al director ejecutivo desde su móvil en el vestíbulo.

Ambos se alegraban de que un tercio del trabajo ya estuviera hecho.

Colgó y, cuando se dirigía de nuevo a la sala de reuniones, un guardia de seguridad que llevaba apostado fuera toda la semana se le acercó. Había albergado dudas acerca de aquel hombre, se preguntaba si trabajaba para De Florio. Como mínimo, tenía claro que le informaba de lo ocurrido.

–El señor De Florio ha pasado por aquí antes –le dijo el guardia–. Como usted no estaba, le ha dejado esta nota.

El hombre le entregó un papel. Mientras el guardia se alejaba, lo abrió y lo leyó:

TE ESPERAMOS,YA SABES DÓNDE

Sonrió.

Por supuesto que lo sabía. Parecía que por fin sus socios habían recibido el mensaje.

Perdió deliberadamente el tiempo durante otra media hora antes de salir del Comfort Inn.

Luego, en uno de los coches blancos de Hickory Row, él mismo condujo directamente hasta el Palacio de Drácula.

Su personal le había dicho cómo apodaban a aquel lugar y le pareció que era un apodo muy acertado.

No solo como referencia a su peculiar arquitectura, sino como una descripción pertinente de su ocupante.

Un sirviente le abrió la puerta y lo condujo hasta el estudio privado de Lee.

Al entrar, cerraron la puerta a su espalda.

Lee estaba sentado a un pequeño escritorio. Hughes estaba delante de él. Sus rostros revelaban que ninguno de los dos estaba de buen humor.

–¡Caramba! ¿Qué os trae a los dos por estos bosques de Georgia?

–Sabes perfectamente por qué estamos aquí –le espetó Lee.

Se acomodó en una butaca y decidió hacerse el despistado.

–Por favor, iluminadme.

–Sabemos que tienes problemas de salud –le dijo Hughes–. Y hemos leído la confesión que había en tu ordenador. ¿Qué pretendes demostrar, Chris?

Fulminó con la mirada a Hughes.

–No pretendo demostrar nada. Al contrario, lo que pretendo es refutar cosas.

–¿Qué quieres decir?

–¿Qué eras tú hace treinta años, Larry? Un comercial papanatas que dejaba en depósito bolsas de papel de estraza en cadenas de tiendas preocupado por cuánta comisión acabaría cobrando el mes siguiente.

Vivías en una caja de cerillas de tres dormitorios y probablemente cada verano agonizabas por si habías ahorrado lo suficiente para tomarte dos asquerosas semanas de vacaciones.

¿Y qué conducías? ¿Un cacharro con ciento sesenta mil kilómetros?

Y mírate hoy. Ese traje que llevas puesto debe costar unos mil dólares.

Y esos gemelos mucho más. Y ese reloj de diamantes debe de valer al menos veinte de los grandes.

¿Y qué tienes, dos amantes? ¿Y cómo has venido hasta aquí?

¿En el jet privado? Has prosperado mucho.

–Desde luego.

Se volvió hacia Lee.

–¿Y qué hay de ti, Hamilton? Un ayudante de director de producción en una fábrica de papel.

Un hombre asalariado que cobraba por cuarenta horas y trabajaba sesenta.

Sujeto a que la dirección lo despidiera por capricho sin motivo.

Más o menos como los centenares de empleados que ahora trabajan para ti.

La pertenencia a varios clubes de campo, las cenas en la mansión del gobernador y las comidas con el alcalde actuales no encajan demasiado con este tipo de empleo, ¿no es cierto?

–¿Adónde quieres llegar, Chris?

–Lo sabéis perfectamente. Hace años que los dos lo sabéis.

Desde que decidisteis excluirme. Supongo que olvidasteis quién consiguió el dinero que hizo todo esto posible, y quién lo administró.

De haber sido por vosotros, hace veinte años que nos habríamos ido a pique.

Prosperamos gracias a una gestión cuidadosa, no codeándonos con burócratas y llenando los bolsillos de políticos.

–Nadie ha dicho que no apreciáramos tus aportaciones –intervino Lee.

–Pero tampoco nadie me dio las gracias.

–Así que ¿de eso se trata? ¿Estás enfadado por perder las votaciones?

–Sabéis bien lo que tiene que parar.

Lee se recostó en la silla y pareció analizar sus palabras.

–Si no recuerdo mal, la idea de las Prioridades fue tuya.

–Y no lo niego. Era joven y avaricioso. Pero no necesitamos seguir priorizando nada.

–Un poco tarde para arrepentimientos, ¿no crees?

–¿De verdad no te preocupa, Hamilton? ¿Alguna vez piensas en las familias que quedan atrás?

Lee se encogió de hombros.

–Gracias al programa, hemos conseguido proporcionarle una vida sólida a mucha gente durante mucho tiempo.

–Afrontémoslo, Chris –dijo Hughes–. Sin el Programa Prioridad, nos habríamos hundido o, como mínimo, habríamos tenido que desescalar. Ha resultado ser una manera fantástica de mantener los costes bajo control.

Lo repitió:

–Ya no lo necesitamos.

–No digas tonterías –le espetó Lee–. ¿Cuántas empresas papeleras han plegado velas en los diez últimos años?

