DÍA 16MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO
9:03 h
Lee y Hughes se reunieron en la sala de juntas. Lee había optado por la privacidad garantizada que ofrecía después de que De Florio lo telefoneara la noche anterior y le expresara la necesidad urgente de hablar. Sobre la mesa de reuniones había un teléfono de manos libres.
–Jon, ¿nos oyes? –le preguntó Lee a la caja beis–. ¿Dónde estás?
–En una de las casas de invitados de Hickory Row.
–Cuéntale a Larry lo que me explicaste anoche.
De Florio describió lo que había presenciado en casa de Bozin y su conversación posterior.
–¿Y tu valoración? –quiso saber Lee.
–Decididamente, hay que vigilar al señor Bozin.
–Menudo cambio de actitud con respecto al otro día.
–No veo motivo para que el señor Bozin convocara en su casa a Reed y a Walker.
–Quizá sea solo lo que Chris explicó –dijo Hughes–, que intentaba averiguar algo.
Lee no estaba convencido.
–Pero ¿qué podía averiguar él? Chris sabía que el trato estaba cerrado. No había necesidad de tener ninguna conversación más con Reed ni con Walker. Y dudo mucho que Reed fuera a pedirle a Chris su opinión sobre qué puede ser esa lista.
–Estoy de acuerdo –convino De Florio–. Y observé algo más. El señor Bozin no se encontraba bien. Era evidente que sentía dolor.
–¿Algo en concreto? –preguntó Lee.
–Cuando se levantó de la silla, notó un dolor intenso en el abdomen y estuvo a punto de perder el equilibrio.
–Me he dado cuenta de que Chris parece haber adelgazado últimamente –dijo Hughes–. Lo había atribuido al ejercicio físico o a que hiciera dieta. Siempre ha sido muy meticuloso con eso.
–El señor Bozin indicó que se debía a un problema médico sin importancia. Nada serio.
–Quizá deberíamos indagar un poco más –propuso Lee–. Nos pondremos en contacto contigo, Jon. Mantennos informados de cualquier cambio. –Colgó el teléfono–. ¿Puedes acceder a los registros del seguro médico desde aquí?
–¿Qué buscamos?
–Cualquier solicitud de cobertura a nombre de Christopher Bozin.
Hughes se giró hacia el ordenador y tecleó. Un minuto después anunció:
–En el expediente de Bozin figura un cargo hecho hace dos días por un tal doctor Darrin Edwards por pruebas diagnósticas y una visita a la consulta.
–¿A cuánto asciende?
–A mil ochocientos cuarenta y dos dólares, incluidos análisis de laboratorio hechos internamente.
–¿Cómo podemos ampliar la información?
–Puedo solicitarle al controlador de siniestros que verifique el tratamiento.
Aunque la empresa estaba autoasegurada, procesar las reclamaciones internamente resultaba demasiado caro, así que habían subcontratado para esa parte del proceso a una empresa externa. Aun así, todos los pagos debían estar aprobados por el Departamento de Contabilidad antes de efectuarse.
–¿Cuánto tardarán en comprobarlo? –preguntó.
–Ni idea. Es la primera vez que hago esto.
12:00 h
Hank se saltó el almuerzo en el Comfort Inn, salió por una puerta lateral y condujo rápidamente tres kilómetros al este, hacia Concord. Llegó al despacho de S. Lou Greene justo cuando el abogado estaba saliendo por la puerta trasera y se dirigía a su Jaguar rojo.
–Vaya, salía a comer justo ahora. ¿Por qué no me acompañas? –le propuso Greene.
Nunca se había dejado ver en público con Greene y no tenía intención de empezar a hacerlo ahora.
–Mejor que no, Lou. ¿Puedes pedir que te traigan la comida? Tenemos que hablar.
–Me apetecía comida china.
–El Domino’s reparte a domicilio.
Volvieron a entrar, subieron al despacho de Greene y se sentaron.
–Échale un vistazo a esto –dijo, desplegando el papel y entregándoselo.
034156901 William Mesnan, 23 de mayo, infarto456913276 Patrick Brown, 21 de mayo, fallo renal343016692 J.
J. Jordon, 6 de junio, fallo cardíaco295617833 Brandon Pabon, 6 de junio, sobredosis178932515 Tim Featherston, 7 de junio, picadura de avispa236987521 Melvin Bennett, 8 de junio, shock anafiláctico492016755 Paul Zimmerman, 13 de junio, accidente de caza516332578 Michael Ottman, 9 de junio, infarto
–Cuando llegó a mis manos la nota interna de Lee, encontré esta lista. Estaba en un archivo protegido que la oficina central guarda en el sistema. Bloqueado por un cortafuegos y una contraseña de máxima seguridad.
–¿Y cómo diablos conseguiste saltártelos?
–De pura chiripa. Un relámpago dañó el sistema. No sé cómo pasó. Lo que sé es que pasó.
–¿Y estaba tal cual?
Hank negó con la cabeza.
–Brent averiguó que eran números de la Seguridad Social. Comprobó los nombres correspondientes y vio que había algo raro y lo puso en mi conocimiento. Anoche estuvimos trabajando en ello y rellenamos los espacios en blanco.
Greene estudió la lista.
–Este tipo de aquí, Brandon Pabon, era mi cliente. Murió hace un par de semanas. Se me rompió el alma. Era un caso fantástico.
–Sí, es lo que me ha dicho Brent.
–Trabajaba en la planta de bolsas y tuvo un accidente laboral.
La Southern Republic intentó llegar a un acuerdo rápido, pero este tipo sabía lo que se hacía.
Vino a verme, fue a los médicos adecuados y dijo lo que tenía que decir.
