DÍA 15MARTES, 20 DE JUNIO #4
Reclinó la cabeza para contemplar el cielo. La luna creciente brillaba en el norte, con una fina capa de nubes que dibujaban esbeltos dedos que velaban y revelaban las estrellas.
¿Cuándo llegaría por fin el alivio?
¿El fin de semana?
¿La semana siguiente?
Con suerte, antes.
21:40 h
Brent le enseñó a Hank lo que había descifrado hasta el momento.
034156901 William Mesnan, 23 de mayo, infarto456913276 Patrick Brown, 21 de mayo, fallo renal343016692 J.
J. Jordon295617833 Brandon Pabon, 6 de junio, sobredosis178932515 Tim Featherston, 7 de junio, picadura de avispa236987521 Melvin Bennett492016755 Paul Zimmerman, 13 de junio, accidente de caza516332578 Michael Ottman
–Tú conseguiste esta lista el 6 de junio –le dijo a Hank–. Pabon murió ese mismo día. Featherston, el 7. Zimmerman, una semana después. Aquí hay gato encerrado. Si esto fuera una lista de los empleados fallecidos, ¿cómo iban a figurar en ella Featherston y Zimmerman?
–Muy buena pregunta.
Lo era.
–Jordon, Bennett y Ottman llevan jubilados mucho tiempo –dijo Hank–. Veamos qué puedo averiguar sobre ellos.
Estaban estacionados en el aparcamiento de césped del centro recreativo principal del condado, donde se encontraban los dos campos de béisbol y el de fútbol, a escasa distancia de Concord.
No había nadie más por allí. Eso y la oscuridad les proporcionaba una gran privacidad.
Habían conducido hasta allí directamente desde Hickory Row.
Hank estuvo al teléfono móvil durante veinte minutos, haciendo llamadas hasta averiguar que los otros tres hombres también habían fallecido, y las fechas de sus muertes.
034156901 William Mesnan, 23 de mayo, infarto456913276 Patrick Brown, 21 de mayo, fallo renal343016692 J.
J. Jordon, 6 de junio, fallo cardíaco295617833 Brandon Pabon, 6 de junio, sobredosis178932515 Tim Featherston, 7 de junio, picadura de avispa236987521 Melvin Bennett, 8 de junio, shock anafiláctico492016755 Paul Zimmerman, 13 de junio, accidente de caza516332578 Michael Ottman, 9 de junio, infarto
–Pleno –dijo Brent–. Dos murieron el día 6, el mismo día que tú obtuviste la lista. Y cuatro, después.
–¿Y qué hay de Mesnan y Brown? Estaban ahí incluso antes.
–No sabemos cuánto tiempo llevaba esta lista en los ordenadores de la empresa. Pudo haberse creado incluso antes de esas dos muertes, lo cual significaría que esto es una lista de «gente que va a morir».
Vio que Hank estaba de acuerdo con él.
–No sé demasiado sobre el resto de ellos –dijo Brent–, pero sí sé que Brandon Pabon preparaba una demanda de indemnización que a la empresa iba a costarle varios centenares de miles de dólares. Y su sobredosis le puso fin.
–De acuerdo, Pabon tenía una baja por accidente laboral, pero la mayoría de los demás eran jubilados. Algunos de ellos hacía años que habían dejado la fábrica. El único que seguía en nómina era Zimmerman.
–Los jubilados cobran una pensión –dijo Brent–. Y también presentan muchas solicitudes de reembolso por gastos médicos. Vi en los registros de la empresa que Melvin Bennett tenía un cáncer terminal. Y Ottman, problemas de corazón.
–¿Y qué hay de Zimmerman?
–Él no tenía nada. Pero sus hijos sí tienen algunos problemas médicos caros.
–Es cierto. Fui a su casa el fin de semana pasado, antes del funeral. Su mujer estaba histérica pensando en cómo iba a pagar todas las facturas médicas sin el seguro de salud de la empresa.
–Todo el mundo de esta lista le estaba costando dinero a la empresa. Parece un motivo contundente para que una compañía autoasegurada como la Southern Republic se deshaga de alguien, ¿no opinas así?
Hank negó con la cabeza.
–Has sido fiscal durante demasiado tiempo.
La Southern Republic abona solicitudes de indemnizaciones laborales cada año.
Han financiado ese sistema con millones de dólares en reserva.
Es un sistema robusto y solvente. Y lo mismo pasa con el seguro de salud.
