La lista DÍA 16MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO #2
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DÍA 16MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO #2

–Siempre había algo que parecía facilitar posponer lo inevitable. Esta vez no hay nada.

–Podría contratar al abogado de divorcios más malvado que haya en la ciudad y ponértelo muy difícil.

–Podrías. Pero no lo harás.

La contención era sin duda la mayor preocupación para ella.

Y necesitaba tiempo para idear la coartada perfecta para explicar convenientemente su ruptura.

El estrés del trabajo. El hecho de que él trabajara tanto.

Que no tuviera tiempo para ella. Quizá, si era preciso para generar la máxima compasión, dejar caer el rumor de que había otra mujer.

Aunque con eso tenía que andarse con cuidado, porque podía interpretarse como que ella había fallado en cierto sentido.

La observó asimilar la gravedad de la situación. Por primera vez en muchísimo tiempo parecía verdaderamente preocupada, quizá consciente de que aquello estaba pasando de verdad.

–La amas, ¿verdad? –preguntó Paula.

Era la pregunta que más había temido que le hiciera, pero decidió ser sincero.

–Sí.

–Maldito desgraciado.

–Diez minutos después salió de casa hecha una furia. Una hora más tarde estaba muerta –le explicó Brent a su madre.

–Tú no la mataste –dijo ella.

–Como si lo hubiera hecho.

–No puedes seguir haciéndote esto.

Estaban sentados a la mesa de la cocina. Brent había ido a comer, tras decidir que ya era hora de que su madre supiera la verdad. Oyó a Grant y a James, los nietos de su vecina, jugando fuera. Era la segunda vez en la vida que le explicaba a alguien lo que había ocurrido aquel último día.

–Hijo, entiendo que Paula no era la persona más fácil del mundo.

–Aprendí a convivir con ello.

–¿Qué quieres decir?

–Que hubo tiempos en los que realmente la quise, sobre todo al principio. Pero otras veces tenía que esforzarme mucho para no odiarla. Y cuanto más mayores nos hacíamos, más se deterioraba la situación.

–Lo que le pasaba a Paula es que quería ser algo que no era.

–Nunca le fui infiel. –Sintió que necesitaba repetírselo.

–Eso ya lo sé. Iría en contra de tu naturaleza.

–Pero tampoco podía negarle que quería a Ashley.

–¿Y Ashley te ama?

Brent asintió con la cabeza.

–Es una buena mujer. Un poco coqueta, pero la última vez que lo comprobé eso no era delito.

Brent sonrió.

–No, por suerte no.

–Todo el mundo en esta ciudad te diría que es una madre excelente. Trabaja, paga sus facturas. Nunca he oído a nadie hablar mal de ella.

–Cometí un error hace años. No debería haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.

Paula y yo fuimos novios durante dos años antes de casarnos.

Pero entonces yo no creía que pudiera construir una vida con Ashley.

Le costaba comprometerse. Así que me quedé con el premio de consolación. Y no estuvo bien.

–Sin embargo, fue Paula quien tomó la decisión al subirse a ese coche. Tú no tenías ni idea de lo que iba a hacer.

Así era.

–Llevaba deprimida un tiempo, pero eso no era algo inusual en ella. Tenía altibajos. Supongo que pensó que morir era mejor que divorciarse. ¿Quién sabe?

–Tienes que dejar atrás el pasado. No puedes sentirte culpable toda la vida.

–No dejo de pensar en aquel día y en lo triste que debía sentirse cuando murió. Había intentado convencerme a mí mismo de que no estaría soltera mucho tiempo. Muchos hombres querrían una mujer como ella.

Era parecido, pensó, a escoger entre mobiliario de madera noble o de contrachapado.

–Ese día le dijiste a Paula que creías amar a Ashley. ¿Y ahora? Han pasado muchos años.

No lo dudó.

–Sigo amándola.

–Entonces, hijo, creo que ya es hora de que los dos hagáis algo al respecto.

18:05 h

Lee alzó la vista cuando Hughes entró airadamente en el despacho y cerró la puerta.

–Darrin Edwards es oncólogo. Chris es paciente suyo desde hace un tiempo. Se está muriendo, Hamilton. Cáncer de próstata. Se le ha extendido por todo el cuerpo. No hay nada que puedan hacer.

–Lo sabía –dijo–. He tenido ese presentimiento todo el día. Finalmente todo empieza a cobrar sentido. Ese viejo zorro trama algo.

–Pero ¿por qué? Solo se implicaría a él mismo.

–Porque calcula que estará muerto cuando todo eso ocurra.