Tenía el caso listo para ordeñarles más de doscientos mil dólares cuando un día se tomó demasiados Valiums. Y heroína también, si no recuerdo mal.
Hank necesitaba saberlo:
–¿La empresa ponía pegas a pagar la indemnización?
–Como de costumbre. Pero Pabon sabía jugar bien sus cartas. Hizo lo que le dije. –Greene meneó la cabeza a ambos lados–. Perdí unos buenos honorarios.
Hank le explicó lo que Brent pensaba sobre aquella lista.
–Brent tiene razón acerca de las indemnizaciones laborales –convino Greene–. A la empresa le sale mucho más barato que un empleado muera a que se lesione o enferme. Ese hombre tuyo, Walker, tiene buena vista.
–Ya te dije que era listo.
–¿Y qué piensa hacer al respecto?
–Nada..., hasta que yo le diga algo. Le dije que quería seguir investigándolo y comentarlo contigo. ¿Qué harías tú?
Greene estudió la lista.
–Debo confesar que es muy sospechosa. Hay un montón de preguntas sin responder. Y la Southern Republic es la única que puede ofrecernos respuestas. Tal vez sea necesario encararse a ellos. De frente.
–Pero no antes de tener los contratos bien atados. Lo mismo le he dicho a Brent. Primero tengo que conseguir blindar esos pactos. La gente de esta lista está muerta. Esperar unos pocos días para llegar al fondo de esta cuestión ya no les va a suponer ninguna diferencia.
–Es un poco frío pensar así, ¿no te parece?
–Sí. Pero ahora mismo tengo que lidiar con personas vivas que necesitan sus nóminas y sus pagas.
–Miró la hora en su reloj–. Y hablando de eso, debo volver a la mesa de negociación.
Está a punto de desencadenarse un infierno.
La empresa va a cambiar la oferta inicial y la duración del contrato va a pasar de tres a cinco años.
A los otros sindicatos no les va a gustar. Va a ser una tarde larga.
Greene parecía perdido en sus pensamientos.
–Déjame hacer una fotocopia de esto antes de irte. Quiero darle algunas vueltas más también.
12:45 h
–No te amo –le dijo Brent a Paula–. Eso es lo que pasa.
–Es por ella otra vez, ¿no?
–No. Es por ti. Hace mucho tiempo que es por ti.
–Brent, ya hemos pasado por esto antes.
Su voz no transmitía preocupación. Era como tener una desavenencia sobre si salir a comer a un restaurante o cenar en casa. No sobre el hecho de que su marido quisiera divorciarse.
–Paula, te lo repito, no hemos pasado por esto. Ahí está precisamente el problema.
–¿En serio quieres divorciarte de mí? ¿Qué hay de nuestros padres?
–Ellos no tienen nada que ver en esto, pero lo entenderán.
–¿Y si no es así?
Paula siempre utilizaba a los demás como su última arma.
–Millones de personas se divorcian cada día y se llevan bien. No hay motivo para que nosotros no podamos ser una de esas parejas.
–¿Tienes previsto quedarte a vivir en Concord?
–Por supuesto. Aquí está mi hogar. Y mi despacho.
–¿De verdad te estás planteando casarte con esa criaja?
A Brent le parecía poder oír los pensamientos que se arremolinaban en la enrevesada mente de Paula. ¿Qué pensaría su grupo de bridge? ¿Cómo lo explicaría en la reunión del club femenino de los jueves? ¿Y del club de lectura?
Siempre le había importado el qué dirán.
–¿Te imaginas a Ashley Reed en la gala del Colegio de Abogados del estado de Georgia?
De hecho, a Brent le pareció que Ashley se desenvolvería perfectamente y él no tendría que soportar las actuaciones propias de los Óscar a las que Paula lo había sometido muchas veces.
Paula se pasaba la velada conversando sobre temas triviales solo para decirle, de camino a casa, cuánto despreciaba a casi todo el mundo y contarle cotilleos que él no tenía ningunas ganas de saber.
–¿Podemos hacerlo de manera amistosa o habrá guerra? –le preguntó él.
–¿Qué propones?
–Tú te quedas con esta casa y con tu coche.
Yo te ayudaré durante un tiempo a pagar la hipoteca y las letras del coche.
Pero tendrás que trabajar. Estoy seguro de que la junta de educación estará encantada de tenerte de vuelta.
No tenemos muchas deudas, pero yo me encargaré de saldar lo poco que tengamos.
Y dividiremos el dinero en efectivo que tenemos en el banco.
–¿Y qué hay de tu bufete?
–Eso no está sobre la mesa.
–¿Qué pasa si yo quiero que lo esté?
–No lo hagas –le dijo, y ella pareció entender que habría trazado las líneas de la batalla al leer en la mirada de Brent un «¿De verdad quieres librar esa guerra?»–. Paula, se ha acabado. Para mí ya hace tiempo. Tengamos un final tranquilo.
–No soy boba, Brent. Sé que ella está implicada en esto.
–Pues entonces sí que eres boba, porque ella no está implicada en nada.
Sí, Ashley me importa, y lo sabías antes de meterte en esta relación, pero nunca te he sido infiel.
Confieso que, en mi mente y en mi corazón, sí quería a otra persona.
Pero nunca he hecho nada al respecto. Llevo tres años intentando que esto funcione...
–No te entiendo, Brent.
–Ese es precisamente el problema. Que nunca me has entendido.
–Lo que entiendo es que ella es el problema y lo ha sido desde el primer día.
–Si lo recuerdas, vine a decirte que no quería casarme contigo.
–Pero estaba el asunto de nuestro hijo.