Los empleados aportan millones de dólares cada año.
No hay necesidad de matar a nadie. Basta con litigar hasta que uno se cansa.
–¿Alguna vez has oído hablar de la avaricia?
Hank guardó silencio.
–Hace unos días leí algo en una publicación de indemnizaciones laborales que recoge casos de todo el país –explicó Brent–.
La viuda de un empleado denunció a una empresa maderera del estado de Washington.
Alegaba que la empresa había retenido intencionadamente prestaciones por enfermedad laboral y había bloqueado que su marido pudiera recibir tratamiento médico, todo lo cual, añadía, había comportado su muerte prematura.
El estatuto de indemnizaciones laborales del estado contemplaba un único pago de cincuenta mil dólares por defunción del empleado, pero, si el hombre vivía, los gastos se habrían situado en la franja del medio millón de dólares.
De manera que la empresa tenía un incentivo para acelerar la muerte de su marido.
–¿Y ganó?
–El jurado la indemnizó con medio millón de dólares y añadió otros dos millones y medio por daños punitivos.
–¿Y esa legislación también se aplica en Georgia?
–Por supuesto. Para una aseguradora, o una empresa autoasegurada como la Southern Republic, es mucho más barato que un trabajador muera a que tenga una enfermedad o una lesión. Los cadáveres no van al médico.
Conocía el procedimiento. Las compensaciones por accidente laboral no tenían nada que ver con la culpa.
Ese concepto había sido sustituido por la certeza.
Cualquier trabajador que tuviera un accidente en el trabajo recibía una indemnización.
Punto. Lo único que se discutía era cuánto y por cuánto tiempo.
–Cosas como el dolor y el sufrimiento, los daños punitivos y los daños no cuantificables no se contemplan –dijo–. La idea es pagarle al trabajador, que se recupere, volverlo a formar si es preciso y que se reincorpore al trabajo.
–¿Crees que la Southern Republic tuvo algo que ver con la muerte de Brandon Pabon?
Se encogió de hombros.
–Es imposible decirlo. Leí su expediente.
Era drogadicto desde hacía tiempo. El informe forense indicaba que se había puesto hasta las cejas de heroína.
Es posible que fuera una sobredosis. Un accidente afortunado para la empresa.
Y también es posible que los otros integrantes de esta lista murieran sin más.
Pero piensa en el dinero que la empresa se ha ahorrado con esas muertes.
–Creo que estás leyendo demasiado entre líneas. No es tan fácil matar. Siempre te pillan. Y cada día mueren jubilados.
–Pero no antes de cobrar una pensión que a la empresa le cuesta dinero.
–Nuestras pensiones se financian durante mucho tiempo con fondos invertidos y reservados específicamente para eso. Peleamos por ese dinero cada vez que negociamos un nuevo convenio.
–¿No hace la empresa aportaciones paralelas para los empleados?
–Eso es precisamente por lo que luchamos. Con cada nuevo contrato, esas aportaciones parecen menguar.
–De manera que, si la empresa recorta los costes que debe desembolsar al final, dispondrá de más dinero para negociar al principio, ¿no?
¿Por qué utilizar capital de la empresa cuando puedes usar el dinero de los empleados?
Y, ya puestos, eliminas algunas jubilaciones costosas y algunas indemnizaciones laborales especialmente caras.
Todo eso genera ahorros que pueden invertirse en otras cosas, como materias primas, sobrecostos, aumentos de precios... , cosas por el estilo.
Brent llevaba pensando en ello toda la tarde, e incluso le había hecho a su jefe algunas preguntas sin trascendencia sobre la industria papelera.
Los costes de la madera, del agua, de la electricidad, del carbón, del petróleo, de los productos químicos y del resto de las cosas necesarias para fabricar papel eran prácticamente idénticos en todas las fábricas de papel.
La verdadera diferencia entre ellas era el artículo de alto valor: la mano de obra.
El coste número uno de cualquier fábrica.
Cada papelera tenía sus propios sindicatos, que cerraban sus propios convenios a nivel local.
No había dos iguales. Pero era razonable pensar que cualquier empresa que pudiera controlar sus costos de la mano de obra, e incluso predecirlos con cierta certeza, definitivamente jugaría con ventaja.
Señaló la lista.
–Dime, Hank, si esto es algo inofensivo, ¿cómo es posible que figuren en ella los últimos cuatro nombres?
–No tengo ni idea.
–Tenemos que averiguarlo.