Tenemos competencia de Japón, de Canadá, de México y de Brasil, de lugares que ni siquiera imaginábamos hace treinta años.

Puedo nombrarte a una docena de empresas del sudeste de Estados Unidos que no lograron mantenerse a flote.

Piensa en todos los puestos de trabajo que se han perdido en esas comunidades.

Concord en ningún momento ha sufrido nada parecido.

De hecho, mientras todo ese desastre tenía lugar, nosotros seguimos expandiéndonos y contratamos a más personas.

–Una prosperidad construida con sangre.

–¿Y qué? –preguntó Lee–. ¿Quién lo sabe?

Además, nadie tendría manera de enterarse nunca.

Lo único que saben nuestros empleados es que reciben una nómina cada primer y cada tercer jueves de mes.

Y que cuando van al médico les pagamos las facturas.

Y que cuando se jubilen, tendrán una pensión cada mes que complementará la Seguridad Social.

Tienen una buena vida. Estable y segura.

–Hasta que enviamos a De Florio o a uno de sus colaboradores a visitarlos.

Lee replicó con indiferencia:

–¿Por qué te pones tan filosófico? ¿Es porque te estás muriendo?

–Porque solo puedo pensar que los dos seguiréis adelante... una vez que yo no esté.

–Hemos borrado lo que había en tu ordenador –dijo Hughes.

–Tengo montones de copias.

–¿Y qué pretendes hacer con ellas? –preguntó Lee.

–Aún no lo he decidido.

Lee suspiró.

–Supongo que te das cuenta de que no nos dejas alternativa.

–Siempre hay alternativas, Hamilton.

–¿Por qué has estado hablando con Brent Walker y Hank Reed?

–preguntó Lee–. ¿Por qué los invitaste a tu casa?

¿Por qué implicar a otros, Chris? Sabes perfectamente lo que tendremos que hacer.

¿No tiene madre Walker? ¿Y Reed una hija y una nieta?

Haremos lo que haga falta. No pienso poner en peligro el futuro de esta empresa ni de las personas que dependen de nosotros. ¿Por qué no ahorrarles ese dolor?

–Ciertamente, será interesante, Hamilton. Eso te lo prometo.

Lee se encogió de hombros.

–Haz lo que te parezca.

Se puso en pie.

–Supongo que esta será nuestra última reunión. Os desearía suerte, pero mentiría. Prefiero despedirme diciendo: «Nos vemos en el infierno».

Se marchó sin darles tiempo a responder.

Una vez fuera, entró en su coche y condujo directo hasta el extremo opuesto de Hickory Row. Al salir del camino de acceso a la casa de Lee se llevó la mano al interior de la chaqueta y sacó la micrograbadora que llevaba encima.

Un poco antigua, pero efectiva.

Deslizó el botón de reproducción/grabación para apagarla y sonrió, contemplando la última prueba que necesitaba.

13:20 h

Lee permaneció sentado en silencio.

–Ese viejo asqueroso nos va a hundir –dijo Hughes.

–No si yo puedo impedirlo.

–No tenemos ni idea de lo que se propone.

–Lo que sea que tenga previsto lo habrá planificado con meticulosidad. Y ahora mismo, nos lleva ventaja.

–De Florio debería gestionar este asunto.

Estaba de acuerdo.

–Pero hay que hacerlo bien.

Alguien llamó a la puerta del estudio. Uno de los sirvientes entró y anunció:

–La comida está lista.

–Iremos en unos minutos.

El empleado se marchó.

–Habla bajo –dijo Lee–, no estamos en la sala de juntas. –Reflexionó unos instantes y añadió–: Chris se está muriendo de cáncer; no debería ser difícil inducir una muerte coherente con ese hecho.

–¿Y la autopsia?

Lee sonrió con complicidad.

–Como sus socios más cercanos, Chris dejó instrucciones específicas de que lo incineraran.

Por supuesto, honramos tal petición y eliminamos inmediatamente su cadáver.

No hay familia a la que interrogar y, para cuando alguien se dé cuenta, solo quedarán cenizas.

Además, una vez que todo el mundo sepa que se estaba muriendo de cáncer, no habrá preguntas.

–Supongo que nos aseguraremos de dar a conocer esa información.

–Publicaremos una nota de prensa. Chris era un hombre muy conocido y querido. Se esperará de la empresa que haga una declaración pública.

–¿Y qué hay de Walker y Reed?

–Sabemos que Reed tiene la lista. La implicación podría ser una trampa que Chris nos está tendiendo. Pero, por seguridad, haremos que De Florio los vigile a ambos muy de cerca.

–El destino de Chris podría enviarles un mensaje.

–Esperemos que así sea –sentenció Lee.

13:40 h

Chris tardó solo unos minutos en atravesar la propiedad hasta su casa y subir a la planta de arriba.

Con la puerta de su dormitorio cerrada con llave, escuchó toda la conversación grabada.

El dispositivo había funcionado a la perfección, todo estaba memorizado.

Al final accionó el botón de grabación y añadió:

–Conversación entre Larry Hughes, Hamilton Lee y yo mismo fechada el 22 de junio. Grabada en el estudio de la casa de Hamilton Lee en Hickory Row en torno al mediodía.