–Aun así, su patrimonio estaría en riesgo.

Lee se levantó, se dirigió al ventanal y contempló el centro de Atlanta enmarcado ante él.

–Chris no tiene familia directa y el dinero ha dejado de importarle.

Lo que quiere es cobrarse nuestras cabezas.

Sabe que hace tiempo que le hemos bloqueado de tener voz y voto real en las decisiones de la empresa.

Siempre me ha dado la murga con que no trabajo.

Ya lo oíste en la reunión de la junta. Cree que no muevo un dedo.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta del despacho.

–¿Adónde vas?

–A averiguar qué se propone ese cabrón.

Hacía una hora que había acabado la jornada laboral y en la planta reinaba el silencio. Solo se oía el leve susurro del aire acondicionado y algún crujido esporádico de los muros exteriores debido a la contracción y la expansión del vidrio tintado por efecto del sol vespertino.

Entraron en la zona del despacho de Bozin por las altas puertas acristaladas. Una puerta de caoba comunicaba el antedespacho de la secretaria con el despacho principal.

La cerradura estaba abierta.

–Parece que Chris nos estaba esperando –dijo Lee cuando entraron.

–Que yo sepa, siempre cierra con llave –dijo Hughes.

–Quizá Nancy se olvidara de hacerlo.

–Tú sabes tan bien como yo que esa mujer no hace nada sin consultárselo a él, y que nunca se le olvida nada. Si está abierta es porque Chris le dijo que la dejara así.

La forma angulosa del edificio configuraba una multitud de espacios esquineros y cada uno de los propietarios poseía un despacho de forma pentagonal lo bastante grande para contar con dos ventanales exteriores.

El de Bozin, enmoquetado, reflejaba su orden y pulcritud característicos.

Sobre el escritorio, resplandeciente y sin una mota de polvo, no había ni un papel.

Había unas cuantas carpetas en una cesta de cuero azul a un lado y las notas de los mensajes telefónicos y el correo perfectamente apiladas sobre un cartapacio, a la espera de revisión.

Había un portalápices de cuero con bolígrafos y lápices afilados.

En el centro había una lámpara de escritorio de latón.

Y, a través de las cortinas abiertas de los dos ventanales, el sol de la tarde bañaba el espacio.

–Da la sensación de que aquí no trabaja nadie... –comentó Lee.

Hughes señaló el ordenador.

–Chris hace casi todo su trabajo electrónicamente.

–¿Comprobamos el escritorio?

Hughes se dirigió tras él a los cajones, que se abrieron con facilidad.

A Lee no le sorprendió.

Observó mientras Hughes los registraba. Había algunos artículos de papelería, una agenda telefónica, bolígrafos, clips de papel, una grapadora y una calculadora. Todo en su sitio. Sobre un aparador que había tras el escritorio se ubicaban dos archivadores. Los hojeó por encima. Nada de interés.

–¿Qué buscamos exactamente? –preguntó Hughes.

Lee señaló el monitor.

–Enciende ese trasto.

Hughes se acercó en la silla con ruedas y encendió el terminal, que se abrió por el menú principal.

–¿Algún archivo personal?

–Dudo que podamos acceder a ellos sin saber la contraseña de Chris.

–No creo que eso vaya a ser ningún problema.

Hughes abrió el directorio, que no estaba protegido.

–¿Cómo sabías que podríamos entrar?

–Porque quiere que miremos.

Escanearon el índice. Sobre todo eran datos económicos de la empresa. Lee reconocía la mayoría de ellos. De vez en cuando aparecía algún que otro archivo personal que podía merecer la pena investigar.

Hacia la parte inferior sus ojos se posaron en:

PARA HAMILTON Y LARRY

–¿Qué es eso? –preguntó Hughes, sin poder apartar los ojos de la pantalla.

–Es lo que se supone que debemos encontrar. Ábrelo.

Hughes lo abrió y leyeron el archivo de arriba abajo. Dos veces.

–Tenemos un gran problema –dijo Hughes–. ¿Qué le ha dado a Chris?

–Venganza –farfulló Lee–. ¿Ese archivo está en el sistema principal?

Hughes negó con la cabeza.

–Solo está almacenado aquí, en este ordenador.

–Bórralo. Aunque estoy seguro de que habrá más de una copia.

Hughes aporreó el teclado.

–¿Qué vamos a hacer, Hamilton?

Comprobó la hora en su reloj. Eran las 18:23.

–Esta tarde ya nada. Pero mañana a primera hora vamos a llevar nuestro trasero hasta Concord.